Junto con cerrar las cortinas del escenario en que actuó el Cav.
Frégoli, cierro también los paréntesis con que
interrumpí mis románticos recuerdos de la iniciación de mi
noviazgo.
Los preparativos para construir nuestro hogar me tomaron tan de sorpresa y era
tal mi inexperiencia en achaques domésticos, que sólo se me
ocurrió comprar dos floreros chinescos en la Casa Gath y Chaves. El
resto del ajuar de nuestra primera casa fue "completado" por mis buenas
hermanas, con viejos muebles de diferentes estilos y cortinas fuera de uso.
Nuestro matrimonio debía efectuarse en privado, a las cuatro de la
tarde, en casa de mi novia, debido al luto que guardaba por el fallecimiento de
su padre.
Mi último almuerzo de soltero, sentado solo a una de las mesas del
pintoresco Restaurante Cárdenas, me hizo comprender cuán oportuno
era el paso que iba a dar algunas horas más tarde. ¡Qué
desamparado y solo me sentía en medio de los bulliciosos parroquianos!
Faltando una hora para la ceremonia religiosa, me puse el chaqué y me
calé el "tarro de pelo"; pero justo al abandonar las oficinas de
"Sucesos", donde, como ya he dicho, vivía, el director me detuvo
diciéndome:
- No se puede ausentar sin dejarme por lo menos tres portadas para la revista.
Ante tan inoportuna exigencia, le expliqué a mi jefe que contaba con el
tiempo preciso para llegar a mi matrimonio. Vanos fueron mis argumentos, y ante
el riesgo de perder mi puesto, que desde ese día me era imprescindible,
regresé a mi pieza y me puse a pintar como un desesperado. Como el
tiempo volaba y el novio no aparecía, la alarma empezó a
posesionarse de mi futura suegra y cuñados.
No había teléfono en su casa para darles una explicación,
y a medida que crecía mi atraso, las más extrañas
conjeturas empezaron a tejerse entre parientes e invitados.
Para salir más fácilmente del paso, resolví que dos de las
portadas fueran las cabezas de dos destacados políticos del momento y
que yo conocía como para pintarlos de memoria. Eran ellos don Ismael
Tocornal y don Armando Quezada Acharán, ambos presidentes de la Alianza
Liberal. El primero, "Don Toco", como cariñosamente se le llamaba, era
un caballero muy simpático que, debido a su tino, era solicitado por el
Presidente en los momentos difíciles, ya para organizar un Gabinete o
para servir de árbitro en algún diferendo. El segundo, radical y
grado 33 de la masonería, era inteligente y ponderado.
El empleo del óleo en la factura de sus retratos y la nerviosidad con
que los ejecuté proporcionaron a mis pantalones varias manchas de
pintura. Para limpiarlos con trementina debí quitármelos. Cuando
estaba en calzoncillos, apareció uno de mis cuñados, el que al
verme en esa facha, me dijo:
-¿Te has vuelto loco? ¿No sabes qué hora es? ¡Ya deberías estar
casado!
Como todavía me faltaba una portada, le pedí que fuera a explicar
la causa de mi atraso.
La tercera portada era la más difícil de realizar en tan
críticas condiciones, y para colmo debía coincidir con la
edición correspondiente al Día de Difuntos.
No se me ocurrió otra idea que pintar una atribulada y joven viuda en el
momento de depositar un ramo de flores en la sepultura de su esposo. El tema
era poco edificante para un novio que tenía un pie en el altar. Para
colmo, el rostro de la mujer me quedó igual al de mi novia, lo que me
hizo pensar, no sin alarma, ¡que mi futura esposa tenía cara de viuda!
Para remate, el "Negro Zañartu" interrumpió mi trabajo para
convencerme de que debía "asegurar" mi vida, que pensara en el triste
porvenir que debería afrontar mi esposa si yo muriera, en la
educación de los hijos huérfanos de padre, etc. Para no perder
más tiempo, le tomé una póliza por veinte años. ¿No
es acaso el matrimonio un
catch-as-catch-can
, en el que uno de los cónyuges termina por encajonar al otro?
Después de entregar las tres portadas al desconsiderado director,
volé a casa de mi novia. Hacía tiempo que don Juan Francisco
Fresno, el virtuoso sacerdote, se había vestido para la ceremonia. Al
presentarme ante los indignados parientes y testigos apestando a esencia de
trementina, no atinaba a explicar mi atraso de tres horas.
