Mientras mis hermanos mayores rendían brillantes exámenes,
especialmente Alfredo, que en todos los ramos era promovido con tres coloradas,
yo "pasaba" apenas, arrastrando un pesado lastre de bolas negras.
En dibujo tampoco obtenía el menor éxito. Los profesores de este
ramo, que por rara casualidad siempre fueron alemanes, me provocaban, con sus
pintorescas figuras, a caricaturarlos. Y tanto don Federico Thum como don
Gaspar Moll, muchas veces me sorprendieron las caricaturas que yo les
hacía en el bloc destinado a acuarelas hojas de acanto y desabridas
láminas que carecían de interés para mi exaltado
temperamento en cierne. Estos dibujos, que no figuraban en los programas
pedagógicos, eran acreedores a hermosos "huevos", como llamábamos
a los "ceros".
Para vengarme de las malas notas que me ponía don Gaspar Moll, ya
publicaba en "El Peneca" unos cuentos alemanes ilustrados, en los cuales "Don
Fedeguico" era nada menos que el propio Herr Moll.
Como los recreos, con su ensordecedor bullicio de pajarera, se me hacían
insoportables, prefería quedarme durante ellos en la sala de clases.
Jamás tuve interés por el juego del trompo, las bolitas, y ni
siquiera jugué nunca al pillarse. A veces temo parecerme a ese
estúpido personaje de la tira cómica "Don Fulgencio, el hombre
que no tuvo infancia".
Menos mal que jamás me faltó un compañero que compartiese
mi aversión a los juegos. Uno de ellos fue el malogrado poeta Domingo
Gómez Rojas. Juntos empezamos a garrapatear nuestras primeras
lucubraciones durante el lapso de los recreos; y en tanto nuestros bulliciosos
compañeros jugaban a la "barra" o se disputaban una "Troya" con bolitas
de piedra, Gómez Rojas tomaba sus primeros contactos con las musas y yo
dibujaba monos que eran reproducidos en "El Peneca", ad honorem.
Desde un principio adopté el seudónimo de "Coke", aunque escrito
"Coque", sugerido por mis hermanitos menores, que en su media lengua me
llamaban así.
Don César Rossetti, que conserva todavía su "Almacén Santa
Carolina" en Catedral esquina de García Reyes, al conocer mi
afición por el dibujo me pidió que le pintara un enorme gallo
sobre un tablero para anunciar las excelencias del aceite marca "Gallo", del
que era importador.
El gallo fue colocado en la puerta del almacén, y yo pasaba cuantas
veces podía frente a él para contemplar mi' monumental obra de
arte. En pago, el buen don César me obsequió una lata con medio
litro del exquisito producto.
Cerca del mostrador jugaba un muchachito de expresión inteligente, y
también él quiso demostrarme su admiración
regalándome un puñado de "pastillas de conversación".
Tenían estas curiosas pastillas la apariencia de pequeñas placas
de varios colores y en uno de sus costados cada una llevaba escrita una o dos
palabras. Sus más entusiastas consumidores eran los enamorados.
Él le regalaba a ella un paquete, conservando otro para sí. Una
vez sentados en el escaño de algún paseo, se entretenían
combinando y canjeándose las pastillas que les permitieran expresar, por
intermedio de las "dulces" palabras que llevaban escritas, los sentimientos del
corazón que sus labios eran incapaces de pronunciar. ¡Benditos tiempos
que no conocían el celestinaje del cine y de los paseos en auto! Si
aquellas pastillas, en lugar de decir palabras cursis, hubieran predicho el
futuro, aquel niño de inteligente mirar hubiera leído en ellas:
"Algún día serás Ministro de Estado y Embajador en
París, pero tu mentalidad de comerciante minorista pondrá en
peligro el negocio cuprífero de Chile"...
Un tarro de aceite y ese puñado de caramelos parlantes fueron el primer
pago que recibí por mi trabajo de artista.
"Las Cavilaciones de un Patriota"
|
|
"Lo que nos preocupa es la manera cómo el Gobierno va a saldar el
déficit" ... ¡Han transcurrido cuarenta y cuatro años y estamos
en las mismas!
|
El segundo fue un flamante billete de a diez pesos que me pagó don
Ricardo Salas Edwards, editor de "La Semana Política", por una
caricatura en que el país aparecía representado por un roto "a
pata pelada y con leva". ¡Cuánto papel de dibujo y cuánta tinta
china compré con esos diez pesos que hasta ahora me duran! Ese dibujo
fue el primer eslabón de la cadena perpetua de "monos" a que el destino
me condenó.
|