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Tengo aspecto de "gangster" y no lo sabía. La timidez perdió a Trotzky

LVI

"Ley Seca" o "Borrachera dirigida" eran lo mismo en la época que me tocó vivir en los Estados Unidos. Y, como todas las actividades dirigidas por los gobiernos, creó de inmediato su anticuerpo, en este caso los gángsters.

Hoy las restricciones y los controles aplicados al comercio han dado nacimiento a la "Bolsa Negra". La "Ley Seca", a más de producir dolores de cabeza a causa de los whiskys falsificados, dio patente a la próspera profesión que tanto enriqueció a Al Capone.

Los gángsters o pandillas de malhechores, una vez organizados y disciplinados, ampliaron sus actividades hasta poseer un poder político-policial muy semejante al que tienen los dictadores. Era, pues, muy justificado el temor que los ciudadanos norteamericanos sentían por los gángsters.

Cada vez que se trasladaba oro de un banco a otro, se tomaban toda clase de precauciones, porque era corriente que una de estas pandillas se apoderara del oro, después de sostener una batalla campal, en plena calle, con los que lo conducían, dejando muertos y heridos. Por eso el rubio metal era llevado en camiones blindados, semejantes a los tanques de guerra. Dentro de ellos iban policías armados con rifles ametralladoras.

Cuando se realizaba uno de estos traslados, parecía una ceremonia oficial. Patrullas de gente armada despejaban las calles cercanas al banco y frente a la puerta se colocaban piquetes de policía. Al iniciarse la descarga del oro no se permitía la proximidad de ningún transeúnte y eran detenidos los de aspecto sospechoso.

Mi hijo Jorge vendiendo periódicos en "Hollywood Boulevard"

Fue así cómo en una de mis visitas al National Bank, que, como ya he dicho, hacía para preguntar si había llegado mi sueldo de "La Nación", mi aspecto les pareció sospechoso a los policías, y cuando más entretenido estaba mirando este espectáculo tan novedoso, varios cops ("pacos") me rodearon, y colocándome el cañón de sus pistolas sobre mis muslos me obligaron a levantar los brazos. Y en tan ridícula como denigrante postura me tuvieron hasta que sacaron todo el oro que traían en el camión. Era inútil que yo tratara de explicarles que era un simple curioso, que no tenía el menor contacto con Al Capone y su banda.

Ese día tampoco había llegado el giro que esperaba de "La Nación", y no quedó otra cosa, ante la insostenible situación económica, que hacer cola en la fila de los "extras". Había llegado el día "H" (de Hambre ) para mí y mi familia: no teníamos dinero para comer.Sabía lo penosa que era la vida de estos parias de la industria cinematográfica; pero no había más remedio, y esa negra mañana formé en la cola del Casting office de la Metro-Goldwyn-Mayer. Después de impaciente espera, un empleado me miró de alto a bajo; no fue una mirada despreciativa, sino una manera rápida de medirme.

Gritó un número y luego me tiraron una bolsa con ropa. Era un traje de palm beach y un cucalón. Mal ojo debe haber tenido el empleado, porque la ropa y el sombrero habrían estado buenos para un gigante como el "Largo Campos". Mi aspecto no podía ser más lastimoso; pero iba a ganarme siete dólares y medio por día, según me explicaron, disfrazado de plantador de tabaco de un país tropical.

Mi hijo, después de clases, vendía diarios en el Hollywood Boulevard , y con su entrada y la mía nos proponíamos subsistir hasta el momento que llegara el esperado giro con mis sueldos atrasados de "La Nación".

Una vez vestido con el enorme palm beach y con el cucalón encasquetado hasta la nariz, me llevaron al set, que representaba un cabaret tropical. Me tocó sentarme con otro "plantador de tabaco" tan infeliz como yo. Luego me di cuenta de que se trataba de un diputado perseguido por el Gobierno de México. Yo, en cambio, a pesar de ser corresponsal del diario gobiernista de mi país, y de que acababa de recibir el Gran Premio de Cinematografía en la Exposición de Sevilla, estaba padeciendo las mismas pellejerías que el perseguido diputado mexicano. ¡Era el "pago de Chile"!

Entonces lucía yo una perilla que me daba cierto parecido con Trotszky. Esta semejanza me fue confirmada por otro de los "plantadores de tabaco", un portorriqueño.

Como uno de nuestros compañeros nos informara que el Estudio tenía planeada una película basada en la revolución soviética, el portorriqueño me dijo:

-¡Cuando menos se lleva usted el papel, amigo! - Y añadía con orgullo: Yo conocí personalmente a Trotszky. Hace unos veinte años me tocó trabajar con él en "Mi Esposa Oficial", con Clara Kimbal Young y Harry Morey. ¿Ha de creerme que el discípulo predilecto de Lenin y organizador del Ejército Rojo, el mismo que más tarde debía arrasar con todos los adversarios de la Rusia Roja y conquistar la victoria del Soviet, era corto de genio? ¡Se ponía nervioso frente a la cámara! El director, al verlo tan cohibido y temiendo que le estropeara una escena, le preguntó bruscamente:

-¡Eh, usted! ¿Cómo se llama? "

- León Trotszky.

- Mr. Trotszky, pase a cobrar su cheque de cinco dólares. ¡No sirven aquí los tímidos!

