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Las estupefacciones de Miss Catalina Jorquera

LV

Catalina Jorquera era el nombre de la chilenísima cocinera que me di el lujo de llevar, tal vez porque tenía el presentimiento de que jamás me iba a acostumbrar a esa cocina, que es mitad frigorífico y mitad dulcería. Pero Catalina estaba triste...

-¿Qué tendrá Catalina? - le preguntaba yo a mi señora; y ella me respondía

- Dejó un amor en Santiago: el carnicero.

Desde que la pobre Catalina llegó a Hollywood, mi gran placer consistía en contemplar la sucesión progresiva de asombros que se iban dibujando en su cara de cochayuyo y a medida que ella anotaba estos sistemas que calificaba como "brujerías propias del otro mundo". Sus primeras compras en el mercado fueron verdaderas sainetes. Creía que los "gringos lesos", como los llamaba, no le entendían porque hablaba en voz baja, y entonces se ponía a gritarles a pulmón lleno, y a cada " Do you speak Eng1ish?" que le largaban, ella respondía: "¡No, yo me explico en castellano!"

En lo que dio muestras de la característica viveza chilena fue en su capacidad para conocer desde un principio la moneda norteamericana, jactándose siempre de que jamás "la hicieron lesa" en un miserable penny .

Pero Catalina suspiraba a cada momento, y un día me dijo que no "se hallaba" en Hollywood, y que deseaba regresar. Mi mujer, con esa intuición que Dios, para desgracia nuestra, le dio al sexo débil, acertó con una solución transitoria. Catalina suspiraba por el carnicero, pero como no sabía leer ni escribir, era indispensable establecer la comunicación epistolar entre los atormentados corazones.

Y muy pronto tuve que empezar a escribir las inflamadas cartas que la enamorada me dictaba. Por supuesto que también debía leerle las que recibía de su amante. Con todo, mi sacrificio fue estéril, porque Catalina seguía atacada por hondos suspiros y sólo deseaba regresar cuanto antes a Santiago.

La era de la "Buena Vecindad" se inició con empanadas "caldúas"..

Como nadie es profeta en su tierra, mi buena Catalina, de la noche a la mañana, se hizo popular en nuestro barrio. El motivo merece un comentario:

Era el 18 de septiembre, y en la mañana temprano le comuniqué a Catalina mis incontenibles deseos de comer empanadas. (¡Hasta el patriotismo ataca al órgano más débil!)

- Siempre que encuentre "la color", que me parece que los gringos no conocen ni de nombre - me contestó ante mi requerimiento...

Salió al mercado en busca de los ingredientes, y cuando regresó con ellos, y, además, con una nueva decepción, exclamó amargamente:

-¡Estos gringos no celebran el 18! ¿Creerá que no han puesto ni una bandera en las casas? - y rezongando se metió en la cocina.

Tanto esmero puso en la confección de las "caldúas", que luego comenzaron a despedir su clásico y apetecible aroma. Las vecinas empezaron a, asomar sus narices por las ventanas próximas a mi apartamiento, y muy luego se trasladaron a visitarme para pedirme que les explicara el origen de tal perfume... Creí prudente encomendarle la explicación a mi mujer, quien, con orgullo muy legítimo, les dio las primeras lecciones sobre la manera de confeccionar buenas empanadas. Finalmente les regaló algunas, que las curiosas " mises " corrieron a devorar en compañía de sus esposos; y en ese momento empezó la política de la "buena vecindad entre los Estados Unidos y Chile".