EL día que llegó el transporte chileno, nuestra colonia se sintió estremecida
de entusiasmo patriótico y cada cual se ingenió para ser el primero en llegar
al puerto de San Pedro y presenciar la entrada del barco.
Horacio Díaz Garcés ("El Chute Díaz"), el mismo que me propuso atravesar la
cordillera de los Andes, se había conseguido el automóvil de un amigo peruano,
"El Guatón De la Roza". Antes de partir, De la Roza le pidió a Díaz que
ofreciera en venta el auto a los oficiales chilenos, pues se hallaba en difícil
situación económica.
Fue tanto el entusiasmo de "El Chute" cuando al llegar al puerto vio la
"porotera" flameando en el mesana del "Maipo", que en lugar de frenar, metió a
fondo el acelerador, lanzándose en
vol piqué
al mar.
Se escuchó un grito de horror; pero grande fue nuestra alegría al verlo aflorar
sonriente y de sombrero puesto, sobre la superficie del agua. Nos contó que
cuando "acuatizó" veía el mar a través del vidrio de la ventanilla, como si
estuviera instalado en un acuario. Once brazas descendió hasta topar fondo.
Intentó abrir la puerta; pero la presión del agua se lo impidió. Como le
empezara a faltar el aire, resolvió bajar el vidrio. El aire que todavía
quedaba en el interior del coche salió en forma de burbuja, expeliendo a "El
Chute" hasta la superficie. Felices por su milagrosa escapada, pensamos
entonces en buscar la manera de recuperar el coche.
Como si nos hubieran adivinado el pensamiento, al instante se presentó un
agente comisionista de una "
Compañía rescatadora de autos del fondo del mar
" (el Tío Sam tiene compañías para todo). Inmediatamente aceptamos sus
servicios y media hora después empezaron a funcionar las grúas especiales, las
máquinas especiales, los obreros especiales, los ingenieros especiales y los
técnicos especiales, que en menos de cinco minutos tenían el auto suspendido
sobre el muelle.
Nuestro gozo duró unos instantes muy breves. La "
Compañía rescatadora de autos del fondo del mar
" nos pasó por su tarea una factura muy superior al valor que tenía el auto
antes del accidente. Cuando estábamos discutiendo, apareció "El Guatón De la
Roza", que al ver su auto izado creyó que su amigo chileno lo había vendido, de
acuerdo con sus instrucciones, y lo abrazó lleno de júbilo. Grande fue el
desencanto del peruano cuando por mi boca tuvo que enterarse de lo que había
pasado.
Resultado del accidente: como era un absurdo entrar a pagar la suma que cobraba
por su tarea la "
Compañía rescatadora de autos del fondo del mar
", no hubo más remedio que transar, entregándole el vehículo. Pienso que los
accionistas de la tal Compañía debían nadar en la opulencia.