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Dos ovejas negras y bromas surtidas

XIX

Era natural que en una familia tan numerosa hubiera por lo menos dos ovejas negras: Raquel y yo. A pesar de la diferencia de edad, que en la niñez parece más acentuada, éramos los eternos bromistas y explotadores de la ingenuidad de nuestros mayores. Mientras las otras hermanas se dedicaban exclusivamente a perfeccionar su educación bajo la estricta tutela de Mrs. Gibson, Raquel "pololeaba" con un joven vecino de quien sólo recuerdo que usaba "tongo" café.
La estrictez de la época victoriana, prevaleciente en nuestra casa, impedía a Raquel concertar citas con su apasionado admirador, contentándose el pobre con "aplanar" la acera que circundaba el bien guardado castillo habitado por su "prenda". (Es interesante observar las transformaciones que ha sufrido esta romántica expresión desde esos remotos días hasta hoy. Hace veinte años los enamorados hablaban de su "chiquilla". Hoy la llaman "cabra". Ellas hablaban del "pololo". Hoy, al referirse al pretendiente de turno, dicen: "Estoy saliendo con fulano". Los galanes de antaño, al recordar los encantos físicos de sus "adorados tormentos", exclamaban: "¡Qué gancho - tiene la fulanita!" Los de hoy dicen: "¡Puchas que es buenona la fulanita!" Las palabras y los giros van, como se anota en este caso, acomodándose a las costumbres y a la moral de cada época.) Pero el amor, que es y ha sido siempre audaz, indujo a Raquel a escribir a su galán, advirtiéndole que esa tarde, mientras papás y hermanas mayores se pasearan en la Plaza de Armas, ella y yo, disfrazados con sus vestidos, iríamos a la democrática Plaza Yungay. El plan se llevó a cabo sin inconvenientes. Salimos con los disfraces convenidos a la hora en que el "encendedor de faroles" corría con su caña, Catedral abajo, en cumplimiento de su luminoso deber. Pero un vecino con alma de soplón, al vernos salir en fachas tan sospechosas, espió nuestros pasos, y al día siguiente los detalles del complot le fueron transmitidos a mi madre. El escándalo tomó proporciones mayúsculas. Raquel fue severamente castigada y se la amenazó con mandarla interna a las monjas. El joven del gongo" café tuvo que abstenerse de volver a pasear frente a la casa, porque mi papá había prometido "cascarle" donde lo encontrara. Yo fui el mejor librado, pues aparecí como víctima inocente, y sólo se me hizo prometer que no volvería a vestirme de mujer.
La fértil imaginación de Raquel ideó una ingeniosa treta para vengarse del vecino delator. A los pocos días escribió un anónimo que deslizó por debajo de nuestra propia mampara y en que le decía a mamá que ya era tiempo de que dejara de usar esa "churrasca" que se ponía en la cabeza, en lugar de sombrero, cuando sacaba a sus "chiquillas" a "pescar" novios.
El anónimo causó el efecto de una bomba; pero lo que provocó mayor indignación fue lo de la "churrasca". Cuando la tensión hubo llegado a su grado máximo y ya se empezaba a culpar a todos los vecinos del infame anónimo, Raquel dio con la pista, achacándoselo al viejo solterón que nos había delatado.
- Yo no había querido decir que desde hace tiempo ese vejestorio me hace la corte - contó, y todo lo ha hecho por despecho.
Papá, que era uno de los discípulos más aventajados de Monsieur Jaquier, famoso boxeador francés, le buscó camorra al supuesto autor del anónimo y le "cascó" en plena calle.

El baúl con juguetes que llegaba de Hamburgo.
Todos los años nos llegaba de Alemania un baúl con regalos de Pascua enviado por la tía Ana María, hermana de papá y casada con un caballero de apellido Neubaur. Ese año debía traerme una nueva decepción. Entre los regalos venía una linda caja de acuarelas destinada a Guayito, quien nunca tuvo la menor afición a la pintura; en cambio, a mí me llegó una rueda, que al ser empujada hacía sonar una campanilla: tin-tín, tin-fin. ¡Y yo que soñaba con tener una caja de pinturas!
La tal rueda me pareció una gratuita ofensa y se la obsequié al hijo de Pedro Valdivia, el zapatero vecino.Mi sueño de poseer una caja de pinturas se realizó más tarde, cuando me tocó ir a pagar la cuenta mensual del almacén de Veruggio. Cada mes, uno de los hermanos gozaba del derecho de pagar dicha cuenta y de recibir la 'Tapa", a elección, concedida por el italiano al portador del suculento cheque. Por fin me llegó el turno de ir a cancelar la "libreta", y don Giuseppe Veruggio me hizo entrega de la codiciada caja de acuarelas, a la que yo, tanto tiempo, le tenía echado el ojo.

* * *

A fines del año siguiente llegó el consabido baúl de Alemania con su carga de regalos. De acuerdo con mi plan, Raquel escribió una tarjeta en que, con caligrafía imitada de una carta de la tía Ana María, decía: Querida Emmita:En el fondo del baúl va un sobre que contiene $ 10.000, para que usted le dé, a nuestro nombre, $1.000 a cada uno de los niños.

Apenas el baúl fue abierto yo deslicé, con disimulo, la apócrifa tarjeta. Mamá la leyó en voz alta y una verdadera locura se apoderó de todos. (Hay que tomar en cuenta que $ 1.000 de aquellos tiempos, en que no se conocía la "Economía Dirigida", eran equivalentes a unos $ 200.000, o más, de los de hoy.) Nadie se interesó por los regalos y sólo desearon vaciar cuanto antes el baúl para encontrar los billetes anunciados. Mientras la codicia mantenía enceguecida a la familia, Raquel y yo nos adjudicamos los regalos que preferíamos, cambiando las tarjetitas con los nombres a quienes venían dirigidos.
Como es de suponer, el apetitoso sobre con billetes, no apareció, y con horror oí decir a papá que iba a despachar un cable a Hamburgo, haciendo saber a su hermana el extravío del dinero. A esa altura de los acontecimientos me vi obligado a capitular y declararme autor de la broma, lo que me costó otra feroz paliza y el encierro en el terrorífico "cuarto del vino".

