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Un esqueleto con sombrero de pelo y de cómo Jenaro Prieto ganó una apuesta

XXIII

Mi profesor de ciencias naturales, que también fue un caballero alemán, era un sabio que el Gobierno de Chile contrató para que ejerciera las cátedras de zoología, botánica, física y química en los más importantes centros docentes de Santiago. Don Román Bonn llegaba a hacernos sus clases en tenida de etiqueta: levita irreprochablemente cortada, sombrero de pelo y bastón con empuñadura de oro.
Al entrar en la sala, colocaba su "colero" de siete reflejos sobre la calavera del esqueleto humano que servía para la clase de anatomía. Las primeras veces, esta ocurrencia de nuestro profesor era muy celebrada; pero después de repetirla durante varios años a nadie le llamaba la atención, y si algún día hubiera dejado de practicarla, temo que hasta el esqueleto se habría sentido defraudado.
Uno de los hijos del señor Bonn, a quien creo que su padre llamaba "Buby", fue causante de un incidente que jamás podré olvidar.
Ocurrió en circunstancias que el profesor de francés - un gabacho genuino - estaba enseñándonos el empleo del oú est?, o sea, ¿dónde está? Con el objeto de hacernos practicar, construía sentencias como éstas: ¿Dónde está Rodríguez?, ¿Dónde está Carrasco?, etc., las que los alumnos traducíamos Oú est Rodríguez? Oú est Carrasco? No faltó un chusco ingenioso que, mirando al "Buby", preguntara al profesor cómo se decía: ¿Dónde está Bonn? Este, con toda ingenuidad, le respondió:
-¡Todavía no lo entiendes! Oú est Bonn?
Al escuchar los alumnos la resultante fonética de la chilenísima e intraducible palabra (que yo más tarde tuve que substituir por "huemul" en "Topaze" ), hizo explosión una estruendosa carcajada. El francés, perplejo, castigó a todo el curso, pues no hubo quién se atreviera a explicarle el motivo de tan súbita y general risotada.
Muchos años después le conté esta anécdota a mi inolvidable y talentoso amigo Jenaro Prieto, quien la supo aprovechar con mucho ingenio y oportunidad en la época en que era Ministro de Hacienda don Daniel Martner, que había perfeccionado sus conocimientos en la Universidad de Bonn.
Prieto apostó a un amigo que en, su próximo artículo trataría de h ... al Ministro de Hacienda, cuya gestión era combatida con acritud por "El Diario Ilustrado", del cual Jenaro era redactor. Al día siguiente, "P" (seudónimo de Prieto) intercaló en su artículo la siguiente frase: Oú est Bonn, Martner? Así el autor de "El Socio" ganó la comida que había apostado. Las clases de don Román Bonn eran muy amenas, especialmente la de zoología, en que se nos exigía coleccionar insectos, que clavábamos con alfileres sobre corchos.
La vida de los insectos me fascinaba; pero un día tuve una agria discusión con el sabio alemán: yo le sostenía que entre las moscas y las abejas, prefería a las primeras.
- Las moscas - argüía yo - las encuentro, por individualistas e independientes, semejantes a los chilenos. Las abejas, en cambio, por lo metódicas y disciplinadas, son más parecidas a los alemanes.
En esos felices tiempos en que los "totalitarismos" no habían prosperado en el mundo, mi audaz opinión fue mal interpretada por el sabio profesor, el que ordenó aproximarme a su pupitre para decirme con tono bastante golpeado:

- Muy mal hace usted en comparar a la inmunda mosca con sus compatriotas. ¿No se ha fijado usted que estos dípteros de la familia de los múscidos se deleitan posándose sobre los excrementos, que para ellos resultan el más opíparo banquete? En cambio, las abejas sólo se alimentan del néctar de las flores.
- Sobre gustos - le respondí- nada hay escrito, señor, y si las moscas gustan de nuestros excrementos, nosotros gustamos de los vómitos de las abejas, pues usted mismo nos ha enseñado que su miel no es más que eso.
El señor Bonn, con gran dignidad, me indicó que saliera a cerrar la puerta por fuera (forma que empleaba para expulsar de la clase a algún alumno que hubiera cometido una falta grave). Muchos años después, esta discusión me sirvió para escribir el siguiente ensayo inspirado en las abejas:


Una abeja me dijo...


