Corría el año 1915. Octavio Mujica, novio de Teresa, la menor de
mis hermanas, me invitó a conocer su Hacienda "Lolol", ubicada cerca de
Santa Cruz. El viaje resultaba fastidioso, especialmente el trayecto entre la
estación de Paniahue y las casas del fundo, cuyo recorrido, en coche
(los automóviles todavía no habían llegado a aquella
región), por camino malo y peligroso, tal el de la cuesta "La Lajuela",
bordeaba un hondo precipicio. Como la esposa del gran paisajista Valenzuela
Llanos era propietaria de un fundo vecino al de mi futuro cuñado, me di
cuenta de que a cada paso se topaba uno con el "original" de alguno de sus
cuadros, porque, naturalmente, el artista atrapó con sus virtuosos
pinceles las partes más pintorescas de la comarca.
Al día siguiente de mi llegada, y de acuerdo con mi costumbre de visitar
el cementerio del pueblo o ciudad en que permanezca, me dirigí al
modesto campo santo de Lolol. Cuando me disponía a abandonarlo,
noté que cerca de mis pies afloraba una calavera. La tomé, y
adoptando la actitud de Hamlet, le pregunté si aceptaba "ser o no ser"
de mi propiedad.
Hacía tiempo que deseaba tener una calavera que no fuera la que llevo
puesta, así es que, sin esperar su contestación, la
envolví en un diario y la llevé conmigo. El día de regreso
a Santiago nos trepamos a una "cabra", vehículo de dos ruedas arrastrado
por un solo caballo, y emprendimos viaje a la estación. Puse mi maleta
en el asiento trasero; pero el tétrico envoltorio lo llevé sobre
mis rodillas.
Al pasar la parte más peligrosa de la caracoleada cuesta, se nos
atravesó una carreta que venía en sentido contrario, quedando
nosotros hacia el lado del abismo.
En el momento de cruzarnos uno de los bueyes rozó con una de sus astas
la verija de nuestro caballo, el que dio un salto arrastrándonos al
vacío.
En los trances críticos, el tiempo se hace denso, y como si nuestra
cabeza se transformara en lo que llamarnos "cámara lenta", registra los
movimientos en un ritmo retardado. Fue así cómo yo sentí
que nuestro cochecito planeaba, rebotando de vez en cuan do en los riscos.
Varias veces el envoltorio con la calavera se me escapó de las manos;
pero, como todo ocurría sin violencia, yo tuve tiempo para recuperarlo.
A pesar de estar seguro de que al topar fondo nos despedazaríamos, no
sentí ningún temor, pareciéndome que tendría tiempo
para todo, hasta para aburrirme de la vida. El cucalón de mi futuro
cuñado pasó frente a mis ojos y lo vi disminuir de tamaño
hasta desaparecer. No sé por qué no cambiamos impresiones; pero
ahora supongo que el tiempo real de la caída no habría alcanzado
ni para decir ¡Ay! Repentinamente nos detuvimos al quedar enganchados en un
espino. Solamente el caballo quedó inutilizado y fue necesario
sacrificarlo. Nosotros salimos sin un rasguño.
- No debimos pasar así no más a la carreta - me dijo Octavio,
después de haber trepado al camino. Confieso que mi maniobra fue
imprudente, y la prudencia, ¡recuérdelo siempre, cuñadito!,
conserva la dentadura. . . ¡Buena cosa la escapada grande! - continuó;
fíjese que es el único espino que hay en la quebrada. Y mirando
mi macabro envoltorio, exclamó: ¡Mala suerte nos trajo esa "pelada"!
¡Nunca me había ocurrido algo semejante!
Perdimos el tren y hubimos de pernoctar en Santa Cruz. A mi llegada a Santiago
me sentí enfermo. El termómetro marcó 39,8 grados.
Nuestro médico, doctor Exequiel González Cortés, el futuro
impulsor de la Ley del Seguro Obrero, al examinarme diagnosticó tifus.
|
|
"Mal Paso" es el título con que presenté este cuadro al
Salón Oficial de Bellas Artes, el año 1926. Me fue inspirado en
las cercanías del Cementerio de Lolol. Obtuve como recompensa la Segunda
Medalla.
|
Una semana después me agravé a tal extremo, que creí
llegada mi última hora.
Había dejado la calavera sobre un ropero, y en mi delirio la veía
riéndose a carcajadas.
-¿Para qué fuiste a traer "eso"? - me decía mamá,
culpándola de la
jetta
que me perseguía.
A los pocos días, pasada la medianoche, se me produjo una hemorragia
intestinal. Cuando salieron a buscar al doctor, lo encontraron parado en
nuestra esquina.
