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Empezaba a correr la segunda semana de enero de 1938. Preocupado por la
actualidad política que me tocaba afrontar en "Topaze" después del discurso
pronunciado por don Arturo en la Escuela de Aviación, en el que atacó con
insólita rudeza a don Carlos Ibáñez, me dirigí en busca de inspiración al
Cementerio General. Necesitaba serenidad para glosar la candente actualidad.
Armado de un lápiz y un block de bolsillo, me senté en las gradas de un
mausoleo. ¿Cómo "graficar" la actitud del León, que, siendo Presidente de la
República, había arremetido en el almuerzo de un cuartel militar contra un
general que había ocupado igual investidura? El general había reaccionado
violentamente en carta abierta publicada en varios diarios, y cuando todo el
mundo esperaba una actitud altiva de don Arturo. . ., éste "se chupó". Sin
embargo, "La Nación", cuyo presidente era el general Bravo, sostenía que el
Presidente había sabido responder con energía a la insolente carta de Ibáñez.
La verdad fue que don Arturo captó la mala impresión causada por su discurso
entre los militares.
Siguiendo mi costumbre, apunté varias ideas sobre el tema; pero ninguna me
satisfizo. Inconscientemente di una mirada al interior del sepulcro, en cuyas
gradas me había instalado, y con extrañeza vi el nombre del difunto que dormía
"esta vez" el sueño eterno: don Ramón Barros Luco.
"Ayúdeme, don Ramoncito", pedí mentalmente; y como si el macuco Presidente
hubiera escuchado mi súplica, rebotó en mi mente la idea de la caricatura que
bajo el título "Se chupó" fue la causante, algunos días después, de la
incineración de la edición N.° 285 del semanario.
Para demostrarle mi agradecimiento a don Ramón, le hice un croquis de su cara,
mostrándolo con un ojo abierto y otro cerrado, y lo introduje por una rendija
de su lápida, donde seguramente está todavía.
De acusado me transformo en acusador
La noche en que se daba término a la impresión de la edición 285 en la Imprenta
Leblanc, de propiedad de don José Stanley, se presentó el prefecto de
Investigaciones, don Oscar Peluchonneau, acompañado de varios agentes, con una
orden de detención en contra mía y otra de confiscación de la edición. ¿Cómo se
habría impuesto el gobierno del contenido de ese número? Fue inútil mi
protesta. Me introdujeron en un automóvil que, seguido de otros, me condujo con
toda la edición a los Tribunales de justicia. Siempre recuerdo el diálogo
sostenido durante el trayecto con el prefecto Peluchonneau.
Coke
. - Yo soy un modesto "Barómetro de la Política Chilena". Los que se
encolerizan con mis caricaturas proceden en forma tan desatinada como pudieran
hacerlo aquellos que arremetieran contra un barómetro cuando su puntero anuncia
tempestad.
Pelucho
. - Yo no hago más que cumplir órdenes superiores.
Coke
. - Cuando las órdenes impartidas son arbitrarias, hieren al que las da y a los
que las cumplen.
Pelucho
.- La caricatura es muy ofensiva para S. E.
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SE CHUPO TOPAZE: ¿Sabe, mi general, que no es tan bravo el león como lo pintan?
(La caricatura le fue encomendada a "Pekén", previniéndole que dibujara al león
sin ninguna de las características de don Arturo.)
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Coke
. - No lo estimo así. Tuve otras ideas que, sin ser ofensivas, resultaban más
peligrosas: Una en que los militares, después de escuchar la diatriba en contra
del general Ibáñez, en lugar de aplaudir, producían ruido de sables ... ¿Le
habría parecido mejor? En cambio, ésta es una representación objetiva de los
hechos, que yo no podía abstenerme de comentar.
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En esta caricatura aparece el León con la cara de don Arturo. Está protegiendo
a sus cachorros, Fernando, Jorge y Eduardo, de las asechanzas de las otras
fieras del zoológico político.
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Pelucho
.- Es mejor que se lo explique al ministro sumariante que nos espera en los
Tribunales.
Coke
.- ¿Puedo solicitar la presencia de mi abogado?
Pelucho
.- Imposible. Usted tendrá que defenderse personalmente.
Serían las 10 de la noche cuando entrábamos en el Palacio de los Tribunales.
El ministro instructor del proceso, señor Aylwin, tomó lentamente un ejemplar
de "Topaze", y mostrándome las páginas centrales, me interrogó:
-¿Ha sido su intención personificar al Presidente de la República en la figura
de este león?
Rápidamente hice la composición de lugar, y con un aplomo del que yo mismo me
extrañé, respondí:
- Me sorprende que S. S. suponga que S. E. pueda ser representado por un animal.
