1909 fue un año infausto para mí. Había llegado a la edad
en que para continuar la tradición de la familia debía iniciar mi
vida de marino. Fui matriculado en la Escuela Naval, establecimiento que me
dejó triste recuerdo, pues era costumbre tratar con la mayor crueldad a
los "motes", como se les llama a los cadetes nuevos.
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El que debió llevar los galones de almirante no pasó de ser el
cadete N° 169.
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El primer día, un grandote me empujó sorpresivamente y con tal
violencia, que me hizo rebotar la cabeza en la solera que rodeaba el patio.
Cuando recuperé el conocimiento, me encontré en la
enfermería con un brazo entablillado. En la cama vecina yacía un
cadete de apellido Costabal, que había perdido la razón debido a
la impresión recibida la noche anterior, al ser asaltado y dejado en la
línea del tren después de haber sido despojado de su dinero y
reloj. El maquinista había alcanzado a detener la locomotora cuando casi
estaba encima de la víctima.
Para describir mi primera noche en la enfermería de la Escuela Naval,
necesitaría de la pluma de un Edgar Poe. Varias veces, mi infortunado
vecino, con los ojos desorbitados, arremetió en contra mía,
tomándome en su de lirio por uno de sus asaltantes. Debido a que yo
estaba entablillado, no podía defenderme, y a no mediar la
intervención del enfermero, el loco habría terminado por
estrangularme. Esta inconfortable situación terminó dos
días después, cuando el enfermo fue trasladado a Santiago.
Una vez que me dieron de alta, empezaron para mí otras simpáticas
experiencias.
- ¡Conque eres sobrino del "Chato Montt"! - exclamaba uno, y dándome un
feroz "coscacho", me ordenaba que le pidiera "la espoleta" al cadete
García.
- El cadete Aceituno me manda a pedirle "la espoleta" - le decía,
perfectamente cuadrado, al cadete García.
-¡Media vuelta! - me ordenaba éste. Y en ese momento me lanzaba un
violento puntapié en el traste. Entre "coscachos" y "espoletas", me
dejaron la primera semana con la cabeza y el trasero como membrillo "corcho".
Fue para mí un handicap muy pesado el ser sobrino del Director General
de la Armada, pues debido a su excesiva estrictez era odiado por cadetes y
oficiales.
Como nunca fui aficionado a los ejercicios, marchas y desfiles, logré
hacerme incorporar a la banda en calidad de "pito", para así "capearles"
a tan pesadas disciplinas. La banda tenía que tocar mientras los otros
se mataban desfilando. Pero era en la calle donde venían mis peores
padecimientos. Por ser el más pequeño de los músicos, el
público callejero me tiraba cuchufletas al ver que, por llevar el paso
de los grandes, no acertaba a soplar el agujero del pito.
Para colmo de desdichas, cuando vestí uniforme, mi padrino se puso
más estricto que nunca. Era yo ahora uno de sus subordinados, y si no
sacaba notas excelentes y no llegaba con la codiciada insignia de "lista de
mérito", me reprendía severamente. Esta situación me
obligó, por primera vez, a estudiar.
Pero no faltó un malvado que, al ver que todos los meses salía
agraciado con la "lista de mérito", se dedicaba a desordenar cada
mañana mis útiles de lavatorio. Un día la toalla
aparecía botada en el piso, otro la escobilla de dientes dentro del
lavabo.
Los castigos iban en aumento, acusado de reincidencia. Al tercer día el
brigadier me puso nota pésima en orden y aseo, y tuve que soportar el
duro plantón con rifle al hombro mientras, los otros dormían.
Cuando los castigos llegaron a ser insoportables, ya que hasta del alimento me
empezaron a privar, resolví hablar con el oficial de guardia, el
teniente Bari. Al comprender que no era posible que yo mismo, intencionalmente,
botara todos los días mis útiles de lavatorio, ordenó
formar a toda mi compañía y dar un paso al frente al autor del
desaguisado.
Nadie se presentó como culpable y mi compañía quedó
castigada hasta nueva orden. En la noche casi me mataron, llegando a meterme en
la boca unos calcetines con tres días de marchas a Playa Ancha.
Decidí entonces suicidarme, lanzándome de la cofa del "No te
Muevas", un velero de tamaño natural que servía para entrenarnos
en la faena de velas y que estaba empotrado en el último patio.
Después pensé que sería mejor quedar solamente medio
muerto, y cambié el lanzamiento de la cofa por un estrellón
contra una barra de fierro. Fue tan violento el golpe, que me quebré la
nariz, lo cual me dejó desfigurado para toda la vida. Cuando papá
fue a buscarme, no me reconoció. Pero yo triunfé, pues me sacaron
de la Escuela, y después de varias y dolorosas operaciones, que me
retuvieron durante las festividades del Centenario en cama, fui matriculado en
el Instituto Nacional.
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