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El buen caballero francés Monsieur Fedier Vallade había invertido
las utilidades de su negocio de importación de casimires en el
establecimiento del primer estudio cinematográfico que existió en
Chile.
Ahí nos reuníamos varios pretendientes al estrellato para ensayar
una comedia que había escrito don Adolfo Urzúa Rozas, intitulada
"El Violín de Inés".
Entre los más entusiastas se contaba Alberto Díaz Hidalgo. No
sé qué razones tuvo el productor para detener esta
producción. Años más tarde, diez o tal vez quince, en
circunstancias que había llevado a mis hijos al circo, apareció
en la pista un gracioso tony. Dio una vuelta por la pista y, al verme, se
detuvo frente a nuestro palco. Jorge y Adriana se mostraron encantados con las
gracias que les dedicó el artista.
Grande fue mi sorpresa cuando en tono confidencial, pero despistando al
público con una pirueta, me dijo estas palabras:
-¿Te acuerdas de "
El Violín de Inés
"? ...
Era el tony "Chalupa" (Alberto Díaz Hidalgo), el más famoso de
nuestras pistas. Después de la función fui a saludarlo a la
pequeña carpa que le servía de camarín. ¡Cuántos
recuerdos hicimos mientras se limpiaba la cara! No necesitaba colocarse nariz
postiza, porque había nacido con una descomunal.
-¡Aquí me tienes, querido Coke, de tony, cuando debí ser cura!
Porque has de saber que fui un distinguido seminarista. Pero con esta nariz,
¡Dios Santo!, ¿podría haberme presentado ante el altar sin hacer perder
la devoción al más devoto de mis feligreses?
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Primera información publicada en "Zig-Zag", el año 1915, sobre
cinematografía nacional. (1) Maestro Urzúa Rosas, profesor de
dicción del cine mudo; (2) Monsieur Fedier Vallade, propietario de los
Estudios San Isidro; (3 y 4) Alberto Díaz Hidalgo (más tarde Tony
Chalupa), en diferentes escenas de "El Violín de Inés", y (5)
René Blas (yo era él) en una escena de "El Boleto de
Lotería".
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Largo rato estuvimos conversando y haciendo recuerdos de nuestras andanzas en
los primitivos sets que Monsieur Fedier Vallade había levantado en la
calle San Isidro. Como en todos los humoristas, había en "Chalupa" un
dejo de tristeza. Su eterna sonrisa era más bien una mueca para ocultar
sus penas. .
Después de relatarme sus faranduleros viajes, en que tantos aplausos y
dólares cosechó, me pareció ver brillar en sus ojos,
perdidos tras la mole de su nariz, un destello. ¡Las lágrimas de los
payasos deben ser más amargas que las de los otros hombres!
Acarició a mis hijos y nos despedimos. Esa fue la última vez que
asistí a una función de circo.
Desafortunadamente Monsieur Fedier Vallade enloqueció durante el rodaje
de mi
película "El Boleto de Lotería
" (y no pudo, naturalmente, apreciar su calidad). Como presiento que más
de algún mal pensado me está culpando de esta desgracia,
tendré que explicar su verdadera causa.
Al estallar la guerra del 14, Monsieur Fedier envió a su único
hijo al frente de batalla, creyendo que el conflicto iba a ser corto, y que el
muchacho tendría un lindo pretexto para hacer un viaje a Europa. Pero el
joven Fedier cayó en su primera acción bélica y la
infausta noticia trastornó a su padre. El estudio fue a remate y "
El Boleto de Lotería
", mi primera experiencia cinematográfica, tan trágicamente
frustrada, se vendió al peso a un fabricante de peinetas de celuloide.
Había adoptado el nombre "René Blas", porque si en mi casa o en
el colegio hubieran sospechado que era artista de cine, ¡sabe Dios qué
medidas disciplinarias me hubieran aplicado!
Diez años después resolví lanzarme por mi propia cuenta
con un romántico argumento intitulado "
Juro no Volver a Amar
". Cuando el script estuvo concluido caí en la cuenta de que
además de carecer de estudio, cámara y laboratorio, no
tenía dinero suficiente ni para comprar el celuloide. Resolví,
entonces, ajustarme a la máxima favorita de mi padre: "Querer es poder".
