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Una tarde iba yo caminando por una de las calles de la Metro-Goldwyn-Mayer
cuando me detuve frente a un grupo de personas que rodeaban a un caballero de
quien sólo distinguí su enmarañada melena gris.
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De su cabeza brotó como un enorme hongo la fórmula que contiene el secreto de
la energía atómica: E = mc
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Me aproximé y reconocí al sabio Einstein. Decenas de mozalbetes y muchachas,
todos empleados inferiores del estudio, le solicitaban su autógrafo como si
fuera un actor o púgil de moda.
Me abrí paso por entre los "cazadores de firmas". Siempre había sentido una
profunda admiración por el hombre que en catorce carillas había resumido la
teoría que echó por tierra la, hasta entonces, incorregible teoría de Newton.
Consideré una irreverencia pedirle su autógrafo; pero le tomé una mano y se la
besé. Sus ojos de soñador me miraron con cierto asombro y me sonrió con gran
dulzura. Debo confesar que jamás al estrechar la mano de las más atrayentes
estrellas sentí la emoción que me produjo el contacto del genial Padre de la
Relatividad.
Me pareció, desde ese momento, comprender que el tiempo y el espacio eran el
ropaje de la ilusoria Maya.
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