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En Washington tuve una gran satisfacción. Al ir a saludar al Ministro de
Relaciones Exteriores, en esa época Mr. Sumner Welles, me topé con él en un
ascensor, y mi acompañante, que era un funcionario del Departamento de Estado
hizo las presentaciones entre piso y piso, sin mayor protocolo. El señor
Welles, que habla castellano perfectamente, me dijo:
- De manera que usted es el director de "Topaze". Ya verá usted cómo
consideramos aquí su revista.
Cuando llegamos al severo despacho del Secretario de Estado, abrió éste una
gaveta y tomando un ejemplar de mi revista, agregó sonriendo:
- Es el "Topaze" de esta semana. Creo que le agradará saber que aquí nos
informamos de la política chilena a través de las páginas de su revista. Otra
de mis grandes satisfacciones la experimenté cuando fui invitado a la Casa
Blanca y conocí al Presidente Franklin Delano Roosevelt. Me habían prevenido
que no estuviera más de cinco minutos con él, así es que disimuladamente miraba
el reloj que estaba sobre un armario.
- Tenía muchos deseos de conocer a alguno de mis parientes de Sudamérica - me
dijo con su cautivante sonrisa. Y señalándome un retrato al óleo que pendía de
la pared, continuó: Este es Philippe de Lannoy, nuestro común antepasado, que
huyó de las persecuciones religiosas y llegó en el "
Mayflower
" a establecerse en Nueva Inglaterra. Allí se transformó el apellido De Lannoy
en Delano. Hay ramas de nuestra familia en todas partes: en Francia encontramos
a los De Lannoy; en Holanda, los De la Noye; en Irlanda, los Delanoy; en
España, los Del Lano, y en Rusia, los Delanoff.
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Molotov el hombre NO.
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Yo escuchaba con mucho interés este interesante relato que desgraciadamente fue
interrumpido por un secretario que, entreabriendo la puerta, introdujo su
cabeza para decir:
- Perdón, señor Presidente; pero el señor Molotov está esperando.
- Que espere - respondió Roosevelt. Temo no tener la ocasión de volver a
encontrar a un miembro de mi familia que vive en un país tan lejano.
Había pasado un cuarto de hora con el gran demócrata. Al despedirse me dijo que
deseaba ardientemente conocer Chile. Cuando salí me topé con el terco Molotov.
Estuve tentado por preguntarle si conocía en Rusia a los Delanoff; pero me
abstuve por temor a perjudicarlos, tal vez provocándoles un viaje a Siberia,
por tener un pariente eminentemente democrático como era mi "primo" Franklin.
La última vez que vi al gran Presidente fue en una conferencia de Prensa. Me
colocaron una silla muy cerca de él y pude seguir, en todos sus detalles, esa
especie de match de fútbol, en que Roosevelt, con pasmosa agilidad mental,
defendía su arco de los interrogatorios que los más hábiles periodistas le
"chuteaban". Había preguntas candentes, la guerra estaba en su apogeo; pero era
imposible meterle un gol a Roosevelt. Siempre los barajaba, desviando
hábilmente la pelota al sitio en que él deseaba que estuviera, como si su
cerebro hubiera acaparado la fuerza y agilidad que sus miembros habían perdido.
Más tarde me envió su fotografía con una dedicatoria, que dice:
To Mr. George Délano from his cousin. FRANKLIN D. ROOSEVELT.
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Algunos años más tarde, cuando la esposa del recordado Presidente. Mrs. Eleanor
Roosevelt, vino a Chile, manifestó sus deseos de conocer a los Delano de Chile.
El embajador de los Estados Unidos, Mr. Claude Bowers, me pidió que invitara a
algunos miembros de la familia Delano a la recepción que ofrecería en la
Embajada a Mrs. Roosevelt. Al cerciorarse del frondoso ramaje del árbol
genealógico de los descendientes de Philippe de Lannoy en nuestro país, exclamó:
-¡Nunca imaginé que en Chile hubiera más Delano que en los Estados Unidos!
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Representantes de diferentes ramas de la familia Délano rodean a la señora
Eleanor de Roosevelt en la recepción dada por el Embajador Claude Bowers en
honor de la ilustre dama.
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Mi santa madre, que cuenta noventa y dos años de edad, vive rodeada de sus
siete hijos vivos, cuarenta netos, ciento cuarenta y siete biznietos y cuatro
tataranietos.
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