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Los salones de la María Luisa y un funeral que debió pintar Gutiérrez Solana

XXXIII

La "remolienda" era un aspecto típico de la vida nocturna en la época cuando me incorporé al grupo de colaboradores de la Empresa Zig-Zag. Había "casas" de diferente rango, porque tan importante institución nacional no podía escapar a la perpetua lucha de clases en que se debate el género humano.

Las de primera categoría se denominaban "casas de diversión"; las de segunda, "casas de tolerancia", y las más inferiores, "lenocinios".

La María Luisa había conseguido hacer de la suya una especie de "salón literario", que congregaba a las personalidades más destacadas del arte y la literatura en sus salas recargadas de felpa roja y espejos de arrimo con marcos dorados a la purpurina. Entre "poncheras" y "cantoras", los poetas recitaban sus últimos sonetos y los novelistas comentaban sus libros en preparación. Pasada la medianoche, la popular María Luisa hacía su espectacular entrada en el salón, donde presidía la fiesta con graciosa dignidad hasta la hora lechosa de la amanecida. Pero antes, y en su honor, era costumbre que se bailara una cueca animada con estrepitoso "tamboreo y huifas".

A través del espeso estuco de solimán y colorete con que ocultaba sus sesenta años intensamente vividos, era posible adivinar que había sido hermosa. Su extraordinaria cultura había contribuido a que el espíritu de Minerva predominara allí sobre el de Eros, ahuyentando a la crápula viciosa hacia las casas vecinas. Su color favorito era el lila. Lilas eran los lazos con que anudaba su azafranado cabello, lila su bata, lilas sus medias y lilas sus zapatillas.

Una noche en que la plana mayor de "Zig-Zag" festejaba el "santo" de uno de sus redactores, se acordó a la hora de los postres continuar la fiesta en la non sancta casa de la María Luisa. El inolvidable sacerdote, crítico y animador de las "Preguntas y Respuestas'', don Emilio Vaise ("Omer Emeth "), se escabullía entonces discretamente, y el resto de los contertulios se trepaba en los desvencijados " fiacres ", los taxis de aquellos tiempos en que no había tan desatinada prisa. Yo, que era el benjamín de la comparsa, me sentí, no sin inquietud, obligado a sumarme a la alegre caravana. Aquélla fue mi noche de estreno ... Apenas la María Luisa ocupó su sitial, le fui presentado en mi calidad de artista precoz.

Poco después la anfitriona me condujo a su dormitorio, privilegio que sólo concedía a los visitantes de cierta notoriedad. Entre múltiples brindis, ofrecido uno de ellos por el éxito de mi carrera, me pidió que le dedicara un dibujo en su álbum. Yo quedé maravillado al contemplar sus páginas ilustradas por los pintores y dibujantes más famosos. Recuerdo, entre ellas, un hermoso boceto de Valenzuela Puelma. También había sonetos originales de Pedro Antonio González, Pezoa Véliz y Antonio Orrego Barros.

Armado de mi lápiz de dibujante novato, no se me ocurrió otra cosa que trazar el croquis de una bailarina que entonces hacía furor en el Teatro Municipal. De regreso en el salón conocí a una de las "niñas". Se hacía llamar "Amélie", seguramente con la intención de contrarrestar la competencia que "las gabachas", recién instaladas en la calle García Reyes, hacían a las geishas criollas de Eleuterio Ramírez, el Yoshiwara santiaguino.

Al despuntar el día, era costumbre trasladarse a la "Casa de Cena de Jacquin" y servirse un caldo de cabeza para componer el cuerpo.

"Amélie", que era una atrayente morena de grandes y húmedos ojos negros, me amó con la pasión que las mercenarias de Venus saben poner cuando, en desquite de su triste sino, regalan sus caricias por auténtico amor. Algunas tardes iba a buscarme a mi taller de "Corre Vuela" para llevarme a dar un paseo al Parque Forestal. Se colgaba románticamente de mi brazo, y me hacía confidente de sus penas y sus sueños. ¡Pobre "Amélie"! ¡Cuán asqueada estaba de su vida!

- Sé que nunca podré formar un hogar - me decía con su voz pastosa. ¿Qué hombre se atrevería a casarse con una p...?

LA REMOLIENDA Y LA CARICATURA POLITICA.
Los personajes que aparecen en plena remolienda son los señores:
1.- Jorge Montt (bailando la cueca).
2.- Vergara.
3.- Muñoz Hurtado.
4.- Gómez Carreño.
5.- Miguel Aguirre.
6.- Luis Artígas.

7.- García Huidobro.
8.- Luis Altamirano.
9.- Joaquín Larraín Alcalde.
10.- José M. Bari.
11.- Alberto Adriasola.
12.- Guillermo Dublé.
13.- Jorge Barceló Lira.

Me dolía no poder contradecirla, y sólo atinaba a consolarla, diciéndole que el destino suele cambiar el curso de nuestra existencia cuando menos lo pensamos.

La noticia del fallecimiento de la María Luisa se corrió rápidamente y su casa se vio atestada por los habitués que deseaban acompañarla por última vez. Cortinajes colgados por los tramoyistas de la "funeraria" cubrieron de luto las murallas y los espejos. La vacilante luz de seis velones había reemplazado la de las lámparas "incandescentes".

El retrato al óleo de don Arturo que fue pintado tres meses antes de su fallecimiento. (Propiedad del Senado.) En este cuadro se inspiró el escultor italiano Bellini para realizar el monumento de Alessandri.

Como la noche se hiciera larga, alguien propuso la idea de abrir la bodega. Cuando el sol estaba por salir, enormes cantidades de botellas vacías formaban filas en los rincones de patios y salones. A la hora "lechosa de la amanecida", en que ella acostumbraba retirarse a su dormitorio, uno de los concurrentes del extraño velorio propuso que se bailara "la cueca del adiós". La idea fue acogida con el entusiasmo de siempre, como si la inercia crapulosa fuera más potente que la muerte, a pesar de sus tétricos atavíos.

Se formaron las parejas y la cueca trágica fue "tamboreada" en el cajón en que yacía la María Luisa con su bata y sus cintas color lila.

Los funerales se efectuaron a mediodía y los transeúntes vieron con estupor un cortejo farandulesco, formado por larga fila de " fiacres " llenos de pijes borrachos y prostitutas pintarrajeadas. ¡Digno tema para los pinceles de un Gutiérrez Solana!

¿En manos de quién habrá quedado el valioso álbum de la intelectualizada reina de la noche?

Caricatura publicada a fines del siglo pasado por el periódico satírico "Don Quijote". Se trata de una antigua reproducción fotográfica en que desafortunadamente no aparece la lectura explicativa del grabado, lo que imposibilita conocer el motivo que inspiró al caricaturista "Demócrito", que la firma.

Me parece reconocer, en la vieja con vestido cuadriculado, al Presidente de Argentina, don Julio Roca; pero, ¿quién es el director de orquesta y quiénes las "niñas cariñosas"?

Cuarenta años después recibí una carta expedida desde un pueblo Perú. Estaba firmada "Amélie", y era para felicitarme por el retrato que pinté de don Arturo Alessandri y que me decía haber visto reproducido en portada de "Zig-Zag".

Con cuánta emoción leí esa carta. ¿El caprichoso destino había cambiado la suerte de la "niña", proporcionándole el hogar soñado? La imaginé convertida en una venerable abuela, diciéndoles a sus nietos, junto con mostrarles mi obra: "Hace muchos años, cuando era joven y vivía Santiago, yo conocí mucho al autor de este retrato"...