Como yo quería, necesariamente tendría que poder. Empecé
por dirigir mis pasos hacia el modesto taller de electricidad que tenía
Luis Pizarro, simple componedor de timbres eléctricos, y dotado de una
innata vocación por la mecánica. Además, tenía la
"chifladura" del cine, que le ocasionaba de vez en cuando un corto circuito en
el cerebro. Le di a conocer mis proyectos, y él, sin vacilaciones, se
comprometió a fabricar la cámara con que debía fotografiar
mi futura "superproducción".
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Luis Pizarro posa, orgulloso, con su cámara construida por él
mismo.
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Ciñéndose a los gráficos de un catálogo editado por
una firma fabricante, el paciente Pizarrito trabajó seis meses en su
destartalado taller. Todos los días me mostraba con orgullo un nuevo
engranaje o un tornillo que fabricaba con modestísimos recursos, pero
con mucho corazón. Por fin, nuestra cámara estuvo terminada y
probada. Todas sus partes, a excepción de las lentes, fueron
"made in Chile"
.
Un grupo de amigos reunió el dinero necesario para adquirir el
celuloide. Pero, ¿cómo resolver los problemas de la producción
sin contar con el capital indispensable para pagar actores y construir
escenarios? Para colmo de complicaciones, el argumento que se me ocurrió
escribir debería desarrollarse en un ambiente de refinado lujo. La
protagonista debía encarnar a una muchacha de la alta sociedad, vivir en
un palacio y vestir con exquisita elegancia. Sin embargo, nada podía ya
detenerme. Deambulé muchos días por la ciudad, buscando las
mansiones más suntuosas. Cuando sus propietarios, que al principio me
tomaban por un vendedor de artefactos eléctricos a plazo, se
imponían de mis pretensiones, me miraban como a un loco y me daban con
la puerta en las narices. Me di cuenta, entonces, de que no existe
condición más ingrata que la de pionero.
Pero mi imperativo categórico me llevó, por fin, frente al
palacio de don Horacio Fabres. ¡Era exactamente el set para mi argumento! En el
fondo de un hermoso parque se destacaba el castillo de piedra que debía
servir de morada a la aristocrática muchacha de mi película. A
través de la verja divisé a "un viejo jardinero que cuidaba con
esmero del jardín" y que acudió con recelo a mi llamado.
- Los patrones "tán" en las "Uropas" - me dijo.
- Ya lo sé, pero soy muy amigo de don Horacio y lamento que él no
esté para pedirle un servicio que me habría prestado con
verdadero agrado. (Don Horacio Fabres, íntimo amigo de don Arturo
Alessandri, había sido blanco de mis más mordaces caricaturas en
esa época. Por ello, jamás me habría atrevido a proponerle
que me prestara su casa.)
¡Abreviando! Ofrecí al jardinero y cuidador del palacio la suma de
veinte pesos por cada día que me permitiera entrar con "mi
compañía". El hombre aceptó la proposición siempre
que las escenas fueran tomadas solamente en el jardín. Esta
condición venía a complicar mi problema de producción.
¿Cómo filmar los elegantes interiores? ¿Dónde obtener los
muebles, tapices, lámparas, etc.?
"Pensar es crear", me dije, siguiendo otra de las máximas predilectas de
mi padre; y me dirigí a la afamada Mueblería Llull Hnos., en
cuyas espaciosas vitrinas, que simulaban aposentos, se exhibían muebles
de estilo. Fácil me fue convencer a su dueño de que permitiera a
mis artistas actuar en sus vitrinas a cambio de insertar en los títulos
iniciales de la película el nombre de su establecimiento. En esta misma
forma obtuve los trajes modelo que debió lucir la protagonista.
