Un cable de mi hermana Nieves me trajo la triste noticia de que el segundo
vaticinio de Madame Michaud se había cumplido: Teresa, la menor de mis
hermanas, había muerto víctima de un accidente.
Los dos aciertos de Madame Michaud escapan a la posibilidad de meras
casualidades. Por lo demás, siempre hubo augures, pitonisas y profetas que al
predecir hechos futuros se adelantaron al tiempo. ¿Querría esto decir que en la
vieja pugna entre deterministas y sostenedores del libre albedrío, los primeros
tienen la razón?
Conozco una persona que soñó con un número, el cual dos semanas después obtuvo
el premio gordo de la lotería. Hizo lo posible por adquirirlo, pero ya el
boleto había sido vendido. Es de imaginarse la impresión que sufrió al ver en
la primera página de un diario el número soñado.
Todos conocemos el mecanismo empleado para los sorteos: miles de bolitas con
los números se revuelven dentro de una esfera. Las cifras se van formando de
acuerdo con las reglas estrictas del azar. ¿Cómo pudo entonces la persona a que
me refiero ver con dos semanas de anticipación el número que "debía" salir
premiado? Este fenómeno es uno de los tantos que se ocultan tras el misterio
del Tiempo. ¿Será que nuestro "presente" es "pasado"? ¿Es que percibimos los
acontecimientos con retraso?
Cuando vemos desprenderse de la locomotora lejana el penacho blanco de vapor,
¿no escuchamos el ruido del pitazo algunos segundos más tarde? Sin embargo, el
maquinista lo escucha antes que los que estamos a un kilómetro de la máquina.
Supongamos que al entrar en una curva vio a un hombre que, desaprensivamente,
marchaba por la vía; el hombre, debido tal vez al atraso con que oyó el pitazo
de alarma, no alcanzó a retirarse de la línea y fue arrollado por la locomotora.
¿Quién pudo predecir el accidente? Si adaptamos un símil de Ouspensky,
supongamos que un aviador volara en un helicóptero sobre el sitio del
accidente. Sólo él, que ve en forma simultánea al hombre que marcha distraída
mente por la vía, la locomotora y la puntilla del cerro que los separa, puede
predecir con precisión el instante en que la locomotora destrozará al
desaprensivo peatón. De este ejemplo se desprende, como conclusión, que los
profetas o videntes del porvenir son seres que, por razones desconocidas hasta
ahora, se colocan en una nueva dimensión, como en el caso del aviador con
respecto al peatón y a la locomotora, en que ambos se desplazan solamente en
dos dimensiones