Resolución 800 x 600



Alumno mediocre, profesores alemanes de dibujo me amargaron con sus huevos. Un "gallo" me aceitó y lo que las pastillas de conversación no me dijeron

XXI

Mientras mis hermanos mayores rendían brillantes exámenes, especialmente Alfredo, que en todos los ramos era promovido con tres coloradas, yo "pasaba" apenas, arrastrando un pesado lastre de bolas negras.
En dibujo tampoco obtenía el menor éxito. Los profesores de este ramo, que por rara casualidad siempre fueron alemanes, me provocaban, con sus pintorescas figuras, a caricaturarlos. Y tanto don Federico Thum como don Gaspar Moll, muchas veces me sorprendieron las caricaturas que yo les hacía en el bloc destinado a acuarelas hojas de acanto y desabridas láminas que carecían de interés para mi exaltado temperamento en cierne. Estos dibujos, que no figuraban en los programas pedagógicos, eran acreedores a hermosos "huevos", como llamábamos a los "ceros".
Para vengarme de las malas notas que me ponía don Gaspar Moll, ya publicaba en "El Peneca" unos cuentos alemanes ilustrados, en los cuales "Don Fedeguico" era nada menos que el propio Herr Moll.
Como los recreos, con su ensordecedor bullicio de pajarera, se me hacían insoportables, prefería quedarme durante ellos en la sala de clases. Jamás tuve interés por el juego del trompo, las bolitas, y ni siquiera jugué nunca al pillarse. A veces temo parecerme a ese estúpido personaje de la tira cómica "Don Fulgencio, el hombre que no tuvo infancia".
Menos mal que jamás me faltó un compañero que compartiese mi aversión a los juegos. Uno de ellos fue el malogrado poeta Domingo Gómez Rojas. Juntos empezamos a garrapatear nuestras primeras lucubraciones durante el lapso de los recreos; y en tanto nuestros bulliciosos compañeros jugaban a la "barra" o se disputaban una "Troya" con bolitas de piedra, Gómez Rojas tomaba sus primeros contactos con las musas y yo dibujaba monos que eran reproducidos en "El Peneca", ad honorem.
Desde un principio adopté el seudónimo de "Coke", aunque escrito "Coque", sugerido por mis hermanitos menores, que en su media lengua me llamaban así.
Don César Rossetti, que conserva todavía su "Almacén Santa Carolina" en Catedral esquina de García Reyes, al conocer mi afición por el dibujo me pidió que le pintara un enorme gallo sobre un tablero para anunciar las excelencias del aceite marca "Gallo", del que era importador.
El gallo fue colocado en la puerta del almacén, y yo pasaba cuantas veces podía frente a él para contemplar mi' monumental obra de arte. En pago, el buen don César me obsequió una lata con medio litro del exquisito producto.
Cerca del mostrador jugaba un muchachito de expresión inteligente, y también él quiso demostrarme su admiración regalándome un puñado de "pastillas de conversación". Tenían estas curiosas pastillas la apariencia de pequeñas placas de varios colores y en uno de sus costados cada una llevaba escrita una o dos palabras. Sus más entusiastas consumidores eran los enamorados. Él le regalaba a ella un paquete, conservando otro para sí. Una vez sentados en el escaño de algún paseo, se entretenían combinando y canjeándose las pastillas que les permitieran expresar, por intermedio de las "dulces" palabras que llevaban escritas, los sentimientos del corazón que sus labios eran incapaces de pronunciar. ¡Benditos tiempos que no conocían el celestinaje del cine y de los paseos en auto! Si aquellas pastillas, en lugar de decir palabras cursis, hubieran predicho el futuro, aquel niño de inteligente mirar hubiera leído en ellas: "Algún día serás Ministro de Estado y Embajador en París, pero tu mentalidad de comerciante minorista pondrá en peligro el negocio cuprífero de Chile"...
Un tarro de aceite y ese puñado de caramelos parlantes fueron el primer pago que recibí por mi trabajo de artista.

"Las Cavilaciones de un Patriota"

"Lo que nos preocupa es la manera cómo el Gobierno va a saldar el déficit" ... ¡Han transcurrido cuarenta y cuatro años y estamos en las mismas!

El segundo fue un flamante billete de a diez pesos que me pagó don Ricardo Salas Edwards, editor de "La Semana Política", por una caricatura en que el país aparecía representado por un roto "a pata pelada y con leva". ¡Cuánto papel de dibujo y cuánta tinta china compré con esos diez pesos que hasta ahora me duran! Ese dibujo fue el primer eslabón de la cadena perpetua de "monos" a que el destino me condenó.