Mi profesor de ciencias naturales, que también fue un caballero
alemán, era un sabio que el Gobierno de Chile contrató para que
ejerciera las cátedras de zoología, botánica,
física y química en los más importantes centros docentes
de Santiago. Don Román Bonn llegaba a hacernos sus clases en tenida de
etiqueta: levita irreprochablemente cortada, sombrero de pelo y bastón
con empuñadura de oro.
Al entrar en la sala, colocaba su "colero" de siete reflejos sobre la calavera
del esqueleto humano que servía para la clase de anatomía. Las
primeras veces, esta ocurrencia de nuestro profesor era muy celebrada; pero
después de repetirla durante varios años a nadie le llamaba la
atención, y si algún día hubiera dejado de practicarla,
temo que hasta el esqueleto se habría sentido defraudado.
Uno de los hijos del señor Bonn, a quien creo que su padre llamaba
"Buby", fue causante de un incidente que jamás podré olvidar.
Ocurrió en circunstancias que el profesor de francés - un gabacho
genuino - estaba enseñándonos el empleo del oú est?, o
sea, ¿dónde está? Con el objeto de hacernos practicar,
construía sentencias como éstas: ¿Dónde está
Rodríguez?, ¿Dónde está Carrasco?, etc., las que los
alumnos traducíamos Oú est Rodríguez? Oú est
Carrasco? No faltó un chusco ingenioso que, mirando al "Buby",
preguntara al profesor cómo se decía: ¿Dónde está
Bonn? Este, con toda ingenuidad, le respondió:
-¡Todavía no lo entiendes! Oú est Bonn?
Al escuchar los alumnos la resultante fonética de la chilenísima
e intraducible palabra (que yo más tarde tuve que substituir por
"huemul" en "Topaze" ), hizo explosión una estruendosa carcajada. El
francés, perplejo, castigó a todo el curso, pues no hubo
quién se atreviera a explicarle el motivo de tan súbita y general
risotada.
Muchos años después le conté esta anécdota a mi
inolvidable y talentoso amigo Jenaro Prieto, quien la supo aprovechar con mucho
ingenio y oportunidad en la época en que era Ministro de Hacienda don
Daniel Martner, que había perfeccionado sus conocimientos en la
Universidad de Bonn.
Prieto apostó a un amigo que en, su próximo artículo
trataría de h ... al Ministro de Hacienda, cuya gestión era
combatida con acritud por "El Diario Ilustrado", del cual Jenaro era redactor.
Al día siguiente, "P" (seudónimo de Prieto) intercaló en
su artículo la siguiente frase: Oú est Bonn, Martner? Así
el autor de "El Socio" ganó la comida que había apostado. Las
clases de don Román Bonn eran muy amenas, especialmente la de
zoología, en que se nos exigía coleccionar insectos, que
clavábamos con alfileres sobre corchos.
La vida de los insectos me fascinaba; pero un día tuve una agria
discusión con el sabio alemán: yo le sostenía que entre
las moscas y las abejas, prefería a las primeras.
- Las moscas - argüía yo - las encuentro, por individualistas e
independientes, semejantes a los chilenos. Las abejas, en cambio, por lo
metódicas y disciplinadas, son más parecidas a los alemanes.
En esos felices tiempos en que los "totalitarismos" no habían prosperado
en el mundo, mi audaz opinión fue mal interpretada por el sabio
profesor, el que ordenó aproximarme a su pupitre para decirme con tono
bastante golpeado:
- Muy mal hace usted en comparar a la inmunda mosca con sus compatriotas. ¿No
se ha fijado usted que estos dípteros de la familia de los
múscidos se deleitan posándose sobre los excrementos, que para
ellos resultan el más opíparo banquete? En cambio, las abejas
sólo se alimentan del néctar de las flores.
