Resolución 800 x 600



Mi lápiz no descansó en Hollywood

LXIX

La nariz de Katharine Hepburn me hizo recordar una escopeta de dos cañones.


Carmen Miranda lleva el Brasil en su cabeza.


Cuando conocí a Cugat el año 1931. era más popular por su lápiz de caricaturista que por su batuta de director de orquesta. El año 1943 nos volvimos a encontrar v tuvimos un duelo a lápices.


Y ésta es la caricatura que yo hice de él.


Edward G. Robin son es fácil de caricaturar


A Merle Oberon la vi como un mascarón de proa.


Y Spencer Tracy me hizo recordar un acordeón.


Así era Ingrid Bergman antes de conocer a Rossellini


A Clark Gable le asentaba el uniforme militar. En la guerra demostró la misma valentía que le tocó interpretar en algunas de sus películas.


La gran Bette Davis no se molestó con este apunte.


En cambio, Basil Rathbone se puso furioso cuando vio el suyo. "¡Jamás he tenido esa nariz!", exclamó indignado.


Ronald Colman también se sintió ofendido. "¡Yo no soy tan viejo!", refunfuñó. Ambos obligaron a retirar los originales de sus caricaturas de la exposición. "¿Dónde quedó el sense of humor inglés?", me preguntaba yo.


Charles Laughton me dio la respuesta al celebrar la suya. En mi álbum puso la siguiente dedicatoria: God forgive you! My wife says it's brilliant!" (¡Dios lo perdone! ¡Mi esposa dice que es brillante! ) James Cagney, a pesar de su aspecto de matón, es muy simpático.


Aquí está el famoso director francés Julien Duvivier dirigiendo a Jean Gabin.


El más viejo y famoso caricaturista yanqui, Clifford Berryman, en su estudio del "Evening Star", me toma el apunte que reproduzco.


* * *
Mis amigas las estrellas


La atrayente Esther Williams es sin duda la sirena más alta del mundo.


Joan Fontaine es tan encantadora como aparece en sus películas. Durante el almuerzo me interrogaba con sumo interés sobre cosas de Chile.


Mercedes Jiménez, la cocinera chilena que reina en Hollywood


En este segundo viaje, también nos tocó alternar con una cocinera chilena: Mercedes Jiménez. La había llevado Manuel E. Hübner cuando fue nombrado cónsul en Los Angeles de California. La Mercedes, que era el polo opuesto de la Catalina, la cocinera que nos acompañó en el primer viaje, hizo carrera en Hollywood. Sus empanadas chilenas son famosas y no hay party de importancia en que no ocupen lugar de preferencia en el buffer. Al finalizar la fiesta, Mercedes era invitada a pasar al living , en donde alternaba, de igual a igual, como ella decía, con los invitados.

-¡Cómo no he de estar contenta en este país, don Jorge! - me decía. ¿Se imagina que en Chile iba a recibir este tratamiento?

Conocí a Rita Hayworth en su camarín. Estaba recién casada con Orson Walles


En una fiesta que se dio en nuestro honor, a uno de los comensales, que se había extralimitado en el Scotch , le dio por hablar en términos descomedidos de Chile. El incidente pudo terminar en forma desagradable para los anfitriones, pues había muchos chilenos que empezábamos a perder la paciencia; pero, afortunadamente, el borrachín fue sacado discretamente por el dueño de casa y conducido a la suya. Mercedes, muy afligida, me explicó:

- Yo tuve la culpa, por haberlo puesto en la lista de invitados. No me acordé nunca de que odia a los chilenos, porque su señora siente una verdadera debilidad por nuestros compatriotas, y si no me cree, aguaite a don Jorgecito...

Efectivamente, una interesante rubia tenía a mi hijo arrinconado en el jardín.

-¿Ve? ¡Esa es la señora del míster que odia a los chilenos! ¿No le decía yo que sus razones tenía? ¡Fue tontera mía invitarlo!


Loretta Young me acompañó a la ceremonia en que hice entrega de las caricaturas que fueron rematadas a beneficios de un hospital de guerra.

Cuando llegó Claudio Arrau a dar su concierto en el Hollywood Bowl (teatro al aire libre con capacidad para 20.000 personas), Mercedes Jiménez lo recibió en la puerta y le presentaba a sus amigos, todos personajes importantes. Terminó Mercedes por emplearse en casa de Rita Hayworth, que estaba recién casada con Orson Welles. Al saber que regresaríamos pronto a Chile, me pidió permiso para venirse con nosotros en el barco, pues deseaba ver a sus parientes, que viven en Iquique.

Llegada que hubo la hora de zarpar, la esperábamos con impaciencia, apoyados en la baranda de la cubierta del "Río de la Plata", el mismo barco en que un año antes habíamos llegado. Faltaba poco para el zarpe y Mercedes no aparecía. ¿La habrían embarcado, como casi sucedió con su colega Miss Catalina Jorquera, en un buque con rumbo a la China? Cuando empezábamos a inquietarnos apareció un auto desconcertantemente lujoso y se detuvo al pie de la pasarela, cosa permitida solamente a personajes prominentes. Los pasajeros se apretujaron para ver quién venía.

- Debe ser algún diplomático -dijo alguien. -¡O una estrella cinematográfica! - replicó otro.

¡Era la despampanante Rita Hayworth, que había ido a dejar a Mercedes Jiménez! Se despidieron con lágrimas en los ojos; lágrimas auténticas de emoción y no de glicerina, como son las que ruedan por las mejillas de las actrices durante la filmación de una escena dramática. Rita le regaló uno de sus lindos abrigos a su querida Mercedes, quien entre sollozos le prometió regresar muy pronto a su lado. ¡Qué diferencia tan grande había entre la apocada Catalina Jorquera, que nos acompañó en nuestro primer viaje, y la alegre y optimista Mercedes Jiménez, figura destacada del mundo social de Hollywood!

Entre los pasajeros venía un grupo de sacerdotes metodistas, con la santa misión de divulgar la doctrina cristiana entre unas tribus semibárbaras que todavía subsisten en los parajes limítrofes de Perú y Bolivia. Eran ocho muchachos fornidos, con más apariencia de futbolistas que de evangelizadores misioneros.

Al pasar la línea ecuatorial es costumbre hacer bromas. El organizador de la fiesta me pidió que dibujara unos menús para los curitas. Yo los pinté rodeados de indios antropófagos. Algunos de los curitas aparecían asándose a lo spiedo. Otros, metidos en palanganas, cociéndose a fuego lento, etc. Ellos celebraron con estentóreas carcajadas mis monos, sin imaginarse, por supuesto, que éstos entrañaban un trágico presagio. Semanas después de llegar a Santiago, los cables daban cuenta de que los salvajes habían dado muerte a todos los misioneros ¡y se los habían comido!

También conocí allí escritores y pintores famosos. En la foto aparece Vicki Baum, autora de "Gran Hotel" y tantos otros libros famosos, quien nos invitó a tomar el té en su casa. Nos causó admiración su va liosa colección de máscaras que trajo de Bali.

Si mala suerte había tenido el "Río de la Plata" al entrar en el puerto mexicano Salina Cruz, más adverso le fue su segundo viaje de regreso: se incendió y naufragó frente a ese mismo puerto. No hubo desgracias personales, ya que el incendio se produjo cuando todos los pasajeros se encontraban en tierra; sólo que éstos tuvieron que lamentar la pérdida de todo su equipaje.