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Con embaladores de cadáveres y locos de remate me estrené en "Sucesos"

XXXII

Llego un día en que se produjo la desintegración económica de papá, la minería fue su perdición, y en lugar de llegar a casa portando canastos con mantequilla, fruta y huevos, como era su costumbre, nuestro buen padre empezó a traer cargamentos de verdosas piedras de minas. Eran las muestras que debían ser analizadas en la Sociedad Nacional de Minería.

La Hacienda "San Luis de Pelequén" había sido vendida, y ya no se oía hablar de siembras y cosechas, sino de piques y socavones. La casa de Catedral esquina de Esperanza se remató al mejor postor y debimos mudarnos a una que arrendamos en la misma calle, esquina de Sotomayor.

Mis hermanas ya se habían casado y los hombres nos arreglamos como mejor pudimos. Junto con pasar al 6° año de humanidades, resolví dedicarme exclusivamente al dibujo. Mi madre sufrió un gran desencanto cuando se impuso de mi decisión, pero yo no veía el objeto de continuar mis estudios en procura de un lejano título profesional, en circunstancias que mi lápiz producía lo suficiente para independizarme.

Don Atilano Sotomayor, director del semanario "Sucesos", me contrató para reemplazar al notable dibujante alemán Carlos Wiedner, que había resuelto trasladarse a Buenos Aires. En "Sucesos" alternaba el lápiz con la pluma, dando comienzo a una serie de crónicas que yo mismo ilustraba. Muy luego Sotomayor me ascendió a director artístico de su revista, título que me libraba del apodo de " pintamonos ", con que despectivamente se me designaba.

Una de mis primeras crónicas la intitulé "Embaladores de Cadáveres", y en ella describía el proceso de fabricación de los ataúdes y los entretelones de una Empresa de Pompas Fúnebres.

En la sección carpintería cepillaban y cortaban las tablas, pareciendo una inofensiva fábrica de muebles; pero en las otras secciones los cajones tomaban, poco a poco, ese aspecto tétrico que presentan en los velorios y funerales. Tuve la impresión de que los industriales y obreros que allí trabajaban eran fabricantes de muertos. Como la materia prima de esta industria es la madera, saqué por consecuencia que el destino de cada uno de nosotros está ligado a un árbol. ¡Ojalá, querido lector, que tu árbol todavía no haya sido plantado!

Al visitar la bodega en que se iban depositando los macabros muebles que ahora llaman "pijamas de madera", hice notar a mi cicerone un departamento en que había cajones muy grandes y otros desproporcionadamente altos.

- Estos son los que nosotros llamamos "bombos" - me explicó con siniestra sonrisa. Tenemos que estar prevenidos... hay difuntos muy grandes o muy gordos.

Desde ese día, cada vez que me topo en la calle con algún transeúnte muy alto o muy obeso, pienso: "Tu "bombo" está listo, puedes morir tranquilo".

También escribí varias crónicas en que relataba mis entrevistas con locos famosos, pensionistas, por supuesto, de ese establecimiento que en la puerta ostenta un letrero que advierte al visitante: "No están todos los que son, ni son todos los que están". Muy pronto me di cuenta de que todos los que ahí están creen pertenecer al grupo de los que "no son".

Uno de los casos que más me impresionaron fue el del pianista español Julio Pons, que había sido director de la orquesta del Casino del Teatro Politeama. Una noche, al regresar a su hogar, el infortunado músico fue acometido por un acceso de locura y degolló a toda su familia. Varios años habían transcurrido desde la horrible sinfonía de sangre compuesta por mi entrevistado.

- Yo estoy sano, señor; yo debería recuperar mi libertad, porque soy un hombre completamente inofensivo. ¿No podría usted hacerme la caridad de interceder para que sea dado de alta?

Su tono persuasivo y suplicante no dejó de conmoverme, y le prometí hacer gestiones ante alguna persona influyente para obtener su libertad.

