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Desde que el hombre fue creado, va de acuerdo con las Sagradas Escrituras, ora
según los principios sostenidos por la Teoría de la Evolución, se ha afanado
por analizar y definir a Dios. Ansía conocerlo a través de su limitado cerebro,
que comparado con el infinito resulta ser más pequeño que el de la más
microscópica de las espiroquetas.
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¡Cómo degenera nuestra raza; ha nacido un hombre!
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Pues bien, para demostrar la insensatez del hombre al pretender analizar a
Dios, permítaseme imaginar un microbio que, dotado de humana tontería,
decidiera conocer y definir, a través de un disco fonográfico, el alma de Juan
Sebastián Bach. Para lograrlo, nuestro sabio microorganismo decide enrielarse
en el surco helicoidal que registra las vibraciones de una Fuga del maestro
germano ejecutada en órgano. Y desde ahí comienza su peregrinación, siguiendo
la huella de las vibraciones aradas por la aguja en la cera. Una vida tardará
nuestro microbio en escalar picachos y recorrer planicies, convertido en
intrépido andinista. Mas, al llegar al final del surco, sufrirá la más grande
desilusión: ¡nada sabe, absolutamente nada, sobre la personalidad de Bach!
Generaciones de hombres han pasado sus vidas en tareas semejantes a la del
microbio de mi símil. Escalaron premisas, recorrieron interminables sofismas
sin llegar jamás a explicar a Dios. Al final de su estéril peregrinación se
topan con la paradoja que les dice: Definir a Dios es negar a Dios.
A Dios podemos sentirlo solamente con el corazón.
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