Llego un día en que se produjo la desintegración económica
de papá, la minería fue su perdición, y en lugar de llegar
a casa portando canastos con mantequilla, fruta y huevos, como era su
costumbre, nuestro buen padre empezó a traer cargamentos de verdosas
piedras de minas. Eran las muestras que debían ser analizadas en la
Sociedad Nacional de Minería.
La Hacienda "San Luis de Pelequén" había sido vendida, y ya no se
oía hablar de siembras y cosechas, sino de piques y socavones. La casa
de Catedral esquina de Esperanza se remató al mejor postor y debimos
mudarnos a una que arrendamos en la misma calle, esquina de Sotomayor.
Mis hermanas ya se habían casado y los hombres nos arreglamos como mejor
pudimos. Junto con pasar al 6° año de humanidades, resolví
dedicarme exclusivamente al dibujo. Mi madre sufrió un gran desencanto
cuando se impuso de mi decisión, pero yo no veía el objeto de
continuar mis estudios en procura de un lejano título profesional, en
circunstancias que mi lápiz producía lo suficiente para
independizarme.
Don Atilano Sotomayor, director del semanario "Sucesos", me contrató
para reemplazar al notable dibujante alemán Carlos Wiedner, que
había resuelto trasladarse a Buenos Aires. En "Sucesos" alternaba el
lápiz con la pluma, dando comienzo a una serie de crónicas que yo
mismo ilustraba. Muy luego Sotomayor me ascendió a director
artístico de su revista, título que me libraba del apodo de "
pintamonos
", con que despectivamente se me designaba.
Una de mis primeras crónicas la intitulé "Embaladores de
Cadáveres", y en ella describía el proceso de fabricación
de los ataúdes y los entretelones de una Empresa de Pompas
Fúnebres.
En la sección carpintería cepillaban y cortaban las tablas,
pareciendo una inofensiva fábrica de muebles; pero en las otras
secciones los cajones tomaban, poco a poco, ese aspecto tétrico que
presentan en los velorios y funerales. Tuve la impresión de que los
industriales y obreros que allí trabajaban eran fabricantes de muertos.
Como la materia prima de esta industria es la madera, saqué por
consecuencia que el destino de cada uno de nosotros está ligado a un
árbol. ¡Ojalá, querido lector, que tu árbol todavía
no haya sido plantado!
Al visitar la bodega en que se iban depositando los macabros muebles que ahora
llaman "pijamas de madera", hice notar a mi cicerone un departamento en que
había cajones muy grandes y otros desproporcionadamente altos.
- Estos son los que nosotros llamamos "bombos" - me explicó con
siniestra sonrisa. Tenemos que estar prevenidos... hay difuntos muy grandes o
muy gordos.
Desde ese día, cada vez que me topo en la calle con algún
transeúnte muy alto o muy obeso, pienso: "Tu "bombo" está listo,
puedes morir tranquilo".
También escribí varias crónicas en que relataba mis
entrevistas con locos famosos, pensionistas, por supuesto, de ese
establecimiento que en la puerta ostenta un letrero que advierte al visitante:
"No están todos los que son, ni son todos los que están". Muy
pronto me di cuenta de que todos los que ahí están creen
pertenecer al grupo de los que "no son".
Uno de los casos que más me impresionaron fue el del pianista
español Julio Pons, que había sido director de la orquesta del
Casino del Teatro Politeama. Una noche, al regresar a su hogar, el infortunado
músico fue acometido por un acceso de locura y degolló a toda su
familia. Varios años habían transcurrido desde la horrible
sinfonía de sangre compuesta por mi entrevistado.
- Yo estoy sano, señor; yo debería recuperar mi libertad, porque
soy un hombre completamente inofensivo. ¿No podría usted hacerme la
caridad de interceder para que sea dado de alta?
Su tono persuasivo y suplicante no dejó de conmoverme, y le
prometí hacer gestiones ante alguna persona influyente para obtener su
libertad.
-¿Le gustaría tocar el piano? - le pregunté, con la
intención de llevarlo a otro tema.