Después he pensado que Stalin, a pesar de haber tenido sus brazos tan cortos (este defecto del Zar Rojo era proverbial), pudo alargar uno hasta México y liquidarlo, tal vez, por la misma razón: el materialismo histórico tampoco admite a los tímidos; porque como tal aparecía el intelectualizado León Trotszky frente al audaz cinismo de Yussuf Djugachvili (Stalin). Muy entretenidos estábamos con los cuentos del veterano de los "extras". cuando fuimos interrumpidos con el grito de "¡Silencio!", salido de las fauces del iracundo asistente del director. Parecióme que estaba en el colegio. Al lado de nuestra mesa una bailarina exótica, casi desnuda, debía iniciar la danza del vientre. El director tuvo el capricho de empezar la "toma" enfocando el ombligo de la muchacha, para luego seguir con la cámara retrocediendo hasta abarcar las primeras mesas de los supuestos plantadores de tabaco.

Desgraciadamente el ombligo de la bailarina, en su movimiento de rotación, se desencuadraba y hubo que repetir la escena media docena de veces.

Con el objeto de obtener el efecto de aire viciado, propio del insalubre cabaret en que se desarrollaba esta escena de "El Dios del Mar", teníamos que saturar la atmósfera de humo. Uno de los ayudantes del director nos repartía cigarrillos a granel junto con gritarnos:

- Smoke, smoke all you can! (¡Fumen, fumen lo más que puedan!)

Yo no había fumado nunca, de modo que al principio lo hacía bastante mal y pasé sustos tremendos, pues me venían con los primeros cigarrillos unos accesos terribles de tos que comprometían el éxito de la escena y por consiguiente los siete dólares y medio que imperiosamente necesitaba ganar.

Cuando llevábamos cinco horas de filmación, me había tenido que fumar más de cincuenta cigarrillos. Estaba completamente intoxicado; pero sólo entonces empezaba mi calvario, pues la escena había salido mal y había que tomarla nuevamente. En resumen, estuvimos ocho horas en la "toma" del ombligo de la bailarina y yo me tuve que fumar ciento cincuenta cigarrillos.

Descubierto en tal profesión.

A medianoche estaba totalmente desmayado cuando hicieron su aparición en el escenario Mr. Schurlock y Mr. Kilpatrick, jefes del Departamento Español del Estudio, caballeros que me habían tomado mucha estimación y que me creían un auténtico "palo grueso" de Sudamérica. (Para los norteamericanos, Chile, Perú, Argentina, etc., son "Sudamérica". Mr. Schurlock me sabía enviado por "La Nación" y confundía nuestro diario con el de Buenos Aires, que por entonces gozaba de prestigio internacional. Una estrellita que iba a pasar sus vacaciones a Cuba, me dijo al despedirse: "Voy a tener el gusto de conocer Viña del Mar"... )

Si grande fue el asombro de Mr. Schurlock al verme en tan ridícula situación, más grande era mi azoramiento; mas logré reponerme y justificarme diciéndole que como corresponsal me interesaba escribir la "vida de los extras" y había estimado conveniente estudiarla en el terreno mismo. Así salí del paso y Mr. Schurlock me felicitó por haber asimilado tan pronto el espíritu norteamericano.

Como una ironía más del destino, terminado el trabajo, ordenó a su chófer particular que me condujera en su lujoso automóvil a mi departamento. Así fue cómo entré de "picante" y salí de gran señor, no sin antes, por cierto, pasar por la caja a cobrar los siete dólares y medio.

Un choque y una indemnización.

Una tarde en que me dirigía con mi mujer en el auto de un amigo a retirar cierta encomienda, fuimos violentamente chocados por otro auto que cruzaba el bulevar. Todos quedamos levemente heridos; pero lo extraño fue que de inmediato surgió, entre los curiosos, un abogado que se ofreció para cobrar la indemnización del caso.

No tuve inconveniente para confiarle tal misión, y aceptar que él se pagara con el 50% de lo que obtuviera.

Mi señora había recibido una herida en la cabeza, felizmente sin importancia. En la Asistencia Pública, el abogado pidió al médico un informe de las lesiones. Creyendo yo que el doctor, por su aspecto de gringo ciento por ciento, no hablaba castellano, le sugerí a mi señora que se quejara bastante, pensando que la suma que íbamos a cobrar subiría de acuerdo con los daños. ¡Cuál no sería mi sorpresa cuando el médico dijo:

-¡Oh, no ser gran cosa! ¡No tiene por qué quejarse tanto!

Sólo de vuelta en Chile recibí noticias del abogado. Me mandaba un cheque por cincuenta dólares, explicándome que si hubiéramos sido atropellados por un John Barrymore, por ejemplo, habríamos podido cobrar unos veinte o treinta mil dólares; pero, por desgracia, nuestro "chocador" había sido un modesto ciudadano, al que después del examen de alcoholemia se le había comprobado estado de ebriedad.

Y ya que hablo de choque, quiero también referirme a uno que pudo haberme mandado a la morgue. Cierto día que salía de un hotel, me estrelló con extraordinaria violencia un sujeto moreno y corpulento. Cuando estaba a punto de contestar a la chilena con una andanada de garabatos, el portero del hotel me aconsejó con mucha reserva que me contuviera, porque el contrincante era Mr. Jack Dempsey. el vencedor de Willard, Firpo y Carpentier...