Yo había tenido la precaución de hacer aparecer al león sin ninguno de los
atributos faciales con que caracterizábamos a don Arturo. En el dibujo aparecía
una vulgar fiera de circo pobre, sin onda ni nariz colorada.
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Feliz aparezco yo en esta foto, retirando de los Tribunales de Justicia,
después de haber sido absuelto, los ejemplares de la edición de "Topaze" N.°
285. Me acompaña Alfredo Valenzuela Donoso, que con valentía e inteligencia
colaboró en la pesquisa que dio con los corrales en que fue incinerada la
edición.
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Desconcertado el ministro ante mi audaz respuesta, que lo transformaba de
acusador en acusado, suspendió el interrogatorio y me declaró absuelto. Fui
notificado de que podía retirar del sótano de los Tribunales la edición 285, la
que yo mismo ayudé a acarrear a unas carretelas, para llevarla a nuestro local
de la calle Moneda, como puede verse en la fotografía adjunta. Esa tarde
observé que Peluchonneau pasaba frente a nuestras ventanas. Quise saludarlo,
aunque me esquivó. Pensé que se sentía molesto por la derrota obtenida, pero el
prefecto volvió a pasar, y esta vez con la solapa levantada, creyendo que así
no lo identificaría.
Vi también que algunos individuos sospechosos se habían detenido frente a
nuestra casa. Convencido de que se nos preparaba una sorpresa, le ordené a
Sixto, mi mozo, que se quedara esa noche en la oficina y que al primer síntoma
inusitado me llamara por teléfono.
Como a las 6 de la madrugada uno de mis cuñados me comunicó que la redacción
había sido asaltada.
Me levanté rápidamente. Cuando llegué a "Topaze", el asalto estaba consumado, y
Sixto me explicó que intentó llamarme por teléfono, pero que la línea había
sido cortada. La policía de Investigaciones se había llevado en un camión toda
la edición y varios originales de caricaturas de don Arturo Alessandri.
Tenía que obrar sin pérdida de tiempo y pensé buscar inmediatamente un abogado
de prestigio que fuera adversario político del Presidente. El hombre indicado
me pareció Juan B. Rossetti. Me dirigí a su domicilio y lo con vencí de que me
ayudara. Se levantó e hizo la denuncia correspondiente en el juzgado. Ambos nos
preguntábamos qué podían haber hecho con la edición, pero no se nos ocurría
cómo y a quién averiguar su destino. Pero Rossetti, después de los primeros
trámites, le confió mi defensa a Arturo Natho.
A mediodía todo Santiago conocía lo ocurrido. Fui llamado por el intendente,
don Julio Bustamante, a su despacho, y sostuvimos el siguiente diálogo:
-¿Qué le ha pasado, mi amigo, que me dicen que le asaltaron su oficina? Nunca,
como -en esa ocasión, mis poderes psíquicos fueron más útiles. Desde varias
horas mi cerebro era un tirabuzón que buscaba hacia todos lados la explicación
de los hechos y la suerte que había corrido la edición de la revista.
Yo estaba, pues, en estado excepcionalmente receptivo, así es que atrapé sin
dificultad la respuesta mental de Bustamante.
Vi una gran hoguera y tuve la revelación de que la revista había sido quemada.
- Usted mandó quemar la edición anoche - le respondí con tal firmeza, que el
intendente se paralogizó y hasta su rostro cambió de color. Después de algunos
segundos se repuso y con tono airado contestó:
-¿Se da cuenta de su insolencia? ¡Si no prueba en seis horas más su afirmación,
lo voy a meter preso!
- Se lo probaré antes del plazo que usted me ha fijado - le respondí; y dando
media vuelta, abandoné su despacho.
Una vez en la calle, me pregunté: "¿Y qué hago ahora?"
Busqué en seguida a mi amigo y periodista Alejandro Oteíza y le conté lo
ocurrido. Ya no tenía duda de que la edición había sido quemada, de modo que
nos pusimos a averiguar si había algún local, en los alrededores de Santiago,
dependiente de la policía. Se nos informó que por la calle Andes, a unas diez
cuadras pasado Matucana, existían unas caballerizas que dependían de
Investigaciones. Me aprovisioné de una máquina fotográfica y nos dirigimos en
un auto al sitio elegido.
Cuando estábamos cerca, me dediqué á interrogar a cuantas personas pasaban:
-¿Ha visto hacer una fogata anoche? Todos nos respondían negativamente.
Cuando ya estábamos perdiendo las esperanzas de dar con la pista, desembocó por
una esquina una muchachita de unos diez años.
