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Exposición de caricaturas y banquete opíparo

LXIII

En la tarde se inauguró la exposición de caricaturas. El amplio lobby del Hotel Roosevelt se congestionó de público. La propaganda desplegada por el manager del hotel había sido intensa, así es que todo Hollywood estaba deseoso por conocer la obra del "genial caricaturista chileno". Uno de los primeros astros en llegar fue Carlos Chaplin, quien celebró la caricatura que le había hecho presentándolo en la actitud de la esfinge, con una leyenda que decía: "¿Hablará la esfinge?", alusiva a la hostilidad con que el gran bufo había recibido el cine hablado.

Tarjeta de invitación que envié a los personajes más importantes de Hollywood.

A riesgo de pecar de inmodestia, debo referirme al éxito que obtuve en mi exposición, especialmente entre las estrellas, que me prodigaron toda clase de felicitaciones.

Coke ante la irresistible mirada de Joan Crawford.

Hago esta anotación porque después vi que fue un sacrificio bien estéril mi amor patrio, al no desprenderme de esas caricaturas para traerlas a Santiago, con el objeto de exhibirlas en el nuevo edificio de "La Nación". Buster Keaton en tres oportunidades me rogó que le vendiera la suya por el precio que yo quisiera, y otras tantas me negué.

Sólo Joan Crawford me doblegó y le obsequié la suya. ¿Cómo iba a recibir dinero de una mujer con tales ojos?

Más tarde, alrededor de una larga mesa magníficamente adornada y presidida por los anfitriones vestidos de etiqueta, tomaban colocación el comandante Ward, la oficialidad del "Maipo" y algunos personajes importantes de la industria cinematográfica.

Haciendo uso de mis facultades de prestidigitador, hice pasar cuantos panes y otros comestibles pude a los faldones de mi frac. Era la contribución que les debía a mis niños y a Miss Catalina Jorquera. Llegué a casa con la apariencia de un "huaco" boliviano, fetiche que los indios del Altiplano emplean como símbolo de la abundancia, y que consiste en un muñeco cargado de alimentos.

Y fue así como, para comer bien y en selecta compañía, me vi obligado a ofrecer un banquete; estratagema tragicómica digna de una escena del gran Chaplin.

Así anunció el "Examiner" la apertura de mi exposición el día que llegó el barco chileno.

El señor Polonsky, jefe de publicidad de Metro-Goldwyn-Mayer, simpatizó con nuestros marinos y los invitó a almorzar al estudio. Desgraciadamente, como estaban rodando "Un Amor en Cada Puerto ", el comedor estaba repleto de "extras" disfrazados de marinos. Cuando la tripulación del "Maipo" entró en el comedor, todos creyeron que se trataba de marinos de utilería y nadie reparó en ellos; y hasta es posible que el jefe de reparto se haya permitido encontrar a algunos fuera del tipo.

No perdía yo las esperanzas de que me llegara el giro de "La Nación", así es que continuaba yendo al banco. El cajero, de lejos, meneaba el dedo, como acostumbran hacerlo hoy los choferes de las "liebres" cuando no hay asiento, indicándome que nada había para mí.