Cuando un caricaturista tiene frente a sus ojos un pliego de papel blanco y ninguna idea en la cabeza, siente envidia por la suerte del escultor que, ante el trozo de mármol, con sólo afirmar atinadamente el cincel y golpearlo con el martillo, va haciendo surgir la escultura hasta dejarla completamente en descubierto. También envidia al músico que aguarda que la amplia sonrisa del piano le pida las notas que un Steinway o un Blüthner le construyeron afinadas y listas para ser tocadas. ¡Qué diferente al caso del caricaturista ante la hoja de papel inmaculado, la representación de la nada misma, que espera el asalto del lápiz para que brote, en dos horas más, una "graficación" de la crepitante situación internacional, una síntesis de la lucha a muerte entre el mundo libre y el otro, que es la caricatura exigida por el Director! .
Recurro a un cigarrillo y me aferro con desesperación a una voluta de humo que remeda un salvavidas. ¿Ha hecho usted la prueba de flotar en el tiempo? Estoy en una piscina que es como la antesala del sueño. Hasta el ruido de la calle empieza a fundirse en un acorde continuo, como el trepidar de un avión. .. Pero no; el zumbido de hélices se ha transformado en un batir de alas. Es una abeja. ¿Por qué se le habrá ocurrido entrar en mi estudio, donde no hay flores? Bueno, el hecho es que la intrusa se ha posado en mi lápiz; lo tomo y la observo de cerca. Sus alas vibran produciendo un extraño ruido. Aproximo el lápiz a uno de mis oídos y empiezo a percibir sonidos diferentes, articulados; pienso que es la radio de algún vecino, mas con justa sorpresa empiezo a distinguir palabras, frases. ¿No es esto prodigioso? Concentro mi atención y escucho:
- Soy prófuga de mi enjambre y vengo a pedirte asilo. Vivo en un Estado totalitario, donde millones de esclavas trabajamos, sin ningún aliciente, para rendir servil homenaje a una reina inmisericorde y para alimentar a millares de zánganos que sólo piensan en atiborrarse de nuestra más perfumada miel. Cada uno de estos burócratas de nuestro Estado aspira a ser algún día el amante de la despiadada reina, con el oculto propósito de apropiarse del poder; pero los infelices no sospechan que después del "vuelo nupcial", hasta el más afortunado caerá de gran altura, muerto en forma inexplicable. Periódicamente se les elimina por millares, mas ellos desconocen el motivo de estas "purgas" en que los caídos en desgracia se confiesan reos de abominables delitos en contra de los intereses de la colmena.
"Algunos - continúa diciendo la abeja - se refugian en celdillas desocupadas, pero son sacados violentamente por la policía; porque has de saber que en la colmena hay gran cantidad de policías con poderes ilimitados. Otros, que logran huir a lejanos campos, son muertos a lancetazos. Sin embargo, nosotras las esclavas, por cruel ironía llamadas "obreras", envidiamos el trágico fin de los zánganos. Ellos gozaron de la vida durante un tiempo: en cambio, nosotras apenas tenemos derecho a probar el néctar que se nos obliga a acumular, después del ímprobo trabajo que realizamos desde que el sol sale hasta que se oculta. Nuestra única diversión consiste en contemplar la orgía de los zánganos y en hacer reverencias a nuestra despótica reina; ¡y pobre de la que proteste o no cumpla con la cuota de miel que se le tiene asignada!
"Sabemos que muchos hombres nos admiran y son partidarios hasta de imitar nuestra organización. ¿Cómo hacerles comprender que nuestra alabada perfección no nos sirve de nada, que nunca hemos progresado y que después de milenios dedicados a la misma tarea todavía no abrigamos ni la más remota esperanza de llegar a gozar de mejor vida?
"Se asombran los observadores que consiguieron traspasar la "cortina de cera" ante ciertos aspectos de nuestra labor. No pueden explicarse, por ejemplo, aquel prodigioso instinto que, según ellos, nos mueve a construir nuestras complicadas ciudades, resolviendo intrincados cálculos matemáticos o elaborando la prodigiosa "papilla real", insuperable combinación de vitaminas que ni el más experimentado de los dietistas humanos podría obtener en sus modernos laboratorios... Es necesario que ustedes sepan que no hay tal instinto. Ese es una palabra que sirve para ocultar nuestro gran misterio y que ahora me he propuesto revelarte. Nosotros, los llamados irracionales, a la inversa de los humanos que fueron dotados por el Creador de un alma individual, somos infinidad de cuerpos al servicio de una sola alma. Esta alma o "conciencia colectiva" es lo suficientemente sabia para indicarnos la manera de resolver nuestros problemas domésticos. El enorme progreso que ustedes han alcanzado se debe a la competencia individual del alma de cada hombre, la cual es un motor que impulsa al conjunto, vale decir a tu humanidad, a superar una nueva etapa de su desarrollo. En cambio, nuestra "alma" o "conciencia colectiva", como quieras denominarla, al carecer de incentivo para el progreso, ha decidido, por despecho ante su propia inercia, entablar una lucha a muerte con las almas individuales de ustedes. Advierte a tus congéneres que se apresten al combate que empezó en el cielo y cuyos efectos son palpables en la tierra. La punta de lanza de su aguijón ya se ha clavado en países y continentes, y millones de hombres han perdido su individualidad. ¡Da la voz de alarma antes de que sea demasiado tarde y el alma colectiva devore a las almas libres!
"¡Pero escucha cómo se acercan mis perseguidores! La "conciencia colectiva" es implacable, se defiende con tenacidad porque sabe que es una lucha mortal. Ella cuenta con servidores incondicionales en todas partes, tiene espías hasta en las flores, a quienes gratifica con cínico celestinaje, obligándonos a ser portadoras de sus mensajes de amor: el polen fecundante que clandestinamente vamos repartiendo de corola en corola. . ¡Escucha!
El zumbido de miles de élitros denunciaba la presencia del enemigo. Me precipité a cerrar la ventana; pero en lugar del enjambre de abejas, pasó por el cielo una escuadrilla de bombarderos en perfecta formación. El estridente zumbido de las abejas mecánicas me trajo nuevamente al plano de la conciencia.
Parecía que, mi sueño había sido muy largo; sin embargo, todavía danzaban en el aire algunas volutas del humo de mi cigarrillo.
La caricatura que el Director había pedido estaba concebida. El lápiz empezó a deslizarse ágilmente sobre el papel. Una enorme abeja atacando furiosamente al mundo comenzó a delinearse sobre la inmaculada hoja de papel blanco.* * *
Después de gozar la satisfacción de que este artículo fuera traducido a varios idiomas por la revista "América", que se edita en Washington, he comprobado una vez más el aforismo optimista que dice: "No hay mal que por bien no venga". La abeja del señor Bonn había depositado su polen en mi cerebro. Y aunque la modesta flor de mi producción había tardado más de cuarenta años en abrir sus pétalos, su origen estuvo en aquella imprudente interrupción y su correspondiente castigo.