La detuve y le repetí la pregunta.
- Sí, "caallero". Anoche se le llenó a mi mamita la batea de papel "quemao".
-¡Llévenos a su casa, "mijita"! - le pedimos. Y ni cortos ni perezosos echamos
a la chica al auto y partimos a la dirección que indicó.
Después de hablar con la madre de la muchacha y explicarle el objeto de nuestra
visita, la señora nos llevó al patio en que tenía la batea.
-¡Si ustedes vieran todo el papel quemado que cayó aquí! Miren cómo está el
parrón.
Tomé algunos trozos de papel y pude comprobar que eran restos de la edición N°
285. Entonces le pedí a Oteíza que fuera a buscar al juez, don Pelegrín
Sepúlveda, que estaba a cargo del sumario.
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Momento en que se descubrió el sitio en que fue incinerada la edición N.° 285.
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Media hora después llegó mi amigo con el juez y el actuario Vivanco. Con toda
agilidad se trepó don Pelegrín al parrón y encontró nada menos que la página
con la caricatura "Se chupó" casi intacta.
Parecía que algún ser intangible me hubiera prestado su protección. El juez
Sepúlveda guardó la página en su cartapacio, junto con otras a medio quemar, y
se lo entregó al actuario. De ahí nos dirigimos a los corrales de la policía.
Me parecieron demasiado limpios. El suelo estaba cubierto con maicillo recién
puesto. Don Pelegrín ordenó que trajeran una pala y retiraran el maicillo.
¡Cuál no sería nuestra alegría al ver aparecer en el suelo las huellas
calcinadas de los paquetes de revistas! Tomé varias fotografías y el juez
decretó la incomunicación del recinto y la detención del personal que se
encontraba presente. Una hora después había dictado orden de prisión contra el
prefecto Peluchonneau y otros jefes de la policía, y en la tarde se pedía la
destitución del intendente Bustamante. A la hora de comida, el Gabinete estaba
a medio renunciar' y en la noche el Presidente Alessandri habló por la Radio
del Estado declarándose responsable del asalto e incineración de "Topaze".
* * *
Waldo Palma, que a pesar de los "cocowaldopalmerazos" que le pegábamos en
"Topaze" es mi amigo, estaba ausente de Santiago durante estos incidentes.
Estoy seguro de que él habría evitado el mal paso dado por Investigaciones.
Años después, un día en que yo llevaba un ejemplar de "Topaze" de la edición
que debía aparecer al día siguiente, vi a Waldo en la puerta de "La Bahía".
Sabiendo que al día siguiente debía partir a Europa, me acerqué a él para
despedirme. Junto con desearle un feliz viaje le obsequié el ejemplar que
llevaba conmigo.
No advertí que cerca de él estaba don Julio Bustamante, quien se nos acercó y
con simpática socarronería me dijo:
-¿Le atracamos un fosforito?
Era don Julio más "topácico" que yo mismo...
* * *
Mi perpetua lucha con el intendente Bustamante se asemejaba a la de "Don
Camilo" con el alcalde "Peppone" descrita por Giovanni Guareschi, en que los
contrincantes aparecen como enemigos irreconciliables y, sin embargo, un lazo
misterioso de simpatía los une en un plano que trasciende de la realidad.
Cuando falleció don Julio, yo sentí una sincera aflicción. Era él la
encarnación de la lealtad, y las arbitrariedades de que me hizo víctima le
fueron, sin duda, dictadas por su entrañable adhesión a don Arturo.
Parece que alguien le sopló que el León estaba pareciéndose - cada vez más a
mis monos, confirmando el aforismo de Oscar Wilde de que "la naturaleza copia
al arte"; y sin pensarlo dos veces me llamó a su despacho para pedirme qué me
abstuviera de dibujarlo, aunque más no fuera por un tiempo. Pensó tal vez el
intendente que en un par de meses don Arturo volvería a recuperar su aspecto
natural.
Una revista como "Topaze" no podía dejar de "graficar" al Presidente de la
República por complacer a don julio, así es que empecé a dibujar a Alessandri
por atrás. Una mañana lo seguí en su paseo cotidiano por la Alameda y lápiz y
block en mano tomé nota de sus características traseras, encontrando que lo más
peculiar era la manera de portar el bastón cruzado a la encorvada espalda,
enganchando el cacho del mango en su hombro izquierdo. Nunca pudo imaginarse
don julio que, gracias a él, pude salvarme de un "carcelazo". Al ser procesado
por otra caricatura que no fue del agrado del Presidente y en que aparecía por
detrás, el ministro sumariante me preguntó, mostrándome un ejemplar de "Topaze"
en que don Arturo aparecía en su "versión posterior", si ese dibujo
representaba al Presidente de la República. Yo le respondí que no era posible
probarlo por estar dando la espalda. . . , "y como S. S. sabe que soy un
especialista en los rasgos fisonómicos del Presidente - le dije, completando mi
defensa, si hubiera tenido la intención de dibujarlo, lo habría mostrado por
delante".
