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Dos jarrones chinescos y una luna de miel

XXXVIII

Junto con cerrar las cortinas del escenario en que actuó el Cav. Frégoli, cierro también los paréntesis con que interrumpí mis románticos recuerdos de la iniciación de mi noviazgo.

Los preparativos para construir nuestro hogar me tomaron tan de sorpresa y era tal mi inexperiencia en achaques domésticos, que sólo se me ocurrió comprar dos floreros chinescos en la Casa Gath y Chaves. El resto del ajuar de nuestra primera casa fue "completado" por mis buenas hermanas, con viejos muebles de diferentes estilos y cortinas fuera de uso.

Nuestro matrimonio debía efectuarse en privado, a las cuatro de la tarde, en casa de mi novia, debido al luto que guardaba por el fallecimiento de su padre.

Mi último almuerzo de soltero, sentado solo a una de las mesas del pintoresco Restaurante Cárdenas, me hizo comprender cuán oportuno era el paso que iba a dar algunas horas más tarde. ¡Qué desamparado y solo me sentía en medio de los bulliciosos parroquianos!

Faltando una hora para la ceremonia religiosa, me puse el chaqué y me calé el "tarro de pelo"; pero justo al abandonar las oficinas de "Sucesos", donde, como ya he dicho, vivía, el director me detuvo diciéndome:

- No se puede ausentar sin dejarme por lo menos tres portadas para la revista.

Ante tan inoportuna exigencia, le expliqué a mi jefe que contaba con el tiempo preciso para llegar a mi matrimonio. Vanos fueron mis argumentos, y ante el riesgo de perder mi puesto, que desde ese día me era imprescindible, regresé a mi pieza y me puse a pintar como un desesperado. Como el tiempo volaba y el novio no aparecía, la alarma empezó a posesionarse de mi futura suegra y cuñados.

No había teléfono en su casa para darles una explicación, y a medida que crecía mi atraso, las más extrañas conjeturas empezaron a tejerse entre parientes e invitados.

Para salir más fácilmente del paso, resolví que dos de las portadas fueran las cabezas de dos destacados políticos del momento y que yo conocía como para pintarlos de memoria. Eran ellos don Ismael Tocornal y don Armando Quezada Acharán, ambos presidentes de la Alianza Liberal. El primero, "Don Toco", como cariñosamente se le llamaba, era un caballero muy simpático que, debido a su tino, era solicitado por el Presidente en los momentos difíciles, ya para organizar un Gabinete o para servir de árbitro en algún diferendo. El segundo, radical y grado 33 de la masonería, era inteligente y ponderado.

El empleo del óleo en la factura de sus retratos y la nerviosidad con que los ejecuté proporcionaron a mis pantalones varias manchas de pintura. Para limpiarlos con trementina debí quitármelos. Cuando estaba en calzoncillos, apareció uno de mis cuñados, el que al verme en esa facha, me dijo:

-¿Te has vuelto loco? ¿No sabes qué hora es? ¡Ya deberías estar casado!

Como todavía me faltaba una portada, le pedí que fuera a explicar la causa de mi atraso.

La tercera portada era la más difícil de realizar en tan críticas condiciones, y para colmo debía coincidir con la edición correspondiente al Día de Difuntos.

No se me ocurrió otra idea que pintar una atribulada y joven viuda en el momento de depositar un ramo de flores en la sepultura de su esposo. El tema era poco edificante para un novio que tenía un pie en el altar. Para colmo, el rostro de la mujer me quedó igual al de mi novia, lo que me hizo pensar, no sin alarma, ¡que mi futura esposa tenía cara de viuda!

Para remate, el "Negro Zañartu" interrumpió mi trabajo para convencerme de que debía "asegurar" mi vida, que pensara en el triste porvenir que debería afrontar mi esposa si yo muriera, en la educación de los hijos huérfanos de padre, etc. Para no perder más tiempo, le tomé una póliza por veinte años. ¿No es acaso el matrimonio un catch-as-catch-can , en el que uno de los cónyuges termina por encajonar al otro?

Después de entregar las tres portadas al desconsiderado director, volé a casa de mi novia. Hacía tiempo que don Juan Francisco Fresno, el virtuoso sacerdote, se había vestido para la ceremonia. Al presentarme ante los indignados parientes y testigos apestando a esencia de trementina, no atinaba a explicar mi atraso de tres horas.

