Resolución 800 x 600



El determinismo es como el pito del tren

LX

Un cable de mi hermana Nieves me trajo la triste noticia de que el segundo vaticinio de Madame Michaud se había cumplido: Teresa, la menor de mis hermanas, había muerto víctima de un accidente.

Los dos aciertos de Madame Michaud escapan a la posibilidad de meras casualidades. Por lo demás, siempre hubo augures, pitonisas y profetas que al predecir hechos futuros se adelantaron al tiempo. ¿Querría esto decir que en la vieja pugna entre deterministas y sostenedores del libre albedrío, los primeros tienen la razón?

Conozco una persona que soñó con un número, el cual dos semanas después obtuvo el premio gordo de la lotería. Hizo lo posible por adquirirlo, pero ya el boleto había sido vendido. Es de imaginarse la impresión que sufrió al ver en la primera página de un diario el número soñado.

Todos conocemos el mecanismo empleado para los sorteos: miles de bolitas con los números se revuelven dentro de una esfera. Las cifras se van formando de acuerdo con las reglas estrictas del azar. ¿Cómo pudo entonces la persona a que me refiero ver con dos semanas de anticipación el número que "debía" salir premiado? Este fenómeno es uno de los tantos que se ocultan tras el misterio del Tiempo. ¿Será que nuestro "presente" es "pasado"? ¿Es que percibimos los acontecimientos con retraso?

Cuando vemos desprenderse de la locomotora lejana el penacho blanco de vapor, ¿no escuchamos el ruido del pitazo algunos segundos más tarde? Sin embargo, el maquinista lo escucha antes que los que estamos a un kilómetro de la máquina. Supongamos que al entrar en una curva vio a un hombre que, desaprensivamente, marchaba por la vía; el hombre, debido tal vez al atraso con que oyó el pitazo de alarma, no alcanzó a retirarse de la línea y fue arrollado por la locomotora.

¿Quién pudo predecir el accidente? Si adaptamos un símil de Ouspensky, supongamos que un aviador volara en un helicóptero sobre el sitio del accidente. Sólo él, que ve en forma simultánea al hombre que marcha distraída mente por la vía, la locomotora y la puntilla del cerro que los separa, puede predecir con precisión el instante en que la locomotora destrozará al desaprensivo peatón. De este ejemplo se desprende, como conclusión, que los profetas o videntes del porvenir son seres que, por razones desconocidas hasta ahora, se colocan en una nueva dimensión, como en el caso del aviador con respecto al peatón y a la locomotora, en que ambos se desplazan solamente en dos dimensiones

Dios lanza la pelotita terráquea para que el hombre la habite. ¿Terminará éste por destruirla?