- Sobre gustos - le respondí- nada hay escrito, señor, y si las
moscas gustan de nuestros excrementos, nosotros gustamos de los vómitos
de las abejas, pues usted mismo nos ha enseñado que su miel no es
más que eso.
El señor Bonn, con gran dignidad, me indicó que saliera a cerrar
la puerta por fuera (forma que empleaba para expulsar de la clase a
algún alumno que hubiera cometido una falta grave). Muchos años
después, esta discusión me sirvió para escribir el
siguiente ensayo inspirado en las abejas:
Una abeja me dijo...
Cuando un caricaturista tiene frente a sus ojos un pliego de papel blanco y
ninguna idea en la cabeza, siente envidia por la suerte del escultor que, ante
el trozo de mármol, con sólo afirmar atinadamente el cincel y
golpearlo con el martillo, va haciendo surgir la escultura hasta dejarla
completamente en descubierto. También envidia al músico que
aguarda que la amplia sonrisa del piano le pida las notas que un Steinway o un
Blüthner le construyeron afinadas y listas para ser tocadas. ¡Qué
diferente al caso del caricaturista ante la hoja de papel inmaculado, la
representación de la nada misma, que espera el asalto del lápiz
para que brote, en dos horas más, una "graficación" de la
crepitante situación internacional, una síntesis de la lucha a
muerte entre el mundo libre y el otro, que es la caricatura exigida por el
Director! .
Recurro a un cigarrillo y me aferro con desesperación a una voluta de
humo que remeda un salvavidas. ¿Ha hecho usted la prueba de flotar en el
tiempo? Estoy en una piscina que es como la antesala del sueño. Hasta el
ruido de la calle empieza a fundirse en un acorde continuo, como el trepidar de
un avión. .. Pero no; el zumbido de hélices se ha transformado en
un batir de alas. Es una abeja. ¿Por qué se le habrá ocurrido
entrar en mi estudio, donde no hay flores? Bueno, el hecho es que la intrusa se
ha posado en mi lápiz; lo tomo y la observo de cerca. Sus alas vibran
produciendo un extraño ruido. Aproximo el lápiz a uno de mis
oídos y empiezo a percibir sonidos diferentes, articulados; pienso que
es la radio de algún vecino, mas con justa sorpresa empiezo a distinguir
palabras, frases. ¿No es esto prodigioso? Concentro mi atención y
escucho:
- Soy prófuga de mi enjambre y vengo a pedirte asilo. Vivo en un Estado
totalitario, donde millones de esclavas trabajamos, sin ningún
aliciente, para rendir servil homenaje a una reina inmisericorde y para
alimentar a millares de zánganos que sólo piensan en atiborrarse
de nuestra más perfumada miel. Cada uno de estos burócratas de
nuestro Estado aspira a ser algún día el amante de la despiadada
reina, con el oculto propósito de apropiarse del poder; pero los
infelices no sospechan que después del "vuelo nupcial", hasta el
más afortunado caerá de gran altura, muerto en forma
inexplicable. Periódicamente se les elimina por millares, mas ellos
desconocen el motivo de estas "purgas" en que los caídos en desgracia se
confiesan reos de abominables delitos en contra de los intereses de la colmena.
"Algunos - continúa diciendo la abeja - se refugian en celdillas
desocupadas, pero son sacados violentamente por la policía; porque has
de saber que en la colmena hay gran cantidad de policías con poderes
ilimitados. Otros, que logran huir a lejanos campos, son muertos a lancetazos.
Sin embargo, nosotras las esclavas, por cruel ironía llamadas "obreras",
envidiamos el trágico fin de los zánganos. Ellos gozaron de la
vida durante un tiempo: en cambio, nosotras apenas tenemos derecho a probar el
néctar que se nos obliga a acumular, después del ímprobo
trabajo que realizamos desde que el sol sale hasta que se oculta. Nuestra
única diversión consiste en contemplar la orgía de los
zánganos y en hacer reverencias a nuestra despótica reina; ¡y
pobre de la que proteste o no cumpla con la cuota de miel que se le tiene
asignada!
