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En la tarde se inauguró la exposición de caricaturas. El amplio lobby del Hotel
Roosevelt se congestionó de público. La propaganda desplegada por el manager
del hotel había sido intensa, así es que todo Hollywood estaba deseoso por
conocer la obra del "genial caricaturista chileno". Uno de los primeros astros
en llegar fue Carlos Chaplin, quien celebró la caricatura que le había hecho
presentándolo en la actitud de la esfinge, con una leyenda que decía: "¿Hablará
la esfinge?", alusiva a la hostilidad con que el gran bufo había recibido el
cine hablado.
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Tarjeta de invitación que envié a los personajes más importantes de Hollywood.
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A riesgo de pecar de inmodestia, debo referirme al éxito que obtuve en mi
exposición, especialmente entre las estrellas, que me prodigaron toda clase de
felicitaciones.
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Coke ante la irresistible mirada de Joan Crawford.
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Hago esta anotación porque después vi que fue un sacrificio bien estéril mi
amor patrio, al no desprenderme de esas caricaturas para traerlas a Santiago,
con el objeto de exhibirlas en el nuevo edificio de "La Nación". Buster Keaton
en tres oportunidades me rogó que le vendiera la suya por el precio que yo
quisiera, y otras tantas me negué.
Sólo Joan Crawford me doblegó y le obsequié la suya. ¿Cómo iba a recibir dinero
de una mujer con tales ojos?
Más tarde, alrededor de una larga mesa magníficamente adornada y presidida por
los anfitriones vestidos de etiqueta, tomaban colocación el comandante Ward, la
oficialidad del "Maipo" y algunos personajes importantes de la industria
cinematográfica.
Haciendo uso de mis facultades de prestidigitador, hice pasar cuantos panes y
otros comestibles pude a los faldones de mi frac. Era la contribución que les
debía a mis niños y a Miss Catalina Jorquera. Llegué a casa con la apariencia
de un "huaco" boliviano, fetiche que los indios del Altiplano emplean como
símbolo de la abundancia, y que consiste en un muñeco cargado de alimentos.
Y fue así como, para comer bien y en selecta compañía, me vi obligado a ofrecer
un banquete; estratagema tragicómica digna de una escena del gran Chaplin.
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Así anunció el "Examiner" la apertura de mi exposición el día que llegó el
barco chileno.
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El señor Polonsky, jefe de publicidad de Metro-Goldwyn-Mayer, simpatizó con
nuestros marinos y los invitó a almorzar al estudio. Desgraciadamente, como
estaban
rodando "Un Amor en Cada Puerto
", el comedor estaba repleto de "extras" disfrazados de marinos. Cuando la
tripulación del "Maipo" entró en el comedor, todos creyeron que se trataba de
marinos de utilería y nadie reparó en ellos; y hasta es posible que el jefe de
reparto se haya permitido encontrar a algunos fuera del tipo.
No perdía yo las esperanzas de que me llegara el giro de "La Nación", así es
que continuaba yendo al banco. El cajero, de lejos, meneaba el dedo, como
acostumbran hacerlo hoy los choferes de las "liebres" cuando no hay asiento,
indicándome que nada había para mí.
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