- Lo esperaba - le dijo a la persona que había salido en su busca. El
caso es tan grave que me hace temer para esta noche lo peor. Ayer se me
murió un joven que mostraba el mismo cuadro clínico.
Cuando me inyectó la ergotina, yo estaba casi inconsciente; sin embargo,
oí que le decía a mamá:
- La enfermedad ha hecho crisis, y hay pocas esperanzas.
Después me contaron que mamá sufrió en ese momento un
síncope. Nadie creía que yo iba a pasar de esa noche.
Pero ocurrió lo increíble. Nuestro vecino de enfrente, don
Rodolfo Mansenlli, que estaba bueno y sano, murió repentinamente esa
misma noche, y yo amanecí fuera de peligro. Un día
después, la carroza destinada a llevar los restos de Mansenlli vino a
pararse frente a nuestra casa, debido a que la línea de tranvías
corría al lado de la casa mortuoria. Varios vecinos que sabían de
mi gravedad acudieron a dar el pésame, y hasta una corona me fue enviada
por los Garrido Merino, que vivían puerta por medio.
En consejo de familia se acordó enviar "mi" corona al funeral del vecino
que cierta noche debía morir en una de las cuatro esquinas de la calle
Catedral con Sotomayor.
Cuando me fui a vivir a "Sucesos", la calavera lololina ocupó un sitio
de privilegio en mi dormitorio-estudio. Escritores y dibujantes iban trazando
sobre ella, con tinta china, sentencias y dibujos con hondo sentido
filosófico.
Claudio de Alas, el poeta colombiano, que años más tarde se
suicidó, después de matar a su perro, había escrito en la
frente del cráneo:
"Caja vacía de Pandora, ¿cuántos demonios lanzaste al mundo?"
Debajo del orificio de la nariz, otro había estampado:
"¿Hombre o mujer?... ¡Qué importa, si tus besos ya llegaron a las
estrellas!"
. El clásico "ser o no ser" no podía faltar, y al borde de una
cuenca un filósofo escribió: "
Seguramente ahora ves más de lo que en vida viste
". Otro puso: "
Ayer fui lo que tú eres; mañana serás lo que yo soy
".
Un dibujante que había diseñado las siluetas de Adán y Eva
en el momento de comer la sabrosa manzana escribió: "
El polvo nos convierte en polvo
".
Como se ve, la bóveda craneana del desconocido lololino había
llegado a convertirse en un álbum de autógrafos al que ya no le
quedaba sitio para nuevas inscripciones y dibujos.
Una noche fui despertado por un ruido extraño. Prendí la luz y,
¡oh espanto!, vi la calavera rodando sobre mi mesa de dibujo. Quedé
paralizado por el terror. Yo vivía completamente solo y no tenía
a quién clamar. Tuve la intención de huir; pero haciendo un
acopio de valor me acerqué para cerciorarme de que no se trataba de una
alucinación. La calavera volteaba intermitentemente sobre la mesa,
produciendo un ruido siniestro, capaz de ponerle los pelos de punta al
más valiente. Ya no me cabía duda de que el ánima,
propietaria legítima de la calavera, me estaba penando; y sin pensarlo
más, decidí responderle con un gesto heroico. Tomándola
fuertemente con las dos manos la levanté para.. . Mas no era un
ánima la que le imprimía el movimiento, sino una laucha, que
saltó de su interior por el agujero occipital. Sentí una
sensación de alivio y al mismo tiempo una gran desilusión.
¡Cuántos fenómenos espiritistas podrían ser ahora
explicados con la complicidad de lauchas y ratones!
Al día siguiente desperté sintiéndome muy mal, y el
médico volvió a diagnosticar tifus. Mi estado muy luego
empezó a inspirar temores y mis compañeros de redacción de
"Sucesos" se turnaban para cuidarme, no faltando conspicuos hombres
públicos que me honraran con su visita, entre ellos Manuel Rivas
Vicuña, que me dio tema para la portada próxima de la revista. El
esfuerzo que hice para dibujarla me elevó la temperatura a 40°.
Como el dinero para los gastos de médico y medicinas empezara a
faltarme, Claudio de Alas se ofreció para salir a vender los originales
de algunas caricaturas que adornaban la pared de mi desmantelada pieza.
Recuerdo que el senador don Gonzalo Bulnes fue una de las personas que
compraron la suya, y también contribuyó a esta original colecta
don Elías de la Cruz, Ministro de la Corte Suprema.
Cuando más mal me sentía, se presentaron a la redacción
dos señores que, en calidad de padrinos, venían a solicitarme la
reparación por las armas, en representación de alguien que se
había sentido ofendido por una caricatura publicada en la última
edición. No se trataba de un político, sino de un pintor a quien
había criticado en forma sarcástica su envío de ese
año al Salón Oficial. El buen amigo "Chao" se encargó de
despacharlos con cajas destempladas y, en el próximo número de la
revista, mis satíricos colegas pusieron de oro y azul, tanto al ofendido
como a sus padrinos.
