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Como Schubert yo también fui autor de una "Sinfonía Inconclusa"

XXIV

Nuestra casa de la calle Catedral había tomado el aspecto de un Conservatorio de Música. Cinco hermanas eran sobresalientes discípulas del estricto maestro y profesor don Bindo Paoli. Nieves, la mayor, tocaba el violín a la perfección desde los días de Quilpué. También recibían lecciones de canto del recordado maestro Luigi Steffano Giarda, y Alfredo estudiaba violonchelo con el señor Hügel.
¿Tengo o no razón al decir que nuestra casa se había convertido en un Conservatorio? Nos desayunábamos con ejercicios, escalas y arpegios, trinos y solfeos, y nos dormíamos con Bach y Beethoven.
Mis hermanas se lucían en conciertos de beneficio en el Municipal, y la familia Délano Frederick era considerada como una de las más talentosas de Santiago. Había pianos parados en varios de los saloncitos, y en el Salón Grande estaban los de cola y un armonio.
Mientras el resto de la familia cultivaba la música clásica, yo me había hecho amigo del pianista del Teatro Zig-Zag, de la Plaza Yungay. La sala era una especie de bodegón impregnado del desagradable aroma que exhala el "pichí" de gato y donde las pulgas asaltaban a los asistentes con avidez de políticos en busca de votos. Panchito, el pianista, una vez obscurecida la sala para empezar la proyección de las vistas, me cedía su asiento ante el desafinado piano, y yo seguía con la interpretación musical de las películas. En seguida Panchito abandonaba discretamente el teatro, y encaminaba sus pasos a alguna filarmónica, en donde se ganaba sus "cortes" extras.
Debo advertir que yo no sabía una nota de piano y me batía a puro oído, tratando de seguir el estilo del maestro Navarrete, pianista español del Teatro Royal, de moda en aquella época. Como no podía ejercitar mis atroces melodías en casa, por temor de escandalizar a mis hermanas, ensayaba en el propio teatro después de salir del colegio.
Había en mi repertorio románticas melodías para las escenas de amor de la Bertini, alborotadas tocatas con que animaba las continuas caídas de "Sánchez", y marchas marciales para el noticiario en que Guillermo II revistaba sus tropas. Todo esto lo hacía para entrar en el teatro sin pagar, porque ya mi afición al séptimo arte era incontenible.
El público no exigía calidad en los acompañamientos musicales de las vistas; pero era implacable en cuanto a persistencia y sonoridad. Cuando el "maestro", ya fuera por rascarse o tomar aliento, dejaba un instante de tocar, era acosado por una estrepitosa rechifla. Más de una vez, al dejar el teclado para leer los interminables letreros intercalados entre las escenas, sentí la ruda protesta desencadenada a mis espaldas. Aterrorizado, entonces, arremetía con renovado ardor machacando las desvencijadas teclas del piano de Panchito, amarillentas como la dentadura de un fumador consuetudinario. Dijérase que el piano reemplazaba a los diálogos del cine sonoro de nuestros días, porque las protestas de hoy, cuando el sonido de la proyectora se descompone, son iguales a las de entonces, cuando el pianista dejaba de tocar. Por supuesto que mi musical familia no sospechaba que yo era el único músico profesional que había entre sus miembros.
Una noche, a la hora de los postres, sonó la campanilla de la puerta de calle. La sirvienta, después de abrir, llegó al comedor con el siguiente recado:
- Un caballero que viene en coche, pregunta si está el "maestro" del piano.
- Dígale al señor - ordenó mamá - que debe estar equivocado, porque aquí no vive ningún "maestro" de piano.
Me levanté bastante azorado y expliqué a mi familia que era a mí a quien buscaban. Abandoné tan precipitadamente el comedor, que no tuve tiempo de observar la estupefacción de mis parientes. El administrador del teatro, en persona, había venido a buscarme para que lo sacara de un tremendo apuro. Panchito no aparecía y el público estaba armando la más estruendosa algazara porque la función, sin música, no podía empezar. Accedí ante las súplicas del desesperado empresario y trepamos a la victoria, que nos condujo a todo galope.
Dudo que algún "pianista" haya sido recibido con una ovación más entusiasta al entrar en el palco escénico. Interminable me pareció mi viaje por el pasillo central hasta el piano. Una vez sentado en el piso, aguardé con ansiedad que la sala se obscureciera para empezar mis incalificables interpretaciones. Pero, ¡horror de horrores! ¡El programa anunciaba la infaltable "sinfonía por la orquesta"!
El violín y el clarinete me saludaron con el respeto que se debe al maestro, y uno de ellos, pasándome un álbum de música, me preguntó qué pieza deseaba tocar. Mientras tanto, el público permanecía en recogido silencio, aprestándose para escuchar la esperada sinfonía.
- Yo no toco por música - les expliqué a los integrantes del trío, así es que síganme como mejor puedan.
La modulación de mi voz debe haber tenido la entonación con que el héroe les gritó a sus soldados: "¡Los que sean valientes, que me sigan!"
Mis torpes dedos "chapurrearon" un vals de moda. El violín y el clarinete hicieron esfuerzos desesperados para acompañarme. Yo traté de abreviar en lo posible esta sinfonía que posiblemente hoy habría sido considerada como una obra maestra de música moderna, dejándola más inconclusa de lo que Schubert dejó la suya.