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Para la tranquilidad de mi espíritu, seriamente alterado con las impresiones
que ofrece la interminable travesía en ferrocarril entre Nueva York y Los
Angeles (una semana en esa época), creí prudente, de acuerdo con mi costumbre,
visitar los cementerios de Hollywood. Siempre he pensado que conociendo a los
muertos es más fácil entenderse con los vivos. Además, un grupo de santiaguinas
románticas me habían entregado un ramo de flores con encargo de colocarlo en la
tumba de Rodolfo Valentino. De ese ramo sólo quedaban algunos tallos y pétalos
secos; pero aún así era un símbolo de la póstuma admiración de tantas lindas
compatriotas que amaron platónicamente a "El Hijo del Sheik".
Debo haberle parecido un tipo extraño, en la estación de Hollywood, al chófer a
quien le rogué me condujera derechito al cementerio; pero como allí la
extravagancia es moneda de libre circulación, el hombre cumplió su cometido sin
hacerme la más pequeña observación.
¿No irían los ilustres muertos de Hollywood a tentarme en su magnífica película
muda? Porque, como ya lo dije, yo había ido a La Meca del celuloide a estudiar
los misterios del cine sonoro, y, por un impulso de romanticismo ajeno a mi
espíritu, me encontraba repentinamente donde todo es silencio. Los esqueletos
de las flores que llevaba a Valentino volvieron a darme la explicación de tan
insólita visita. Y con paso resuelto me interné por las calles de ese
cementerio, que más parecía una cancha de golf por estar todo cubierto de
parques ingleses. De trecho en trecho se alzan lápidas con los nombres de
artistas que fueron famosos en su tiempo. Me parecía estar leyendo los títulos
iniciales del "reparto" de una superproducción muda.
No necesité de muchas averiguaciones para llegar hasta el sepulcro de
Valentino. Su arquitectura es inconfundible, de aspecto sencillo, y me trajo el
recuerdo del mausoleo de nuestros veteranos del 79.
Provisto de una vieja cámara cinematográfica que adquirí en una tienda de Nueva
York, me lancé a tomar la película de ese mausoleo, y cuál no sería mi espanto
cuando comprobé que el ruido de matraca producido por la máquina se iba
ampliando por el eco hasta sonar casi como una ametralladora. Un guardia acudió
con el propósito de arrestarme; pero yo me excusé parodiando a esos gringos que
se justifican diciendo: "Poco tiempo en Chile", y le hice ver que desconocía
tan severas prohibiciones.
Las tablas de Moisés.
Cumplido mi sagrado encargo; me dediqué a recorrer la Ciudad del Silencio. Con
paso lento me interné por las calles del cementerio hasta llegar a una colina
en cuya cima se encuentra un monumento formidable que representa las Tablas de
la Ley de Moisés. Es éste, acaso, el monumento más hermoso del cementerio judío
de Hollywood; pero su presencia allí no me pareció adecuada y me mereció un
reparo: no son precisamente los muertos los llamados a observar las leyes de
Moisés ... Tal vez convendría llevarlas al corazón vivo del agitado Hollywood
...
El monumento a la vida.
Luego de contemplar algunos sepulcros famosos, me dirigí hacia el monumento "El
Misterio de la Vida", que desde lejos me invitaba a una detenida contemplación.
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Un morrocotudo monumento "El Misterio de la Vida"
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Es lo más famoso del cementerio de Hollywood; pero la verdad es que su fama
corresponde a su mal gusto. Representa un denso grupo en mármol, que da la
sensación de una película en series: hombres y mujeres que se hacen el amor,
frailes y monjas que se escandalizan del amor, un palomo que arrulla a una
paloma, un león, una pantera, un niño, una gallina, una anciana; flores por
aquí, hortalizas por allá. Total, un monumento dirigido por Cecil B. DeMille.
No se usan carrozas fúnebres.
Había ya recorrido todo el cementerio, comprobando que los muertos de Hollywood
no son más felices que los nuestros, y me disponía a trasponer el umbral de su
puerta, cuando la llegada de un raudo automóvil me retuvo. Grande fue mi
asombro al ver que de él bajaban cuatro o cinco caballeros visiblemente
conmovidos, que luego, con suma agilidad, retiraban de la caja de herramientas
una urna mortuoria que más parecía un flamante frigidaire.
Mis propósitos de observación callada hubieron de ser violados. No pude menos
que acercarme a un guardia del cementerio para decirle:
-¿Pero es que estos señores por economía no usan carrozas?
- No, señor; aquí no se conocen los coches mortuorios. Eso está reñido con la
civilización. La presencia de carrozas es ingrata para los vivos. Lo macabro no
entra en EE.UU. Los funerales deben ser ceremonias sencillas y de suma rapidez.