-¡Sería para mí una gran felicidad, señor! ...
Conseguí del médico jefe la autorización para llevarlo al
teatro del establecimiento. Allí había un buen piano de cola.
Pons se acercó al instrumento y con la voluptuosidad del enamorado que
desviste a su amada, abrió lenta mente la tapa superior del instrumento,
y después la otra, dejando desnudo el teclado. Se acomodó en
seguida en el piso junto a su amada de ébano, contemplándola
amorosamente.
Por fin se decidió, como preámbulo de la batalla de amor, a
recorrer las teclas con sus dedos juguetones, arrancándoles escalas
cromáticas que sonaban a suspiros de hembra enamorada. Retiró de
pronto las manos y me miró con sus grandes ojos relampagueantes de
deseo, permaneciendo un momento inmóvil. De improviso arremetió
con desesperado brío el "Rondó Caprichoso", de Mendelssohn. . .
Pocas veces he tenido ocasión de escuchar un concierto ejecutado con
fuego tan arrebatador. Estaba solo con él y su piano. El enfermero, que
debido tal vez a su dura tarea, había perdido toda sensibilidad, se
alejó sin gozar de la primicia de tan extraordinario concierto, en que
las sombras de Beethoven, Liszt y Bach deben haber sido atraídas al son
de sus sonatas y fugas interpretadas por tan exaltado ejecutante. Por lo menos
dos horas duró este inolvidable recital. Cuando el enfermero
entró a llevárselo, el pianista retiró con dolor las manos
del teclado y yo me enjugué algunas lágrimas que inadvertidamente
habían rebasado de mis ojos. Al despedirme del médico jefe le
dije que creía que Pons estaba sano.
Poco tiempo después me informé de que una influyente y caritativa
dama española había obtenido su libertad y que aprovechando su
viaje a España había decidido llevárselo con ella. Al
entrar en el camarote, Pons se abalanzó sobre su protectora, intentando
estrangularla. ¡El infortunado músico, a pesar de los años
transcurridos, estaba tan loco como la noche que cometió su horrendo
crimen!
Otro caso inolvidable, y que no publiqué por haber sido el enfermo un
sacerdote, se me presentó en forma espontánea al atravesar un
corredor. El sacerdote, que aún conservaba su hábito, me detuvo
tomándome sorpresivamente por el brazo.
- Si tú crees, hijo, que los que aquí vivimos estamos locos, te
equivocas - me dijo. Y bajando el tono de su voz me hizo esta terrible
revelación: Dios se ha vuelto loco, así es que no te
extrañes de los horrores que van a trastornar al mundo.
- Es terrible, padre, lo que usted me está diciendo - le
respondí, zafándome de la garra de su mano.
- Lo terrible, hijo - continuó mi interlocutor, es que, como hemos sido
creados por Él a su imagen y semejanza, la humanidad entera ha perdido
la razón.
Poco después estalló la primera guerra mundial, y no sé
por qué, al leer las escalofriantes noticias del cable, vino a mi mente
la terrible frase pronunciada por el loco. Al empezar la segunda guerra,
más terrible aún que la primera, porque fue desatada por un
esquizofrénico, y años después, cuando el mundo ha sido
metido en el refrigerador de la "guerra fría" por otros locos más
peligrosos que el anterior y parece marchar hacia un cataclismo sin precedente,
he vuelto a recordar la sacrílega frase del insano.
Pero, al correr, de los años, mi espíritu se apaciguó al
comprender que el pobre loco ignoraba que era el Anticristo el que se
había posesionado del mundo, como lo profetizan las Sagradas Escrituras,
y que el perverso, disfrazándose la primera vez con insolentes
mostachos, después con bigotes chaplinescos y por último con los
caídos bigotazos georgianos, estaba llevando al mundo por el camino de
la desesperación en que actualmente se encuentra.
Fue entonces cuando dibujé un esqueleto disparándose un tiro en
las sienes. La caricatura llevaba la leyenda siguiente: "Aburrida de la vida,
la Muerte se suicida".