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En 1947, volando, ruta Buenos Aires, sobre el Cristo Redentor, pensé que sería
interesante pintar un cuadro en que el Señor apareciera mirado desde el punto
de vista en que Su Padre lo vio exhalar el último suspiro. Gracias a esta
perspectiva, nunca empleada, sería posible trazar por primera vez en el primer
plano el rostro de Cristo, e interpretar el supremo dolor con que al mirar
hacia el cenit exclamó:
¡Eli, Eli Lamma Sabacthani!
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Boceto del cuadro concebido por J. Délano.
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Después de hacer innumerables bocetos, hice llamar a un maestro carpintero para
que me construyera la cruz en que colocaría el modelo, o mejor dicho, los
modelos. Uno me serviría para estudiar el rostro y otro el cuerpo. Me habría
sido imposible reunir en uno solo los requisitos que necesitaba para ejecutar
mi cuadro.
Mi amigo "Chufún" me mandó un carpintero que parecía una lámina arrancada de
una Historia Sagrada. Era un anciano de luenga barba, no diré blanca, pero sí
amarillenta. En ella estaban impregnados, por lo menos, ochenta años de
nicotina.
Con gran dificultad empezó el viejo carpintero a construir la cruz. Una mañana
llegó empapado por la lluvia.
-¿Por qué vino con este tiempo tan malo? - le pregunté.
- Me he propuesto terminarla hoy - me respondió con voz opaca.
- Temo que esté usted enfermo - le dije; de modo que preferiría que la
terminara otro día, pues no es un trabajo urgente.
A pesar de mi recomendación, el pobre viejo trabajó hasta dejar terminada la
cruz. Le cancelé su trabajo y se despidió estrechándome su áspera mano.
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Reproducción del cuadro de Salvador Dalí
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- Mandaré a alguien a buscar las herramientas. No me siento con fuerzas para
llevarlas - fueron sus últimas palabras.
Pasaron los días y las herramientas del viejo carpintero dormían en un rincón
de mi estudio.
Una semana después golpeó a mi puerta un muchachón:
- Vengo a buscar las herramientas que dejó el maestro Pancho - me dijo: ¿Sabe?
El pobre murió al día siguiente de terminar su trabajo. No dejó de acongojarme
la noticia y le entregué las herramientas. Varios modelos posaron en la cruz,
trabajo póstumo de "ño" Pancho. Yo dibujaba sin premura. Mi obra era ambiciosa.
No se trataba de una de esos trabajos que hago para los periódicos, empujado
por los implacables punteros del reloj. En éste podía tomarme todo el tiempo
que fuera menester. A veces pasaba un mes sin que hiciera nada. ¿Para qué
apurarme?
Mas un día, mi buen amigo y brillante escritor Enrique Bunster se me presentó
llevando un ejemplar del "ABC" de Madrid. Miró el boceto de mi cuadro, en que
el Cristo aparecía visto desde el cenit, y abriendo la revista, me mostró una
lámina en que aparecía una reproducción de "El Cristo sin Clavos", de Salvador
Dalí.
Me quedé perplejo. La idea era la misma. ¿Para qué continuar mi obra? Todos
dirían que era un plagio.
Cuando el cuadro de Dalí se popularizó, muchos amigos que conocían mi proyecto
me visitaron consternados, como si estuvieran haciéndome una visita de pésame;
y yo me acordaba con tristeza de "ño" Pancho, el carpintero. Todavía su obra
postrera preside mi estudio.
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