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Somerscales:
Hay sombras frías y sombras calientes

XXXVI


El salón de mi hermana Nieves se había convertido en el estudio del pintor Thomas Somerscales.

¿Cómo no recordarlo? Fue en sus días uno de los más notables marinistas del mundo, y nos hizo el honor de dejar en sus telas la historia naval de Chile, desde la Independencia hasta la guerra del 79. Sentado en un rincón, yo contemplaba al maestro en plena labor.

Un barco de madera en miniatura, prolijamente construido por sus propias manos y colocado sobre una mesa, le servía de modelo. Las pequeñas gavias aparecían infladas por imaginarios vientos alisios. El artista obtenía este efecto empapándolas en agua de cola y cargándolas después, en posición horizontal, con municiones. Una vez secas adquirían la exacta concavidad de las velas al recibir el impacto del viento. Un álbum-archivo le servía para pintar el mar. Sus páginas encerraban todo el misterio de los océanos. En rápidos croquis había hecho la disección del mar. Era como un manual de su anatomía; ahí estaba registrado su sistema nervioso, la densidad de su movible epidermis y sus diferentes matices, modificados por la hora y la meteorología.

- El mar - me decía, como todos los organismos vivos, tiene sus reacciones propias; las olas son sus pulsaciones. Hay veces en que parece dormir y los marinos navegan en interminables y aburridoras jornadas. Otras, el agua parece hacerse más densa y el barco es mecido, por la "mar boba", como si fuera la cuna de un bebé. Pero cuando se desata el temporal en desordenada furia, jugando con el barco como un tigre hambriento con un cervatillo, el mar hace entrever el infinito poder de Dios y la arrogancia también infinita del hombre.

Somerscales era un hombre más bien de baja estatura. Su rostro, surcado por el oleaje de setenta navegados años, semejaba un mapa oceanográfico; olas largas cruzaban de este a oeste el piélago de su frente, y un complicado encaje de olitas cortas orlaba las pequeñas pero irisadas islas de sus ojos. Su ceja izquierda, siempre levantada, daba la impresión de que se aprestaba para hacer uso del catalejo. El amplio delantal de tosca tela que usaba en el taller, y que le ocultaba hasta la punta de los zapatos, recordaba una vela "atrincada" a liviano pero recio mastelero.

El relato de sus viajes, como oficial de la Marina británica, era cautivador. La primera vez que su buque recaló en Valparaíso, los escombros de la Iglesia de la Compañía todavía humeaban en Santiago, y de su sensible corazón, cual libro de bitácora, registró la congoja de un pueblo estremecido por uno de los más pavorosos siniestros de la historia.

Algunos años después le tocó desembarcar en un puerto de México, junto con otros tripulantes, en circunstancias en que ese país estaba convulsionado por una de sus cruentas revoluciones. Los marinos ingleses, al ser tomados por franceses (por esa época enemigos de México), fueron hechos prisioneros. Cuando estaban a punto de ser fusilados, ya que por causa de ignorar el castellano no podían explicar su nacionalidad a la excitada soldadesca, Somerscales, valiéndose de sus aptitudes de dibujante, hizo comprender al jefe del pelotón de fusileros, por medio de sketches , que ellos eran inofensivos súbditos de la reina Victoria.

Tan oportuna ocurrencia le permitió, cinco años más tarde, efectuar otro viaje a Chile. Vino esta vez en el "Clic", velero que estuvo a punto de zozobrar en Tahití, debido a un ciclón que lo tumbó peligrosamente a babor.

Este episodio le sirvió para completar un tríptico compuesto por tres de sus cuadros más famosos y que fueron denominados: "Antes de la Tempestad", "Durante la Tempestad" y "Después de la Tempestad".

Tuve la suerte de ser poseedor del primero (" A Rising Gale "). Como curiosidad reproduzco un autógrafo alusivo firmado por el famoso pintor, y que todavía conservo:

Valparaíso, mayo 3 de 1904.
Recibí del señor Aninat la suma de tres mil dólares (US$ 3.000), en pago de dos cuadros pintados al óleo de las siguientes dimensiones: 46 pulgadas x 30 pulgadas y 47 pulgadas por 30 pulgadas.
Los cuadros representan el H. M. S. "Clio", corbeta con 22 cañones, en la cual yo serví durante su travesía en el Pacífico desde 1864 a 1868.
El primer cuadro, intitulado "Parting Company", muestra a la distancia el H. M. S. "Bombay".
El segundo cuadro se intitula "A Rising Gale".

THOMAS SOMERSCALES.

Este valioso cuadro se lo regalé a mi hija Adriana en su cumpleaños; pero ella, conociendo la afección que siento por él, siempre encuentra un pretexto para dejarlo un tiempecito más en mi poder.

Al año siguiente, un nuevo percance tuvo a Somerscales al borde de la tumba. En Panamá había contraído la fiebre amarilla, y llegó a Chile en tan deplorables condiciones de salud, que se vio obligado a renunciar a la marina y establecerse en Valparaíso. Ahí conoció a Mr. Mackay, fundador del prestigioso colegio que todavía ostenta su nombre, el cual lo contrató como profesor de inglés, dibujo y caligrafía. Uno de sus alumnos fue mi padre, con quien mantuvo hasta el final estrechísima amistad. Yo los escuchaba embelesado, evocando sus paseos por el Cerro de la Concepción, desde donde Somerscales pintó su primer cuadro de la bahía de Valparaíso.

- Tu abuelo Pablo - díjome un día - me encomendó el primer trabajo pagado, al pedirme que le hiciera una copia de un cuadro que representaba el asalto de la "Esmeralda" en el Callao, dirigido por el almirante Cochrane.

Era muy comprensible el interés de mi abuelo por ese cuadro rememorador. Le tocó vivir el dramático episodio siendo el atacante más joven de la "Esmeralda".

El cuadro "A Rising Gale" ("Antes de la Tempestad"), una de las obras maestras de Somerscales.

Tenía apenas quince años y la noche del asalto le salvó la vida a Cochrane, sirviéndole de guardaespaldas con sus pistolas de chispa. El valiente cadete había venido acompañando a su padre, el capitán Paul Délano, que condujo desde Estados Unidos la primera escuadrilla chilena.

El último viaje que Somerscales hizo a nuestro país tuvo por objeto traer el gran cuadro que adorna la Cámara de Diputados: "La Primera Escuadra de Chile".

Al cumplir yo dieciocho años, mi madre deseó regalarme una caja de pinturas al óleo y le pidió a nuestro viejo amigo Somerscales su adquisición. Juntos fuimos a la Librería Inglesa de Mrs. James, en la calle Estado, de donde salimos con la caja provista con los colores de su magistral paleta.

Desgraciadamente, tan apreciado regalo me fue robado hace algunos años en una mudanza; pero la fórmula, que oralmente me transmitiera el insigne maestro y que encierra el secreto fundamental de la pintura, la conservo y la conservaré hasta mi última hora. Es sencilla como todo lo que es grande; simple como un axioma: "Hay sombras frías y sombras calientes". Este es el secreto que infunde a sus telas un soplo de vida. Sólo se necesita tener su talento para emplearla con éxito.