|
Yo no había perdido el tiempo durante mis intervenciones como "extra". Cada día tomaba notas de la forma cómo se iluminaba el escenario, de la manera de construirlo, del complicado sistema sonoro, compaginación de negativos, maquillaje, etc.
Mi gran anhelo era producir en Chile una película hablada. Deseaba que fuera el primer país de Sudamérica en hacerlo.
Un buen día me fueron enviados desde Santiago los pasajes de regreso. Un año de vida llevábamos en Hollywood, y en el momento en que nos empezábamos a abrir camino, la caprichosa suerte nos obligaba a retornar. Después de despedirme de mis amigos de los estudios, trepé a la colina donde vivía "Peter el Ermitaño". Hacía un año que yo no articulaba algunos de los expresivos "garabatos" chilenos y sentía la necesidad física de desembucharlos.
Me situé, como acostumbran los mahometanos, orientando mi vista hacia La Meca del Cine, y empecé a gritar los más típicos, con voz atronadora. Peter se acercó y me dijo que esas extrañas palabras le sonaban como una música. Suponía que era algún poema de mi tierra lejana; y en sus ojos azules brilló una lágrima de emoción.
Cuando estaba largando al aire una "entrechupalla" de despedida, empleando los términos que en la Cámara de Diputados son considerados antiparlamentarios, emergió, como por arte de magia, tras una mata donde no sé qué podía estar haciendo, una señorita chilena, Raquel Morandé, que me apabulló con esta frase:
-¡Y yo que lo creía tan caballero! El precio del brevet de la primera paracaidista chilena.
Hacía unos dos meses que había conocido a Raquel Morandé. Fue cuando un grupo de chilenos estábamos invitados a un festival aéreo en que varias muchachas latinoamericanas debían recibir su brevet de paracaidistas. Entre las concursantes, representando a Chile, estaba Raquel Morandé.
Por primera vez veíamos la arriesgada prueba y tuve una gran impresión. Los paracaídas se abrieron como burbujas blancas. Uno de ellos lucía los colores de nuestra bandera. Después de aterrizar las paracaidistas, se desprendieron de los correajes y avanzaron por la pista, en medio de entusiasta ovación, hasta la tribuna en donde se habían instalado los árbitros del concurso. Cada una recibió su brevet, pues todas habían tocado tierra sin sufrir ningún accidente. Yo corrí a felicitar a nuestra compatriota. Estaba intensamente pálida, y al darle la espalda al jurado, su sonrisa se congeló.
- Me he quebrado un pie al caer - me dijo; pero he aguantado el dolor por dejar bien a Chile.
La llevé en brazos al automóvil. Allí perdió el conocimiento. Jamás olvidaré su temple espartano. ¡Cuánta fuerza de voluntad debió gastar para recorrer más de un kilómetro en esas condiciones.
Un año después murió trágicamente en un choque de autos.
 |
|
Fotografía de Raquel Morandé, tomada momentos antes de la prueba. La acompaña el Cónsul de Chile en Los Angeles, don Arturo Ríos Talavera. |
|