El salón de mi hermana Nieves se había convertido en el estudio
del pintor Thomas Somerscales.
¿Cómo no recordarlo? Fue en sus días uno de los más
notables marinistas del mundo, y nos hizo el honor de dejar en sus telas la
historia naval de Chile, desde la Independencia hasta la guerra del 79. Sentado
en un rincón, yo contemplaba al maestro en plena labor.
Un barco de madera en miniatura, prolijamente construido por sus propias manos
y colocado sobre una mesa, le servía de modelo. Las pequeñas
gavias aparecían infladas por imaginarios vientos alisios. El artista
obtenía este efecto empapándolas en agua de cola y
cargándolas después, en posición horizontal, con
municiones. Una vez secas adquirían la exacta concavidad de las velas al
recibir el impacto del viento. Un álbum-archivo le servía para
pintar el mar. Sus páginas encerraban todo el misterio de los
océanos. En rápidos croquis había hecho la
disección del mar. Era como un manual de su anatomía; ahí
estaba registrado su sistema nervioso, la densidad de su movible epidermis y
sus diferentes matices, modificados por la hora y la meteorología.
- El mar - me decía, como todos los organismos vivos, tiene sus
reacciones propias; las olas son sus pulsaciones. Hay veces en que parece
dormir y los marinos navegan en interminables y aburridoras jornadas. Otras, el
agua parece hacerse más densa y el barco es mecido, por la "mar boba",
como si fuera la cuna de un bebé. Pero cuando se desata el temporal en
desordenada furia, jugando con el barco como un tigre hambriento con un
cervatillo, el mar hace entrever el infinito poder de Dios y la arrogancia
también infinita del hombre.
Somerscales era un hombre más bien de baja estatura. Su rostro, surcado
por el oleaje de setenta navegados años, semejaba un mapa
oceanográfico; olas largas cruzaban de este a oeste el piélago de
su frente, y un complicado encaje de olitas cortas orlaba las pequeñas
pero irisadas islas de sus ojos. Su ceja izquierda, siempre levantada, daba la
impresión de que se aprestaba para hacer uso del catalejo. El amplio
delantal de tosca tela que usaba en el taller, y que le ocultaba hasta la punta
de los zapatos, recordaba una vela "atrincada" a liviano pero recio mastelero.
El relato de sus viajes, como oficial de la Marina británica, era
cautivador. La primera vez que su buque recaló en Valparaíso, los
escombros de la Iglesia de la Compañía todavía humeaban en
Santiago, y de su sensible corazón, cual libro de bitácora,
registró la congoja de un pueblo estremecido por uno de los más
pavorosos siniestros de la historia.
Algunos años después le tocó desembarcar en un puerto de
México, junto con otros tripulantes, en circunstancias en que ese
país estaba convulsionado por una de sus cruentas revoluciones. Los
marinos ingleses, al ser tomados por franceses (por esa época enemigos
de México), fueron hechos prisioneros. Cuando estaban a punto de ser
fusilados, ya que por causa de ignorar el castellano no podían explicar
su nacionalidad a la excitada soldadesca, Somerscales, valiéndose de sus
aptitudes de dibujante, hizo comprender al jefe del pelotón de
fusileros, por medio de
sketches
, que ellos eran inofensivos súbditos de la reina Victoria.
Tan oportuna ocurrencia le permitió, cinco años más tarde,
efectuar otro viaje a Chile. Vino esta vez en el "Clic", velero que estuvo a
punto de zozobrar en Tahití, debido a un ciclón que lo
tumbó peligrosamente a babor.
Este episodio le sirvió para completar un tríptico compuesto por
tres de sus cuadros más famosos y que fueron denominados: "Antes de la
Tempestad", "Durante la Tempestad" y "Después de la Tempestad".
Tuve la suerte de ser poseedor del primero ("
A Rising Gale
"). Como curiosidad reproduzco un autógrafo alusivo firmado por el
famoso pintor, y que todavía conservo:
Valparaíso, mayo 3 de 1904.
Recibí del señor Aninat la suma de tres mil dólares (US$
3.000), en pago de dos cuadros pintados al óleo de las siguientes
dimensiones: 46 pulgadas x 30 pulgadas y 47 pulgadas por 30 pulgadas.
Los cuadros representan el H. M. S. "Clio", corbeta con 22 cañones, en
la cual yo serví durante su travesía en el Pacífico desde
1864 a 1868.
El primer cuadro, intitulado "Parting Company", muestra a la distancia el H. M.
S. "Bombay".
El segundo cuadro se intitula "A Rising Gale".
THOMAS SOMERSCALES.
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Este valioso cuadro se lo regalé a mi hija Adriana en su
cumpleaños; pero ella, conociendo la afección que siento por
él, siempre encuentra un pretexto para dejarlo un tiempecito más
en mi poder.
Al año siguiente, un nuevo percance tuvo a Somerscales al borde de la
tumba. En Panamá había contraído la fiebre amarilla, y
llegó a Chile en tan deplorables condiciones de salud, que se vio
obligado a renunciar a la marina y establecerse en Valparaíso.
Ahí conoció a Mr. Mackay, fundador del prestigioso colegio que
todavía ostenta su nombre, el cual lo contrató como profesor de
inglés, dibujo y caligrafía. Uno de sus alumnos fue mi padre, con
quien mantuvo hasta el final estrechísima amistad. Yo los escuchaba
embelesado, evocando sus paseos por el Cerro de la Concepción, desde
donde Somerscales pintó su primer cuadro de la bahía de
Valparaíso.
- Tu abuelo Pablo - díjome un día - me encomendó el primer
trabajo pagado, al pedirme que le hiciera una copia de un cuadro que
representaba el asalto de la "Esmeralda" en el Callao, dirigido por el
almirante Cochrane.
Era muy comprensible el interés de mi abuelo por ese cuadro rememorador.
Le tocó vivir el dramático episodio siendo el atacante más
joven de la "Esmeralda".
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El cuadro "A Rising Gale" ("Antes de la Tempestad"), una de las obras maestras
de Somerscales.
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Tenía apenas quince años y la noche del asalto le salvó la
vida a Cochrane, sirviéndole de guardaespaldas con sus pistolas de
chispa. El valiente cadete había venido acompañando a su padre,
el capitán Paul Délano, que condujo desde Estados Unidos la
primera escuadrilla chilena.
El último viaje que Somerscales hizo a nuestro país tuvo por
objeto traer el gran cuadro que adorna la Cámara de Diputados: "La
Primera Escuadra de Chile".
Al cumplir yo dieciocho años, mi madre deseó regalarme una caja
de pinturas al óleo y le pidió a nuestro viejo amigo Somerscales
su adquisición. Juntos fuimos a la Librería Inglesa de Mrs.
James, en la calle Estado, de donde salimos con la caja provista con los
colores de su magistral paleta.
Desgraciadamente, tan apreciado regalo me fue robado hace algunos años
en una mudanza; pero la fórmula, que oralmente me transmitiera el
insigne maestro y que encierra el secreto fundamental de la pintura, la
conservo y la conservaré hasta mi última hora. Es sencilla como
todo lo que es grande; simple como un axioma: "Hay sombras frías y
sombras calientes". Este es el secreto que infunde a sus telas un soplo de
vida. Sólo se necesita tener su talento para emplearla con éxito.
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