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De cómo Frégoli me "transformó de circunspecto joven en vicioso tarambana. Se descubre, ¡por fin!, la identidad de la Julieta, de quien se me suponía el Romeo

XXXVII

Aunque los rumores sobre mi vida crapulosa habían llegado a los oídos de Raquel Ramírez, mi novia, ella los desechó filosóficamente, pensando que los santos llegan a todos los altares menos al del matrimonio. La mayoría de sus hermanos estaban de mi parte. Sólo Enrique (quien todavía es llamado cariñosamente "El Negro Ramírez") se resistía a ser mi cuñado.

El Balneario de "El Recreo"
(Instantánea publicada en "Sucesos" el año 1917. La romántica pareja que aparece en las playas de Recreo somos Raquel y yo)

Nuestro compromiso había herido su orgullo de psicólogo, porque cuando su hermana venía de Viña del Mar a visitarlos a su casa de Santiago, me había elegido a mí, entre sus amigos, y por considerarme el más inofensivo, para confiar la atención de Raquel durante su estada en la capital. Reconozco que Enrique tenía motivos suficientes para deplorar que su hermana regalona hubiera desdeñado magníficos partidos para decidirse por un obscuro "pintamonos" que gozaba fama de ser un bohemio incorregible. En cambio, Pablo, que a pesar de su juventud era ya un político brillante, y Carlos, médico de corazón demasiado generoso para sobrepasar la edad de Cristo (había contraído una afección renal mientras atendía a los heridos del terremoto de 1906), le hacían ver a su hermana que eran mis actividades periodísticas, cinematográficas y pictóricas las que habían contribuido a darme aquella fama que tanto me desprestigiaba; y me garantizaban un porvenir bastante incierto. ¿Qué expectativas tenía en Chile un caricaturista? Lo gracioso era que Pablo, que siempre tuvo fama de loco, decía al referirse a mí: "Su defecto es ser demasiado loco".

Las sospechas sobre mi dudosa conducta empezaron a despejarse al probar yo que la discutida fotografía que mis detractores habían malévolamente comentado, y en que yo aparecía abrazando a una vedette en paños menores, era una instantánea que Aspee, el fotógrafo de "Sucesos", había tomado en el camarín de Frégoli, el famoso transformista italiano, que en ese momento ensayaba una escena caracterizando a una muchacha en paños menores. El jovial artista, al vernos entrar en son de entrevistadores, tuvo la ocurrencia de sentarme en sus faldas. Por seguir la broma, me aferré a su cintura y junté mi cara a la suya. Aspée nos tomó la fotografía, la que después me dedicó Frégoli con un ingenioso calembour:

Al eximio artista del carbón,
Coke, un recuerdo del amor de su
JULIETA

¡Nunca lo hubiera hecho! ¡Por si ustedes se preguntaran por qué lo firmó "Julieta", he aquí la respuesta:

Frégoli, que fue, sin duda, el primer artista que daba comienzo a su espectáculo con lo que hoy llaman "característica musical", se presentaba, a "telón corto", disfrazado de vedette, cantando "en falsete" la que fue mundialmente popular "Marcha de Frégoli", y cuya letra empezaba así:

Yo soy Julieta,
la gran divetta,
muy aplaudida y
bella actriz...

¡Y él, con sus senos artificiales y sus musculosas piernas, era la Julieta que tanto dio que hablar a los mal pensados!

Como las generaciones posteriores a la mía nada saben de su original espectáculo, único en los anales del teatro, me permito abrir un paréntesis para dárselo a conocer.

Se trataba de un artista múltiple que desempeñaba simultáneamente varios papeles. Hacía, por ejemplo, una entrada personificando a un viejo tenorio al que en su indumentaria no faltaban el habano encendido, una camelia en la solapa del frac, los guantes y el bastón. El artista animaba a sus personajes con la voz y los ademanes adecuados al carácter y género de sus tipos.

Retrato al óleo de Raquel, pintado por mí treinta y seis años después.

