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Mi primer recorrido por Hooywood

LII

Desde los balcones de mi habitación esta ciudad me dio, como primera impresión, la idea de ser los bastidores de un inmenso escenario. El continuo transitar de los "extras" de los estudios, vestidos con caprichosos trajes de época y totalmente maquillados, me ayudaba a forjarme tal impresión. Para no perderme por esas calles solicité la compañía de un pobre "extra", de nacionalidad mexicana, que desde un mes esperaba el llamado del Casting office (oficina de reparto) vestido de Caballero del Santo Sepulcro. No sin inquietud este hombre se resolvió a descolgarse del aparato telefónico y a servirme de cicerone. Con tan extraña compañía, que por lo demás a nadie llamó la atención, nos dirigimos a Hollywood Bulevar, o sea, la calle principal de la ciudad, equivalente a la calle Ahumada de aquí.

Como era hora del té, le rogué que me llevara a una confitería, y cuál no sería mi extrañeza cuando vi que me introducía en una botica ( Drug Store ). En esa botica todo el mundo tomaba té con pasteles, sándwichs, etc. Recordé que mi mujer me había encargado que le comprara un frasco de yodo y se lo pedí al dependiente. ¡Nuevo motivo de extrañeza! En la botica no conocían el yodo. Confieso que mi cabeza empezó a convertirse en una olla de grillos. "¿Será posible -pensé- que el yodo se venda en Hollywood en alguna confitería o heladería?"

"A mi regreso a Santiago - me dije - preguntaré a Klein si algún gringo ha llegado a su botica a solicitarle un ham and eggs ".

Fui tan goloso en mi primera visita a la botica, que salí de ella con dolor de estómago, pero muy esperanzado de podérmelo quitar en la primera peluquería que encontrara abierta . . .

"Chile", una palabra picante.

Otra de las grandes sorpresas que me llevé en mi deambular por los barrios populares de Hollywood fue cuando leí en grandes caracteres la siguiente frase:

"CHILE CON CARNE"
"¡Cuán injustos somos los chilenos con nuestros representantes consulares! - pensé; ¡nos pasamos criticando su falta de interés en hacer propaganda de nuestro país, y aquí salta a los ojos en todas partes!"

Y en voz alta rematé mi pensamiento exclamando:

-¡Siempre "el pago de Chile"!

Como el mexicano me mirara con extraña expresión, continué en tono confidencial

- Si he de ser franco, amigo, debo decirle que Chile no es un país en que abunde la carne; por el contrario, cada día descuidamos más las faenas de engorda y temo que con el tiempo lleguemos a depender de la Argentina. (Estaba todavía muy lejano el "justicialismo" y Perón no había sido sorprendido tratando de comprar los planos de nuestras fortificaciones.)

- Siento manifestarle, "mano" - me respondió mi cicerone, que usted ha interpretado mal los letreritos. En ellos se anuncia el popular plato mexicano "chile con carne". . ., y si yo también he de serle sincero, debo advertirle que "chile", además de ají, tiene otro significado entre nosotros; pero me avergüenza explicárselo. Es una mala palabra, figúrese... Presumo que algo tiene que ver con aquella fálica palabra que con freudiana insistencia escriben los débiles mentales en nuestras murallas, ascensores y letrinas.

Los monumentos de Hollywood.

Cuando me di cuenta de que mi cicerone había satisfecho sus atrasados apetitos, le supliqué que me continuara acompañando en mi recorrido por esas curiosas calles. Debo confesar que lo que más chocó a mi vista en este primer paseo fue comprobar el pésimo gusto de la infinidad de monumentos gigantescos, que a manera de réclame se alzaban por todas partes.

Entre estos monumentos se destacaba uno parecido a nuestra estatua de San Martín, con un soldado cuya cabeza era casi más grande que la del caballo que montaba. Esta estatua servía de propaganda a un hotel famoso. Cerca de este "monumento" había otro que representaba un gigantesco fraile y que era réclame del tónico "El Padre". Se trataba de un vino detestable que se expendía en envase de remedio, para burlar la "Ley Seca". Este fue el vino que yo consumí durante toda mi estada en Hollywood, pero ni por este motivo de gratitud puedo recordar con agrado la antiestética escultura del pobre fraile que le servía de publicity .

Entre estas estatuas había una que representaba a Napoleón Bonaparte señalando una determinada ruta, y que llevaba una inscripción parodiando la frase célebre y que decía: "Por este camino se llega al Teatro Egipcio". Cuando el embajador de Francia estuvo en Hollywood, protestó de esta irreverencia y las autoridades tuvieron que ordenar su retiro. En mi segundo viaje tuve la satisfacción de comprobar que todos esos adefesios habían sido retirados.