Los artistas, que eran buenos amigos míos, pero que jamás
habían pisado un escenario, trabajarían por "amor al arte". Uno
de ellos, un apuesto capitán del ejército,
desempeñaría el papel del simpático tarambana que
debía llegar a su dormitorio "medio puestón", después de
una noche de farra. La escena se rodó con gran escándalo en la
vitrina de la mueblería. El público, atraído por la
novedad, se aglomeró en tal forma que terminó por interrumpir el
tránsito y los tranvías y coches estancados llenaron toda la
cuadra. Mientras tanto, desde los balcones vecinos, varios de mis ayudantes
lanzaban con espejos la luz reflejada del sol sobre el improvisado set. La
policía acudió oportunamente para obligar a los curiosos a
circular. El capitán, cohibido al tener que desempeñar un papel
tan en pugna con la dignidad de su profesión, me pedía por la
Santa Patrona del Ejército, la Virgen del Carmen, que abreviara su
escena.
-¡Esto me puede costar mi carrera, querido Coke! - me decía en tono
contrito. ¡Imagínese que en estos momentos pasara uno de mis jefes y me
viera en paños menores exhibiéndome en esta vitrina!
Pero felizmente nada ocurrió y Ramón Cañas Montalva
terminó su carrera con el grado de general en jefe.
Las escenas tomadas en el Palacio Fabres salían espléndidas. El
capitán se encargó de conseguirme algunas carpas del
Ejército, que armamos en el parque para utilizarlas como camarines y
comedores. El aspecto del viejo y señorial castillo había
cambiado mucho y más bien parecía un campo de maniobras. Como
necesité una cabalgata para una escena de paperchase, mi colaborador
militar se encargó de mandarme caballos escogidos del Ejército,
los cuales pastaban apaciblemente en los hasta esos momentos no hollados prados
del parque. Los soldados asistentes mientras tanto daban lustre a su pelaje. La
verdad es que nos sentíamos como en nuestra propia casa y todo nos iba
saliendo con una perfección nunca imaginada.
Pero cierto día un automóvil se detuvo frente al portón de
la verja de nuestro quimérico palacio. ¡Don Horacio Fabres había
llegado inesperadamente de las "Uropas"! Bajarse, mirar su parque convertido en
vivac y empezar a emitir alaridos de indignación fue todo uno.
-¡Qué significa esto! ¿También los militares se han tomado mi
casa? - gritaba en su paroxismo. He olvidado advertir que la junta Militar que
gobernaba el país había sido la responsable de su obligada
vacación en Europa, de manera que la sola presencia de un uniforme
bastaba para trastornarlo.
No hay necesidad de ser un cineasta para comprender que, después de esta
escena, no podía filmarse otra en el Palacio Fabres. Tuve que hacer
cambios fundamentales en el argumento. El beso final, escena indispensable en
las películas de esa época, tuvo que ser trasladado a la terraza
del cerro Santa Lucía. , y allí también me pilló
otra "máquina", ¡y qué máquina! Estaba yo, megáfono
en mano y con los ojos protegidos por una visera de celuloide, como un
auténtico director. Sólo me faltaba el pantalón de golf
para ser un émulo perfecto de Cecil B. DeMille. En dos segundos
más habría lanzado la voz de ¡Cámara! Pero algo le
ocurría al capitán. Estaba extremadamente nervioso y miraba su
reloj con insistencia. De pronto se acercó y me dijo:
- Siento decirle, mi querido Coke, que no podré continuar. Tengo algo
impostergable que hacer... y sin dar más explicaciones, se fue,
dejándonos a todos con un palmo de narices. ¿Qué había
pasado? Me aproximé a la linda protagonista, que se había quedado
con los crespos hechos esperando el beso, y le pregunté si había
tenido algún disgusto con el galán. Nada había ocurrido.
Llegamos a la conclusión de que el capitán había sido
atacado por un violento dolor de estómago.
Tristes y cabizbajos, cargamos nuestro equipo en un Ford de esos con bigotes y
descendimos al plan. Un revuelo inusitado se notaba en las calles. Grupos de
personas corrían, murmuraban, y los semblantes denotaban angustia,
inquietud o miedo. Pensé que estaría temblando muy fuerte y
detuvimos el auto para interrogar a un vendedor de periódicos que
venía corriendo. -¿Qué ocurre?
-¡Hay revolución, se han tomado La Moneda!