* * *
Otra jugada que le hice a don julio fue con motivo de la propaganda de una
edición especial de la revista. Había preparado yo un costoso carro alegórico
que simulaba una gran jaula en la que el rey de los animales aparecía
recortado, de tamaño natural, en cartón. Al solicitar el permiso para hacer
transitar mi carro por las calles de Santiago, sólo se me autorizó recorrer los
suburbios de la ciudad, perdiendo de esta manera toda eficacia la propaganda
que yo había planeado.
Fue así como el día anterior a la salida del número especial, el carro
alegórico pasó por las callejuelas más despobladas. Con la intención de anular
esta medida, que ponía en peligro la costosa edición, me dirigí a un teléfono
público y, fingiendo la voz de un correcto caballero liberal, me comuniqué con
el intendente para hacerle saber que en esos momentos recorría las calles un
carromato francamente ofensivo para S. E.
Acto seguido llamé a los fotógrafos de los diarios de oposición para
prevenirles que estuvieran preparados para un golpe periodístico. Un cuarto de
hora más tarde, y tal como yo lo había previsto, el chófer, los sujetos que
iban en su interior disfrazados y el carro alegórico con león y todo fueron
conducidos a la primera comisaría, bajo la acusación de desacato.
Al día siguiente los diarios publicaron con profusión de detalles y fotografías
el pintoresco incidente. Gracias a éste la propaganda del número especial
resultó mucho más eficaz que el carro alegórico mismo, y la edición se agotó
antes del mediodía.
Otra vez que don julio volvió a pedirme que no dibujara la cara de don Arturo,
amenazándome con un proceso, le contesté que ya estaba impresa en la portada
próxima, y en forma tal que no podría darse por aludido. Efectivamente, la
semana siguiente, los lectores de "Topaze" vieron qué el rostro de don Arturo
se formaba con una mancha negra, que daba la ilusión de su clásica onda; la
nariz estaba simulada por una leyenda en rojo y la boca por el título, tal
corno se ve en la reproducción adjunta.
Aseguran los biólogos que el hombre se transforma íntegramente cada siete años,
vale decir, nuestro cuerpo se renueva así como cada día cambiamos camisa. De
acuerdo con este postulado, yo me habría transformado, por lo menos, cinco
veces desde la época en que desesperaba a mi madre pintándole zancudos en la
pared hasta ésta, en que sacaba de juicio semanalmente al intendente Bustamante.
Pese a las materialistas teorías biológicas, creo que yo he sido siempre el
mismo, así como don Arturo Alessandri fue hasta su última hora el mismo del año
20.
Larga y persistente fue mi batalla con don Julio Bustamante; pero le guardo un
simpático recuerdo. La lealtad, tan común en los perros, es un raro don entre
los hombres.
* * *
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La portada de "Topaze" en que con letreros se forman los rasgos faciales de don
Arturo.
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Se me achaca una caricatura que jamás dibujé, y otros gajes del oficio.
Muy equivocados están quienes creen que los caricaturistas se ensañan por odio
personal con determinados hombres públicos. Jamás yo sentí odio por político
alguno; me parecen ellos personajes fabulosos, como lo son el Pato Donald o el
Perro Pluto para Walt Disney. La prueba de esto es que una vez que los
políticos salen del foco de la actualidad, los olvido y no vuelvo a preocuparme
de ellos hasta que otra vez vuelven a entrar en la pista del circo político.
Tampoco he recurrido nunca a la vida privada de mis "víctimas" para ponerlos en
solfa.
Hace años me "colgaron" una caricatura en que don Arturo estaba arrodillado
ante otro político, al que yo habría vestido con los hábitos de obispo y a
quien el León aparecía besándole la esposa. Jamás pasó por mi mente esa infame
caricatura. Sin embargo, todavía hay personas que aseguran haberla visto en una
portada de "Topaze". Entre ellas estaba don Julio Bustamante, quien en cierta
ocasión me la enrostró culpándome de haber faltado a la ética profesional. Lo
desafié a que la encontrara en la colección completa de "Topaze", archivada en
la Biblioteca Nacional. Yo me comprometía a pagarle $ 100.000 (hoy la suma
superaría al millón de pesos) si había sido publicada. En caso contrario, sería
él quien me haría entrega de esa cantidad de dinero. Yo estaba completamente
seguro de ganar el desafío; pero don julio cayó, poco después, enfermo de
muerte y perdí la ocasión de probarle que no soy de los que escarban en la vida
privada de los hombres; ¡bastante debo sufrir buscando mis temas en el basural
de la política!
