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Uno de mis hobbies desde niño fue la prestidigitación y el ilusionismo. Más
tarde, y gracias a mi amistad con famosos "magos" que vinieron en jiras
internacionales, pude perfeccionar algunas pruebas más o menos espectaculares.
En circunstancias en que el famoso ilusionista norteamericano Mr. Raymond
actuaba en Santiago, fue solicitada mi cooperación para integrar un programa de
variedades que con fines benéficos habían organizado los periodistas.
Mi número figuró como ejecutado por "El Huaso Raimundo", y como coincidía la
fecha de la función con el "Día de los Inocentes", me propuse jugarle al
público algunas bromas.
A pesar de ser The Great Raymond un tipo buen mozo, reconstruí sobre mi cara,
gracias a una magnífica peluca y apropiado maquillaje, una imitación tan
perfecta de su persona, que el público, cuando me vio aparecer en el escenario
del Victoria, hablando con el acento del famoso ilusionista, creyó en un
principio que era Raymond en persona a quien tenía delante.
Alvaro Puga se disfrazó de mujer y logró asemejarse bastante a "Litzka", la
esposa de Raymond, que le servía de ayudante.
Para ejecutar mi primer número solicité de un caballero de la platea su
sombrero. Parodiando a mi maestro, vacié en su interior dos huevos, aceite,
mostaza, harina y sal. Una vez que revolví estos ingredientes con mi varita
mágica, prometí al público que en algunos segundos más haría aparecer una
tortilla. ¡En estos días, lo más difícil de la prueba habría sido comprar los
huevos y la harina! Pedí a "Litzka" un frasquito con alcohol, cuyo contenido
derramé dentro del sombrero, y después de pronunciar algunas palabras
cabalísticas, lo dejé sobre la mesa y le encendí un fósforo. Bastaron algunos
segundos para convertirlo en un montón de cenizas, las mismas que le fueron
devueltas en una bandeja a su dueño con la tradicional tarjeta usada los días
28 de diciembre:
Herodes mandó a Pilatos,
Pilatos mandó a su gente:
"El que presta en este día
pasará por inocente"...
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El público celebró la broma con una ovación y estruendosas carcajadas; no así
él propietario del sombrero, que, me olvidé decir, había tenido la gentileza de
facilitarme un finísimo y flamante jipijapa.
Yo alternaba en mi programa pruebas auténticas con otras parodiadas, como la
del sombrero, y números de auténtico hipnotismo.
Fue para mí una experiencia muy interesante comprobar la reacción del público
ante los trucos, tan ingeniosos como sencillos, de que se valen los
ilusionistas para engañarlo.
Es increíble cómo la voluntad de los espectadores se va anulando hasta
convertirse en un solo ser, carente de personalidad, predispuesto a ver todo lo
que se le insta a ver.
El éxito de las pruebas, en gran parte, se debe a que los asistentes no se
comunican entre sí sus impresiones, mientras el manipulador se lo habla todo.
Llegué a la conclusión de que se produce el mismo fenómeno observable en los
regímenes totalitarios: al amordazar la prensa, radio, etc., y echar a andar el
Ministerio de Propaganda, el dictador queda en iguales condiciones que un
ilusionista. Ambos, desde su pomposo escenario, dominan sin dificultad a la
masa, que termina por creer todas las paparruchas que le gritan.
También en estas funciones, individuos pagados por la empresa toman colocación
en la platea y galerías, en calidad de cómplices, induciendo a los demás
espectadores a caer en el engaño.
Este fenómeno lo observé en toda su extensión cuando ejecuté el juego de las
argollas. El manipulador entra en el escenario con nueve aros metálicos. Los
engarza con gran facilidad y hasta forma una cruz con las argollas. Les pasa a
los espectadores parejas de argollas enlazadas que éstos se afanan inútilmente
en desenganchar.
El famoso prestidigitador que me enseñó este truco me hizo jurar que jamás lo
revelaría.
Sin embargo, me atrevo a decir, sin temor a romper mi juramento, que su
asombroso resultado se debe al efecto de un encadenamiento de actos meramente
psicológicos sin la intervención de recursos mecánicos. Desde el primer
movimiento que el ilusionista hace al entrar en el escenario con las argollas,
todos los siguientes están calculados para provocar una paralización mental
destinada a producir la espectacular ilusión de que las argollas se desintegran
en ciertos puntos, para engarzarse o desengancharse frente a las mismas narices
de los asombrados espectadores.
El ilusionismo es muy recomendable en el teatro; no así en la política. Los
países que se distraen, como está sucediendo con alarmante frecuencia en los
últimos años, terminan por caer en manos de un ilusionista o dictador. ¡Y la
función da para largo! porque siempre está por realizarse la ilusión de un
nuevo plan quinquenal, truco ingenuo, pero de gran eficacia para mantener en
expectación a los cándidos que pagaron su entrada para ser engañados.
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¡Parece que se les ha pasado la mano, señora!
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