Multitud de personas corrían desconcertadas, pero yo mostré mi
credencial de periodista y logré aproximarme al Palacio Presidencial.
¡Cuál sería mi impresión al ver al galán de mi
película, con restos aún de maquillaje, parado en la puerta de
Palacio con una pistola al cinto! Sobre la chaqueta que llevaba durante la
filmación se había puesto un cinturón militar con las
correspondientes cartucheras. Al interrogarlo, me explicó:
- Cuando íbamos a filmar el beso me di cuenta que había llegado
la hora en que los conspiradores debíamos reunirnos para dar el golpe.
No podía explicárselo. Estaba juramentado.
La escena del beso fue rodada una semana después que la Junta de
Gobierno, encabezada por el general Altamirano, había sido derrocada por
el primer actor de "
Juro no Volver a Amar
".
1925. "LUZ Y SOMBRA"
En esta película, en que Pancho Huneeus Salas personificaba a un joven
modesto que se enamoraba de la aristocrática hija de su protector
(María Luisa Amenábar) y en que yo era un exaltado bolchevique,
discípulo de Lenin, ocurrieron varios incidentes "fuera de libreto".
Veamos algunos de los más pintorescos:
Mi mujer representaba el papel de hermana de la caridad. Como una de las
escenas debía filmarse en el Hospital de San Borja, pedí permiso
para utilizar como camarín la oficina del médico jefe del
establecimiento.
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Yo, caracterizando el terrible bolchevique "Chuncho Quiroga".
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Ahí Raquel se puso una alada toca de linón, y como era bastante
delgada, debí ponerle algunos rellenos en la cintura para darle el
imponente porte de madre superiora.
Estaba yo en ese menester, de rodillas en el suelo, metiéndole por
debajo de la amplia pollera un pelotón de trapos, cuando se abre la
puerta y veo al doctor Romero con la única expresión que puede
poner un ser racional al sorprender a un hombre y una monja en tales actitudes.
Supongo que el buen doctor se creía víctima de una
alucinación, pues permanecía en el umbral con los ojos
desorbitados. Después de terminar mi inocente trabajo, comprendí
que era indispensable explicarle lo que ocurría.
Le presenté a mi señora y los tres tuvimos risa para un buen rato.
La cámara estaba lista en los jardines para tomar la primera escena. Di
la orden de empezar.
Mi esposa debía dirigirse con monjil recogimiento hacia la capilla del
hospital; pero una intempestiva ráfaga de aire se posesionó de la
cofia y la llevó planeando graciosamente hasta depositarla en el cogollo
de un pino. Fue necesario traer escalas y un plumero largo para rescatarla y
repetir la escena. En la toma siguiente aparecía yo caracterizado de
"Chuncho Quiroga" golpeando la puerta del torno. Raquel debía abrir la
ventanilla mientras yo preguntaba por el estado de mi "esposa", que
según el argumento estaba gravísima. "Murió anoche, pero
la guagua se salvó", debía responderme ella.
Cada vez que se abría la ventanilla, a la seudo monja le daba tal
tentación de risa al ver el aire compungido con que yo le hacía
la pregunta, que estropeó gran cantidad de celuloide y hubo que
postergar la toma para otro día.
La película terminaba con el fusilamiento de Pancho Huneeus Salas, que
era inocente del delito que se le imputaba. La escena fue filmada en la
Penitenciaría de Santiago, con tal realismo y detalles tan
impresionantes, que la noche del estreno una señora sufrió un
ataque de histeria. Los aullidos de la pobre provocaron pánico entre los
espectadores y fue necesario encender las luces de la platea.
En vista de que no había cómo consolarla, me presenté
delante del telón, ante el público consternado, llevando a Pancho
de la mano:
- Como usted ve, señora - le dije, "el joven bueno" goza de perfecta
salud.
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La escena de "El Chuncho" y la monjita, mi mujer, que tanto nos hizo
reír y en que tantos metros de celuloide se perdieron.
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Y gracias a esto pudo continuar la proyección de la película.
1926. "RAYO INVENCIBLE".
