Resolución 800 x 600



Impresiones de mi primer vuelo en aeroplano

XLVI

El jefe de crónica del diario, mi viejo amigo Juan Livingstone, me llamó una vez para pedirme que al día siguiente, con motivo de celebrarse no sé cuál aniversario de la Escuela de Aviación, fuera a "El Bosque" a tomar unas impresiones del vuelo en "aeroplano", como entonces se les decía a los aviones.

Temprano y armado de una Kodak, me presenté a la mañana siguiente en el campo de aviación militar.

Era la época heroica en que cada piloto anhelaba cruzar los Andes.

En el casino me topé con "El Chute" Díaz Garcés, quien después del cuarto whisky empezó a proponerme que nos tiráramos el salto "p'al otro lado".

A medida que bajaba el nivel de la botella subía nuestro entusiasmo; y yo, olvidando que era padre de familia y animado por mi indiscutible espíritu periodístico, acepté. "¡Qué lindo golpe para "El Diario"!", pensaba.

"El Chute" llamó a su asistente, y con mucho sigilo le comunicó nuestro proyecto, ordenándole que llenara a full el estanque de gasolina de su máquina. Cuando íbamos en camino hacia el hangar fuí llamado por el general Contreras, director de la Escuela de Aviación, quien me dijo en forma terminante (yo no sé si alguien le sopló nuestro proyecto):

- Usted ha venido a tomar unas impresiones de vuelo. No tengo inconveniente; pero no volará con el teniente Díaz, sino con el mayor Pinkerton, el que viene aterrizando; es un instructor británico.

Y le ordenó a su ayudante que me acompañara al avión.

Apenas trepado al biplano, y sin recibir instrucción alguna, el piloto hizo zumbar los motores y partimos. Miré hacia abajo: ya íbamos como a cien metros de altura. Mr. Pinkerton empezó a ascender en espiral y en una curva me sentí desplazado del asiento. Como viera una estaca frente a mí, pensé que sería para sujetarse. Me aferré fuertemente a ella, pero al inclinar el cuerpo para mirar hacia abajo, el aeroplano hizo los más extraños movimientos de acrobacia. Después me contaron los de tierra que creyeron que el gringo se había vuelto loco, pues no comprendían cómo a un pasajero que volaba por primera vez y al que ni siquiera se le había puesto el cinturón de seguridad se le sometiera a tales maniobras. El piloto se volvía de vez en cuando hacia mí, me gritaba algo que yo no le podía entender debido al ruido del motor, y yo, pensando que deseaba ver si estaba asustado, soltaba una mano de la estaca para saludarlo y demostrarle que me sentía feliz con sus vols piqués y "tirabuzones".

"Lo que desea el gringo éste -pensé- es hacerme sentir la sensación del vuelo en su más alta intensidad." Yo no tenía ningún temor, porque sabía que Mr. Pinkerton era un diestro piloto. Sólo experimentaba un cosquilleo en el bajo vientre, casi voluptuoso, semejante al que siendo niño sentía cuando me columpiaba excesivamente fuerte. Era sorprendente ver cómo el paisaje quedaba repentinamente patas arriba y la cordillera de los Andes giraba hasta quedar en posición vertical.

En una de estas piruetas, pasamos casi rozando las alas de otro avión. Solté el palo de que iba tomado con el objeto de sacarle una fotografía, y riéndome pensé que el gringo se había chasqueado si lo que quería era asustarme.

En el tiempo que me tomó el cambio de chasis el piloto picó la máquina y en algunos segundos nos encontramos en tierra.

Poco duró mi felicidad. Mr. Pinkerton se sacó los anteojos y empezó a vociferar en su media lengua, hecho un energúmeno:

-¡Me ha tomado el bastón! - me gritaba.

A todo esto muchos de los visitantes y oficiales empezaron a correr hacia nosotros hasta rodearnos. Uno le dijo al míster que no debía haber hecho "la hoja seca" con un pasajero que volaba por primera vez.

-¡Qué bojo seco! - bramaba el gringo. Este hombre me tomó el bastón de doble comando y ha estado piloteando el avión todo el tiempo. ¡Casi nos estrellamos con el capitán Urrutia, que andaba en el aire!

Entonces vine a comprender de la que me había librado. Si no es por la dificultad que tuve en cambiar la placa fotográfica, en que le di tiempo al piloto para aterrizar, no creo que podría estar hoy contando el cuento.