La "remolienda" era un aspecto típico de la vida nocturna en la
época cuando me incorporé al grupo de colaboradores de la Empresa
Zig-Zag. Había "casas" de diferente rango, porque tan importante
institución nacional no podía escapar a la perpetua lucha de
clases en que se debate el género humano.
Las de primera categoría se denominaban "casas de diversión"; las
de segunda, "casas de tolerancia", y las más inferiores, "lenocinios".
La María Luisa había conseguido hacer de la suya una especie de
"salón literario", que congregaba a las personalidades más
destacadas del arte y la literatura en sus salas recargadas de felpa roja y
espejos de arrimo con marcos dorados a la purpurina. Entre "poncheras" y
"cantoras", los poetas recitaban sus últimos sonetos y los novelistas
comentaban sus libros en preparación. Pasada la medianoche, la popular
María Luisa hacía su espectacular entrada en el salón,
donde presidía la fiesta con graciosa dignidad hasta la hora lechosa de
la amanecida. Pero antes, y en su honor, era costumbre que se bailara una cueca
animada con estrepitoso "tamboreo y huifas".
A través del espeso estuco de solimán y colorete con que ocultaba
sus sesenta años intensamente vividos, era posible adivinar que
había sido hermosa. Su extraordinaria cultura había contribuido a
que el espíritu de Minerva predominara allí sobre el de Eros,
ahuyentando a la crápula viciosa hacia las casas vecinas. Su color
favorito era el lila. Lilas eran los lazos con que anudaba su azafranado
cabello, lila su bata, lilas sus medias y lilas sus zapatillas.
Una noche en que la plana mayor de "Zig-Zag" festejaba el "santo" de uno de sus
redactores, se acordó a la hora de los postres continuar la fiesta en la
non sancta
casa de la María Luisa. El inolvidable sacerdote, crítico y
animador de las "Preguntas y Respuestas'', don Emilio Vaise
("Omer Emeth
"), se escabullía entonces discretamente, y el resto de los contertulios
se trepaba en los desvencijados "
fiacres
", los taxis de aquellos tiempos en que no había tan desatinada prisa.
Yo, que era el benjamín de la comparsa, me sentí, no sin
inquietud, obligado a sumarme a la alegre caravana. Aquélla fue mi noche
de estreno ... Apenas la María Luisa ocupó su sitial, le fui
presentado en mi calidad de artista precoz.
Poco después la anfitriona me condujo a su dormitorio, privilegio que
sólo concedía a los visitantes de cierta notoriedad. Entre
múltiples brindis, ofrecido uno de ellos por el éxito de mi
carrera, me pidió que le dedicara un dibujo en su álbum. Yo
quedé maravillado al contemplar sus páginas ilustradas por los
pintores y dibujantes más famosos. Recuerdo, entre ellas, un hermoso
boceto de Valenzuela Puelma. También había sonetos originales de
Pedro Antonio González, Pezoa Véliz y Antonio Orrego Barros.
Armado de mi lápiz de dibujante novato, no se me ocurrió otra
cosa que trazar el croquis de una bailarina que entonces hacía furor en
el Teatro Municipal. De regreso en el salón conocí a una de las
"niñas". Se hacía llamar "Amélie", seguramente con la
intención de contrarrestar la competencia que "las gabachas",
recién instaladas en la calle García Reyes, hacían a las
geishas criollas de Eleuterio Ramírez, el Yoshiwara santiaguino.
Al despuntar el día, era costumbre trasladarse a la "Casa de Cena de
Jacquin" y servirse un caldo de cabeza para componer el cuerpo.
"Amélie", que era una atrayente morena de grandes y húmedos ojos
negros, me amó con la pasión que las mercenarias de Venus saben
poner cuando, en desquite de su triste sino, regalan sus caricias por
auténtico amor. Algunas tardes iba a buscarme a mi taller de "Corre
Vuela" para llevarme a dar un paseo al Parque Forestal. Se colgaba
románticamente de mi brazo, y me hacía confidente de sus penas y
sus sueños. ¡Pobre "Amélie"! ¡Cuán asqueada estaba de su
vida!