Mi segunda "superproducción", basada en un tema hípico, no tuvo
el día de su estreno el éxito que yo esperaba. Debido a un atraso
en el laboratorio, la copia, sin compaginar, me fue entregada el día
mismo de su première. El apresuramiento con que iba mandando al teatro
los "tambores" de películas, sin tener tiempo para revisarlos, hizo que
un crítico la intitulara "Rayo Inservible", y no dejaba de tener
razón. En la parte culminante del film, rodada en el Club Hípico,
los caballos empezaron a correr para atrás. La escena había sido
pegada al revés y fue necesario suspender la función mientras se
corregía este pequeño error que casi provoca la
destrucción del Teatro Brasil.
Una mañana, en circunstancias en que estaba tomando una escena de esta
película en la Estación Central, se me avisó que a unos
dos kilómetros al sur se acababa de producir un choque de trenes.
Suspendí la escena y corrimos artistas y ayudantes, armados de nuestra
cámara, al sitio del accidente. Las locomotoras se habían
incrustado una contra la otra, muchos carros estaban volcados y había
numerosos heridos. La catástrofe, minutos después de producida,
fue filmada desde diferentes ángulos. En un diario del mediodía
publiqué un aviso en que anunciaba para esa misma tarde el estreno de la
película del desastre que ya era el gran comentario. Muchos creyeron que
se trataba de una broma o de un golpe de propaganda para mi película;
pero grande fue la impresión del público al ver en la pantalla
este oportuno acierto, debido a una casualidad. Este éxito me
estimuló para filmar un documental en que me propuse mostrar el
procedimiento seguido para disparar el tradicional cañonazo de las doce.
La Prensa se quejaba de la impuntualidad con que el viejo cañón
del Santa Lucía indicaba el paso del sol por el meridiano. Paso a
describir el modus operandi de tan delicada operación, que, como se
verá, habría dado tema a Ripley, si en aquellos tiempos lejanos
hubiera existido su popular "Increíble, pero cierto".
Una viejecita, con todos los achaques propios de sus ochenta años, se
presentaba como a las once y media a una oficina de la Intendencia, que en
aquella época funcionaba en la Plaza de Armas. Allí
recibía de manos de un funcionario un cronómetro con la hora
oficial. La viejecita encaminaba sus pasos al cerro, recorrido que muchas veces
era interrumpido para tomar fuerzas o por accidentes callejeros.
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Esta fotografía, tomada por Torrente para "Ercilla" (enero de 1954),
demuestra que el sistema actual para dar la señal del meridiano es
idéntico al empleado hace treinta años.
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Cerca de las doce empezaba su ascensión al cerro, pero como el peso de
sus años no le permitía llegar con el reloj a la tronera donde
estaba emplazado el cañón, sacaba su pañuelo y lo
levantaba con la mano izquierda, mientras con la otra sostenía el reloj,
en espera de ver, a través de sus gruesas gafas, que los punteros
coincidieran con la colocación del astro rey en el meridiano. En este
momento ella bajaba su pañuelito, y el artillero, viejo jubilado del
Ejército, hacía detonar la carga de pólvora.
La película terminaba con el vuelo simultáneo de las palomas del
Municipal, con varias personas persignándose, de acuerdo con la
costumbre tradicional, y con algunos señores corrigiendo las manecillas
de sus relojes. La complicada operación fue registrada por mi
cámara en todas sus fases. Para darle más interés al
trayecto de la viejecita hasta el cerro, me puse de acuerdo con varios amigos
para que, con algún pretexto, la interrumpieran en su viaje, en que con
tanta desaprensión oficiaba de sacerdotisa de Cronos.
Muchos años después, en pleno 1954, encontré en "
Ercilla
" una información que muestra el modus operandi actual en el disparo de
las doce. No sin sorpresa noté que lo único que se había
innovado en treinta años era la viejecita. En su lugar, como puede
apreciarse en la foto, hay un hombre que lleva el mismo cronómetro y que
para indicarle al artillero la hora meridiana, baja su mano. ¡Como si no
estuviéramos en la época electrónica! Con justa
razón hay beatas que rezongan, como lo hacían antaño, por
tener que persignarse con uno o dos minutos de atraso, y las palomas protestan
por obligarlas a emprender el vuelo mucho después de lo prescrito por la
tradición.
