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De vuelta en Santiago

LXXXV

A nuestro regreso, y con la salud muy quebrantada por el rigor del invierno que se había dejado caer desprevenidamente sobre Nueva York, mis colegas santiaguinos tuvieron el cariño de festejarme con una comida en el Crillón. Cerré la manifestación con el siguiente discurso:

El lápiz es para nosotros los dibujantes una especie de antena que capta un personaje, una actitud, una idea.

Debo confesar que este prólogo ha tenido por objeto darles explicación de por qué no he intentado someterlos al suplicio de una mala improvisación. Hoy en la tarde tomé el lápiz, o mejor dicho, mi antena, y ésta me sorprendió con la siguiente pregunta: ¿Estás satisfecho con la modesta acción que te ha correspondido en tu existencia? Sin vacilación le respondí negativamente, porque, a pesar del premio obtenido en Estados Unidos, me considero un hombre fracasado. Fracasado porque al comienzo de mi carrera de caricaturista, el mundo y los hombres que lo poblaban eran muy diversos de los de hoy: más reservados y discretos y con un temor espantoso al ridículo. Yo los ponía, entonces, en situaciones grotescamente cómicas, desfigurando sus facciones, tomándoles bastante el pelo, para hacer reír ante una imagen realzada por una lectura más o menos humorística.

Esa labor, que más tarde pude realizar en mayor escala y también con mayor resonancia dentro y fuera de mi país, me ha dejado la desoladora impresión del fracaso. Pero, ¿qué ha ocurrido más tarde, cuando la vida moderna y agitada, gracias a la indiscreción periodística, fue más abierta y, puede decirse, al aire libre, con la ayuda del micrófono?

Los estadistas, las mujeres y los hombres públicos de hoy se afanan en presentarse en una especie de competencia olímpica de ridiculez, superándose entre ellos con un arte de humor tan perfecto, que deja "epatado" al más imaginativo de los caricaturistas.Ha sido desesperante para mí ver a los sujetos de mis caricaturas apareciendo sobre el papel como unos pobres peleles, deslucidos, sin gracia alguna, cuando los comparo con los modelos que actúan en la vida diaria.

Estos se ponen en actividades de la más ideal y perfecta caricatura, con gestos y dichos de la más estupenda comicidad. ¡Y para colmo, algunos de los personajes caricaturados han ido pareciéndose a tal extremo a sus caricaturas, que muchas veces no se sabe cuál es el modelo y cuál la caricatura! Este fenómeno me ocurrió a mí con más de un Presidente de la República.

Y no crean, queridos amigos, que esas cosas ocurren en Chile solamente. Vi en Nueva York un enorme edificio en que a diario se efectúan las más apasionantes peleas. Esta sucursal del Madison Square Garden, este ring en que la mitad de las naciones del mundo se pelea con la otra mitad, ostenta el humorístico título de "Naciones Unidas".

¿Es esto serio? ¿Podemos los humoristas profesionales seguir aceptando impasibles el reto de los aficionados?

¿Qué haría el cocinero de un hotel con un cliente que se le instala al lado y fríe mejor las papas y deja más jugoso el roast beef?

Créanme, queridos colegas, nuestra situación es tremenda, pavorosa. . . Hemos fracasado porque la competencia de los políticos es desleal y abrumadora.

Ellos se caricaturizan, hacen reír y divierten más al mundo de lo que uno pudiera lograr con su lápiz, antes creador, hoy pobre imitador.

Creo, colegas, que la solución para terminar con la locura humorística que tiene al mundo trastornado es que los caricaturistas nos declaremos en huelga hasta que los políticos y estadistas dejen de hacernos tan desastrosa competencia.

Aprovecho esta ocasión en que nos hallamos reunidos para beber esta copa por nosotros los humoristas, que somos los únicos hombres serios que vamos quedando sobre la tierra.

* * *

Estaba muy enfermo y fue ésa mi última actuación en público. Después me llevaron a un hospital y ...

"La Pata de Catre" abandona mi tráquea.

¡Qué alivio! ¿Cuánto tiempo había pasado desde que oí la voz de un doctor que decía: "Vamos llegando al "espolón", colega"? ... ¡Más de medio siglo! Se explica que no haya podido coordinar en forma estrictamente cronológica los diferentes episodios de una vida tan inquieta como es ésta que me ha tocado vivir. El futuro se confundía con el pasado porque había traspasado la frontera de la velocidad de la luz.

Y mi aturdimiento, que después de esta experiencia no ha sido menor que el sufrido por los aviadores cuando violan la frontera del sonido, me ha dejado la impresión de que la muerte no es, en ningún caso, más pavorosa que la vida.