La llegada a Santiago de Onofroff, el hipnotizador de fama mundial, era el tema
obligado de conversación en el colegio. Varios compañeros que
habían subido al escenario del fascinador, cayeron bajo la acción
de su poderosa voluntad, ejecutando toda clase de pantomimas que causaban la
hilaridad del público. Una noche asistí a la función, y al
día siguiente me propuse probar mi poder de sugestión sobre
algunos de mis condiscípulos.
Grande fue mi sorpresa al ver que mis "sujetos" caían rápidamente
en el sueño hipnótico. Al comprobar que era poseedor de tan
extraordinario poder, Nicanor Molinare ("Copucha") me facilitó un libro
de Richet sobre hipnotismo. Gracias a este tratado me fue posible perfeccionar
mis conocimientos, y un día, en clase de francés, llegué a
hipnotizar a todo el curso, dejando a mis compañeros tartamudos. Mi
audaz experiencia de sugestión colectiva me hizo saber que el tartamudeo
en francés resultaba especialmente divertido; y como el profesor
Monsieur Reyé creyó que sus alumnos se habían puesto de
acuerdo para hacerle esta broma, empezó a vociferar presa de
indignación:
- Que. . .que... signifie cette pagaille? Je vous préviens que. . . que
... si ça.. . ça continue cette stupide plaisanterie, je vais
vous. . . vous.. . vous... mettre a tous un zéro!
¡También él había terminado por contagiarse! Una histeria
colectiva, en que se mezclaban risas delirantes con expresiones en
francés e interjecciones en chileno, obligó al profesor a
suspender la clase.
Una de mis víctimas me denunció:
-¡Del... Del...Del...ano - gritaba - es...es ...es el cul... cul... pable!
El meó... meó... me obligó a tarta.. . a tarta...
tartamudear.
Cuando quedó establecido quién era el causante de esta Babel, se
me ordenó deshipnotizar a mis víctimas. Más tarde fui
llevado donde el rector quien a medida que me reconvenía, empezó
también a tartamudear en tal forma que se vio obligado a beber un vaso
de agua.
No sé si Mariano Latorre, que en ese tiempo era inspector del Instituto,
recordará este pintoresco episodio.
Seguí perfeccionando mi poder mediante sacrificadas disciplinas. Dos
veces al día tenía que fijar los ojos en un punto de la muralla y
permanecer largo tiempo sin pestañear. Estos ejercicios los realizaba
generalmente en la pieza del baño, bajo llave, con el objeto de no ser
interrumpido.
Me sentaba en el excusado y colgaba frente a mí un cartón con un
pequeño círculo negro. Cierto día, a fuerza de fijar la
vista en el círculo, caí en profundo sueño, al punto de no
percibir los golpazos que daban en la puerta mis alarmados hermanos. Cuando uno
logró penetrar por el tragaluz, no pudo descubrir qué
ocurría al verme sentado en el excusado en tan hierática actitud
y los ojos fijos en el cartón. Trabajo le costó despertarme, lo
que por fin consiguió vaciándome un jarro de agua en la cabeza.
Mi fama de hipnotizador creció al extremo de obligárseme a
ejecutar pruebas en reuniones y aun en paseos públicos.
Mi querido amigo y brillante periodista Manuel Vega aún recuerda que una
noche lo hipnoticé en el salón del Hotel Francia, de Cartagena; y
el elegante hijo del ministro plenipotenciario de un país vecino,
pasó varios años sin saludarme por haberlo dormido durante una
reunión en casa de la familia Varas Montt. Su indignación
provenía de que al ordenarle que se descalzara, sus calcetines, algo
deteriorados, dejaron ver los dedos gordos de sus pies. Fue inútil
explicarle que yo no había tenido la intención de poner en
exhibición sus extremidades inferiores, y que mi propósito fue
hacerlo despertar con los zapatos en la mano.
Pero no se crea que estos experimentos siempre resultaban divertidos. Cierta
vez que en compañía de varios amigos andábamos en
excursión por la cordillera, cerca de Laguna Negra, a uno de ellos, si
mal no recuerdo, "El Bombilla Escobar", se le ocurrió pedirme que
durmiera a Roberto Campaña, hijo del rector del Internado Barros Arana,
apodado "El Chancleta".
A los pocos minutos, Campaña cayó en estado cataléptico.
Como yo había leído en el texto de Richet que en ese estado es
posible desdoblar la personalidad del sujeto, le ordené a Campaña
que se trasladara a Santiago. No tardó en hacerme saber que ya se
encontraba en la capital y que veía a mi mamá en un jardín
rodeada de parientes, que iba yo identificando por su descripción. Hasta
ahí todo marchaba muy bien y la teoría de Richet quedaba
plenamente comprobada.
El momento crítico se presentó cuando traté de hacer
recuperar la conciencia al desdoblado. Doce interminables horas transcurrieron
sin que diera señales de vida. El pulso era imperceptible y su cuerpo
permanecía rígido como un cadáver.
Yo sabía que en un caso como éste, si el operador pierde la
serenidad, puede ocasionar la muerte del sujeto; así es que mi voluntad
hacía supremos esfuerzos por sobreponerse al terror, obligando al
durmiente a despertar. Sólo al día siguiente Campaña
empezó a dar señales de vida, terminando por incorporarse en la
cama en que lo habíamos acostado.
Despertó sonriente, en la creencia de que acababa de dormirse. Doce
horas habían pasado desde su caída en trance, lapso hasta hoy
inexistente para su conciencia. ¡Soy deudor, pues, del tiempo que le
robé hace cuarenta años a mi viejo amigo Roberto!