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Contactos con el otro mundo

LXXXIII

Unas diez personas sentadas alrededor de la mesa redonda del comedor, entre ellas mi hermano Alfredo, contemplábamos a media luz a la dueña de casa, María P. Mc. de V., quien después de rezar un Padre Nuestro y un Avemaría, había caído en profundo trance. Exhaló algunos angustiados suspiros, se incorporó y con voz gruesa se dirigió a nosotros en la forma siguiente:

- Buenas tardes, hermanos míos.

Mi vecino, hermano de María, me dijo que el espíritu de don Crescente Errázuriz se había incorporado a la médium.

Era notable la seguridad con que las palabras fluían de la boca de la señora María P. Yo, que había llevado un grabador de cinta magnética, pude captar parte de la sesión que más adelante transcribo:

UN ASISTENTE. -¿Podría hablarnos sobre la división de los conservadores? (Era el tema candente de ese momento en que don Horacio Walker, con increíble pertinacia, había debilitado una de las fuerzas más respetables de la política chilena.)

DON CRESCENTE. - Les agradecería no perdiéramos esta oportunidad de hablar con ustedes en comentar algo que se desaviene con los altos intereses de la fe. No tratemos temas ajenos a Dios. Procuremos penetrar en los misterios más hondos de la vida, acercarnos al Creador y hacernos dignos de él. Para ello nada significa lo que nos separa en la vida. Nos alejan de su reino la pasión, el odio, las luchas entre hermanos. Sólo nos une la fe verdadera, que está escrita en los mandamientos. Todos ellos tienden a un solo objetivo que los resume: "Amar a Dios sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo".

Yo les preguntaría: ¿Han pensado los cristianos, los católicos, el prelado, en la necesidad de insistir ahora más que nunca en estas santas palabras? Ven en los mandamientos sólo pecados y no observan que el odio al prójimo es lo único que Dios condena en todas sus formas.

La humanidad, al alejarse de Dios en busca de satisfacciones materiales, ha caído en el odio, que es lo que más aparta del cielo, que es todo amor. Se juzga a Dios injusto, se le atribuye la causa de cuanto ocurre. La humanidad está formada por una gama social que va desde el desvalido al poderoso, desde la miseria que sufren los infelices hasta la opulencia de los favorecidos por la fortuna.

Entre los miserables heridos por el hambre y las injusticias nace el odio hacia los que hacen ostentación de su riqueza. Creen en un reparto injusto y se revuelven contra la sociedad y contra Dios.

Entre los opulentos nace también el odio contra los que reclaman justicia humana y les piden algo que ellos creen les pertenece: la renuncia a parte de sus utilidades en provecho de los que con ellos trabajan y carecen de lo suficiente.

Ambos creen tener a Dios de su parte, y Dios condena a ambos, porque olvidan su doctrina de amor y la tornan en odio.

Sobre esta condena hay algo que decir: no existe un tribunal como el establecido por los hombres. Dios no condena ni absuelve. Es demasiado amante de sus hijos para condenarlos.

La gloria de Dios es la posesión de todos los bienes espirituales, de la infinita paz, del Bien infinito, de la Gracia del cielo.

Elocuente sermón que trasciende el campo de la política y que no parecía ser fruto de la improvisación de la débil señora que momentos antes había orado con voz desmayada el Padre Nuestro.

Debo advertir que la médium es sobrina de uno de los oradores más notables que pasaron por el Senado de Chile. La teoría que yo sostuve, después de la sesión, es que María oculta en algún repliegue de su mente parte de la elocuencia heredada de su tío y que, al caer en la inconsciencia del llamado trance, afloraba de su subconsciencia la capacidad oratoria que tanto nos había impresionado durante la sesión.

- Pero yo no he tenido ningún tío dibujante - me objetó ella, y ya verá usted los dibujos que he hecho a obscuras. Vean - y empezó a mostrarnos una serie de extrañas láminas diseñadas con lápiz y que al pie llevan la firma "Baro".

Algunos de los extraños dibujos hechos por la médium; hay en ellos algo extraterreno.

Examiné los dibujos y me parecieron fascinantes. Hay algo extraterrenal en el estilo y en los modelos, como podrá comprobarse en las reproducciones que ilustran estas páginas. "Baro", el autor, también ha dictado su biografía; pero no debió ser un dibujante de fama, ya que su nombre no aparece en ninguna enciclopedia de pintura.

En otra sesión, "don Crescente" nos prometió hacernos, en especial a mi hermano Alfredo, una experiencia que pondría fin a nuestro escepticismo. Pasaron las semanas y "don Crescente no daba señales de vida".

Llegó el aniversario del cumpleaños de mi hermano, y su comedor se hizo estrecho para contener esa noche a los que habíamos ido a congratularlo. La charla de sus hijos era alegre, bulliciosa y nadie se acordaba de don Crescente. Mas, en uno de esos momentos en que todos callan y en que se dice: "Un ángel pasó", Alfredo sorprendió a sus comensales con la siguiente invocación:

- Si está aquí el espíritu de don Crescente, le ruego humildemente cumplir con su promesa y hacernos la manifestación que hace tiempo nos ofreció. Yo, por decir algo, porque la verdad es que no había tomado tan en serio como Alfredo la promesa de monseñor, continué la invocación así:

- Podía apagar algunas luces...

Junto con pronunciar la última palabra, una de las palanquitas del interruptor eléctrico se movió, apagando la mitad de las luces de la lámpara. Se produjo un silencio angustioso, y mi cuñada, la anfitriona, se levantó muy pálida y accionó el interruptor, volviendo a encender las luces. El finado Lucio Concha, cuñado de Alfredo, exclamó:

-¡Este es un truco de Coke!

Pero yo, que no había hecho ningún preparativo ad hoc, era el más sorprendido. Alfredo, como buen ingeniero, dijo que en diez años que habitaba esa casa jamás había ocurrido algo semejante y que era demasiado exigirle a la ley de probabilidades que, en el instante preciso, se hubiera provocado un accidente de carácter mecánico en el conmutador. Además, de haberse producido un corto circuito, se habrían apagado todas las luces de la lámpara.

Debo reconocer que el hecho me dejó desconcertado, porque a nadie le fue posible explicarlo en forma racional.

Muchos experimentos de este género me ha tocado presenciar; fenómenos extrafísicos que me recuerdan la frase de Shakespeare : "Hay misterios en el cielo y en la tierra que el hombre jamás podrá explicarse" .