Hay que aminorar los sufrimientos humanos; los crespones, los caballos negros
cubiertos de gualdrapas, las cintas, las carrozas no sirven más que para
intensificar el sufrimiento de los deudos, y eso no es humano.
Los dolientes esperan al difunto dentro del cementerio y ninguno de los
inasistentes incurriría en la reprochable costumbre chilena de pedirle a un
amigo que deposite su tarjeta a la salida del sepelio para quedar bien con la
familia del extinto. Y es así cómo, muchas veces, en el cortejo no van más de
veinte personas: sin embargo, los deudos encuentran en el buzón más de un
ciento de tarjetas. ¡Es la "bolsa negra" de la amistad!
El "Funeral Service" y los muertos como vivos.
-¿Pero es que entonces ni siquiera se vela a los muertos? - no pude menos que
preguntar al guardia.
- Sí, señor, se velan; pero no en la casa de los deudos. Para eso existen los
Funeral Services
, oficinas encargadas de velar a los muertos en debida forma. Allí, en cuanto
reciben el cadáver, lo toman como a un vivo; lo afeitan, le cortan el pelo, le
lavan la cabeza, lo maquillan, y, por último, le inyectan un líquido que los
deja embalsamados por muchos años. Queda de aspecto "tan rozagante", que
cualquiera lo toma por un vivo bueno y sano.
Tales revelaciones no pudieron menos que despertarme la curiosidad de ir a
conocer un
Funeral Service
. Mi extrañeza llegó a su colmo al enterarme de que tan macabros servicios
estaban precisamente ubicados en locales cercanos a los cabarets, teatros y
cafés.
Cúpome en suerte visitar un
Funeral Service
situado al lado del Teatro Pantage. Tal como me informara el guardia, allí
encontré "sirviéndose" al cadáver de un viejo que ya estaba embalsamado. En una
tarjeta que le servía para identificarlo leí su nombre: James S. Chambers. Por
exigencia del empresario le toqué la oreja derecha. Tenía la carne petrificada,
"garantizada por diez años".
Confieso que el sistema no fue de mi agrado. Está bien que en Hollywood
extremen el maquillaje con los actores; pero es incorrecto que manden a sus
muertos maquillados al
casting office
de San Pedro.
Las variedades del velorio.
Pero aún el
Funeral Service
me reservaba otras notas pintorescas, y ellas me las dio un escaparate donde
había una infinidad de paquetes que parecían de esos de medio kilo de café.
-¿Y esto qué es? - pregunté al "peluquero" del
Funeral Service
.
- Cenizas de muertos que no han querido retirar los deudos por parecerles caro
el precio de 10 dólares, que es la tarifa de la incineración. Las guardamos con
los nombres respectivos, hasta que la trompeta que anuncie el juicio Final las
saque de los escaparates.
¡Mueran las pompas fúnebres!
"Quiero que mi ataúd
tenga una forma bizarra,
la forma de un corazón,
la forma de una guitarra."
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Ya que todos estamos condenados a muerte, lo más prudente sería que se nos
preparara, desde niños, a mirar este trance como algo natural, como en realidad
lo es el despojarnos del cuerpo, que bien poco se diferencia del de los
animales.
A mis hijos les hablo con frecuencia de la muerte; pero refiriéndome a ella
como a un paso maravilloso en nuestra evolución, como al retorno del alma a su
natural estado de libertad.
- Lo extraordinariamente anormal es la vida - les digo. Fíjense cuán cortísima
es si se la compara con lo que dura la muerte.
Mucho ha contribuido a hacernos mirar la muerte con pavor el deprimente aparato
con que la rodean las empresas de pompas fúnebres. Los negros cortinajes de las
"capillas ardientes" y las negras carrozas tiradas por potros cubiertos de
gualdrapas negras deberían suprimirse. Preferiría que los tétricos ataúdes
fueran cajas decoradas con vivos colores, destinadas únicamente al transporte
del cuerpo al horno crematorio. El almacenamiento de cadáveres putrefactos es
antihigiénico y obliga a extender el área de los cementerios en proporción
atentatoria con el área vital de los vivos.
Suponer que Dios tenga dificultades para reunir las cenizas calcinadas de los
cuerpos, el Día del juicio Final, es una gran herejía; para el Supremo Hacedor
resolver el puzzle de armar un cuerpo con el polvo impalpable, después de mil
años de haber permanecido confundido con la tierra, es tan fácil como hacerlo
con los dos kilos de escorias a que queda reducido un cadáver incinerado.
Yo asistí a una cremación en el cementerio de Hollywood. El horno está en el
fondo de una capilla. Después de la misa, el cajón es introducido en el horno,
y los brillantes acordes de un órgano ayudan a elevar el alma dé los deudos, y
con seguridad la del difunto.
La ceremonia termina con la entrega de un cofrecito que contiene las cenizas
del finado, el que es guardado en el mausoleo de la familia o en el nicho
correspondiente.
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