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Tribulaciones de un aviador que pretendió volar en un automóvil

LXII

EL día que llegó el transporte chileno, nuestra colonia se sintió estremecida de entusiasmo patriótico y cada cual se ingenió para ser el primero en llegar al puerto de San Pedro y presenciar la entrada del barco.

Horacio Díaz Garcés ("El Chute Díaz"), el mismo que me propuso atravesar la cordillera de los Andes, se había conseguido el automóvil de un amigo peruano, "El Guatón De la Roza". Antes de partir, De la Roza le pidió a Díaz que ofreciera en venta el auto a los oficiales chilenos, pues se hallaba en difícil situación económica.

Fue tanto el entusiasmo de "El Chute" cuando al llegar al puerto vio la "porotera" flameando en el mesana del "Maipo", que en lugar de frenar, metió a fondo el acelerador, lanzándose en vol piqué al mar.

Se escuchó un grito de horror; pero grande fue nuestra alegría al verlo aflorar sonriente y de sombrero puesto, sobre la superficie del agua. Nos contó que cuando "acuatizó" veía el mar a través del vidrio de la ventanilla, como si estuviera instalado en un acuario. Once brazas descendió hasta topar fondo. Intentó abrir la puerta; pero la presión del agua se lo impidió. Como le empezara a faltar el aire, resolvió bajar el vidrio. El aire que todavía quedaba en el interior del coche salió en forma de burbuja, expeliendo a "El Chute" hasta la superficie. Felices por su milagrosa escapada, pensamos entonces en buscar la manera de recuperar el coche.

Como si nos hubieran adivinado el pensamiento, al instante se presentó un agente comisionista de una " Compañía rescatadora de autos del fondo del mar " (el Tío Sam tiene compañías para todo). Inmediatamente aceptamos sus servicios y media hora después empezaron a funcionar las grúas especiales, las máquinas especiales, los obreros especiales, los ingenieros especiales y los técnicos especiales, que en menos de cinco minutos tenían el auto suspendido sobre el muelle.

Nuestro gozo duró unos instantes muy breves. La " Compañía rescatadora de autos del fondo del mar " nos pasó por su tarea una factura muy superior al valor que tenía el auto antes del accidente. Cuando estábamos discutiendo, apareció "El Guatón De la Roza", que al ver su auto izado creyó que su amigo chileno lo había vendido, de acuerdo con sus instrucciones, y lo abrazó lleno de júbilo. Grande fue el desencanto del peruano cuando por mi boca tuvo que enterarse de lo que había pasado.

Resultado del accidente: como era un absurdo entrar a pagar la suma que cobraba por su tarea la " Compañía rescatadora de autos del fondo del mar ", no hubo más remedio que transar, entregándole el vehículo. Pienso que los accionistas de la tal Compañía debían nadar en la opulencia.