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"Ley Seca" o "Borrachera dirigida" eran lo mismo en la época que me tocó vivir
en los Estados Unidos. Y, como todas las actividades dirigidas por los
gobiernos, creó de inmediato su anticuerpo, en este caso los gángsters.
Hoy las restricciones y los controles aplicados al comercio han dado nacimiento
a la "Bolsa Negra". La "Ley Seca", a más de producir dolores de cabeza a causa
de los whiskys falsificados, dio patente a la próspera profesión que tanto
enriqueció a Al Capone.
Los gángsters o pandillas de malhechores, una vez organizados y disciplinados,
ampliaron sus actividades hasta poseer un poder político-policial muy semejante
al que tienen los dictadores. Era, pues, muy justificado el temor que los
ciudadanos norteamericanos sentían por los gángsters.
Cada vez que se trasladaba oro de un banco a otro, se tomaban toda clase de
precauciones, porque era corriente que una de estas pandillas se apoderara del
oro, después de sostener una batalla campal, en plena calle, con los que lo
conducían, dejando muertos y heridos. Por eso el rubio metal era llevado en
camiones blindados, semejantes a los tanques de guerra. Dentro de ellos iban
policías armados con rifles ametralladoras.
Cuando se realizaba uno de estos traslados, parecía una ceremonia oficial.
Patrullas de gente armada despejaban las calles cercanas al banco y frente a la
puerta se colocaban piquetes de policía. Al iniciarse la descarga del oro no se
permitía la proximidad de ningún transeúnte y eran detenidos los de aspecto
sospechoso.
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Mi hijo Jorge vendiendo periódicos en "Hollywood Boulevard"
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Fue así cómo en una de mis visitas al National Bank, que, como ya he dicho,
hacía para preguntar si había llegado mi sueldo de "La Nación", mi aspecto les
pareció sospechoso a los policías, y cuando más entretenido estaba mirando este
espectáculo tan novedoso, varios cops ("pacos") me rodearon, y colocándome el
cañón de sus pistolas sobre mis muslos me obligaron a levantar los brazos. Y en
tan ridícula como denigrante postura me tuvieron hasta que sacaron todo el oro
que traían en el camión. Era inútil que yo tratara de explicarles que era un
simple curioso, que no tenía el menor contacto con Al Capone y su banda.
Ese día tampoco había llegado el giro que esperaba de "La Nación", y no quedó
otra cosa, ante la insostenible situación económica, que hacer cola en la fila
de los "extras". Había llegado el día "H" (de
Hambre
) para mí y mi familia: no teníamos dinero para comer.Sabía lo penosa que era
la vida de estos parias de la industria cinematográfica; pero no había más
remedio, y esa negra mañana formé en la cola del
Casting office
de la Metro-Goldwyn-Mayer. Después de impaciente espera, un empleado me miró
de alto a bajo; no fue una mirada despreciativa, sino una manera rápida de
medirme.
Gritó un número y luego me tiraron una bolsa con ropa. Era un traje de
palm beach
y un cucalón. Mal ojo debe haber tenido el empleado, porque la ropa y el
sombrero habrían estado buenos para un gigante como el "Largo Campos". Mi
aspecto no podía ser más lastimoso; pero iba a ganarme siete dólares y medio
por día, según me explicaron, disfrazado de plantador de tabaco de un país
tropical.
Mi hijo, después de clases, vendía diarios en el
Hollywood Boulevard
, y con su entrada y la mía nos proponíamos subsistir hasta el momento que
llegara el esperado giro con mis sueldos atrasados de "La Nación".
Una vez vestido con el enorme
palm beach
y con el cucalón encasquetado hasta la nariz, me llevaron al set, que
representaba un cabaret tropical. Me tocó sentarme con otro "plantador de
tabaco" tan infeliz como yo. Luego me di cuenta de que se trataba de un
diputado perseguido por el Gobierno de México. Yo, en cambio, a pesar de ser
corresponsal del diario gobiernista de mi país, y de que acababa de recibir el
Gran Premio de Cinematografía en la Exposición de Sevilla, estaba padeciendo
las mismas pellejerías que el perseguido diputado mexicano. ¡Era el "pago de
Chile"!
Entonces lucía yo una perilla que me daba cierto parecido con Trotszky. Esta
semejanza me fue confirmada por otro de los "plantadores de tabaco", un
portorriqueño.
Como uno de nuestros compañeros nos informara que el Estudio tenía planeada una
película basada en la revolución soviética, el portorriqueño me dijo:
-¡Cuando menos se lleva usted el papel, amigo! - Y añadía con orgullo: Yo
conocí personalmente a Trotszky. Hace unos veinte años me tocó trabajar con él
en "Mi Esposa Oficial", con Clara Kimbal Young y Harry Morey. ¿Ha de creerme
que el discípulo predilecto de Lenin y organizador del Ejército Rojo, el mismo
que más tarde debía arrasar con todos los adversarios de la Rusia Roja y
conquistar la victoria del Soviet, era corto de genio? ¡Se ponía nervioso
frente a la cámara! El director, al verlo tan cohibido y temiendo que le
estropeara una escena, le preguntó bruscamente:
-¡Eh, usted! ¿Cómo se llama? "
- León Trotszky.
- Mr. Trotszky, pase a cobrar su cheque de cinco dólares. ¡No sirven aquí los
tímidos!