Así, el viejo calavera entraba con paso vacilante tarareando con acento cascado una canción napolitana e iba a sentarse en un sofá, cuyo alto respaldo, al quedar hacia el público, le servía de biombo para disimular la salida por una escotilla abierta en el proscenio, lo que le permitía entrar segundos más tarde caracterizando, también con lujo de detalles, a una mujer mundana, provocativamente escotada.

Para dar la ilusión de que el primer personaje permanecía en el sofá, el ingenioso actor dejaba la chistera sobre una repisa colocada ad hoc, de manera que los espectadores continuaran viendo la parte superior del sombrero sobre el respaldo del sofá.

La coqueta damisela se dirigía hacia el inexistente personaje y después de grandes aspavientos se sentaba a su lado. El público escuchaba el diálogo picaresco en que Frégoli sostenía los dos papeles, hasta que "ella", dejando también el emplumado sombrero sobre otra repisa, se deslizaba nuevamente por la trampa abierta en el escenario.

En un abrir y cerrar de ojos, y ante los atónitos ojos del público, Frégoli, transformado esta vez en un iracundo oficial de caballería, calzando altas botas y luciendo un recargado uniforme, se dirigía, junto con desenvainar el sable, a la carga de los personajes que se suponía estaban en el sofá. Y en esta forma continuaba la comedia, en que docenas de personajes caracterizados por un solo actor entraban y salían, a veces en veloz carrera y con tan diversos aspectos y disfraces, que el público llegaba a creerse víctima de un engaño. Muchos suponían que eran varios los artistas que estaban actuando.

Frépoli, el inventor del "transformismo".

¿Cómo podía ser posible que la grotesca jamona que hacía mutis por el foro fuera el mismo actor que segundos después aparecía por otro practicable caracterizado de chiquillo, de pantalón corto y blusa de marinero?

Cuando el ánimo de la concurrencia estaba en el apogeo de la excitación, Frégoli anunciaba que al día siguiente ejecutaría sus trucos a la vista de sus habitués. El viejo Teatro Santiago se hacía entonces estrecho para contener a los curiosos que deseaban conocer los secretos de ese arte sui géneris .

Los tramoyistas montaban el decorado al revés, de manera que el público se sentía entre bastidores, y para completar la ilusión, el telón de fondo imitaba la platea de una sala, atiborrada de gente.

Una legión de ayudantes iban cambiando con pasmosa destreza, unos las pelucas, otros los sombreros, etc., del excéntrico artista. Los trajes eran accionados por dispositivos y resortes hábilmente disimulados, que al ser puestos en el cuerpo del actor casi desnudo, se ajustaban con increíble precisión. El frac, por ejemplo, confeccionado de una pieza con la pechera, el chaleco, cuello y corbata, se abría por la espalda. Y mientras otro ayudante le ponía los pantalones, que también eran de abrir y cerrar, un tercer auxiliar le colocaba la peluca, la nariz postiza y los anteojos, mientras el último completaba la caracterización, pasándole el bastón y los guantes.

El entusiasmo del público se manifestaba en continuas ovaciones 'y la temporada se hacía, de principio a fin, a "tablero vuelto".

Interrogado Frégoli sobre la iniciación de su arte, me la explicó de la siguiente manera

- Siendo yo un niño y deseando cierta cantidad de dinero para comprar un juguete que anhelaba poseer, me presenté a mi padre disfrazado de vago. Estuve tan elocuente, que sin sospechar que el atorrante pedigüeño era su propio hijo, él abrió la bolsa y me largó el dinero. Ese fue mi primer paso en el "transformismo", género creado por mí y que hasta ahora nadie ha sido capaz de imitar.

Sin embargo, Frégoli tuvo un sucesor, o mejor dicho, una sucesora. Ella fue Fátima Miris, que también adquirió renombre mundial. Pero ella le llevaba una ventaja al maestro: la de economizar medio segundo al no tener que colocarse senos postizos cuando era una mujer la que debía aparecer en la escena.

El "transformismo" saltó del tinglado de la farsa al tinglado de la política, y yo he tenido que dibujar, después, a más de un Frégoli criollo, caracterizado de revoltoso izquierdista para en seguida, con técnica "fregoliana", presentarse transformado en circunspecto caballero de orden..., y viceversa.