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Fue en esos días cuando me enamoré de una atrayente y
aristocrática chiquilla cuyo domicilio era una suntuosa mansión
de la Alameda. Yo la cortejaba de acuerdo con la usanza de la época,
paseándome todas las tardes frente a su balcón. Muy pocas veces
tuve ocasión de conversar con ella.
Una tarde, durante uno de estos platónicos paseos, fui abordado por un
grupo de sus parientes y sometido al más insólito interrogatorio:
-¿Qué pretende usted al rondar nuestra casa?
-¿Cree que haciendo monitos pueda mantener el rango propio de la fulanita?
-¡No podemos aceptar que continúe con sus absurdas pretensiones! Aunque
estaba enamorado de la chiquilla, pudo más mi amor propio, y sin
responder di media vuelta y fui a encerrarme en mi cuartito de la
Galería Alessandri. No volví a poner mis ojos en el balcón
de mi Julieta sino treinta y ocho años después.
Cierto día me llamó la atención un ordinario lienzo que
colgaba a la entrada de la que fuera su orgullosa mansión y que
ostentaba el siguiente letrero en rojo:
EXHIBICIÓN DE FENÓMENOS.
ENTRADA $ 10.
Menores $ 5.-
La lectura del letrero me incitó a cruzar, previo pago de los $ 10.-, la
puerta de calle que años antes me había dado en las narices.
En la severa biblioteca del senador que otrora fuera su dueño
había varias jabas en que se exhibían gallos y gallinas con
cuatro patas. También había terneros y chanchos embalsamados, con
dos cabezas; entre otras monstruosidades pendía de una muralla la
fotografía del hijo de una mula, único caso, según
peroraba el empresario ante la abigarrada concurrencia, en que un
híbrido se había reproducido.
¿Qué había ocurrido en el lapso comprendido entre mi "flirteo" y
la exhibición de fenómenos? Después de la muerte del
padre, la familia vino a menos, viéndose al final obligada a vender la
casa a una repartición pública.
Doloroso habría sido para alguno de los antiguos dueños de la
casa entrar entonces en la que fue su mansión, y si alguno de ellos
hubiera soñado en su época de grandezas que los salones de su
palacio estaban predestinados a convertirse en locales de feria, habría
exclamado al despertar: "¡Cómo se pueden concebir cosas tan
disparatadas!" Pero la realidad suele ser más cruel que la más
absurda de las pesadillas ...
No había de ser éste mi único amor contrariado. Durante un
veraneo en Cartagena, la orgullosa santiaguina de negros ojos fue substituida
en mi corazón por una porteña de ojos verdes. Cuando creía
que todo iba sobre rieles, ya que la chiquilla daba muestras de corresponderme,
una tarde, en lugar de acudir ella a la cita, se presentó su hermana
mayor, la que me espetó con aire compungido la siguiente
conminación:
- Lamento comunicarle que mi mamá le ha prohibido a la
zutanita
volver a verse con usted, porque le han informado de la vida de libertino que
lleva en Santiago. Nuestro amigo Danielito le ha dicho también que
frecuenta los camarines de las artistas y que no hay noche que no se le vea de
juerga con una tal Julieta.
Bien injustos me parecieron los cargos, pues si era cierto que algunas veces
visitaba los camarines de los teatros, era porque el director del
periódico me encomendaba que fuera a tomarles apuntes a los artistas
para ilustrar las crónicas teatrales de Díaz Meza. La referencia
a mi afición a empinar el codo era aún más injusta;
sólo muchos años después me emborraché por primera
vez y en forma controlada y experimental, con el sano objetivo de expresar con
propiedad la sensación de la borrachera en una película en que
aparecía un "curadito".
¡Y todas estas peripecias debían ocurrirme porque ninguna de aquellas
niñas era la que yo había visto en sueños, y que me
esperaba sentada en un rústico banco de la Estación "El Salto"!
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