Era natural que en una familia tan numerosa hubiera por lo menos dos ovejas
negras: Raquel y yo. A pesar de la diferencia de edad, que en la niñez
parece más acentuada, éramos los eternos bromistas y explotadores
de la ingenuidad de nuestros mayores. Mientras las otras hermanas se dedicaban
exclusivamente a perfeccionar su educación bajo la estricta tutela de
Mrs. Gibson, Raquel "pololeaba" con un joven vecino de quien sólo
recuerdo que usaba "tongo" café.
La estrictez de la época victoriana, prevaleciente en nuestra casa,
impedía a Raquel concertar citas con su apasionado admirador,
contentándose el pobre con "aplanar" la acera que circundaba el bien
guardado castillo habitado por su "prenda". (Es interesante observar las
transformaciones que ha sufrido esta romántica expresión desde
esos remotos días hasta hoy. Hace veinte años los enamorados
hablaban de su "chiquilla". Hoy la llaman "cabra". Ellas hablaban del "pololo".
Hoy, al referirse al pretendiente de turno, dicen: "Estoy saliendo con fulano".
Los galanes de antaño, al recordar los encantos físicos de sus
"adorados tormentos", exclamaban: "¡Qué gancho - tiene la fulanita!" Los
de hoy dicen: "¡Puchas que es buenona la fulanita!" Las palabras y los giros
van, como se anota en este caso, acomodándose a las costumbres y a la
moral de cada época.) Pero el amor, que es y ha sido siempre audaz,
indujo a Raquel a escribir a su galán, advirtiéndole que esa
tarde, mientras papás y hermanas mayores se pasearan en la Plaza de
Armas, ella y yo, disfrazados con sus vestidos, iríamos a la
democrática Plaza Yungay. El plan se llevó a cabo sin
inconvenientes. Salimos con los disfraces convenidos a la hora en que el
"encendedor de faroles" corría con su caña, Catedral abajo, en
cumplimiento de su luminoso deber. Pero un vecino con alma de soplón, al
vernos salir en fachas tan sospechosas, espió nuestros pasos, y al
día siguiente los detalles del complot le fueron transmitidos a mi
madre. El escándalo tomó proporciones mayúsculas. Raquel
fue severamente castigada y se la amenazó con mandarla interna a las
monjas. El joven del gongo" café tuvo que abstenerse de volver a pasear
frente a la casa, porque mi papá había prometido "cascarle" donde
lo encontrara. Yo fui el mejor librado, pues aparecí como víctima
inocente, y sólo se me hizo prometer que no volvería a vestirme
de mujer.
La fértil imaginación de Raquel ideó una ingeniosa treta
para vengarse del vecino delator. A los pocos días escribió un
anónimo que deslizó por debajo de nuestra propia mampara y en que
le decía a mamá que ya era tiempo de que dejara de usar esa
"churrasca" que se ponía en la cabeza, en lugar de sombrero, cuando
sacaba a sus "chiquillas" a "pescar" novios.
El anónimo causó el efecto de una bomba; pero lo que
provocó mayor indignación fue lo de la "churrasca". Cuando la
tensión hubo llegado a su grado máximo y ya se empezaba a culpar
a todos los vecinos del infame anónimo, Raquel dio con la pista,
achacándoselo al viejo solterón que nos había delatado.
- Yo no había querido decir que desde hace tiempo ese vejestorio me hace
la corte - contó, y todo lo ha hecho por despecho.
Papá, que era uno de los discípulos más aventajados de
Monsieur Jaquier, famoso boxeador francés, le buscó camorra al
supuesto autor del anónimo y le "cascó" en plena calle.
El baúl con juguetes que llegaba de Hamburgo.
Todos los años nos llegaba de Alemania un baúl con regalos de
Pascua enviado por la tía Ana María, hermana de papá y
casada con un caballero de apellido Neubaur. Ese año debía
traerme una nueva decepción. Entre los regalos venía una linda
caja de acuarelas destinada a Guayito, quien nunca tuvo la menor afición
a la pintura; en cambio, a mí me llegó una rueda, que al ser
empujada hacía sonar una campanilla: tin-tín, tin-fin. ¡Y yo que
soñaba con tener una caja de pinturas!
La tal rueda me pareció una gratuita ofensa y se la obsequié al
hijo de Pedro Valdivia, el zapatero vecino.Mi sueño de poseer una caja
de pinturas se realizó más tarde, cuando me tocó ir a
pagar la cuenta mensual del almacén de Veruggio. Cada mes, uno de los
hermanos gozaba del derecho de pagar dicha cuenta y de recibir la 'Tapa", a
elección, concedida por el italiano al portador del suculento cheque.
Por fin me llegó el turno de ir a cancelar la "libreta", y don Giuseppe
Veruggio me hizo entrega de la codiciada caja de acuarelas, a la que yo, tanto
tiempo, le tenía echado el ojo.
