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Poco duró nuestra permanencia en la calle Santo Domingo, una noche, al regresar
de la casa de mi suegra y cuando principiábamos a desvestirnos, observé en mi
mujer unas extrañas actitudes; parecía estar esquivando el revoloteo de algún
pajarraco invisible a mis ojos. Pensé que un murciélago había penetrado en
nuestro dormitorio pero ante mis preguntas respondió con extraviada expresión:
- ¿No ves las enormes mariposas que me persiguen? ¡Nunca las había visto tan
grandes. Y con esos colores! ¡Mira! ¡Mira!
Seguro de que se estaba trastornando, y por no contradecirla, teniendo agravar
su estado, le dije que efectivamente eran muy extrañas estas mariposas y que
creía conveniente que volviésemos a casa de su mamá.
La ayudé a vestirse y nos fuimos a pasar la noche donde mi suegra.
Nunca más volvimos a nuestra primera casita, ésa que hoy ocupa don Joaquín
Edwards Bello. Y habrá oído otra vez a su vecina, mi hermana Nieves, tocar, en
el mismo violín de Quilpué, el Largo de Haendel. Nos mudamos a un tercer piso
de la Avenida Vicuña Mackenna. El edificio era propiedad de don Rodolfo
Turenne, anciano pianista y maestro de Claudio Arrau. Muchas tardes bajaba de
mi piso a visitar al venerable profesor: Una vez me reveló con amargura que
Claudio, a pesar de haber sido su discípulo predilecto, cegado tal vez por la
luz de la gloria, jamás había tenido un recuerdo para él.
- Nunca me ha mencionado, ni tampoco ha venido a verme - me decía. ¿No es
increíble esta actitud en un artista? Mí mayor gloria fue haber tenido por
alumno a este prodigio, y aunque sé que sin mis lecciones también habría
llegado a la cúspide, ¡cuánta satisfacción me habría dado con sólo haberme
recordado!. . . ¡Los genios también saben ser ingratos!
Yo trataba de darle consuelo explicándole que nuestro gran pianista era un
esclavo de sus contratos y que vivía la mitad de su tiempo en el camarote de
algún transatlántico y la otra mitad sentado frente al piano, y que en sus
fugaces pasadas por Chile no tendría tiempo para hacer visitas.
* * *
Por aquel tiempo estaba yo hondamente interesado en la pintura y tuve mi primer
éxito en el Salón Oficial, al obtener una mención honrosa con mi cuadro "El
Hijo del Vaquero". Era una tela de regulares proporciones y pintada con
extraordinaria audacia "impresionista".
Desgraciadamente no volví a verla. Cuando fui a retirarla del Palacio de Bellas
Artes, se me dijo que se había extraviado...
Del "Impresionismo" al "Futurismo".
Yo contemplaba desconcertado aquellos desperdicios del arte que el oleaje
depositaba en nuestras playas. Había restos de yelmos de Minerva y otros dioses
griegos, semejantes a los cascos de bomberos o pompier, como se llamaba a esa
pintura adocenada, hija monstruosa de la escuela de David. También veía cubos
coloreados y otras representaciones infantiles. Eran la obra de los
"fauvistas", encabezada por Pablo Picasso, Juan Gris, Georges Braque y André
Lothe. ¿Qué camino tomar? Yo estaba abismado frente a tantos "ismos" y guardé
mis pinceles. No quería pisar en falso; preferí esperar y seguir batiéndome con
mi lápiz, pues había llegado a la conclusión de que la caricatura es un
trasunto a la vez de lo figurativo y de lo subjetivo, puntos neurálgicos de la
discordia en el campo de la estética.
La pintura es cosa seria.
"Nada existe en el entendimiento humano
que no haya entrado por los sentidos."
SANTO TOMÁS.
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Vivíamos la etapa de transición entre el "impresionismo" rutilante de luz
propia y todas aquellas escuelas modernistas frías y amorfas como una larva
espectral.
El primero, obedeciendo al impulso de liberación de las fórmulas clásicas, tuvo
su origen en la Revolución Francesa. Juan Jacobo Rousseau, el San Juan de la
nueva doctrina, aconsejaba a sus discípulos el regreso a la naturaleza. Y el
"impresionismo" encarna, efectivamente, esa idea, y así como los
revolucionarios de Termidor, al invadir los obscuros salones de Versalles,
abrieron de par en par sus ventanas para permitir la entrada de la luz solar,
los Manets, los Cézannes y los Gauguins saltaron de los obscuros ateliers a la
campiña y se apoderaron del espectro solar. Fueron ellos los Dantones,
Robespierres y Marats de esta nueva y más perdurable revolución, que guillotinó
a la academia con un Debussy en la música, un Rodin en la escultura y un Balzac
en las letras, y que supo continuar su marcha en pos del naturalismo
espontáneo. Los fríos moldes del Renacimiento habían sido destruidos. Empero la
regresión a una nueva Edad Media no se hizo esperar, y sus promotores no se
contentaron con abominar del realismo luminoso y sensual y del clasicismo
equilibrado entre cerebro y corazón. Los contrarrevolucionarios buscaron
inspiración en el cerebro, o, paradójicamente, en lo irracional. Nada quieren
saber con el corazón. Por eso su arte carece de alma. No palpita, sino que
funciona. Es como esas prodigiosas máquinas calculadoras que combinan guarismos
y arrojan resultados; pero que son impotentes para crear.
