Los diarios de Estados Unidos publicaban boletines dando cuenta del grave estado en que se encontraba el ex Presidente Taft. Era éste un viejo de aspecto jovial, a quien yo había tenido que dibujar muchas veces. Cuando en Chile la salud de algún personaje inspira temor, el director del diario llama al dibujante y le ordena preparar un clisé, con orla de luto, del agonizante, para tenerlo a mano en caso de que fallezca a medianoche. También se toma la precaución de componer su biografía, dejando en blanco la fecha y hora del deceso.
En esa época se me había ordenado varias veces hacer el retrato del arzobispo monseñor Crescente Errázuriz, y como cada vez que yo terminaba mi trabajo, monseñor experimentaba una notable mejoría, llegué a creer que mis dibujos les traían buena suerte a los moribundos. En mi deseo de hacer algo por prolongar la vida de Mr. Taft, me encerré en el cuarto de mi hotel y dibujé su retrato; pero esta vez, adornado con una doliente silueta del Tío Sam, con su sombrero rayado en una mano y un ramo de flores en la otra.
Llevé el dibujo a las oficinas de King Feature Syndicate, una de las más importantes distribuidoras de artículos y dibujos, y, no sin temor, hice entrega del retrato a un señor que se me presentó con el nombre de John Brogan. A través de las vidrieras yo veía cómo el dibujo iba recorriendo las diversas dependencias de la complicada organización. Por las expresiones con que mi trabajo era examinado, colegí que estaba siendo bien recibido. Efectivamente, algunos minutos después Mr. Brogan regresó sonriente y me dijo:
- Su dibujo ha sido aceptado; puede pasar a la caja a pagarse.
Y después de pedirme el nombre del hotel en que yo pernoctaba, se despidió muy amablemente.
Al día siguiente, mi dibujo apareció en la primera página de doscientos veinte diarios de los Estados Unidos. Desgraciadamente no sirvió, como en el caso de don Crescente, de antídoto a la muerte, pues Mr. Taft había dejado de existir esa noche.
Temprano fui llamado por Mr. Brogan a su oficina.
- Como usted ve, su trabajo ha tenido mucho éxito y el presidente de nuestra organización, Mr. Connolly, me ha pedido que lo cite para ofrecerle un puesto importante en King Feature Syndicate.
Mr. Connolly me felicitó por mi ocurrencia de haber dibujado anticipadamente el retrato de Taft y la forma tan latina de "graficar" el duelo con que el pueblo de los Estados Unidos recibía la triste noticia de su fallecimiento.
- Tengo el placer - continuó Mr. Connolly - de ofrecerle el puesto de segundo dibujante de nuestra empresa, con un sueldo de mil dólares semanales.
- En ese momento se abrían para mí las puertas del éxito. Eso significaba la fortuna y la fama ... Pero yo no había olvidado la promesa que le hice al Presidente de Chile cuando me despidió; y con la voz cargada de emoción le respondí:
- Le agradezco muy sinceramente su oferta, señor; pero yo he venido enviado por mi gobierno, lo que me impide aceptar puestos que distraigan el programa que se me encomendó.
No pasó mucho tiempo sin que tuviera ocasión de ver que mi actitud había sido tan ingenua como lo fue en aquel lejano día que le entregué mi alcancía a un desconocido para que se la llevara a mi tío Eduardo. El tiempo pasaba y "La Nación" no me mandaba mi sueldo.
Como se me había encargado comprar un letrero luminoso, semejante al que todavía funciona en "Times Square", para ser colocado en el frontis del nuevo edificio de "La Nación", averigüé quiénes lo habían construido.
Los ingenieros norteamericanos hicieron los estudios correspondientes, basándolos en los planos del edificio de "La Nación" que había llevado de Santiago, y deseando dar solemnidad a la entrega del trabajo que les había encomendado, me ofrecieron un banquete en uno de los clubes más importantes de Nueva York.
Metí los planos y presupuesto en un tubo de cartón y los mandé a las oficinas del diario, en Santiago, por correo certificado. Dos semanas después, los ingenieros me llamaron para preguntarme si había recibido respuesta de Chile.
- Todavía no, señores - les contesté -. Deben estar estudiándolos. Como transcurriera otra semana, me volvieron a llamar, pero la Gerencia de "La Nación" no contestaba. Las llamadas de los ingenieros se repetían cada vez con más frecuencia, y yo no encontraba palabras para explicar el silencio de mis jefes. El tiempo pasaba y no me contestaban cables ni cartas. Resolví desaparecer de Nueva York para seguir viaje a Washington
La semana anterior a nuestra partida había puesto a remate mis muebles, libros, etc. No tenía dónde guardarlos y pensé que no estaría de más llevar algún dinero. El cambio se cotizaba en ocho pesos por dólar y habíamos juntado cuatro mil dólares, que deposité en una de las sucursales del National City Bank, próxima a nuestro hotel. La víspera de nuestra partida al oeste deseé retirar mi dinero; pero llegué al banco cuando estaba cerrado. Toqué el timbre de la puerta de calle y me la abrió un policía del banco, a quien le manifesté mis deseos de hablar con el gerente. Era éste un caballero de pelo blanco, tez coloreada saludablemente y con una expresión de bondad reflejada en sus ojos azules. (Lo encontré muy parecido a don Gustavo Helfmann; con frecuencia se topa uno en el extranjero con personas muy semejantes a sus amigos y amigas chilenos.)
- Debo cancelar varias cuentas, pues mañana partiré al oeste.
- Las cajas están cerradas - me respondió; pero yo puedo cambiarle su cheque. ¿Cuánto necesita?
- El saldo de mi cuenta son tres mil doscientos dólares - le contesté.
- Haga el cheque - me dijo, sacando del bolsillo su cartera. Se lo pagaré con mis fondos personales, siempre que alcance a tener esa suma - y fue contando los billetes hasta completar la suma. Ha tenido suerte, amigo; por una rara casualidad llevo bastante dinero en mi cartera.
Me quedé admirado de su bondad y de la confianza que yo le había inspirado al entregarme una apreciable suma de dinero sin comprobar el estado de mi cuenta ni verificar mi identidad. Estoy seguro de que en Santiago ningún gerente de banco, a pesar de ser yo algo más conocido en Chile que en los Estados Unidos, habría procedido en esa forma. La mayoría de los yanquis son confiados, porque creen en la sinceridad de los demás.
Mucho me temo que debido a esta cualidad, Mr. Roosevelt haya sido "echado al saco" en la reunión de Yalta.