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La historia de la pila de La Moneda y un vaticinio de Madame Michaud

XLVII

Cuando mi hermana Raquel llegó esa mañana a casa, se sorprendió al ver los cajones de los muebles vaciados y los libros caídos por el suelo. Parecía que un tornado hubiera recorrido las diversas dependencias de la casa, desbaratándolo todo.

-¿Qué ha pasado? - me preguntó, y mirándome a los ojos me dio a entender que mi expresión no era la de un hombre normal.

- No me he acostado - le respondí -. El director de "La Nación" me entregó ayer, para ilustrarlo, un artículo de Aurelio Díaz Meza, con la recomendación de no perderlo, y mira, me he pasado la noche buscándolo y no aparece. Hoy debo entregar el artículo con sus ilustraciones y no tengo valor para decir que lo he extraviado.

Mi buen amigo Aurelio Díaz Meza describía en él la historia de una pila de la época de la Colonia, que acababan de instalar en el primer patio de La Moneda. Había estado un día entero metido dentro de ella descifrando las inscripciones que en forma de espiral hay en una columna de bronce. De tanto dar vuelta alrededor de ese tornillo de letras, Aurelio había sufrido un vahído. ¡Y yo, después de las recomendaciones, había extraviado el manuscrito! .

- No me acosté anoche por buscarlo - continué explicándole a Raquel -, y como ves, no he dejado rincón por registrar.

- Iremos inmediatamente a casa de Madame Michaud - me propuso mi hermana -. Es una clarividente maravillosa. No hace mucho descubrió un robo de joyas que me hicieron. Todas fueron halladas en el baúl de una de las empleadas, tal como ella lo predijo.

Doña Julia Lara de Michaud, la Madame de Thébes chilena, fue invitada a París por el Instituto de Estudios Metasíquicos de Francia: Allí permaneció un año, corriendo todos sus gastos por cuenta de dicha institución. En Santiago su consultorio era frecuentado por destacados políticos y personalidades de nuestro gran mundo social.

Media hora más tarde estábamos en la consulta de la famosa pitonisa. Después de caer en trance me dijo que el artículo estaba entre las páginas de un libro que había en un estante del escritorio.

- No, señora - le respondí bruscamente -; ya he vaciado mis estantes, y el artículo no aparece.

Muy desilusionado, hice ademán de levantarme, cuando ella me retuvo diciendo:

-A mediados de febrero próximo - estábamos en septiembre- hará usted un viaje al extranjero. Después de un tiempo recibirá una triste noticia: un miembro muy cercano de su familia fallecerá inesperadamente.

Convencido de que estaba frente a una embaucadora, me retiré después de pagarle la consulta, más amargado de lo que había llegado. ¿Qué esperanzas podía tener yo de viajar al extranjero, siendo que mi situación económica apenas me permitía ir de vez en cuando a San Bernardo, a la quinta de mi hermana Emma?

Decidí pedirle a Díaz Meza que repitiera el artículo, a lo que mi viejo amigo accedió. Y esa tarde me presenté en la oficina del director con el trabajo, como si nada anormal hubiera ocurrido. Los meses pasaron y la película que yo estaba rodando bajo el título de "La Calle del Ensueño", y que debía ser enviada a la Exposición Internacional de Sevilla, fue estrenada con bastante éxito.

Pero en esos días llegaban a Chile las noticias del invento del cine hablado, que venía a revolucionar la industria en los momentos en que nosotros habíamos hecho un esfuerzo enorme para ponernos a la cabeza de la cinematografía en Sudamérica.

Discutí el problema con mi cuñado Pablo Ramírez, Ministro de Hacienda del Gobierno del general Ibáñez, y poco tiempo después me avisó que se había decidido enviarme a Hollywood, a estudiar los secretos del cine hablado. Iría con un sueldo de trescientos dólares, con la obligación de enviar dibujos y artículos, además de atender diversos encargos para el diario.

El vaticinio empieza a cumplirse.

El Presidente Ibáñez me invitó a su despacho y, al despedirse, me hizo prometerle solemnemente que no aceptaría ningún puesto en los Estados Unidos, pues no debía olvidar que mi viaje era costeado con dineros públicos.

Llegó el día de embarcarnos y grande fue mi admiración al comprobar que la fecha coincidía con la vaticinada por Madame Michaud.

Fue entonces cuando empezaron mis tormentos al recordar el otro vaticinio: un pariente cercano moriría después que yo saliera de Chile.

El viaje a Nueva York lo hicimos alegremente en compañía de varias familias chilenas, en un barco de la P.S.N.C. Jorge Lake, que había sido profesor de inglés en la Escuela Militar, me hacía todos los días clases de este idioma. Yo estaba muy lejos de dominar la lengua de Shakespeare, y todos se preparaban para presenciar mi primera conversación en inglés al pisar los muelles de Nueva York. Un funcionario de la Aduana fue el primero que se me acercó y, ¡oh capricho del destino! ¡Mi interlocutor era tartamudo! Esto produjo una carcajada incontenible del grupo de chilenos que deseaban ver cómo me las iba a arreglar en mi primera conversación. El hombre se molestó, creyendo que se mofaban de su defecto, y fuimos los últimos en ser despachados.