1929". LA CALLE DEL ENSUEÑO".
Fue ése un año de gran trascendencia en los fastos de la
diplomacia sudamericana. Después de un largo período de ruptura,
Chile y Perú habían acordado reconciliarse. Acababa de arribar a
Santiago el flamante embajador del Perú, señor César
Elguera, quien debía presentar sus credenciales en La Moneda. La
recepción sería memorable y el gobierno había invitado a
todo el cuerpo diplomático. Las bandas militares ensayaban los himnos de
cada uno de los países amigos para ejecutarlos en el momento en que sus
representantes pasaran bajo el dintel del viejo portón de Palacio.
A pesar de la importancia del acto, me hallaba absorbido por la
preparación de una difícil escena de "La Calle del
Ensueño". En la esquina opuesta a La Moneda, donde hoy se levanta el
Ministerio de Hacienda, había en ese tiempo un sitio eriazo, rodeado por
una alta cerca de madera. Esa era la ubicación que yo había
elegido para filmar una escena de
"Las Mil y Una Noches
". ¿Y por qué, se preguntará más de alguno, eligió
un lugar tan cercano al Palacio de Gobierno? La respuesta es muy sencilla: la
escena requería un elefante y en esa misma manzana se había
instalado un circo. El director me facilitaba el paquidermo siempre que no lo
llevara a más de una cuadra de distancia.
El príncipe que debía cabalgar sobre el lomo del elefante ya
estaba escogido. Sería Guayo de la Cruz. El traje que usaría lo
había arrendado en la sastrería del Teatro Municipal, y él
decidió cambiarse la ropa en los propios camarines del teatro. Cuando
estuvo listo, juzgó lo más natural recorrer a pie las cuatro
cuadras que lo separaban del sitio en que íbamos a filmar. Muy tieso y
muy majo salió caminando por Moneda.
¿Cómo iba a presumir que en el momento en que él pasara frente a
Palacio la ceremonia diplomática iba a estar en su apogeo? Cuando el
jefe militar vio aparecer al exótico personaje tocado por un alto
turbante, amplia capa de seda y calzado de largas babuchas, se paralizó
en tal forma que no atinaba qué himno debía ordenar a las bandas
de músicos. El público se arremolinó y el jefe del
protocolo hacía esfuerzos desesperados por identificar a este
extraño embajador que no figuraba en su lista. Guayo de la Cruz cuenta
que continuó imperturbable su camino hasta el sitio donde lo aguardaban
el elefante y el séquito de "Verdejos" disfrazados de árabes. (En
aquella época, los auténticos árabes no salían de
la calle 21 de Mayo; estaban todavía muy lejos de La Moneda.)
Una vez sobre el lomo del elefante y cuando yo le indicaba la trayectoria al
domador que iba sentado sobre la cabeza del paquidermo, el animal, con un
sentido del humor increíble en una bestia tan pesada, introdujo su
trompa en el bolsillo en que yo llevaba el script de la película, y con
una destreza digna de un avezado ratero me substrajo las ochenta páginas
escritas a máquina. ¡Y se las comió!. . . Felizmente, como yo era
el autor, pude seguir la filmación de memoria.
Al elefante no le cayó mal el argumento, pues no se supo que hubiera
sufrido de indigestión; y poco tiempo después la película
obtuvo el Gran Premio en la Exposición Internacional de Sevilla.
Es cierto que los directores de Hollywood pueden estar orgullosos de haber
producido películas de gran categoría, y "evidentemente" mejores
que las mías: pero tal vez ninguno de ellos pueda narrar
anécdotas más sabrosas que aquéllas vividas por mí
durante el rodaje de mis producciones. Si pudiera reconstituirlas con adecuada
continuidad para estructurar con ellas una película, sin duda
lograría realizar la mejor de cuantas he hecho. Pero ¿quién
garantiza que durante su filmación no me van a ocurrir otras cosas
extrañas que me "roben" esta película hecha a base de accidentes
cinematográficos?
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