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Uno que ha sido marino, pero poco

XXV

1909 fue un año infausto para mí. Había llegado a la edad en que para continuar la tradición de la familia debía iniciar mi vida de marino. Fui matriculado en la Escuela Naval, establecimiento que me dejó triste recuerdo, pues era costumbre tratar con la mayor crueldad a los "motes", como se les llama a los cadetes nuevos.

El que debió llevar los galones de almirante no pasó de ser el cadete N° 169.

El primer día, un grandote me empujó sorpresivamente y con tal violencia, que me hizo rebotar la cabeza en la solera que rodeaba el patio. Cuando recuperé el conocimiento, me encontré en la enfermería con un brazo entablillado. En la cama vecina yacía un cadete de apellido Costabal, que había perdido la razón debido a la impresión recibida la noche anterior, al ser asaltado y dejado en la línea del tren después de haber sido despojado de su dinero y reloj. El maquinista había alcanzado a detener la locomotora cuando casi estaba encima de la víctima.
Para describir mi primera noche en la enfermería de la Escuela Naval, necesitaría de la pluma de un Edgar Poe. Varias veces, mi infortunado vecino, con los ojos desorbitados, arremetió en contra mía, tomándome en su de lirio por uno de sus asaltantes. Debido a que yo estaba entablillado, no podía defenderme, y a no mediar la intervención del enfermero, el loco habría terminado por estrangularme. Esta inconfortable situación terminó dos días después, cuando el enfermo fue trasladado a Santiago.
Una vez que me dieron de alta, empezaron para mí otras simpáticas experiencias.
- ¡Conque eres sobrino del "Chato Montt"! - exclamaba uno, y dándome un feroz "coscacho", me ordenaba que le pidiera "la espoleta" al cadete García.
- El cadete Aceituno me manda a pedirle "la espoleta" - le decía, perfectamente cuadrado, al cadete García.
-¡Media vuelta! - me ordenaba éste. Y en ese momento me lanzaba un violento puntapié en el traste. Entre "coscachos" y "espoletas", me dejaron la primera semana con la cabeza y el trasero como membrillo "corcho". Fue para mí un handicap muy pesado el ser sobrino del Director General de la Armada, pues debido a su excesiva estrictez era odiado por cadetes y oficiales.
Como nunca fui aficionado a los ejercicios, marchas y desfiles, logré hacerme incorporar a la banda en calidad de "pito", para así "capearles" a tan pesadas disciplinas. La banda tenía que tocar mientras los otros se mataban desfilando. Pero era en la calle donde venían mis peores padecimientos. Por ser el más pequeño de los músicos, el público callejero me tiraba cuchufletas al ver que, por llevar el paso de los grandes, no acertaba a soplar el agujero del pito.
Para colmo de desdichas, cuando vestí uniforme, mi padrino se puso más estricto que nunca. Era yo ahora uno de sus subordinados, y si no sacaba notas excelentes y no llegaba con la codiciada insignia de "lista de mérito", me reprendía severamente. Esta situación me obligó, por primera vez, a estudiar.
Pero no faltó un malvado que, al ver que todos los meses salía agraciado con la "lista de mérito", se dedicaba a desordenar cada mañana mis útiles de lavatorio. Un día la toalla aparecía botada en el piso, otro la escobilla de dientes dentro del lavabo.
Los castigos iban en aumento, acusado de reincidencia. Al tercer día el brigadier me puso nota pésima en orden y aseo, y tuve que soportar el duro plantón con rifle al hombro mientras, los otros dormían.
Cuando los castigos llegaron a ser insoportables, ya que hasta del alimento me empezaron a privar, resolví hablar con el oficial de guardia, el teniente Bari. Al comprender que no era posible que yo mismo, intencionalmente, botara todos los días mis útiles de lavatorio, ordenó formar a toda mi compañía y dar un paso al frente al autor del desaguisado.
Nadie se presentó como culpable y mi compañía quedó castigada hasta nueva orden. En la noche casi me mataron, llegando a meterme en la boca unos calcetines con tres días de marchas a Playa Ancha.
Decidí entonces suicidarme, lanzándome de la cofa del "No te Muevas", un velero de tamaño natural que servía para entrenarnos en la faena de velas y que estaba empotrado en el último patio. Después pensé que sería mejor quedar solamente medio muerto, y cambié el lanzamiento de la cofa por un estrellón contra una barra de fierro. Fue tan violento el golpe, que me quebré la nariz, lo cual me dejó desfigurado para toda la vida. Cuando papá fue a buscarme, no me reconoció. Pero yo triunfé, pues me sacaron de la Escuela, y después de varias y dolorosas operaciones, que me retuvieron durante las festividades del Centenario en cama, fui matriculado en el Instituto Nacional.