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Por culpa de Onofroff, la clase de francés tornóse en Torre de Babel

XXXI

La llegada a Santiago de Onofroff, el hipnotizador de fama mundial, era el tema obligado de conversación en el colegio. Varios compañeros que habían subido al escenario del fascinador, cayeron bajo la acción de su poderosa voluntad, ejecutando toda clase de pantomimas que causaban la hilaridad del público. Una noche asistí a la función, y al día siguiente me propuse probar mi poder de sugestión sobre algunos de mis condiscípulos.

Grande fue mi sorpresa al ver que mis "sujetos" caían rápidamente en el sueño hipnótico. Al comprobar que era poseedor de tan extraordinario poder, Nicanor Molinare ("Copucha") me facilitó un libro de Richet sobre hipnotismo. Gracias a este tratado me fue posible perfeccionar mis conocimientos, y un día, en clase de francés, llegué a hipnotizar a todo el curso, dejando a mis compañeros tartamudos. Mi audaz experiencia de sugestión colectiva me hizo saber que el tartamudeo en francés resultaba especialmente divertido; y como el profesor Monsieur Reyé creyó que sus alumnos se habían puesto de acuerdo para hacerle esta broma, empezó a vociferar presa de indignación:

- Que. . .que... signifie cette pagaille? Je vous préviens que. . . que ... si ça.. . ça continue cette stupide plaisanterie, je vais vous. . . vous.. . vous... mettre a tous un zéro!

¡También él había terminado por contagiarse! Una histeria colectiva, en que se mezclaban risas delirantes con expresiones en francés e interjecciones en chileno, obligó al profesor a suspender la clase.

Una de mis víctimas me denunció:

-¡Del... Del...Del...ano - gritaba - es...es ...es el cul... cul... pable! El meó... meó... me obligó a tarta.. . a tarta... tartamudear.

Cuando quedó establecido quién era el causante de esta Babel, se me ordenó deshipnotizar a mis víctimas. Más tarde fui llevado donde el rector quien a medida que me reconvenía, empezó también a tartamudear en tal forma que se vio obligado a beber un vaso de agua.

No sé si Mariano Latorre, que en ese tiempo era inspector del Instituto, recordará este pintoresco episodio.

Seguí perfeccionando mi poder mediante sacrificadas disciplinas. Dos veces al día tenía que fijar los ojos en un punto de la muralla y permanecer largo tiempo sin pestañear. Estos ejercicios los realizaba generalmente en la pieza del baño, bajo llave, con el objeto de no ser interrumpido.

Me sentaba en el excusado y colgaba frente a mí un cartón con un pequeño círculo negro. Cierto día, a fuerza de fijar la vista en el círculo, caí en profundo sueño, al punto de no percibir los golpazos que daban en la puerta mis alarmados hermanos. Cuando uno logró penetrar por el tragaluz, no pudo descubrir qué ocurría al verme sentado en el excusado en tan hierática actitud y los ojos fijos en el cartón. Trabajo le costó despertarme, lo que por fin consiguió vaciándome un jarro de agua en la cabeza. Mi fama de hipnotizador creció al extremo de obligárseme a ejecutar pruebas en reuniones y aun en paseos públicos.

Mi querido amigo y brillante periodista Manuel Vega aún recuerda que una noche lo hipnoticé en el salón del Hotel Francia, de Cartagena; y el elegante hijo del ministro plenipotenciario de un país vecino, pasó varios años sin saludarme por haberlo dormido durante una reunión en casa de la familia Varas Montt. Su indignación provenía de que al ordenarle que se descalzara, sus calcetines, algo deteriorados, dejaron ver los dedos gordos de sus pies. Fue inútil explicarle que yo no había tenido la intención de poner en exhibición sus extremidades inferiores, y que mi propósito fue hacerlo despertar con los zapatos en la mano.

Pero no se crea que estos experimentos siempre resultaban divertidos. Cierta vez que en compañía de varios amigos andábamos en excursión por la cordillera, cerca de Laguna Negra, a uno de ellos, si mal no recuerdo, "El Bombilla Escobar", se le ocurrió pedirme que durmiera a Roberto Campaña, hijo del rector del Internado Barros Arana, apodado "El Chancleta".

A los pocos minutos, Campaña cayó en estado cataléptico.

Como yo había leído en el texto de Richet que en ese estado es posible desdoblar la personalidad del sujeto, le ordené a Campaña que se trasladara a Santiago. No tardó en hacerme saber que ya se encontraba en la capital y que veía a mi mamá en un jardín rodeada de parientes, que iba yo identificando por su descripción. Hasta ahí todo marchaba muy bien y la teoría de Richet quedaba plenamente comprobada.

El momento crítico se presentó cuando traté de hacer recuperar la conciencia al desdoblado. Doce interminables horas transcurrieron sin que diera señales de vida. El pulso era imperceptible y su cuerpo permanecía rígido como un cadáver.

Yo sabía que en un caso como éste, si el operador pierde la serenidad, puede ocasionar la muerte del sujeto; así es que mi voluntad hacía supremos esfuerzos por sobreponerse al terror, obligando al durmiente a despertar. Sólo al día siguiente Campaña empezó a dar señales de vida, terminando por incorporarse en la cama en que lo habíamos acostado.

Despertó sonriente, en la creencia de que acababa de dormirse. Doce horas habían pasado desde su caída en trance, lapso hasta hoy inexistente para su conciencia. ¡Soy deudor, pues, del tiempo que le robé hace cuarenta años a mi viejo amigo Roberto!