Años después, con motivo de la división del Partido Conservador, y en que, como
se sabe, don Manuel Muñoz Cornejo se hizo cargo de la presidencia de la
fracción social cristiana, yo, de acuerdo con la política del diario en que
estaba trabajando, "El Ilustrado", caricaturizaba cada semana a don Manuel en
las más absurdas posturas. Conocía apenas de vista a este caballero e ignoraba
por completo su vida privada. ¿Cuál no sería mi sorpresa al imponerme por el
director del diario, don Luis Silva S., que el señor Muñoz Cornejo había ido a
quejarse amargamente ante S. E. el Cardenal Arzobispo por la caricatura que a
continuación reproduzco?
- Al llamarme Muñoz Melancolía - le había dicho a S. E. el dibujante intentó
mofarse del dolor que, desde que perdí a mi esposa, atormenta mi alma.
El director le explicó a S. E. que le constaba que el dibujante no conocía al
señor Muñoz Cornejo y que si hubiera podido suponer la interpretación que este
caballero iba a darle a su dibujo jamás lo habría hecho. También le explicó que
lo de Muñoz Melancolía había sido puesto en contraposición de Muñoz Alegría,
apellido del político con que aparece dialogando en el dibujo y que era el
presidente del Partido Radical.
Caricaturas que nunca debí dibujar
El hombre de confianza del Presidente don Juan Antonio Ríos -"Don Mandantonio"
lo llamábamos en "Topaze" era mi cuñado Camilo Ramírez, que desempeñaba el
puesto de Intendente de Palacio.
EL PACTO CON EL DIABLO.
Muñoz Alegría: - Queda entendido que después de este pacto serán únicamente
Conservador Social, porque la otra palabra es inaceptable en mi reino.
Muñoz Melancolía: - Sí, pero a cambio de dos suculentas pegas.
("El Diario Ilustrado", 25 de julio de 1951.)
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Cuando se empezó a hablar de una misteriosa enfermedad que aquejaría al
Presidente Ríos, yo le preguntaba a Camilo, que en esa época vivía con nosotros:
-¿Qué hay de cierto en esto de la enfermedad del Presidente?
- Don Juan Antonio goza de excelente salud - me respondía invariablemente,
cambiando de inmediato el giro de la conversación.
Sin embargo, como la "copucha" de la misteriosa enfermedad del Presidente
continuara inflándose, fuimos muchos los que atribuimos el mal a una
"enfermedad política" y así fue cómo empecé a publicar en "Topaze" caricaturas
en que don Juan Antonio era mostrado en calidad de enfermo. ¡Cómo iba a
imaginarme que ya estaba señalado con el dedo de la muerte! Lo curioso era que,
por una extraña intuición, empecé a dibujarla con el vientre cada vez más
abultado, como si yo hubiera presentido que S. E. llevara un tumor maligno en
su interior.
PAJARO DE MAL AGÜERO
Don Mandantonio: Este chuncho se equivoca si cree que, como lo hizo una vez,
viene a entonar un responso fúnebre... "Topaze" 5 de mayo de 1944.
(El chuncho, en el dibujo, es don Gabriel González Videla. El vaticinio no
tardó en cumplirse.)
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Cuando el mal hizo crisis y la noticia trascendió, le llamé la atención a mi
cuñado más o menos en los siguientes términos
-¡Cómo es posible que no me hayas dicho la verdad; tu excesiva reserva me ha
hecho incurrir en un equívoco que ha resultado de pésimo gusto!
DON JUAN ESTEBAN RÍOS.- A pesar de haber "arrojado" tantos socialistas aún no
me encuentro bien.
DOCTOR TOPAZE.- Es que algo muy indigesto, le queda todavía en "el interior"
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- Era un secreto de Estado q u e me estaba vedado revelarte - me respondió,
haciendo un puchero que es muy propio de él. Cuando yo te veía dibujar esas
caricaturas sentía deseos de romperlas; pero había hecho un juramento que me
sellaba la boca y, me paralizaba las manos.
Y fueron varias las que hice del malogrado señor Ríos por excesivo celo del
Intendente de Palacio.
El día en que falleció don Juan Antonio, Camilo llegó a casa con los ojos
nublados por el llanto y me dijo:
- Era todo un hombre y así también supo morir.
Estos son algunos de los gajes de mi oficio que he debido soportar con
cristiana resignación.
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