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Puedo afirmar que no hay en el mundo entero un pueblo más supersticioso que el
de Hollywood, y puedo asegurar que a merced de este defecto prosperan las más
extravagantes ideas y se realizan también los más absurdos negociados.
Explotando esta manía enfermiza viven cientos de magos, hechiceros y brujos, y
se da un campo de acción sin límites a la nigromancía, multiplicándose a medida
que los diarios y revistas van anotando mayor número de "sensacionales casos
sobrenaturales". Para comprobar lo dicho, recuerdo en este momento los
siguientes hechos "astrales", que conmovieron a Hollywood durante mi estada, y
que no puedo olvidarlos por lo ridículos e inverosímiles:
Un nigromante que operaba con una lámpara milagrosa se presentó judicialmente
contra Carlos Chaplin, acusándolo de informal y tramposo porque, según
aseguraba el mago, gracias a sus hechizos había logrado Carlitos hacer fortuna,
la que se había comprometido a compartir con el hechicero, haciéndole luego el
más formidable "perro muerto"... La justicia recibió la causa a prueba; pero yo
me vine de Hollywood antes de que se fallara si Chaplin estaba o no encantado.
Otro caso singular fue el de una niña que, según los diarios, estaba en estado
cataléptico desde hacía cinco años porque su espíritu se había trasladado al
otro mundo a realizar indagaciones que en fecha determinada revelaría a la
atónita humanidad. Y casos como éstos se registran allí a diario, al punto de
que, como he dicho, no hay quién no tenga una historia de espíritus que contar.
La bruja de mi aventura.
Intrigado con las mil aventuras que sobre hechicería me contaron o leyera
durante mis primeros días en Hollywood, sentíme impulsado a visitar a alguna
bruja de importancia, para verificar la efectividad de tales hechos
sobrenaturales. Aconsejado por un amigo, elegí para mi visita la casa de Lupita
Reyes, una vieja de origen mexicano que se había "embrujado" porque en un mismo
día se le murió el marido y un hijo perdió su fortuna, se le quemó su casa y le
ocurrió otra serie de calamidades, suficientes para trastornar el más firme de
los cerebros.
La casa de esta bruja era una de las más visitadas de Hollywood, y allí acudían
los artistas de mayor cartel para entreabrir el velo del futuro. La
particularidad de esta bruja era, según los entendidos, que tenía el poder de
"materializar" los espíritus en el momento que a ella la fotografiaban en
éxtasis. Como buen discípulo de Santo Tomás, quise ver para creer y le rogué
que me permitiera tomarle una fotografía, a lo que accedió gustosa. Confieso
que no sin curiosidad comencé a desarrollar la plancha prometedora de algo
extraordinario; pero la verdad fue que cuando terminé de revelarla me encontré
con una normal foto de la vieja, sin siquiera la presencia del más modesto
ectoplasma.
No sé en qué momento se me ocurrió hacerle una broma a esta señora, y fue la de
superponer en su fotografía, por medio de un sistema de doble exposición, fotos
de Lon Chaney, Marie Dressler y Polly Moran, las que, retocadas y con unos
sudarios que les dibujé, tenían el aspecto de reales fantasmas. Hecho este
truco se lo llevé a mi bruja, quien no demostró la menor admiración ante el
resultado del experimento.
- Bueno, ¿y qué? - dijo. Estos son los espíritus que hice materializarse. ¿Está
ahora convencido?
Muy pronto la "voz" de este hecho sobrenatural corrió por todo Hollywood, y
verdaderas romerías de gentes se trasladaron a ver la fotografía milagrosa.
Para darle más poder sobrenatural a este hecho, aconteció cierto día que el bus
en que viajaba la bruja se volcó, pereciendo varios pasajeros y quedando todos
heridos a excepción de ella, que no recibió ni un rasguño.
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Así apareció en la fotografía doña Lupita, acompañada de los espíritus.
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La superstición atribuyó la coincidencia al hecho de que viajaba acompañada de
la foto famosa. Hollywood entero se conmovió ante la extraordinaria nueva, y mi
pobre bruja, de la noche a la mañana, quedó convertida en la hechicera más
popular de la Ciudad del Cine.
La triste suerte corrida por un florero.
Nos alojamos en un departamento bastante modesto en North Grammercy Place. En
la noche descubrí que los norteamericanos no usaban "bacinica, tiesto que había
sido desterrado desde hacía muchos años por considerarlo antihigiénico. ¡Para
eso están las piezas de baño al lado de las habitaciones! Pero yo estaba
acostumbrado, como todas las personas de mi generación, saber que el tiesto me
aguardaba debajo de la cama, y su ausencia no me permitía conciliar el sueño.
¡Se me había producido un nuevo complejo: el de la "cantora"! Al día siguiente,
al cerciorarme de que en Hollywood no las conocían ni de nombre, me dirigí a un
"
Five and ten cents store
" y adquirí un florero que por su estructura me pareció adecuado para
reemplazarla.
A mi regreso encontré a la
missis
dueña de los departamentos haciéndole compañía a mi mujer. Al desenvolver el
florero la buena señora, poniendo los ojos en blanco. exclamó:
-
How romantic are ths Latin-American people!
(¡Qué románticos son los latinoamericanos!) - y corrió a buscar un hermoso
ramo de flores que ella misma colocó artísticamente en mi florero.
Desde esa noche, después de poner las flores en el lavatorio, empecé a dormir
el plácido sueño de los justos.
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