Los comentarios no fueron halagadores. Lo menos que habían supuesto
algunos fue que había olvidado que ese día tenía que
casarme. La única, persona que mantuvo serenidad fue Raquel. Al iniciar
nuestro noviazgo en Viña ya había ocurrido un hecho semejante.
Por entregar a tiempo un dibujo, no me había presentado oportunamente a
un paseo en lancha que un grupo de amigos había organizado en nuestro
homenaje. La fiesta marítima se realizó sin mí. Ella
sabía, que el deber, para mí, estaba antes que la
diversión, lo que, lejos de ser repudiable, era una garantía para
el futuro.
Cuando, terminada la ceremonia, llegó la hora de la fuga para tomar el
tren que debía llevarnos a San Fernando, un grupo de amigos, encabezados
por mi jovial hermana Raquel, cometió la imprudencia de ir a la
Estación Central a despedirnos con un bombardeo de arroz, denunciando
así nuestra calidad de novios. Yo sentía los ojos de los
demás pasajeros clavados sobre nosotros, y aunque estaba deseoso de
acariciar a mi novia, no me atrevía ni a mirarla. En esa época
era costumbre que el ayudante del conductor anunciara con estruendosos gritos
el nombre de la estación en que iba entrando el convoy. Al gritar "¡San
Bernardo!", creí que había llegado el momento de bajarnos y
empecé, a sacar nerviosamente las maletas. Raquel, al advertir mi
ofuscación, me retuvo diciéndome:
-¡Todavía no, Ñato! ¡Faltan cuatro horas!
Esta escena produjo la hilaridad de los pasajeros, y un grupo de mozalbetes
vecinos a nuestros asientos prorrumpieron en carcajadas.
Pero la hora de la venganza no se hizo esperar. Al pasar el tren por una curva
bastante cerrada, una pesada maleta se desprendió de la rejilla, yendo a
caer directamente sobre la cabeza de uno de los burlones, para después
"hacer carambola" en el bajo vientre del otro. Ambos quedaron groggy; y fuimos
nosotros los que iniciamos esta vez una risa que contagió al resto de
los pasajeros.
Largo se me hizo el viaje hasta San Fernando, y más largo aún el
trayecto de la estación al hotel, en un desvencijado "fiacre".
Al día siguiente, bastante tarde, salimos a dar un paseo por la ciudad y
pudimos comprobar que el hotel estaba sólo a media cuadra de la
estación. El cochero, con el objeto de multiplicar la tarifa, nos
había hecho recorrer toda la ciudad.
¿Es que el destino había decretado este incidente para dar tiempo al
alma de nuestro primer hijo de llegar puntualmente a la cita que Dios le
había dado con nosotros?
Dos días después seguíamos viaje a Lolol, al fundo de mi
cuñado Octavio Mujica. Una tarde que paseábamos por la calle
principal se nos acercó un muchacho para decirnos que su patrona,
doña María Duque, nos invitaba a comer unas sopaipillitas que
estaban muy particulares. Misiá María era muy popular y
tenía dos hijos religiosos: uno era dominico y el otro franciscano.
Hizo que nos arrimaran unas sillas con asiento de totora y empezó a
hacernos unas bromas del más subido color. Mi mujer, bastante "acholada"
y con el objeto de desviar la conversación, al ver el bulto que se
formaba en el pañuelo con que doña María se había
atado la cara, le dijo:
- Parece que está sufriendo de dolor de muelas, señora. Yo puedo
darle un remedio infalible.
Resultaron inútiles las pataditas que yo le daba a Raquel por lo bajo
para que no siguiera "planchando".
Más tarde, la buena señora retiró la "cantora" que
tenía debajo de la cama, para sacar una bandeja con unas sopaipillas tan
viejas, que parecía que también estuvieran echando barba.
Yo, que siempre tuve afición a los juegos de manos, escamoteaba las
sopaipillas y, simulando mascarlas, iba echándomelas en los bolsillos.
Mi mujer me miraba aterrorizada, y no deseando pasar por mal educada,
empezó a comérselas con no disimulada repugnancia. Le fue
imposible reprimir una arcada. Y no era para menos: las añejas
sopaipillas y su cercanía al tiesto con una oreja exigían un
estómago a toda prueba.
-¡Cómo se conoce que los picaronazos no han perdido su tiempo!
¡Ojalá que sea niño; la vida para las mujeres es tan dura!
Y esto, dicho por una mujer con toda la barba, resultó profético.
Corrido el tiempo reglamentario, Jorge junior apareció una madrugada
ocupando la cuna que con tanto amor le habíamos preparado.