* * *
A fines del año siguiente llegó el consabido baúl de
Alemania con su carga de regalos. De acuerdo con mi plan, Raquel
escribió una tarjeta en que, con caligrafía imitada de una carta
de la tía Ana María, decía:
Querida Emmita:En el fondo del baúl va un sobre que contiene $ 10.000,
para que usted le dé, a nuestro nombre, $1.000 a cada uno de los
niños.
Apenas el baúl fue abierto yo deslicé, con disimulo, la
apócrifa tarjeta. Mamá la leyó en voz alta y una verdadera
locura se apoderó de todos. (Hay que tomar en cuenta que $ 1.000 de
aquellos tiempos, en que no se conocía la "Economía Dirigida",
eran equivalentes a unos $ 200.000, o más, de los de hoy.) Nadie se
interesó por los regalos y sólo desearon vaciar cuanto antes el
baúl para encontrar los billetes anunciados. Mientras la codicia
mantenía enceguecida a la familia, Raquel y yo nos adjudicamos los
regalos que preferíamos, cambiando las tarjetitas con los nombres a
quienes venían dirigidos.
Como es de suponer, el apetitoso sobre con billetes, no apareció, y con
horror oí decir a papá que iba a despachar un cable a Hamburgo,
haciendo saber a su hermana el extravío del dinero. A esa altura de los
acontecimientos me vi obligado a capitular y declararme autor de la broma, lo
que me costó otra feroz paliza y el encierro en el terrorífico
"cuarto del vino".
Zancudos a prueba de fuego.
Otra broma, aunque no tan pesada, le jugué a mi santa madre,
pintándole zancudos en la muralla de su dormitorio. Había yo
observado que todas las noches, trepada en una silla, ella procedía a
exterminar, armada de una vela, los zancudos que esperaban la obscuridad para
lanzarse "en picada" sobre sus víctimas. No dejó mamá de
manifestar su extrañeza al comprobar que éstos eran inmunes al
fuego al permanecer inmóviles ante la llama de la vela. Cuando
descubrió que eran pintados, exclamó, sin saber si reír o
enojarse:
-¡Esta tiene que ser broma del "borrico" de Jorge!
Para tranquilidad de mis posaderas, la broma fue celebrada por todos, y
papá, trepándose a una silla, dijo:
- No se puede negar que el muy badulaque los ha pintado a la perfección.
Una señorita con largo y sedoso bozo.
Las primeras víctimas de mi lápiz fueron, por supuesto, "mis
parientes más cercanos. Después continué con las visitas.
Nuestra casa era frecuentada por una señorita destinada ya para vestir
santos y cuyo labio superior lucía un bozo capaz de despertar la envidia
de más de algún jovenzuelo en edad de merecer.
Un día en que la bigotuda señorita llegó a visitarnos,
tuve la mala ocurrencia de hacerle una caricatura luciendo unos mostachos tan
insolentes como los de don Malaquías Concha. Orgulloso de mi obra, se la
hice ver, creyendo que iba a ser muy celebrada. El mono cayó peor que la
edición 285 de "Topaze" a don Arturo Alessandri. También fue
incinerado y yo condenado a no volver a entrar en el salón cuando
hubiera visitas.
Las zapatillas rojas.
"La Nina" era la esposa de "El Nino", el mismo a quien envié la
alcancía en forma de conejo y a la sazón Ministro de
Instrucción Pública. No hallando dónde meter unas
ridículas zapatillas de terciopelo rojo obsequiadas a su marido por la
directora de un liceo de niñas, resolvió tirarlas a la basura. Al
observar yo que las absurdas zapatillas lucían un monograma bordado con
mostacillas multicolores con iniciales que coincidían con las de Guayo,
pedí a "La Nina" que me las regalara para dárselas a mi hermano
en el día de su cumpleaños.
Guayo estaba perdidamente enamorado de María, una preciosa chiquilla que
había conocido en San Bernardo y unánimemente considerada como la
chica más bonita de su tiempo, al punto de que vendían tarjetas
postales con su retrato.
Sin pensar en las consecuencias que podría reportarme, decidí
hacer llegar a Guayo el par de zapatillas como si fuera un regalo de
María.
En connivencia con Pedro Castro, el mozo de la casa, y mientras
almorzábamos, sonó el timbre de la puerta de calle. Pedro
entró poco después portando un primoroso paquete hecho con papel
de seda y atado con cintas rosadas.
- Este paquete trajeron para don Guayito - dijo Pedro.Guayo lo tomó
nerviosamente, y al leer la tarjeta que pendía de la cinta, su faz se
tornó granate, haciendo aparecer sus ojos todavía más
azules. -¿De quién es? - le preguntó mamá,
- De un amigo - respondió secamente Guayo.Pero la curiosidad de las
hermanas obligó al reservado galán a abrir el paquete.
