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"El Potro" de Saa Silva me juega una mala pasada

XLIX

- Te invito mañana a almorzar en la Embajada - me dijo Carlos Dávila, nuestro brillante y activo representante en Washington, mostrando el perfecto teclado de sus dientes; tengo convidados a la hija de Louis B. Mayer, jefe ejecutivo de la Metro-Goldwyn-Mayer, y a su esposo, el famoso productor Selznick. Vienen de Europa en viaje de luna de miel.

Al día siguiente estaba yo sentado a la mesa del embajador. Herminia Arrate de Dávila, con la delicadeza propia de su espíritu, nos hacía los honores de la dueña de casa.

Los Selznick, que representaban el máximo poder en el Imperio del Celuloide, escucharon con interés mi ambicioso proyecto: instalar en Santiago la sede del cine hablado en castellano.

- Chile - les explicaba - es un enorme set natural; posee los paisajes más variados y hermosos. Nuestro país es un verdadero vivero de artistas y Santiago está a la misma distancia del Ecuador que Hollywood. . ., y por algo Hollywood, dentro de la enorme extensión de los Estados Unidos, fue elegido como centro cinematográfico. Cuando el cine era mudo, no podíamos pensar en competir con ustedes, pero el advenimiento de la palabra hace posible que nosotros produzcamos las películas en castellano. Contamos con uno de los mercados más grandes del mundo.

Yo exponía mis puntos de vista con tal exaltación, que Mr. y Mrs. Selznick ofrecieron darme su apoyo, y al despedirme de ellos, y sabiendo que yo partía a Los Angeles, me invitaron a visitarlos en Hollywood de ahí a dos semanas.

- Ten la seguridad - me dijo Dávila - de que te van a ser de positiva utilidad. Les has caído en gracia y cuando menos se interesan por instalar una sucursal de la Metro en Santiago.

Una de las primeras personas que conocí a mi llegada a Hollywood fue el barítono Roberto Saa Silva. Era este hombre poseedor de un automóvil digno de figurar en un museo: una vieja máquina europea que le había costado veinte dólares. Al ponerlo en marcha, después de muchos golpes de manivela, trepidaba como si estuviera atacado de epilepsia, y las intermitentes explosiones falsas de su motor hacían pensar en la filmación de una película de gángsters.

Cuando nos impusimos por la prensa del arribo de los esposos Selznick-Mayer, Saa Silva me ofreció llevarme en su "auto" a los Estudios Metro-Goldwyn-Mayer, pues Culver City, que así se llama la localidad donde se encuentran, está a bastante distancia de Hollywood.

¡Cómo se esmeran los hados en jugarnos malas pasadas! Cuando íbamos llegando a la puerta de los estudios, un Rolls Royce insolentemente magnífico estaba tomando colocación guiado por un chófer de librea. Vi con sorpresa que en su interior venía la pareja de magnates con que había almorzado en la Embajada de Chile.

-¡Qué suerte la mía! - le dije a Saa Silva. Ya verás cómo me van a recibir...

Pero el "potro chúcaro" de mi amigo se encargó de estropearlo todo. Tal vez Roberto se puso nervioso ante la proximidad de tan empingorotados personajes; lo cierto del caso fue que, con los frenos fuera de control y el motor trepidante, se abalanzó sobre el Rolls Royce. El chófer, al sentir el impacto, saltó de su asiento a increparnos. Mr. Selznick también se nos encaró, justamente encolerizado, y ella nos lanzó una mirada despreciativa en que pude traducir el pensamiento siguiente: "¿Quiénes serán estos "picantes" que tienen la audacia de colocarse junto a nosotros?"

De más está decir que jamás me atreví a volverlos a buscar.

Una coz del "potro chúcaro" había, en un segundo, echado por tierra mis sueños y tal vez el porvenir del cine chileno.