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Creí que había perdido la razón cuando vi a María Magdalena almorzando con Abraham Lincoln

LIII

Mi primer día en los Metro-Goldwyn-Mayer Studios constituyó uno de los momentos estelares de mi vida.

Mi calidad de "personaje", gracias a la cariñosa recepción que me brindó la Prensa, me permitía introducirme en las diversas reparticiones de que están compuestos los estudios, acompañado por un amable guía dependiente del Departamento de Publicidad.

Fue el comedor uno de los sitios que más me sorprendieron durante la primera visita. Parecía estar asistiendo a una fantástica sesión de espiritismo en que cien espectros se hubieran supermaterializado. Lo que conocemos de los actores de la pantalla es su sombra bidimensional en blanco y negro (todavía no existía el "glorioso tecnicolor" ni la tercera dimensión) y en el comedor los veía en forma corpórea, comiendo, charlando y riendo como simples mortales.

¡Wallace Beery hasta se escarbaba los dientes con un palo de fósforo! Solamente la Garbo se mantenía en el misterio, haciéndose llevar algunos gramos de alimento a su camarín. Tampoco permitía visitantes en el set que le servía de escenario. Gracias a su táctica, continúa siendo un ser extraterreno.

La ilusión fantasmagórica se fue atenuando rápidamente, como todas las ilusiones que dejan de ser ilusiones, para dar paso a la grosera realidad; y después de una semana de permanencia, más llamaba mi atención una bonita "extra" que la más empingorotada de las "estrellas". Ahora me parecía estar en un baile de fantasía. Como los artistas se sientan a la mesa con el traje y caracterización con que están trabajando; no es raro ver a Lincoln departiendo con María Magdalena o a Enrique VIII chacoteándose con sus cuatro esposas. El visitante también tiene la impresión de que los artistas, al no estar bajo el tiránico control del director, actúan con mayor naturalidad y se sienten como escolares, felices, a la hora del recreo.

En los comedores fue también donde empecé a comprender que la vida de los astros y estrellas no es tan envidiable como se cree. El peso de los artistas es controlado con severidad, y para mantenerlo constante deben someterse a estrictas dietas. Recuerdo con pena las miradas con que Joan Crawford perforaba el sabroso "bistec a lo pobre" que yo acostumbraba a servirme cuando era invitado por alguno de los jefes del estudio. Con el pretexto de mostrarles un típico plato chileno, lo hacía confeccionar en forma abundante para así poderme mantener hasta que llegara el esperado giro que debía traerme mi sueldo de "La Nación".

El trayecto al National Bank había llegado a serme rutinario, y cada vez que me presentaba a la ventanilla para informarme de si había llegado un giro a mi nombre, el cajero maquinalmente me respondía:

- I am sorry, Mr. Délano. There is nothing for you, today!