"Sabemos que muchos hombres nos admiran y son partidarios hasta de imitar
nuestra organización. ¿Cómo hacerles comprender que nuestra
alabada perfección no nos sirve de nada, que nunca hemos progresado y
que después de milenios dedicados a la misma tarea todavía no
abrigamos ni la más remota esperanza de llegar a gozar de mejor vida?
"Se asombran los observadores que consiguieron traspasar la "cortina de cera"
ante ciertos aspectos de nuestra labor. No pueden explicarse, por ejemplo,
aquel prodigioso instinto que, según ellos, nos mueve a construir
nuestras complicadas ciudades, resolviendo intrincados cálculos
matemáticos o elaborando la prodigiosa "papilla real", insuperable
combinación de vitaminas que ni el más experimentado de los
dietistas humanos podría obtener en sus modernos laboratorios... Es
necesario que ustedes sepan que no hay tal instinto. Ese es una palabra que
sirve para ocultar nuestro gran misterio y que ahora me he propuesto revelarte.
Nosotros, los llamados irracionales, a la inversa de los humanos que fueron
dotados por el Creador de un alma individual, somos infinidad de cuerpos al
servicio de una sola alma. Esta alma o "conciencia colectiva" es lo
suficientemente sabia para indicarnos la manera de resolver nuestros problemas
domésticos. El enorme progreso que ustedes han alcanzado se debe a la
competencia individual del alma de cada hombre, la cual es un motor que impulsa
al conjunto, vale decir a tu humanidad, a superar una nueva etapa de su
desarrollo. En cambio, nuestra "alma" o "conciencia colectiva", como quieras
denominarla, al carecer de incentivo para el progreso, ha decidido, por
despecho ante su propia inercia, entablar una lucha a muerte con las almas
individuales de ustedes. Advierte a tus congéneres que se apresten al
combate que empezó en el cielo y cuyos efectos son palpables en la
tierra. La punta de lanza de su aguijón ya se ha clavado en
países y continentes, y millones de hombres han perdido su
individualidad. ¡Da la voz de alarma antes de que sea demasiado tarde y el alma
colectiva devore a las almas libres!
"¡Pero escucha cómo se acercan mis perseguidores! La "conciencia
colectiva" es implacable, se defiende con tenacidad porque sabe que es una
lucha mortal. Ella cuenta con servidores incondicionales en todas partes, tiene
espías hasta en las flores, a quienes gratifica con cínico
celestinaje, obligándonos a ser portadoras de sus mensajes de amor: el
polen fecundante que clandestinamente vamos repartiendo de corola en corola.
. ¡Escucha!
El zumbido de miles de élitros denunciaba la presencia del enemigo. Me
precipité a cerrar la ventana; pero en lugar del enjambre de abejas,
pasó por el cielo una escuadrilla de bombarderos en perfecta
formación. El estridente zumbido de las abejas mecánicas me trajo
nuevamente al plano de la conciencia.
Parecía que, mi sueño había sido muy largo; sin embargo,
todavía danzaban en el aire algunas volutas del humo de mi cigarrillo.
La caricatura que el Director había pedido estaba concebida. El
lápiz empezó a deslizarse ágilmente sobre el papel. Una
enorme abeja atacando furiosamente al mundo comenzó a delinearse sobre
la inmaculada hoja de papel blanco.* * *
Después de gozar la satisfacción de que este artículo
fuera traducido a varios idiomas por la revista "América", que se edita
en Washington, he comprobado una vez más el aforismo optimista que dice:
"No hay mal que por bien no venga". La abeja del señor Bonn había
depositado su polen en mi cerebro. Y aunque la modesta flor de mi
producción había tardado más de cuarenta años en
abrir sus pétalos, su origen estuvo en aquella imprudente
interrupción y su correspondiente castigo.
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