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Conjunción de Júpiter con la Luna y el trompetazo del Juicio Final

XX

Estaba mi papá en su fundo de Pelequén cuando, el 15 de agosto de 1946, leyó en "El Mercurio" un suelto publicado por el capitán de la Armada señor Middleton, informando que al día siguiente habría conjunción de Júpiter con la Luna, que estaba en máxima declinación Norte, y que probablemente se producirían fenómenos "seísmicos" alrededor de las 8 de la noche.
Sin pérdida de tiempo, papá llamó a su administrador, don Francisco Vivanco, y le ordenó avisar a peones e inquilinos que el día 16 todo el mundo debía salir de sus casas a las 71/a de la tarde, pues a las 8 se produciría un terremoto.
Don Francisco, que era viejo muy macuco, sonrió escépticamente; pero papá le mostró el suelto de "El Mercurio", diario que, según él, no podía equivocarse. A la hora indicada, toda la población de Pelequén estaba fuera de sus casas, en espera del sismo.
Minutos antes de las 8 empezó el terremoto con tal violencia, que nuestra vieja casa, a pesar de sus murallones gruesos, se desplomó instantáneamente.
¡Y así hay sabios que todavía insisten en negar la influencia de los astros sobre la corteza terrestre! En ese caso, el coqueteo de Júpiter con la Luna tuvo los más desastrosos efectos, especialmente en Valparaíso, en donde no hubo quién le diera crédito al pronóstico de Middleton, confirmando así el dicho de que "nadie es profeta en su tierra". Aseguraba papá que si no hubiera leído el acertado vaticinio, no habría tenido tiempo de abandonar la casa. Junto con él se salvaron todos los habitantes de esa comarca, que fue el epicentro de la catástrofe.
Dos días demoró papá en llegar a Santiago. Cómo los ferrocarriles se paralizaron, hizo el viaje de a caballo.
A mí, el remezón me pilló en cama, víctima de una bronquitis, la misma con que llegué al mundo, debida, según me aseguró muchos años después en Nueva York un famoso astrólogo norteamericano, a la nefasta influencia ejercida por Saturno sobre mis pulmones. Como se ve, la acción de los astros sobre la tierra y sus infelices pensionistas no puede ponerse en duda. El pueblo elector debería conocer las constelaciones que presidieron el nacimiento de los aspirantes a legisladores. Si esta sabia medida se hubiera tomado oportunamente, nos habríamos librado de la desatinada gestión de más de algún lunático o cretino:
Decía que el terremoto me pilló enfermo en cama. La familia estaba a esa hora en plena comida. Al primer remezón salieron todos corriendo. Solamente mi hermana Raquel se acordó de mí, A pesar de la alta fiebre que me consumía, me sacó en sus brazos a la calle Catedral y ahí nos sorprendió el segundo remezón. Todos vimos cómo el adoquinado formaba largas ondas que iban desplazándose hacia la Quinta Normal. La fuerte lluvia que acompañó al sismo me caló hasta los huesos, y aunque en aquella época estas dolencias no eran conocidas por el nombre genérico de "alergias", no morí de pulmonía fulminante.
La mayor parte de los vecinos que vivían en casas de altos acudieron con sus camas y petacas a la nuestra en busca de refugio. La galería del primer patio tomó el lúgubre aspecto de un hospital de sangre. Esa noche no cesó de temblar y una señora muy obesa y muy beata, a cada nuevo remezón, imploraba al cielo gritando:
-¡Misericordia, misericordia, aplaca, Señor, tu ira! ¡Tu justicia y tu rigor!
Mi mama Aurelia empezó también a hacerle coro con el mismo diapasón:
- ¡Misericordia, misericordia, aplaca, Señor, tus "tiras"!. . .
Al amanecer se produjo un remezón que por su violencia, hizo huir despavoridos a los refugiados de la galería.
La señora obesa, en su terror, hizo un esfuerzo tan violento para levantarse, que perdió por completo el control del sistema gastrointestinal, y a pesar del tumulto; se escuchó claramente un trompetazo que me hizo temer fuera el llamado al Juicio Final. Felizmente debió ser el anunciador del fin de la catástrofe, porque desde ese momento cesó de temblar y Santiago recuperó su calma.