Mi primer día en los Metro-Goldwyn-Mayer Studios constituyó uno de los momentos
estelares de mi vida.
Mi calidad de "personaje", gracias a la cariñosa recepción que me brindó la
Prensa, me permitía introducirme en las diversas reparticiones de que están
compuestos los estudios, acompañado por un amable guía dependiente del
Departamento de Publicidad.
Fue el comedor uno de los sitios que más me sorprendieron durante la primera
visita. Parecía estar asistiendo a una fantástica sesión de espiritismo en que
cien espectros se hubieran supermaterializado. Lo que conocemos de los actores
de la pantalla es su sombra bidimensional en blanco y negro (todavía no existía
el "glorioso tecnicolor" ni la tercera dimensión) y en el comedor los veía en
forma corpórea, comiendo, charlando y riendo como simples mortales.
¡Wallace Beery hasta se escarbaba los dientes con un palo de fósforo! Solamente
la Garbo se mantenía en el misterio, haciéndose llevar algunos gramos de
alimento a su camarín. Tampoco permitía visitantes en el set que le servía de
escenario. Gracias a su táctica, continúa siendo un ser extraterreno.
La ilusión fantasmagórica se fue atenuando rápidamente, como todas las
ilusiones que dejan de ser ilusiones, para dar paso a la grosera realidad; y
después de una semana de permanencia, más llamaba mi atención una bonita
"extra" que la más empingorotada de las "estrellas". Ahora me parecía estar en
un baile de fantasía. Como los artistas se sientan a la mesa con el traje y
caracterización con que están trabajando; no es raro ver a Lincoln departiendo
con María Magdalena o a Enrique VIII chacoteándose con sus cuatro esposas. El
visitante también tiene la impresión de que los artistas, al no estar bajo el
tiránico control del director, actúan con mayor naturalidad y se sienten como
escolares, felices, a la hora del recreo.
En los comedores fue también donde empecé a comprender que la vida de los
astros y estrellas no es tan envidiable como se cree. El peso de los artistas
es controlado con severidad, y para mantenerlo constante deben someterse a
estrictas dietas. Recuerdo con pena las miradas con que Joan Crawford perforaba
el sabroso "bistec a lo pobre" que yo acostumbraba a servirme cuando era
invitado por alguno de los jefes del estudio. Con el pretexto de mostrarles un
típico plato chileno, lo hacía confeccionar en forma abundante para así poderme
mantener hasta que llegara el esperado giro que debía traerme mi sueldo de "La
Nación".
El trayecto al
National Bank
había llegado a serme rutinario, y cada vez que me presentaba a la ventanilla
para informarme de si había llegado un giro a mi nombre, el cajero
maquinalmente me respondía:
-
I am sorry, Mr. Délano. There is nothing for you, today!