A nuestro regreso, y con la salud muy quebrantada por el rigor del invierno que
se había dejado caer desprevenidamente sobre Nueva York, mis colegas
santiaguinos tuvieron el cariño de festejarme con una comida en el Crillón.
Cerré la manifestación con el siguiente discurso:
El lápiz es para nosotros los dibujantes una especie de antena que capta un
personaje, una actitud, una idea.
Debo confesar que este prólogo ha tenido por objeto darles explicación de por
qué no he intentado someterlos al suplicio de una mala improvisación. Hoy en la
tarde tomé el lápiz, o mejor dicho, mi antena, y ésta me sorprendió con la
siguiente pregunta: ¿Estás satisfecho con la modesta acción que te ha
correspondido en tu existencia? Sin vacilación le respondí negativamente,
porque, a pesar del premio obtenido en Estados Unidos, me considero un hombre
fracasado. Fracasado porque al comienzo de mi carrera de caricaturista, el
mundo y los hombres que lo poblaban eran muy diversos de los de hoy: más
reservados y discretos y con un temor espantoso al ridículo. Yo los ponía,
entonces, en situaciones grotescamente cómicas, desfigurando sus facciones,
tomándoles bastante el pelo, para hacer reír ante una imagen realzada por una
lectura más o menos humorística.
Esa labor, que más tarde pude realizar en mayor escala y también con mayor
resonancia dentro y fuera de mi país, me ha dejado la desoladora impresión del
fracaso. Pero, ¿qué ha ocurrido más tarde, cuando la vida moderna y agitada,
gracias a la indiscreción periodística, fue más abierta y, puede decirse, al
aire libre, con la ayuda del micrófono?
Los estadistas, las mujeres y los hombres públicos de hoy se afanan en
presentarse en una especie de competencia olímpica de ridiculez, superándose
entre ellos con un arte de humor tan perfecto, que deja "epatado" al más
imaginativo de los caricaturistas.Ha sido desesperante para mí ver a los
sujetos de mis caricaturas apareciendo sobre el papel como unos pobres peleles,
deslucidos, sin gracia alguna, cuando los comparo con los modelos que actúan en
la vida diaria.
Estos se ponen en actividades de la más ideal y perfecta caricatura, con gestos
y dichos de la más estupenda comicidad. ¡Y para colmo, algunos de los
personajes caricaturados han ido pareciéndose a tal extremo a sus caricaturas,
que muchas veces no se sabe cuál es el modelo y cuál la caricatura! Este
fenómeno me ocurrió a mí con más de un Presidente de la República.
Y no crean, queridos amigos, que esas cosas ocurren en Chile solamente. Vi en
Nueva York un enorme edificio en que a diario se efectúan las más apasionantes
peleas. Esta sucursal del Madison Square Garden, este ring en que la mitad de
las naciones del mundo se pelea con la otra mitad, ostenta el humorístico
título de "Naciones Unidas".
¿Es esto serio? ¿Podemos los humoristas profesionales seguir aceptando
impasibles el reto de los aficionados?
¿Qué haría el cocinero de un hotel con un cliente que se le instala al lado y
fríe mejor las papas y deja más jugoso el roast beef?
Créanme, queridos colegas, nuestra situación es tremenda, pavorosa. . . Hemos
fracasado porque la competencia de los políticos es desleal y abrumadora.
Ellos se caricaturizan, hacen reír y divierten más al mundo de lo que uno
pudiera lograr con su lápiz, antes creador, hoy pobre imitador.
Creo, colegas, que la solución para terminar con la locura humorística que
tiene al mundo trastornado es que los caricaturistas nos declaremos en huelga
hasta que los políticos y estadistas dejen de hacernos tan desastrosa
competencia.
Aprovecho esta ocasión en que nos hallamos reunidos para beber esta copa por
nosotros los humoristas, que somos los únicos hombres serios que vamos quedando
sobre la tierra.
Estaba muy enfermo y fue ésa mi última actuación en público. Después me
llevaron a un hospital y ...
¡Qué alivio! ¿Cuánto tiempo había pasado desde que oí la voz de un doctor que
decía: "Vamos llegando al "espolón", colega"? ... ¡Más de medio siglo! Se
explica que no haya podido coordinar en forma estrictamente cronológica los
diferentes episodios de una vida tan inquieta como es ésta que me ha tocado
vivir. El futuro se confundía con el pasado porque había traspasado la frontera
de la velocidad de la luz.
Y mi aturdimiento, que después de esta experiencia no ha sido menor que el
sufrido por los aviadores cuando violan la frontera del sonido, me ha dejado la
impresión de que la muerte no es, en ningún caso, más pavorosa que la vida.