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"Sic Transit Gloria Mundi"

XXXV

Fue en esos días cuando me enamoré de una atrayente y aristocrática chiquilla cuyo domicilio era una suntuosa mansión de la Alameda. Yo la cortejaba de acuerdo con la usanza de la época, paseándome todas las tardes frente a su balcón. Muy pocas veces tuve ocasión de conversar con ella.

Una tarde, durante uno de estos platónicos paseos, fui abordado por un grupo de sus parientes y sometido al más insólito interrogatorio:

-¿Qué pretende usted al rondar nuestra casa?

-¿Cree que haciendo monitos pueda mantener el rango propio de la fulanita?

-¡No podemos aceptar que continúe con sus absurdas pretensiones! Aunque estaba enamorado de la chiquilla, pudo más mi amor propio, y sin responder di media vuelta y fui a encerrarme en mi cuartito de la Galería Alessandri. No volví a poner mis ojos en el balcón de mi Julieta sino treinta y ocho años después.

Cierto día me llamó la atención un ordinario lienzo que colgaba a la entrada de la que fuera su orgullosa mansión y que ostentaba el siguiente letrero en rojo:

EXHIBICIÓN DE FENÓMENOS.
ENTRADA $ 10.
Menores $ 5.-


La lectura del letrero me incitó a cruzar, previo pago de los $ 10.-, la puerta de calle que años antes me había dado en las narices.

En la severa biblioteca del senador que otrora fuera su dueño había varias jabas en que se exhibían gallos y gallinas con cuatro patas. También había terneros y chanchos embalsamados, con dos cabezas; entre otras monstruosidades pendía de una muralla la fotografía del hijo de una mula, único caso, según peroraba el empresario ante la abigarrada concurrencia, en que un híbrido se había reproducido.

¿Qué había ocurrido en el lapso comprendido entre mi "flirteo" y la exhibición de fenómenos? Después de la muerte del padre, la familia vino a menos, viéndose al final obligada a vender la casa a una repartición pública.

Doloroso habría sido para alguno de los antiguos dueños de la casa entrar entonces en la que fue su mansión, y si alguno de ellos hubiera soñado en su época de grandezas que los salones de su palacio estaban predestinados a convertirse en locales de feria, habría exclamado al despertar: "¡Cómo se pueden concebir cosas tan disparatadas!" Pero la realidad suele ser más cruel que la más absurda de las pesadillas ...

No había de ser éste mi único amor contrariado. Durante un veraneo en Cartagena, la orgullosa santiaguina de negros ojos fue substituida en mi corazón por una porteña de ojos verdes. Cuando creía que todo iba sobre rieles, ya que la chiquilla daba muestras de corresponderme, una tarde, en lugar de acudir ella a la cita, se presentó su hermana mayor, la que me espetó con aire compungido la siguiente conminación:

- Lamento comunicarle que mi mamá le ha prohibido a la zutanita volver a verse con usted, porque le han informado de la vida de libertino que lleva en Santiago. Nuestro amigo Danielito le ha dicho también que frecuenta los camarines de las artistas y que no hay noche que no se le vea de juerga con una tal Julieta.

Bien injustos me parecieron los cargos, pues si era cierto que algunas veces visitaba los camarines de los teatros, era porque el director del periódico me encomendaba que fuera a tomarles apuntes a los artistas para ilustrar las crónicas teatrales de Díaz Meza. La referencia a mi afición a empinar el codo era aún más injusta; sólo muchos años después me emborraché por primera vez y en forma controlada y experimental, con el sano objetivo de expresar con propiedad la sensación de la borrachera en una película en que aparecía un "curadito".

¡Y todas estas peripecias debían ocurrirme porque ninguna de aquellas niñas era la que yo había visto en sueños, y que me esperaba sentada en un rústico banco de la Estación "El Salto"!