Y ahí estaba la calavera, sobre una repisa, mirándome, lo mismo
que la otra vez, con su mueca de burla.
El doctor que me atendía le dio a conocer al director el estado de
gravedad en que me encontraba y la necesidad de sacarme, cuanto antes, de las
oficinas de su revista. Mi hermana Nieves, cuyo corazón es fuente
inagotable de bondad, me trasladó a su casa, exponiendo al contagio a
sus propios hijos, que eran niños pequeños. Duro fue otra vez el
combate, ese 21 de mayo de 1918.
Recuerdo con precisión la fecha, porque las salvas que se disparan en
conmemoración de nuestra gloriosa epopeya me parecían
cañonazos apuntados contra mi corazón, que, como la "Esmeralda",
empezaba a hundirse en el helado piélago de lo desconocido. A cada
momento se paralizaba y un frío indescriptible me subía por las
piernas. Cada vez llegaba más arriba, y ya mi aporreado casco, carcomido
por los bacilos de Eberth, no habría podido soportar un nuevo espolonazo.
Pedí que llamaran a mi novia, residente entonces en Viña del Mar.
Otra vez el médico, en esta ocasión el doctor Osvaldo Salas,
declaró como González Cortés, cinto años antes, que
ésa era mi noche crítica y que había pocas esperanzas de
salvarme.
Pero nuevamente volvió a suceder el extraño fenómeno de la
calle Catedral. El vecino de enfrente también falleció
súbitamente aquella noche y yo amanecí en vías de franca
mejoría. Raquel, mi novia, había recibido con atraso el telegrama
en que se le anunciaba mi gravedad y sólo llegó al día
siguiente.
En la estación le dio las señas al chófer del domicilio de
Nieves: Avenida Cumming esquina de Santo Domingo. Cuando el coche estaba a una
cuadra de la casa, quedó paralizada por la impresión al ver una
carroza fúnebre estacionada en la esquina. Apenas tuvo fuerzas para
decirle al chófer que se detuviera. Estaba segura de haber llegado tarde
y necesitaba valor para enfrentarse con la realidad. Se bajó del auto y
avanzó con paso vacilante, debiendo varias veces apoyarse en la pared
para no caer. Por fin arribó a la esquina y buscó sin premura el
número correspondiente a la casa de mi hermana. . ¿Para qué
apurarse? El destino había aventado sus sueños y la triste
realidad estaba a pocos pasos. Tocó el timbre de la puerta. Cuál
no sería su impresión al ser recibida por Nieves, que radiante de
felicidad le dio a conocer mi mejoría.
¡También, esta vez, un vecino se había sacrificado por mí!
Ojalá que ninguno de los actuales se imponga de tan singulares hechos.
* * *
Otro rudo golpe me esperaba. Hugo Donoso, el más querido de mis amigos y
que a los dieciséis años había estrenado la celebrada
comedia "Los Payasos se Van", murió una tarde en forma por demás
trágica: un tranvía descontrolado atropelló el
automóvil que lo llevaba a una fiesta con un grupo de amigos y amigas.
|
|
Hugo Donoso Grille, mi amigo ínolvidable.
|
Yo debía ir con él; pero el director de "Sucesos" me
ordenó ese día pintar un retrato en colores de la niña
viñamarina Raquel Lyon Vial, con el traje de crinolina que había
lucido en una fiesta de caridad en el Teatro Municipal, anunciada en los
programas bajo el título de "Santiago Antiguo". ¡Cuánto
refunfuñé aquella tarde! ¡Miren qué manera de estropearme
el "panorama" que tan laboriosamente habíamos preparado con Hugo!
|
|
Retrato de Raquel Lyon Vial, hoy esposa de don José Maza. Gracias a este
dibujo yo soy yo.
|
Fue imposible convencer al director de que postergáramos la entrega del
dibujo. La revista se editaba en Valparaíso y el retrato debía
ser despachado por el tren nocturno. Obedecí porque estaba escrito que
mi nombre no iba a figurar en los diarios del día siguiente entre la
numerosa lista de los muertos en el horrible accidente de la Avenida Los
Guindos.
* * *
Después de cada calamidad, mi madre, que es muy piadosa, volvía a
reconvenirme por haber profanado la sepultura del cementerio de Lolol.
- Debes devolver esa calavera al sitio de donde la sacaste - me imploraba; te
hace rondar la muerte, hijo. Le prometí hacerlo en la primera
ocasión. Llegó un día mucho tiempo después. Esta
vez partí con mi mujer y niños en el tren que debía
dejarnos en Paniahue. La calavera, tal como la había traído
hacía diez años, volvió envuelta en una hoja de papel de
diario.
