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Recuerdos del Instituto. La importancia de los sobrenombres. Un "carnero" me abrió las puertas de Zig-Zag

XXVI

En la época en que ingresé al Instituto Nacional, el año 1911, era rector el bondadoso y atildado don Juan Nepomuceno Espejo, conocido como "El Chonchón Espejo"; inspector general era don Enrique Rivera, temido por su estrictez y habilidad para sorprender a los fumadores precoces y capeadores de clases. La voz de alarma, ante su aparición; era: ¡Achi con "El Pingo"!
No se atribuya a falta de respeto el hecho de recordar los apodos con que bautizábamos a nuestros maestros. Los lectores de mi generación encontrarán en ellos evocativas resonancias de nuestra vida estudiantil. El apodo es como una dactiloscópica psíquica de los individuos y nos dice mucho más que el nombre verdadero. Esto lo pude comprobar en "Topaze" con los sobrenombres que les colgábamos a los políticos. El Presidente don Juan Esteban Montero fue llamado "Don One Step"; don Miguel Cruchaga se identificó como "Don Palomo", hasta el punto de que don Arturo Alessandri lo llamaba así en los Consejos de Gabinete; don Julio Bustamante, el intendente de Santiago, hasta el fin de sus días era llamado "Bustoamenta", y a don Pedro Aguirre Cerda, "Don Tinto".
Algunos de mis maestros alcanzaron más tarde una destacada actuación política: don Pedro Aguirre Cerda, don Domingo Amunátegui, don Ulises Vergara ("El Cacique"), Carlos Vicuña Fuentes ("El Narigueta") y Carlos Valdovinos ("La Yegua Valdovinos") son los nombres que primero han acudido a mi memoria.
La cátedra de física y química la desempeñaba "El Tubín Torres", caballero parecido a Napoleón III, que me expulsó de la clase por haberle sostenido que la inercia y la fuerza centrífuga eran una misma cosa. "El Piojo Mendoza", nuestro profesor de castellano, me hizo un positivo servicio al tronchar "mi carrera literaria" poniéndome un cero en una composición intitulada "La Operación del Doctor Matas".
- Está demasiado buena para ser original - me dijo por única explicación.
Al correr de los años, me topé con él en la calle y después de recordarle el incidente, le agradecí con sinceridad la injusta nota. Gracias a ella me dediqué al dibujo, carrera que me ha procurado algunas nobles satisfacciones y me ha permitido llegar a la madurez gozando de una relativa tranquilidad económica.
Entre mis condiscípulos del 4° año había alumnos sobresalientes, como: Fernando Alessandri R., candidato a la presidencia de la República y actual presidente del Senado; Héctor Orrego P. ("Titín") y Ramón Vicuña H., eminentes médicos; Hernán Figueroa, senador; Julio Pistelli, director de Impuestos Internos; Manuel Bianchi G., embajador en Londres; Fernando Aldunate E., presidente del Partido Conservador y senador; Julio Arriagada H., redactor de "El Mercurio"; Sergio Prieto N., alcalde de Viña del Mar; Desiderio García A., gerente de la CORFO; Guillermo Moore M., gerente general de ENDESA, etc., por no enumerar a todos los que más tarde se destacaron en la gran sala de clases de la vida. Mi amigo predilecto fue Hugo Donoso, cuyo trágico fin puso término a uno de los más preclaros valores intelectuales de mi generación.
Alumnos del curso inmediatamente superior decidieron fundar la revista que llevó el nombre de "Alma Joven". Su director fue Eduardo Moore Montero, más tarde destacado político liberal y elocuente orador. A instancias suyas entré a colaborar como caricaturista. La juvenil revista era editada por la Empresa Zig-Zag. No tardé en recibir, con la sorpresa consiguiente, un llamado de Mr. Phillips, director de esa empresa. Sin perder el tiempo, como todo buen americano, tomó un ejemplar de "Alma Joven" y me preguntó:
-¿Usted siendo autor de estos "caricaturos"? - y se detuvo ante la de un compañero a quien llamábamos "El Carnero Vial" y que yo había dibujado en forma de un caprino en actitud de embestir.
- Sí, señor - le respondí, un poco aturdido.
- ¿Gustaría trabajar para nuestra empresa?
Ese fue el paso decisivo en mi ya larga carrera de caricaturista.
A la semana siguiente estaba yo haciendo monos para "Corre Vuela", semanario que era dirigido por el simpático y chispeante "Guatón Popelaire". Muy pronto, éste me empezó a encargar páginas enteras, ilustraciones y hasta portadas en colores. Los estipendios no bajaban de $ 150 semanales, suma que en esos tiempos, y para un colegial, resultaba fabulosa.
No tardé en formar parte del alegre grupo de redactores y dibujantes de la empresa. Muchos de ellos eran parroquianos de un restaurante que había en Teatinos, a una cuadra de nuestras oficinas, pero que yo dejé de frecuentar cuando advertí su vecindad con la Morgue. Mientras en las vitrinas del restaurante se exhibían cabezas de chancho, perniles y arrollados, las del edificio vecino mostraban su macabra mercadería. Hay que reconocer que en materia de sanidad hemos progresado desde entonces.
Deseando compartir mi buena suerte con el más querido de mis compañeros, Hugo Donoso, que ya demostraba excepcionales condiciones de escritor, lo llevé a "Corre Vuela".
Nuestra carrera fue vertiginosa. Casi todas las tardes, después del colegio, nos dirigíamos a "nuestras oficinas" de Teatinos a preparar la edición próxima de la popular revista. Cuando la inquieta actualidad nos obligaba a trabajar antes de la terminación de las clases, aprovechábamos la hora de castellano, que nos hacía don Miguel Luis Amunátegui. Como el ilustre pedagogo era muy corto de vista, no veía que nuestros pupitres hacían las veces de mesas de redacción y dibujo del satírico semanario "Corre Vuela".

Coke en su taller, 3l año 1912