En cierta ocasión en que Saa Silva me llevaba en su "potro chúcaro" por uno de
los bulevares de Hollywood, sufrí una fuerte impresión al quedar detenidos
frente a la parte posterior de un enorme camión portador de la más extraña
carga. En el primer momento creí ser víctima de una pesadilla: a dos metros de
nuestras narices cien cabezas de cocodrilos, con sus largos hocicos abozalados
con cadenas, nos miraban con sus ojos fríos. Los repelentes saurios iban
perfectamente acondicionados, como si fueran paquetes de espárragos. Ante mi
estupefacción, Saa Silva me explicó que provenían de un jardín zoológico
particular, cuyo negocio consistía en aprovisionar a los estudios
cinematográficos de cualquier clase de animales.
- Hay ahí desde elefantes hasta pulgas amaestradas. Estos deben ser para la
película "Trader Horn"
, que se está terminando de filmar aquí. La compañía quiso rodarla íntegramente
en Africa; pero artistas y técnicos empezaron a contraer extrañas enfermedades,
y su director, Van Dyck, decidió terminarla en escenarios artificiales.
Le manifesté a mi amigo el deseo de conocer el zoológico, a lo que accedió
llevándome al día siguiente. Había efectivamente allí animales de todas las
especies y me pareció que ni el mismísimo Noé habría sido capaz de juntar una
ménagerie
más variada.
El recinto de los saurios consistía en pequeñas lagunas artificiales rodeadas
de rejas con letreros prohibiendo la proximidad de los visitantes.
Como observara que muchos tenían el hocico mutilado, como si fueran carabinas
recortadas, se me explicó que esto se debía a que cuando peleaban, el vencido
perdía en la refriega, cuando mejor librado quedaba, parte de las mandíbulas o
de la cola. A pesar de la prohibición, me aproximé a la baranda y sentí un
impulso incontenible de saltarla y caer en medio de los saurios que
tranquilamente tomaban el sol. Siempre he creído que llevarnos oculto en
nuestro yo un principio suicida que produce a los héroes. El mismo que nos
impulsa a lanzarnos al vacío cuando estamos a gran altura o a aceptar la
invitación a comer a su casa que nos hace "la chiquilla" sabiendo que su
aceptación nos conducirá inevitablemente al matrimonio. No pude refrenar mi
instinto de destrucción y de un salto quedé en medio de los cocodrilos. Como se
quedaran inmóviles, paralizados, sin duda, ante mi intrepidez, le tiré la cola
a uno, que dio un castañetazo en el aire con sus potentes mandíbulas.
Los circunstantes creyeron que había perdido la razón y prorrumpieron en gritos.
Saa Silva, que iba provisto de una cámara cinematográfica de mano, casi tan
antigua como su automóvil (y con la cual nos habíamos propuesto hacer un
documental intitulado "Hollywood sin Maquillaje"), filmó mi temeraria aventura,
como los lectores podrán ver por algunos cuadros de la película que hice
ampliar.
Una vez afuera, el propietario del Zoo me encaró, hecho un energúmeno, al punto
que me pareció mucho más feroz que sus propios animales. No supe qué decirle,
pues yo mismo no podía explicarme el impulso que me lanzó a ese acto.
Años después, al ver proyectado en una sábana este episodio, he pensado que en
el momento de saltar al foso de los reptiles, el espíritu de la locura de
Hollywood pudo haberse posesionado de mí.