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"La Gran Jornada'" y los perturbadores efectos del "base-ball"

LXV

Supimos un día que la Fox requería la actuación de una niñita de ocho años para desempeñar un papel de cierta importancia. Mi mujer llevó a esos estudios a nuestra hija Adriana, la que después de participar en un concurso al que concurrieron veintiocho oponentes, obtuvo la parte. Desde ese momento, Adrianita empezó a ser el sostén de la familia. Le pagaban doscientos dólares a la semana. La película, cuyo título era " La Gran jornada " (The Big Trail), relataba la epopeya vivida por los heroicos colonizadores que atravesaron los Estados Unidos para establecerse en California.

Mi hija Adriana junto a Tito Davison en una de las carretas usadas en "La Gran jornada".

Si yo hubiera sabido los riesgos que iba a correr nuestra hija, jamás la habría matriculado en semejante aventura. Las carretas de los colonos debían vadear caudalosos ríos y caer de altos despeñaderos. Cuando vi la película terminada; la conciencia me mortificaba gritándome: "¡Padre desnaturalizado! ¡Mira cómo has expuesto a tu hijita!" Menos mal que casi todas las carretas llegaron a California y " La Gran jornada " terminó con un esplendoroso happy end.

Adrianita compartió su trabajo con otros chilenos, como Lucio Villegas, ex campeón de tenis, que desempeñaba el papel de un fraile franciscano, y Tito Davison, que había ido a Hollywood con Carlos Borcosque. Más de una vez nos encontramos disfrazados almorzando en una mesa del estudio, y yo pensaba entonces en qué comentarios circularían en Santiago si nos vieran en tales trazas.

Mi mujer, como tenía que acompañar a Adriana en su aventura cinematográfica, aprovechaba su tiempo ganándose diez dólares diarios disfrazada de valerosa colona. Armada de un trabuco, disparaba contra los indios que intentaban asaltar el campamento. ¡Había que ver cómo los pieles rojas volaban desplumados, cual patos silvestres, al ser apuntados por el ojo certero de mi cara mitad!

Estos trabajos vinieron a aliviar nuestra angustiosa situación económica, porque en definitiva los giros de "La Nación" no llegaron jamás.

Mi hijo Jorge también obtuvo un papelito, en una película de Ramón Novarro, y yo fui contratado como asistente de Carlos Borcosque en las películas en castellano que rodaba la Metro-Goldwyn-Mayer. Esto me permitió conocer a fondo la estructura de los "guiones" o libretos cinematográficos. Empezaba, pues, para nosotros la etapa del florecimiento.

Solo Catalina Jorquera languidecía. Su corazón sediento de amor no se satisfacía c o n la correspondencia epistolar que la unía a su prosaico Romeo, y una tarde me dijo que estaba decidida a " degolverse ".

Lucio Villegas vestido de fraile franciscano. ¿Quién creería, al ver lo en semejante traza, que fue campeón de tenis?

Yo le prometí embarcarla cuanto antes, pues su romanticismo no conjugaba con nuestra azarosa vida de cineastas. Y fue así como un día, en que por desgracia se dirimía un importante partido de base-ball , me dirigí a una compañía de navegación a tomarle el pasaje de regreso.

Tan absorto en las alternativas del juego, propaladas por un radio, estaba el individuo encargado de vender los pasajes, que me despachó atolondradamente, metiendo el boleto en un sobre y advirtiéndome que el barco zarparía al día siguiente, a las tres de la tarde. Catalina recibió alborozada la noticia y empezó a empacar sus cosas. Casi todos los sueldos del año los había invertido en trajes de baile, muy escotados y adornados con flotantes colgandejos de tul de los más variados colores.

El señor Montau, gran caballero chileno, que desempeñaba la cátedra de castellano en la Universidad de Los Angeles, se ofreció para llevarnos en su auto al puerto de San Pedro.

Partimos con bastante anticipación.

Cuando estábamos a medio camino se produjo una "pana" de motor, provocándonos un peligroso atraso. Todos estábamos nerviosísimos al ver que el tiempo pasaba y el maldito motor permanecía inmóvil. Catalina se sentó en el suelo y presa de una histeria descontrolada se puso a llorar a gritos. El único consuelo que se me ocurrió fue decirle, con tono bien poco convincente, que todo sería para mejor.

-¿Cómo sabes si el barco naufraga y tú, gracias a este accidente, te salvas?

Y le conté varios casos ilustrativos. Pero todo era inútil. La enamorada, ante la idea de postergar su encuentro con el idolatrado carnicero, prorrumpía en aullidos semejantes a los de las sirenas de los cuarteles de bombas. Un policía detuvo su motocicleta para pedirme explicaciones, creyendo que se trataba de un rapto; pero al imponerse de nuestro percance se ofreció para traer un mecánico de las cercanías.

Cuando llegamos al puerto el barco ya había partido y su silueta se perfilaba en el horizonte.

-¿Es ése el vapor que va a Chile? - le pregunté a un funcionario.

- No, señor, ese buque va a la China.

Saqué nerviosamente el boleto del sobre y todos nos quedamos paralizados al comprobar que el sujeto que nos había vendido los pasajes había confundido Chile con China.

Si no hubiera sido por la providencial "pana" del auto, nuestra Catalina habría ido a parar a la tierra de Mao Tse Tung, y seguramente nunca más habríamos vuelto a tener noticias de ella. Pero esta desgracia le habría evitado otra peor; el carnicero. Un año después que llegamos a Santiago, la pobre se nos presentó en estado zarrapastroso. El carnicero empezó por empeñarle los trajes de baile y terminó por abandonarla.

Y nunca más hemos vuelto a tener noticias de Miss Catalina Jorquera.