El régimen parlamentario de entonces ponía en manos del
presidente del Senado todos los hilos de la Administración
Pública, y sin su voluntad no se movía un dedo en las gestiones
administrativas. Don Fernando Lazcano era una especie de presidente vitalicio
de la Alta Cámara; pero su mantenimiento en tan importante puesto, para
un próximo período, estaba amagado de un serio peligro: no
contaba con los votos de los demócratas que encabezaba don
Malaquías Concha, don Malaca, como cariñosamente le llamaban sus
correligionarios.
Don Fernando, que pertenecía a una familia de viejos abolengos,
había sido candidato a la presidencia de la República, y, como
viejo político, sabía desempeñarse, cuando las
circunstancias lo requerían, corno un hombre sencillo y jovial.
Mientras los senadores se dirigían a la mesa de once en el Senado,
oyó don Fernando que don Malaquías Concha invitaba a un redactor
político a una comilona el próximo sábado en el
Restaurante La Lora, situado en el barrio Quinta Normal, y le pidió que
a la salida de once preguntara a don Malaca: "¿Dónde nos juntamos el
sábado?" Así ocurrió; don Fernando, que ya tenía
preparada su "maquinita", se colocó estratégicamente
detrás de ellos y, aparentando la más completa inocencia. les
preguntó:
-¿Qué invitaciones son ésas?
Don Maraca le informó de esas once populares, y algo quejoso, don
Fernando agregó:
-¿Y no se acuerda de sus amigos?
- No son dignas de usted - le respondió don Malaca.
-¿Por qué? ¿Acaso no me agrada la amistad de la gente modesta? Don
Malaca le invitó, y sorpresa grande tuvieron esas gentes sencillas al
alternar con el presidente del Senado en la confianza de una fiesta campera
entre el "chacolo", las empanadas "caldúas" y el chancho arrollado. Don
Fernando se expandió con ellos contándoles chistes y cuentos
colorados. (En esos años existía un abismo entre la clase alta y
la media.)
Al servirse las empanadas, exclamó:
-¡Pero qué cosas comen ustedes! ¡Si estas empanadas son deliciosas! ¿De
dónde las sacan?
El dueño del restaurante le dijo con orgullo:
- Las hace mi señora.
Don Fernando se dirigió al patio que hacía de cocina y
encarándose con la hacendosa maritornes, le dio un abrazo de
felicitación por esas manos maravillosas que Dios le había dado.
Al obscurecerse, regresaba don Fernando en su coche en franca
camaradería con sus nuevos amigos.
Llegó el día de la elección de presidente del Senado, y el
voto de mayoría se lo dio don Malaca, su adversario político,
declarando que, como ellos no podían elegir presidente, debían
votar por quien les daba mayores garantías de independencia.
Don Fernando no se había comprado a don Malaca, como aseguraban los
políticos chasqueados; era algo más digno y más hondo: se
lo había ganado. ¡Y don Fernando no gozaba de la fama de ladino que
tenía don Malaca!
|