El dislocado y estéril modernismo actual confirma la idea que tengo del arte
como índice de los estados de ánimo por que atraviesa la humanidad. El arte
gótico, por ejemplo, pone en evidencia la exaltación mística de la Edad Media,
y nadie como Watteau nos da con más precisión la medida de la frivolidad del
siglo XVIII.
Los futuros investigadores, al estudiar las dislocadas manifestaciones
artísticas de nuestro tiempo, apreciarán con certeza el estado de locura que
nos ha tocado vivir.
J. R. Boronali y su obra maestra.
Estudiando las alternativas y modificaciones sufridas por las diferentes
escuelas, encontré un día en una revista europea la reproducción de un cuadro
que había sido muy celebrado en el Salón de los Independientes de París el año
1910. La tela estaba firmada por un autor nuevo: J. R. Boronali, y en el
catálogo aparecía con el título de "Amanecer en el Adriático".
Los críticos exaltaban la audaz mezcla de rojos, verdes, azules y ocres, y la
prodigiosa agilidad del pincel demostrada por el novísimo discípulo de Apeles.
Desgraciadamente, la reproducción del celebrado cuadro (que acompaña estas
líneas) está en blanco y negro, de manera que no podemos apreciar el cromatismo
de este nuevo Matisse. Miles de personas se unieron al coro de alabanzas
entonado por los "
esteticidas
", y, por fin, todo París deseó conocer al genial Boronali.
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"Amanecer en el Adriático", cuadro de J. R. Boronali.
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Pero hubo una explicable decepción cuando una revista publicó la fotografía del
autor de "
Amanecer en el Adriático
" en plena labor.
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El pintor Boronali, "en persona", pintando su famoso cuadro.
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Porque, como ustedes verán, era un simpático pollino, al que unos bromistas,
que no quisieron identificarse (aparecen en la foto con antifaces negros), le
habían atado una brocha en el rabo. Vaciaron algunos tubos de pintura en la
tabla que hacía las veces de paleta y que fue colocada debajo del trasero del
"pintor". Los ágiles brochazos, tan alabados por la crítica, se debían al
entusiasmo con que el borrico meneaba la cola al serle puesta una zanahoria al
alcance del hocico.
El nombre del autor, "Boronali", había sido compuesto invirtiendo el orden de
las letras de la palabra Aliboron, mote con que los franceses de cierta
provincia distinguen a los burros. Como todas las fábulas, ésta tiene su
moraleja: la demagogia en el arte es tan perniciosa como lo es en la política.
En ésta como en aquélla actúan burros distinguidos...
"Picasso, Picasso, ésas no son de niño."
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"Niña con Cabello Negro", pintado por el viejo Picasso.
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Si no fuera porque el viejo Picasso, pintando como si no supiera pintar, ha
amasado una inmensa fortuna, los psicoanalistas podrían creer que se trata de
una forma de regresión a la infancia. Mientras otros ancianos se ponen
glándulas de mono, Picasso pinta bodrios que los snobs le compran en miles de
dólares.
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"Gente Pobre", dibujo de mi nietecita Adriana, hecho a los cinco años de edad.
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Recuerdo haber visto, durante una visita al Museo de Arte Moderno, de Nueva
York, a varios niños de corta edad haciendo copias de cuadros de Picasso.
Estas, lejos de ser inferiores a los originales, tenían el mérito de la
espontaneidad. El infantilismo de los copistas era auténtico; en cambio, el
infantilismo de Picasso, con más de setenta años encima, resulta un poco
forzado. Mas, a pesar de sus esfuerzos, todavía es posible recordar al gran
maestro, autor de "
El Niño y el Caballo
".
Y para terminar: no hay niño en el mundo capaz de hacer una buena copia de
Velázquez o de Goya. Solamente pueden ser realizadas, y no siempre en forma
magistral, por pintores que han empleado su vida entera en aprender a dibujar.
Sin embargo, Picasso ha hecho escuela. No hay pintor filocomunista que no sea
su discípulo. Nada tendría esto de particular, si no fuera que en Rusia, a
pesar de ser Picasso comunista, abominan de su pintura, y pobre del que se
pusiera a pintar tras la "Cortina de Hierro" siguiendo las normas de su escuela.
Picasso ya sintió en carne propia los efectos de la crítica de arte
socializada, cuando a la muerte de Stalin pintó el retrato que el Politburó
juzgó como un atentado a la memoria del mariscal. Suerte parecida corrió una
paloma de la paz que pintó para una decoración. Parece que el "infantilista"
fue traicionado por su subconsciente: Stalin aparecía con la expresión de un
lobo hambriento, y la paloma, lejos de encarnar la candidez, tenía cara de
cuervo.
Las dos obras fueron "purgadas", pero el autor y los comunistas del mundo
entero acataron la medida con servil resignación.
Esta actitud no se compadece con la adoptada por ellos cuando los murales
pintados por Diego Rivera, para decorar el gran hall del Rockefeller Center,
fueron destruidos. Resultaron ser un enorme afiche de propaganda comunista y
una mofa del régimen democrático de los Estados Unidos.
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