Faltando más o menos una hora para llegar, el vagón en que
viajábamos se estremeció violentamente y un ruido ensordecedor
nos hizo comprender que había descarrilado. El accidente no fue fatal,
porque el tren no había alcanzado a tomar velocidad, y fuera de algunos
contusos y de un molesto transbordo, en que los pasajeros debimos trepar un
cerro con todo el equipaje, el hecho no pasó de proporcionarnos un gran
susto.
Un viejo automóvil europeo debía llevarnos a través de la
empinada cuesta de "La Lajuela". Cuando llegamos al sitio en que años
antes me había desbarrancado, se lo enseñé a mi mujer,
indicándole el viejo espino salvador.
En ese preciso momento los frenos del auto se cortaron y el armatoste
inició una carrera loca. Pasábamos casi en el aire las cerradas
curvas del camino e íbamos de tumbo en tumbo. A lo lejos divisamos un
piño de animales que venía en sentido contrario. Si no
caíamos al barranco, el choque con los animales era inevitable. El
chófer, un guaso diestro en el manejo del volante, hacía
prodigios por sortear los obstáculos, como si fuera un amansador de
potros.
Cuando estábamos cerca del piño, el arriero había atracado
a los animales en una anchura del camino, y el auto, por milagro, se detuvo en
una espesa capa de arena con que la habían cubierto. El arriero se nos
acercó y nos dijo que él "
las había parao qu'el auto venía desbocao
" y que por eso había atinado a echar los animales a una orilla del
camino.
Después de tan accidentado viaje, llegamos por fin a las casas, en donde
nos esperaban con no disimulada alarma por las horas de retraso que
llevábamos.
- Es curioso - me dijo mi cuñado; en los treinta años que estoy
haciendo el viaje, es la primera vez que se descarrila el tren.
Respecto al accidente del auto, se extrañó de la coincidencia que
se hubiera producido en el mismo sitio que cuando viajábamos juntos en
la "cabra". Esa noche, antes de irnos al comedor, dejamos a los niños
durmiendo en la pieza que se nos había preparado.
A la mitad de la comida, mi mujer, presa de insólita inquietud, se
levantó de la mesa manifestando presentir que algo les ocurría a
los niños.
- Buena cosa que es nerviosa la comadre - le dijo el dueño de casa con
su calma habitual.
Pocos momentos después, nos llamaba dando gritos angustiosos. Todos
corrimos al dormitorio. Los niños dormían plácidamente;
pero la cama de nuestra hija había ardido hasta casi tocar su cuerpecito.
Lo más extraño es que manos misteriosas habían apagado el
fuego, empapando la ropa.
Se hizo una prolija investigación. La servidumbre fue interrogada; pero
jamás se pudo averiguar el origen del fuego y quién apagó
tan oportunamente la hoguera. Tampoco mi mujer fue capaz de explicar el
súbito presentimiento que la llevó al dormitorio. Cuando nos
acostamos, la pieza estaba impregnada de olor a chamusquina.
La calavera me sonreía sarcásticamente desde su rincón. Y
una vez más, parecía que se deleitaba en hacernos sentir su
trágica presencia.
Al día siguiente, y decidido a hacer las cosas como Dios manda, le
pedí a mi mujer que me acompañara al pueblo. Montamos a caballo,
llevando yo el envoltorio con la calavera, y al llegar frente a la parroquia,
que en esa época atendía el presbítero Ernesto Lazcano, me
apeé del caballo después de pasarle a mi señora la
"vacía caja de Pandora".
Cuando estaba saludando al cura y empezaba a explicarle el objeto de mi viaje,
la cabalgadura de Raquel dio un brinco y se lanzó a correr como alma que
se lleva el diablo. Sin perder el tiempo, el cura y yo nos lanzamos a todo
galope en su persecución. El caballo desbocado parecía haberse
vuelto loco, pues a cada momento galopaba más ligero, como si alguien lo
fuera espoleando con ensañamiento.
En una encrucijada, tomó bruscamente el camino que iba a dar al
cementerio.
Ahí lo encontramos jadeante y estremecido frente a la puerta. Mi mujer
me dijo que había estado varias veces a punto de caer; conservaba, sin
embargo, el envoltorio con la calavera.
Minutos más tarde se efectuaba una ceremonia
sui géneris
. El cura, después de bendecir la calavera y elevar algunas oraciones,
volvió a cubrirla con santificada tierra, exactamente en el sitio que
había ocupado diez años antes, y desde entonces espero que en paz
descanse, aguardando el día de la resurrección de la carne.
|