Durante nuestras estadas en Buenos Aires acostumbrábamos alojarnos en el
distinguido Hotel Nogaró. ¿Por qué su propietario creía que yo también era
hotelero? ¡Vea usted cómo se escribe la historia! Cuando el señor Nogaró fue
huésped del Hotel Portillo, le fui presentado como el "primer" accionista de
"Hocorsa" (Hoteles de Cordillera, S. A.). Cierto es que yo había facilitado el
dinero a mi sobrino Daniel Amenábar, uno de sus organizadores, para pagar las
estampillas de las escrituras de constitución de la sociedad, así es que, en
verdad, era yo el "primer" accionista; pero no por el monto de mi aporte, sino
por orden de llegada...
Gracias a mi calidad de "colega" suyo, el señor Nogaró había dado instrucciones
a sus empleados de que fuera atendido como huésped de honor. El personal del
hotel había inflado a tal punto la "copucha" que de capitán a paje estaban
convencidos de que yo era nada menos que el propietario de una cadena de
hoteles de turismo. Con este motivo mi habitación era visitada, desde la hora
del desayuno, por maîtres, mozos y cocineros que deseaban trasladarse a
Chile para trabajar en alguno de los elegantes establecimientos de "mi" cadena
de hoteles.
Estaba una mañana prometiendo puestos, cual candidato a la presidencia, cuando
repiqueteó la campanilla del teléfono. Era un funcionario del Ministerio de
Prensa y Propaganda que me llamaba para comunicarme que esa noche un grupo
selecto de cineastas, dibujantes y periodistas me ofrecían una comida en el
Restaurante La Cabaña.
- Si gusta, puede invitar al cónsul de Chile, señor Augusto Millán, y a su
señor hijo, que sabemos que lo acompaña.
Yo acepté muy agradecido, prometiéndole estar a las 21 horas en La Cabaña. Esta
invitación me dio más prestancia ante los futuros empleados, que veían en mí a
un auténtico "palo grueso".
Como a las nueve de la noche nos dirigimos, Millán, mi hijo y yo al famoso
restaurante, en cuya puerta principal dos vacunos embalsamados dan la
bienvenida a los parroquianos.
Le pregunté al maître en qué comedor se serviría el banquete. El mismo me
acompañó solícito al segundo piso. En el gran comedor lucía una magnífica mesa,
con capacidad para unos ciento cincuenta comensales. Banderas chilenas y
argentinas decoraban las paredes y artísticas guirnaldas de flores adornaban la
enorme mesa en forma de herradura.
-¿Qué les parece el banquetito? ¡Es una linda "gauchada" de mis colegas! - les
dije a mis acompañantes.
-¿Traes tu discurso preparado? - me preguntó Millán. Mira que éste va a ser un
"don banquete" y seguramente tendrás que hablar.
Bajamos para hacer hora en el primer piso. Dieron las nueve y media y nadie
subía. A las diez empezaron a llegar los reporteros gráficos. ¡A las once no se
había presentado ni un solo comensal!
-¡Qué cosa más extraña! - me decía mi viejo amigo, moviendo su enorme cabeza,
que no atinaba a explicarse lo que nos ocurría. ¡Si esto es increíble, Coke;
solamente a ti te pasan estas cosas! ¿No habrás entendido mal?
-¿Pero no oíste lo que nos dijo el maître al mostrarnos la mesa? - le
respondí.
Como en el lapso de la espera nos habíamos tomado varios aperitivos, se nos
despertó un hambre canina. Las apetitosas parrilladas y bifes que saboreaban
nuestros vecinos nos hicieron sentir la desgracia del mismo Tántalo.
No nos cabía duda de que habríamos hecho el ridículo comiendo solos en la
tremenda mesa, adornada con banderas chilenas y argentinas atadas como símbolo
de sincera amistad, así es que resolvimos hacernos servir allí mismo nuestras
viandas.
Dejábamos de saborear las deliciosas carnes solamente para reírnos del chasco
que nos habíamos llevado. Millán me aseguraba que jamás había ocurrido algo
semejante y que al día siguiente se propondría averiguar si se trataba de una
broma de pésimo gusto o de un malentendido.
Efectivamente, al siguiente día fue a verme al hotel con el misterio revelado.
Cuando los artistas recibieron "la orden" del gobierno de asistir al banquete,
se indignaron. Muchos creyeron que yo era uno de los tantos paniaguados
chilenos que merodean por Buenos Aires para ponerse a las órdenes del
"justicialismo" peronista. Y esto fue lo que les movió a acordar el ausentismo
al banquete organizado por el gobierno.
Después me agasajaron con una tan simpática como espontánea fiesta en el
Barrachina, con una asistencia mucho más numerosa que la "organizada" por el
Ministerio de Propaganda.