Los comentarios no fueron halagadores. Lo menos que habían supuesto algunos fue que había olvidado que ese día tenía que casarme. La única, persona que mantuvo serenidad fue Raquel. Al iniciar nuestro noviazgo en Viña ya había ocurrido un hecho semejante. Por entregar a tiempo un dibujo, no me había presentado oportunamente a un paseo en lancha que un grupo de amigos había organizado en nuestro homenaje. La fiesta marítima se realizó sin mí. Ella sabía, que el deber, para mí, estaba antes que la diversión, lo que, lejos de ser repudiable, era una garantía para el futuro.

Cuando, terminada la ceremonia, llegó la hora de la fuga para tomar el tren que debía llevarnos a San Fernando, un grupo de amigos, encabezados por mi jovial hermana Raquel, cometió la imprudencia de ir a la Estación Central a despedirnos con un bombardeo de arroz, denunciando así nuestra calidad de novios. Yo sentía los ojos de los demás pasajeros clavados sobre nosotros, y aunque estaba deseoso de acariciar a mi novia, no me atrevía ni a mirarla. En esa época era costumbre que el ayudante del conductor anunciara con estruendosos gritos el nombre de la estación en que iba entrando el convoy. Al gritar "¡San Bernardo!", creí que había llegado el momento de bajarnos y empecé, a sacar nerviosamente las maletas. Raquel, al advertir mi ofuscación, me retuvo diciéndome:

-¡Todavía no, Ñato! ¡Faltan cuatro horas!

Esta escena produjo la hilaridad de los pasajeros, y un grupo de mozalbetes vecinos a nuestros asientos prorrumpieron en carcajadas.

Pero la hora de la venganza no se hizo esperar. Al pasar el tren por una curva bastante cerrada, una pesada maleta se desprendió de la rejilla, yendo a caer directamente sobre la cabeza de uno de los burlones, para después "hacer carambola" en el bajo vientre del otro. Ambos quedaron groggy; y fuimos nosotros los que iniciamos esta vez una risa que contagió al resto de los pasajeros.

Largo se me hizo el viaje hasta San Fernando, y más largo aún el trayecto de la estación al hotel, en un desvencijado "fiacre".

Al día siguiente, bastante tarde, salimos a dar un paseo por la ciudad y pudimos comprobar que el hotel estaba sólo a media cuadra de la estación. El cochero, con el objeto de multiplicar la tarifa, nos había hecho recorrer toda la ciudad.

¿Es que el destino había decretado este incidente para dar tiempo al alma de nuestro primer hijo de llegar puntualmente a la cita que Dios le había dado con nosotros?

* * *

Dos días después seguíamos viaje a Lolol, al fundo de mi cuñado Octavio Mujica. Una tarde que paseábamos por la calle principal se nos acercó un muchacho para decirnos que su patrona, doña María Duque, nos invitaba a comer unas sopaipillitas que estaban muy particulares. Misiá María era muy popular y tenía dos hijos religiosos: uno era dominico y el otro franciscano.

Acepté gustoso; pero me olvidé prevenirle a mi mujer que doña María lucía una frondosa barba, digna de un capuchino. Nos recibió en cama, y para no asustar a mi señora, se había amarrado un gran pañuelo en la cara, ocultando así su fenomenal apéndice capilar.

Hizo que nos arrimaran unas sillas con asiento de totora y empezó a hacernos unas bromas del más subido color. Mi mujer, bastante "acholada" y con el objeto de desviar la conversación, al ver el bulto que se formaba en el pañuelo con que doña María se había atado la cara, le dijo:

- Parece que está sufriendo de dolor de muelas, señora. Yo puedo darle un remedio infalible.

Resultaron inútiles las pataditas que yo le daba a Raquel por lo bajo para que no siguiera "planchando".

Más tarde, la buena señora retiró la "cantora" que tenía debajo de la cama, para sacar una bandeja con unas sopaipillas tan viejas, que parecía que también estuvieran echando barba.

- Sírvanselas con confianza - nos dijo.

Yo, que siempre tuve afición a los juegos de manos, escamoteaba las sopaipillas y, simulando mascarlas, iba echándomelas en los bolsillos. Mi mujer me miraba aterrorizada, y no deseando pasar por mal educada, empezó a comérselas con no disimulada repugnancia. Le fue imposible reprimir una arcada. Y no era para menos: las añejas sopaipillas y su cercanía al tiesto con una oreja exigían un estómago a toda prueba.

Entonces doña María, maliciosamente, exclamó:

-¡Cómo se conoce que los picaronazos no han perdido su tiempo! ¡Ojalá que sea niño; la vida para las mujeres es tan dura!

Y esto, dicho por una mujer con toda la barba, resultó profético. Corrido el tiempo reglamentario, Jorge junior apareció una madrugada ocupando la cuna que con tanto amor le habíamos preparado.