Después he pensado que Stalin, a pesar de haber tenido sus brazos tan cortos
(este defecto del Zar Rojo era proverbial), pudo alargar uno hasta México y
liquidarlo, tal vez, por la misma razón: el materialismo histórico tampoco
admite a los tímidos; porque como tal aparecía el intelectualizado León
Trotszky frente al audaz cinismo de Yussuf Djugachvili (Stalin). Muy
entretenidos estábamos con los cuentos del veterano de los "extras". cuando
fuimos interrumpidos con el grito de "¡Silencio!", salido de las fauces del
iracundo asistente del director. Parecióme que estaba en el colegio. Al lado de
nuestra mesa una bailarina exótica, casi desnuda, debía iniciar la danza del
vientre. El director tuvo el capricho de empezar la "toma" enfocando el ombligo
de la muchacha, para luego seguir con la cámara retrocediendo hasta abarcar las
primeras mesas de los supuestos plantadores de tabaco.
Desgraciadamente el ombligo de la bailarina, en su movimiento de rotación, se
desencuadraba y hubo que repetir la escena media docena de veces.
Con el objeto de obtener el efecto de aire viciado, propio del insalubre
cabaret en que se desarrollaba esta escena de "El Dios del Mar", teníamos que
saturar la atmósfera de humo. Uno de los ayudantes del director nos repartía
cigarrillos a granel junto con gritarnos:
-
Smoke, smoke all you can!
(¡Fumen, fumen lo más que puedan!)
Yo no había fumado nunca, de modo que al principio lo hacía bastante mal y pasé
sustos tremendos, pues me venían con los primeros cigarrillos unos accesos
terribles de tos que comprometían el éxito de la escena y por consiguiente los
siete dólares y medio que imperiosamente necesitaba ganar.
Cuando llevábamos cinco horas de filmación, me había tenido que fumar más de
cincuenta cigarrillos. Estaba completamente intoxicado; pero sólo entonces
empezaba mi calvario, pues la escena había salido mal y había que tomarla
nuevamente. En resumen, estuvimos ocho horas en la "toma" del ombligo de la
bailarina y yo me tuve que fumar ciento cincuenta cigarrillos.
Descubierto en tal profesión.
A medianoche estaba totalmente desmayado cuando hicieron su aparición en el
escenario Mr. Schurlock y Mr. Kilpatrick, jefes del Departamento Español del
Estudio, caballeros que me habían tomado mucha estimación y que me creían un
auténtico "palo grueso" de Sudamérica. (Para los norteamericanos, Chile, Perú,
Argentina, etc., son "Sudamérica". Mr. Schurlock me sabía enviado por "La
Nación" y confundía nuestro diario con el de Buenos Aires, que por entonces
gozaba de prestigio internacional. Una estrellita que iba a pasar sus
vacaciones a Cuba, me dijo al despedirse: "Voy a tener el gusto de conocer Viña
del Mar"... )
Si grande fue el asombro de Mr. Schurlock al verme en tan ridícula situación,
más grande era mi azoramiento; mas logré reponerme y justificarme diciéndole
que como corresponsal me interesaba escribir la "vida de los extras" y había
estimado conveniente estudiarla en el terreno mismo. Así salí del paso y Mr.
Schurlock me felicitó por haber asimilado tan pronto el espíritu norteamericano.
Como una ironía más del destino, terminado el trabajo, ordenó a su chófer
particular que me condujera en su lujoso automóvil a mi departamento. Así fue
cómo entré de "picante" y salí de gran señor, no sin antes, por cierto, pasar
por la caja a cobrar los siete dólares y medio.
Un choque y una indemnización.
Una tarde en que me dirigía con mi mujer en el auto de un amigo a retirar
cierta encomienda, fuimos violentamente chocados por otro auto que cruzaba el
bulevar. Todos quedamos levemente heridos; pero lo extraño fue que de inmediato
surgió, entre los curiosos, un abogado que se ofreció para cobrar la
indemnización del caso.
No tuve inconveniente para confiarle tal misión, y aceptar que él se pagara con
el 50% de lo que obtuviera.
Mi señora había recibido una herida en la cabeza, felizmente sin importancia.
En la Asistencia Pública, el abogado pidió al médico un informe de las
lesiones. Creyendo yo que el doctor, por su aspecto de gringo ciento por
ciento, no hablaba castellano, le sugerí a mi señora que se quejara bastante,
pensando que la suma que íbamos a cobrar subiría de acuerdo con los daños.
¡Cuál no sería mi sorpresa cuando el médico dijo:
-¡Oh, no ser gran cosa! ¡No tiene por qué quejarse tanto!
Sólo de vuelta en Chile recibí noticias del abogado. Me mandaba un cheque por
cincuenta dólares, explicándome que si hubiéramos sido atropellados por un John
Barrymore, por ejemplo, habríamos podido cobrar unos veinte o treinta mil
dólares; pero, por desgracia, nuestro "chocador" había sido un modesto
ciudadano, al que después del examen de alcoholemia se le había comprobado
estado de ebriedad.
Y ya que hablo de choque, quiero también referirme a uno que pudo haberme
mandado a la morgue. Cierto día que salía de un hotel, me estrelló con
extraordinaria violencia un sujeto moreno y corpulento. Cuando estaba a punto
de contestar a la chilena con una andanada de garabatos, el portero del hotel
me aconsejó con mucha reserva que me contuviera, porque el contrincante era Mr.
Jack Dempsey. el vencedor de Willard, Firpo y Carpentier...
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