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Desde los balcones de mi habitación esta ciudad me dio, como primera impresión,
la idea de ser los bastidores de un inmenso escenario. El continuo transitar de
los "extras" de los estudios, vestidos con caprichosos trajes de época y
totalmente maquillados, me ayudaba a forjarme tal impresión. Para no perderme
por esas calles solicité la compañía de un pobre "extra", de nacionalidad
mexicana, que desde un mes esperaba el llamado del
Casting office
(oficina de reparto) vestido de Caballero del Santo Sepulcro. No sin inquietud
este hombre se resolvió a descolgarse del aparato telefónico y a servirme de
cicerone. Con tan extraña compañía, que por lo demás a nadie llamó la atención,
nos dirigimos a Hollywood Bulevar, o sea, la calle principal de la ciudad,
equivalente a la calle Ahumada de aquí.
Como era hora del té, le rogué que me llevara a una confitería, y cuál no sería
mi extrañeza cuando vi que me introducía en una botica (
Drug Store
). En esa botica todo el mundo tomaba té con pasteles, sándwichs, etc. Recordé
que mi mujer me había encargado que le comprara un frasco de yodo y se lo pedí
al dependiente. ¡Nuevo motivo de extrañeza! En la botica no conocían el yodo.
Confieso que mi cabeza empezó a convertirse en una olla de grillos. "¿Será
posible -pensé- que el yodo se venda en Hollywood en alguna confitería o
heladería?"
"A mi regreso a Santiago - me dije - preguntaré a Klein si algún gringo ha
llegado a su botica a solicitarle un
ham and eggs
".
Fui tan goloso en mi primera visita a la botica, que salí de ella con dolor de
estómago, pero muy esperanzado de podérmelo quitar en la primera peluquería que
encontrara abierta . . .
"Chile", una palabra picante.
Otra de las grandes sorpresas que me llevé en mi deambular por los barrios
populares de Hollywood fue cuando leí en grandes caracteres la siguiente frase:
"CHILE CON CARNE"
"¡Cuán injustos somos los chilenos con nuestros representantes consulares! -
pensé; ¡nos pasamos criticando su falta de interés en hacer propaganda de
nuestro país, y aquí salta a los ojos en todas partes!"
Y en voz alta rematé mi pensamiento exclamando:
-¡Siempre "el pago de Chile"!
Como el mexicano me mirara con extraña expresión, continué en tono confidencial
- Si he de ser franco, amigo, debo decirle que Chile no es un país en que
abunde la carne; por el contrario, cada día descuidamos más las faenas de
engorda y temo que con el tiempo lleguemos a depender de la Argentina. (Estaba
todavía muy lejano el "justicialismo" y Perón no había sido sorprendido
tratando de comprar los planos de nuestras fortificaciones.)
- Siento manifestarle, "mano" - me respondió mi cicerone, que usted ha
interpretado mal los letreritos. En ellos se anuncia el popular plato mexicano
"chile con carne". . ., y si yo también he de serle sincero, debo advertirle
que "chile", además de ají, tiene otro significado entre nosotros; pero me
avergüenza explicárselo. Es una mala palabra, figúrese... Presumo que algo
tiene que ver con aquella fálica palabra que con freudiana insistencia escriben
los débiles mentales en nuestras murallas, ascensores y letrinas.
Los monumentos de Hollywood.
Cuando me di cuenta de que mi cicerone había satisfecho sus atrasados apetitos,
le supliqué que me continuara acompañando en mi recorrido por esas curiosas
calles. Debo confesar que lo que más chocó a mi vista en este primer paseo fue
comprobar el pésimo gusto de la infinidad de monumentos gigantescos, que a
manera de réclame se alzaban por todas partes.
Entre estos monumentos se destacaba uno parecido a nuestra estatua de San
Martín, con un soldado cuya cabeza era casi más grande que la del caballo que
montaba. Esta estatua servía de propaganda a un hotel famoso. Cerca de este
"monumento" había otro que representaba un gigantesco fraile y que era réclame
del tónico "El Padre". Se trataba de un vino detestable que se expendía en
envase de remedio, para burlar la "Ley Seca". Este fue el vino que yo consumí
durante toda mi estada en Hollywood, pero ni por este motivo de gratitud puedo
recordar con agrado la antiestética escultura del pobre fraile que le servía de
publicity
.
Entre estas estatuas había una que representaba a Napoleón Bonaparte señalando
una determinada ruta, y que llevaba una inscripción parodiando la frase célebre
y que decía: "Por este camino se llega al Teatro Egipcio". Cuando el embajador
de Francia estuvo en Hollywood, protestó de esta irreverencia y las autoridades
tuvieron que ordenar su retiro. En mi segundo viaje tuve la satisfacción de
comprobar que todos esos adefesios habían sido retirados.
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