-¿Le gustaría tocar el piano? - le pregunté, con la intención de llevarlo a otro tema.

-¡Sería para mí una gran felicidad, señor! ...

Conseguí del médico jefe la autorización para llevarlo al teatro del establecimiento. Allí había un buen piano de cola. Pons se acercó al instrumento y con la voluptuosidad del enamorado que desviste a su amada, abrió lenta mente la tapa superior del instrumento, y después la otra, dejando desnudo el teclado. Se acomodó en seguida en el piso junto a su amada de ébano, contemplándola amorosamente.

Por fin se decidió, como preámbulo de la batalla de amor, a recorrer las teclas con sus dedos juguetones, arrancándoles escalas cromáticas que sonaban a suspiros de hembra enamorada. Retiró de pronto las manos y me miró con sus grandes ojos relampagueantes de deseo, permaneciendo un momento inmóvil. De improviso arremetió con desesperado brío el "Rondó Caprichoso", de Mendelssohn. . .

Pocas veces he tenido ocasión de escuchar un concierto ejecutado con fuego tan arrebatador. Estaba solo con él y su piano. El enfermero, que debido tal vez a su dura tarea, había perdido toda sensibilidad, se alejó sin gozar de la primicia de tan extraordinario concierto, en que las sombras de Beethoven, Liszt y Bach deben haber sido atraídas al son de sus sonatas y fugas interpretadas por tan exaltado ejecutante. Por lo menos dos horas duró este inolvidable recital. Cuando el enfermero entró a llevárselo, el pianista retiró con dolor las manos del teclado y yo me enjugué algunas lágrimas que inadvertidamente habían rebasado de mis ojos. Al despedirme del médico jefe le dije que creía que Pons estaba sano.

Poco tiempo después me informé de que una influyente y caritativa dama española había obtenido su libertad y que aprovechando su viaje a España había decidido llevárselo con ella. Al entrar en el camarote, Pons se abalanzó sobre su protectora, intentando estrangularla. ¡El infortunado músico, a pesar de los años transcurridos, estaba tan loco como la noche que cometió su horrendo crimen!

Otro caso inolvidable, y que no publiqué por haber sido el enfermo un sacerdote, se me presentó en forma espontánea al atravesar un corredor. El sacerdote, que aún conservaba su hábito, me detuvo tomándome sorpresivamente por el brazo.

- Si tú crees, hijo, que los que aquí vivimos estamos locos, te equivocas - me dijo. Y bajando el tono de su voz me hizo esta terrible revelación: Dios se ha vuelto loco, así es que no te extrañes de los horrores que van a trastornar al mundo.

- Es terrible, padre, lo que usted me está diciendo - le respondí, zafándome de la garra de su mano.

- Lo terrible, hijo - continuó mi interlocutor, es que, como hemos sido creados por Él a su imagen y semejanza, la humanidad entera ha perdido la razón.

Poco después estalló la primera guerra mundial, y no sé por qué, al leer las escalofriantes noticias del cable, vino a mi mente la terrible frase pronunciada por el loco. Al empezar la segunda guerra, más terrible aún que la primera, porque fue desatada por un esquizofrénico, y años después, cuando el mundo ha sido metido en el refrigerador de la "guerra fría" por otros locos más peligrosos que el anterior y parece marchar hacia un cataclismo sin precedente, he vuelto a recordar la sacrílega frase del insano.

Pero, al correr, de los años, mi espíritu se apaciguó al comprender que el pobre loco ignoraba que era el Anticristo el que se había posesionado del mundo, como lo profetizan las Sagradas Escrituras, y que el perverso, disfrazándose la primera vez con insolentes mostachos, después con bigotes chaplinescos y por último con los caídos bigotazos georgianos, estaba llevando al mundo por el camino de la desesperación en que actualmente se encuentra.

Fue entonces cuando dibujé un esqueleto disparándose un tiro en las sienes. La caricatura llevaba la leyenda siguiente: "Aburrida de la vida, la Muerte se suicida".