¡Ahí estaban las zapatillas rojas en todo el esplendor de su
cursilería! La tarjeta fue leída en voz alta por Raquel:
Junto con sus mejores deseos, en el día de tu cumpleaños, te
envía este recuerdo hecho por sus propias manos tu
MARIA.
-¡Y ya lo trata de tú! - exclamó Nieves, la mayor de mis hermanas.
- Vas demasiado ligero, hijo - le dijo paternalmente papá. Eres
todavía un niño. E invirtiéndolo, agregó uno de sus
dichos en inglés:
Keep your powder wet
! (Guarda tu pólvora húmeda).
Ester, la tercera, al criticar el
mal gusto con que habían sido confeccionadas las zapatillas,
exclamó:
-¡Qué siútica debe ser!
Emma, la segunda, dijo:
-
La intención es lo que vale,Y Berta, la quinta, hizo notar el prolijo
bordado del monograma. Alfredo, el mayor de los hombres, las encontró
poco prácticas.

Yo fui el único que las alabé con hipócrita entusiasmo y
con la mayor seriedad:
- ¡Están preciosas, y debes ir ahora mismo a darle las gracias a
María! Guayo cambió alternativamente del rojo al blanco, como el
metal que está a punto de fundirse. Después de almuerzo se
encerró en su cuarto para contemplar con tranquilidad el regalo que con
tanto amor le había confeccionado su bella María. Yo lo imaginaba
leyendo una y cien veces la tarjeta y besando las zapatillas. En la tarde
salió muy emperifollado, decidido a darle las gracias a la remitente del
regalo.
Nunca se supo, y jamás se sabría lo que ésta le dijo en la
entrevista; pero fácil fue imaginarlo por el mal talante que el amargado
galán demostró a su regreso. Pedro Castro, no deseando
malquistarse con el regalón de la familia, le declaró el origen
del paquete.
Apenas Guayo supo la verdad, con terrible expresión, fijándome
sus ojos azules, esta tez acerados como puñales, me dijo
- Cara te va a costar esta broma, porque te voy a matar.
Por precaución me atrincheré en mi "estudio", atrancando la
entrada con maletas y muebles viejos. Muy pronto mi enfurecido hermano
empezó a dar golpes en la puerta con intención de derribarla. A
mis gritos de auxilio acudieron varios miembros de la familia y servidumbre,
los que lograron, no sin violencia, reprimirlo y alejarlo de mi escondrijo.
Durante el pugilato se le cayó al suelo un revólver. Lo
había sacado del ropero de papá y estaba cargado con cinco balas.
Para los que conocen a Guayo, este episodio debe parecerles increíble.
Sus ojos claros reflejan ahora, nítidamente, la inmensa bondad de su
alma, y nadie podría creer que en un momento de ofuscación estuvo
a punto de trocarse de Abel en Caín.
Besos con aprobación paternal y eclesiástica.
Todas las noches, como a las 8, mama Aurelia me buscaba para acostarme; pero
cierta vez, y sin intención aviesa de mi parte, tuve la desgraciada
ocurrencia de esconderme tras el sofá del "costurero", saloncito al que
no sé por qué se le daba. ese nombre, equivalente al living de
nuestros días.
De pronto mi hermana Raquel y su novio, Arturo, entraron en el aposento y,
después de encender la lámpara a gas, se sentaron en el
sofá, tras el que yo me había ocultado; y al poco rato, él
empezó a besarla con tal entusiasmo, que no me veía cuando yo
asomaba la cabeza por detrás del mueble.
El acto me pareció muy grave, porque, al preguntarle un día a
mamá qué quería decir fornicar, me explicó que
ése era un pecado mortal del cual mejor era no hablar. Ante mi
insistencia por conocer más detalles sobre el sexto mandamiento, y
después de muchos titubeos, me dijo que cuando un hombre y una mujer se
besaban, estaban fornicando.
Convencido de que mi hermana se iba a condenar, empujé con fuerza el
sofá en los momentos en que con más entusiasmo se besaban,
haciendo rodar a los enamorados por el suelo.
¡Aquí estoy yo! - atiné a gritar.
Es de imaginarse la expresión de estupor con que los novios me miraron.
Arturo me dio un tremendo "coscacho" junto con decirme:
-¡Toma, chiquillo de mierda!. . .
Y Raquel me amenazó con acusarme.
-¡Soy yo quien los va a acusar de que estaban fornicando! - les grité,
furioso.
Posteriormente supe que tenían permiso de papá y mamá y
del señor Fresno, director espiritual de la familia, para besarse. Pocos
días después se casaron, y, como los príncipes y las
princesas de los cuentos, tuvieron muchos hijos y fueron muy felices.
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