- Sé que nunca podré formar un hogar - me decía con su voz
pastosa. ¿Qué hombre se atrevería a casarse con una p...?
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LA REMOLIENDA Y LA CARICATURA POLITICA.
Los personajes que aparecen en plena remolienda son los señores:
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1.- Jorge Montt (bailando la cueca).
2.- Vergara.
3.- Muñoz Hurtado.
4.- Gómez Carreño.
5.- Miguel Aguirre.
6.- Luis Artígas.
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7.- García Huidobro.
8.- Luis Altamirano.
9.- Joaquín Larraín Alcalde.
10.- José M. Bari.
11.- Alberto Adriasola.
12.- Guillermo Dublé.
13.- Jorge Barceló Lira.
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Me dolía no poder contradecirla, y sólo atinaba a consolarla,
diciéndole que el destino suele cambiar el curso de nuestra existencia
cuando menos lo pensamos.
La noticia del fallecimiento de la María Luisa se corrió
rápidamente y su casa se vio atestada por los
habitués
que deseaban acompañarla por última vez. Cortinajes colgados por
los tramoyistas de la "funeraria" cubrieron de luto las murallas y los espejos.
La vacilante luz de seis velones había reemplazado la de las
lámparas "incandescentes".
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El retrato al óleo de don Arturo que fue pintado tres meses antes de su
fallecimiento. (Propiedad del Senado.) En este cuadro se inspiró el
escultor italiano Bellini para realizar el monumento de Alessandri.
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Como la noche se hiciera larga, alguien propuso la idea de abrir la bodega.
Cuando el sol estaba por salir, enormes cantidades de botellas vacías
formaban filas en los rincones de patios y salones. A la hora "lechosa de la
amanecida", en que ella acostumbraba retirarse a su dormitorio, uno de los
concurrentes del extraño velorio propuso que se bailara "la cueca del
adiós". La idea fue acogida con el entusiasmo de siempre, como si la
inercia crapulosa fuera más potente que la muerte, a pesar de sus
tétricos atavíos.
Se formaron las parejas y la cueca trágica fue "tamboreada" en el
cajón en que yacía la María Luisa con su bata y sus cintas
color lila.
Los funerales se efectuaron a mediodía y los transeúntes vieron
con estupor un cortejo farandulesco, formado por larga fila de "
fiacres
" llenos de pijes borrachos y prostitutas pintarrajeadas. ¡Digno tema para los
pinceles de un Gutiérrez Solana!
¿En manos de quién habrá quedado el valioso álbum de la
intelectualizada reina de la noche?
Caricatura publicada a fines del siglo pasado por el periódico
satírico "Don Quijote". Se trata de una antigua reproducción
fotográfica en que desafortunadamente no aparece la lectura explicativa
del grabado, lo que imposibilita conocer el motivo que inspiró al
caricaturista "Demócrito", que la firma.
Me parece reconocer, en la vieja con vestido cuadriculado, al Presidente de
Argentina, don Julio Roca; pero, ¿quién es el director de orquesta y
quiénes las "niñas cariñosas"?
Cuarenta años después recibí una carta expedida desde un
pueblo Perú. Estaba firmada "Amélie", y era para felicitarme por
el retrato que pinté de don Arturo Alessandri y que me decía
haber visto reproducido en portada de "Zig-Zag".
Con cuánta emoción leí esa carta. ¿El caprichoso destino
había cambiado la suerte de la "niña", proporcionándole el
hogar soñado? La imaginé convertida en una venerable abuela,
diciéndoles a sus nietos, junto con mostrarles mi obra: "Hace muchos
años, cuando era joven y vivía Santiago, yo conocí mucho
al autor de este retrato"...