Nuestra casa de la calle Catedral había tomado el aspecto de un
Conservatorio de Música. Cinco hermanas eran sobresalientes
discípulas del estricto maestro y profesor don Bindo Paoli. Nieves, la
mayor, tocaba el violín a la perfección desde los días de
Quilpué. También recibían lecciones de canto del recordado
maestro Luigi Steffano Giarda, y Alfredo estudiaba violonchelo con el
señor Hügel.
¿Tengo o no razón al decir que nuestra casa se había convertido
en un Conservatorio? Nos desayunábamos con ejercicios, escalas y
arpegios, trinos y solfeos, y nos dormíamos con Bach y Beethoven.
Mis hermanas se lucían en conciertos de beneficio en el Municipal, y la
familia Délano Frederick era considerada como una de las más
talentosas de Santiago. Había pianos parados en varios de los
saloncitos, y en el Salón Grande estaban los de cola y un armonio.
Mientras el resto de la familia cultivaba la música clásica, yo
me había hecho amigo del pianista del Teatro Zig-Zag, de la Plaza
Yungay. La sala era una especie de bodegón impregnado del desagradable
aroma que exhala el "pichí" de gato y donde las pulgas asaltaban a los
asistentes con avidez de políticos en busca de votos. Panchito, el
pianista, una vez obscurecida la sala para empezar la proyección de las
vistas, me cedía su asiento ante el desafinado piano, y yo seguía
con la interpretación musical de las películas. En seguida
Panchito abandonaba discretamente el teatro, y encaminaba sus pasos a alguna
filarmónica, en donde se ganaba sus "cortes" extras.
Debo advertir que yo no sabía una nota de piano y me batía a puro
oído, tratando de seguir el estilo del maestro Navarrete, pianista
español del Teatro Royal, de moda en aquella época. Como no
podía ejercitar mis atroces melodías en casa, por temor de
escandalizar a mis hermanas, ensayaba en el propio teatro después de
salir del colegio.
Había en mi repertorio románticas melodías para las
escenas de amor de la Bertini, alborotadas tocatas con que animaba las
continuas caídas de "Sánchez", y marchas marciales para el
noticiario en que Guillermo II revistaba sus tropas. Todo esto lo hacía
para entrar en el teatro sin pagar, porque ya mi afición al
séptimo arte era incontenible.
El público no exigía calidad en los acompañamientos
musicales de las vistas; pero era implacable en cuanto a persistencia y
sonoridad. Cuando el "maestro", ya fuera por rascarse o tomar aliento, dejaba
un instante de tocar, era acosado por una estrepitosa rechifla. Más de
una vez, al dejar el teclado para leer los interminables letreros intercalados
entre las escenas, sentí la ruda protesta desencadenada a mis espaldas.
Aterrorizado, entonces, arremetía con renovado ardor machacando las
desvencijadas teclas del piano de Panchito, amarillentas como la dentadura de
un fumador consuetudinario. Dijérase que el piano reemplazaba a los
diálogos del cine sonoro de nuestros días, porque las protestas
de hoy, cuando el sonido de la proyectora se descompone, son iguales a las de
entonces, cuando el pianista dejaba de tocar. Por supuesto que mi musical
familia no sospechaba que yo era el único músico profesional que
había entre sus miembros.
Una noche, a la hora de los postres, sonó la campanilla de la puerta de
calle. La sirvienta, después de abrir, llegó al comedor con el
siguiente recado:
- Un caballero que viene en coche, pregunta si está el "maestro" del
piano.
- Dígale al señor - ordenó mamá - que debe estar
equivocado, porque aquí no vive ningún "maestro" de piano.
Me levanté bastante azorado y expliqué a mi familia que era a
mí a quien buscaban. Abandoné tan precipitadamente el comedor,
que no tuve tiempo de observar la estupefacción de mis parientes. El
administrador del teatro, en persona, había venido a buscarme para que
lo sacara de un tremendo apuro. Panchito no aparecía y el público
estaba armando la más estruendosa algazara porque la función, sin
música, no podía empezar. Accedí ante las súplicas
del desesperado empresario y trepamos a la victoria, que nos condujo a todo
galope.
Dudo que algún "pianista" haya sido recibido con una ovación
más entusiasta al entrar en el palco escénico. Interminable me
pareció mi viaje por el pasillo central hasta el piano. Una vez sentado
en el piso, aguardé con ansiedad que la sala se obscureciera para
empezar mis incalificables interpretaciones. Pero, ¡horror de horrores! ¡El
programa anunciaba la infaltable "sinfonía por la orquesta"!
El violín y el clarinete me saludaron con el respeto que se debe al
maestro, y uno de ellos, pasándome un álbum de música, me
preguntó qué pieza deseaba tocar. Mientras tanto, el
público permanecía en recogido silencio, aprestándose para
escuchar la esperada sinfonía.
- Yo no toco por música - les expliqué a los integrantes del
trío, así es que síganme como mejor puedan.
La modulación de mi voz debe haber tenido la entonación con que
el héroe les gritó a sus soldados: "¡Los que sean valientes, que
me sigan!"
Mis torpes dedos "chapurrearon" un vals de moda. El violín y el
clarinete hicieron esfuerzos desesperados para acompañarme. Yo
traté de abreviar en lo posible esta sinfonía que posiblemente
hoy habría sido considerada como una obra maestra de música
moderna, dejándola más inconclusa de lo que Schubert dejó
la suya.
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