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Durante el día, que lo pasaba en los diferentes estudios, además de tomar nota
de los aspectos técnicos de la filmación, hacía apuntes de los astros y
estrellas con el objeto de mandarlos a mi diario en Santiago.
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El impertérrito Buster Keaton posándome.
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Por las tardes, al regresar a casa, sacaba en limpio los apuntes, ampliándolos,
y coloreándolos. Mi propósito era, al volver a Santiago, exhibirlos en la Sala
de Exposiciones con que contaría el edificio que estaba construyendo "La
Nación".
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La caricatura fue reproducida en todas partes del mundo y tuve la satisfacción
de oír al bufo decirme que era la mejor que se le había hecho.
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En esos días me informaron que estaba por llegar de Valparaíso el transporte
"Maipo". Su comandante, Samuel Ward, había sido uno de los pocos cadetes de mi
época de la Escuela Naval de quien conservaba un buen recuerdo. Así es que me
puse a pensar cómo recibirlo dignamente. Mi señora encontró la idea
descabellada, pues, debido a nuestra falta de fondos, hasta ella tenía que
trabajar de "extra", matando pieles rojas en películas del Far West.
Pero yo persistía en mi idea, y sin consultarla me dirigí al Hotel Roosevelt,
el más suntuoso de aquella época, y pedí hablar con el
manager
. Llevaba mi plan y un álbum con los recortes de diarios que se referían a mi
personalidad artística. El "Times" de Nueva York había dado la señal de partida
entrevistándome a nuestra llegada a la gran ciudad.
Los demás continuaron publicando informaciones y fotografías, y uno llegó a
decir que un "verdadero genio había llegado a Hollywood". Paso a transcribir mi
diálogo con el
manager
del Hotel Roosevelt:
-¿En qué puedo servirlo?
- Le ruego, primero, imponerse de mi personalidad - le respondí al gringo, que
tenía una cara de fiera, pasándole mi álbum de recortes.
Cotejó los retratos que ahí aparecían con mi rostro, que traté de mantener
inexpresivo como el de un buen jugador de póker.
-
Well, well
.
- Como usted ve, señor, soy uno de los artistas más notables de "Latinoamérica"
- le dije sin inmutarme, fijando mis ojos en los del
manager
e imitando inconscientemente a los domadores de fieras.
-
Well?
Y sacando del bolsillo el recorte en que se anunciaba la llegada del "Maipo", y
manteniendo siempre mis ojos cargados de magnetismo clavados en los de la fiera
del hotel, continué:
- Usted debe recordar la llegada de la "Baquedano"...
-
Oh, yes!
El arribo a San Pedro, puerto próximo a Los Angeles, del buque-escuela chileno
había sido un verdadero acontecimiento. En su cubierta se dieron inolvidables
parties
, amenizados con abundante y legítimo whisky escocés; y había que ver lo que
eso significaba estando en vigencia la "Ley Seca".
Y continué sin inmutarme, pues ya antes de entrar había hecho mi composición de
lugar y lo peor que me podía suceder era que el gringo me dijera:
Get out!
- He venido a proponerle abrir una exposición de mis dibujos en el
lobby
de su hotel. Esta exposición la haría su establecimiento, en honor a los
marinos chilenos próximos a llegar.
- Very interesting.
Y en la noche, mi señora y yo ofreceríamos una cena al comandante y oficiales
del barco, cena que correría por cuenta del hotel.
Vibró un momento de suspenso, que me pareció bastante prolongado, y el
manager
me contestó:
-
Okay
.
Claro es que el hombre puso algunas condiciones. Al día siguiente tendría yo
que alojarme en su hotel, daría conferencias de prensa, ofrecería tragos y
cigarros a los periodistas y diría que uno de los agrados más grandes de mi
viaje había sido encontrar un hotel tan magnífico y confortable como el suyo. Y
otra vez empecé a vivir un cuento de "Las Mil y Una Noches". Del modesto
departamentito nos trasladamos a una magnífica habitación del lujoso Roosevelt.
Miss Catalina Jorquera sacó el concho del baúl y los niños correteaban por el
espacioso
lobby
, mientras yo recibía principescamente a los chicos de la Prensa. A cada
momento hacía señas a un mozo para que trajera sándwichs y algunos tragos
camuflados en tazas de café.
Los fotógrafos me retrataban en diferentes poses. Mi apostura de hombre
próspero y bien rentado saltaba a la vista, y nadie habría podido imaginarse
que hacía días que andaba sometido a dieta forzada.
Los reporteros me preguntaban detalles sobre mi película premiada en Sevilla, y
yo me "levantaba el tarro" relatando los hechos curiosos ocurridos durante su
filmación. Cuando les conté el caso del elefante que me había comido el
argumento, uno de los periodistas casi sufrió un síncope.
Al otro día los diarios publicaban largos artículos refiriéndose a mí, y
fotografías en que yo aparecía casi buen mozo y con aspecto de magnate. Por la
tarde fueron colgadas las caricaturas, lo que dio motivo para nuevas fotos y
entrevistas.
El
manager
estaba complacido por el golpe de publicidad y me pidió banderas chilenas para
adornar la mesa que estaba preparando en el "gran comedor", para la cena con
que yo, tan rangosamente, iba a festejar a la tripulación del "Maipo".
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