Zancudos a prueba de fuego.
Otra broma, aunque no tan pesada, le jugué a mi santa madre, pintándole zancudos en la muralla de su dormitorio. Había yo observado que todas las noches, trepada en una silla, ella procedía a exterminar, armada de una vela, los zancudos que esperaban la obscuridad para lanzarse "en picada" sobre sus víctimas. No dejó mamá de manifestar su extrañeza al comprobar que éstos eran inmunes al fuego al permanecer inmóviles ante la llama de la vela. Cuando descubrió que eran pintados, exclamó, sin saber si reír o enojarse:
-¡Esta tiene que ser broma del "borrico" de Jorge!
Para tranquilidad de mis posaderas, la broma fue celebrada por todos, y papá, trepándose a una silla, dijo:
- No se puede negar que el muy badulaque los ha pintado a la perfección.

Una señorita con largo y sedoso bozo.
Las primeras víctimas de mi lápiz fueron, por supuesto, "mis parientes más cercanos. Después continué con las visitas. Nuestra casa era frecuentada por una señorita destinada ya para vestir santos y cuyo labio superior lucía un bozo capaz de despertar la envidia de más de algún jovenzuelo en edad de merecer.
Un día en que la bigotuda señorita llegó a visitarnos, tuve la mala ocurrencia de hacerle una caricatura luciendo unos mostachos tan insolentes como los de don Malaquías Concha. Orgulloso de mi obra, se la hice ver, creyendo que iba a ser muy celebrada. El mono cayó peor que la edición 285 de "Topaze" a don Arturo Alessandri. También fue incinerado y yo condenado a no volver a entrar en el salón cuando hubiera visitas.

Las zapatillas rojas.
"La Nina" era la esposa de "El Nino", el mismo a quien envié la alcancía en forma de conejo y a la sazón Ministro de Instrucción Pública. No hallando dónde meter unas ridículas zapatillas de terciopelo rojo obsequiadas a su marido por la directora de un liceo de niñas, resolvió tirarlas a la basura. Al observar yo que las absurdas zapatillas lucían un monograma bordado con mostacillas multicolores con iniciales que coincidían con las de Guayo, pedí a "La Nina" que me las regalara para dárselas a mi hermano en el día de su cumpleaños.
Guayo estaba perdidamente enamorado de María, una preciosa chiquilla que había conocido en San Bernardo y unánimemente considerada como la chica más bonita de su tiempo, al punto de que vendían tarjetas postales con su retrato.
Sin pensar en las consecuencias que podría reportarme, decidí hacer llegar a Guayo el par de zapatillas como si fuera un regalo de María.
En connivencia con Pedro Castro, el mozo de la casa, y mientras almorzábamos, sonó el timbre de la puerta de calle. Pedro entró poco después portando un primoroso paquete hecho con papel de seda y atado con cintas rosadas.
- Este paquete trajeron para don Guayito - dijo Pedro.Guayo lo tomó nerviosamente, y al leer la tarjeta que pendía de la cinta, su faz se tornó granate, haciendo aparecer sus ojos todavía más azules. -¿De quién es? - le preguntó mamá,
- De un amigo - respondió secamente Guayo.Pero la curiosidad de las hermanas obligó al reservado galán a abrir el paquete. ¡Ahí estaban las zapatillas rojas en todo el esplendor de su cursilería! La tarjeta fue leída en voz alta por Raquel:

Junto con sus mejores deseos, en el día de tu cumpleaños, te envía este recuerdo hecho por sus propias manos tu

MARIA.

-¡Y ya lo trata de tú! - exclamó Nieves, la mayor de mis hermanas.
- Vas demasiado ligero, hijo - le dijo paternalmente papá. Eres todavía un niño. E invirtiéndolo, agregó uno de sus dichos en inglés: Keep your powder wet ! (Guarda tu pólvora húmeda).
Ester, la tercera, al criticar el mal gusto con que habían sido confeccionadas las zapatillas, exclamó:
-¡Qué siútica debe ser!
Emma, la segunda, dijo:
- La intención es lo que vale,Y Berta, la quinta, hizo notar el prolijo bordado del monograma. Alfredo, el mayor de los hombres, las encontró poco prácticas.
Yo fui el único que las alabé con hipócrita entusiasmo y con la mayor seriedad:
- ¡Están preciosas, y debes ir ahora mismo a darle las gracias a María! Guayo cambió alternativamente del rojo al blanco, como el metal que está a punto de fundirse. Después de almuerzo se encerró en su cuarto para contemplar con tranquilidad el regalo que con tanto amor le había confeccionado su bella María. Yo lo imaginaba leyendo una y cien veces la tarjeta y besando las zapatillas. En la tarde salió muy emperifollado, decidido a darle las gracias a la remitente del regalo.
Nunca se supo, y jamás se sabría lo que ésta le dijo en la entrevista; pero fácil fue imaginarlo por el mal talante que el amargado galán demostró a su regreso. Pedro Castro, no deseando malquistarse con el regalón de la familia, le declaró el origen del paquete.
Apenas Guayo supo la verdad, con terrible expresión, fijándome sus ojos azules, esta tez acerados como puñales, me dijo
- Cara te va a costar esta broma, porque te voy a matar.
Por precaución me atrincheré en mi "estudio", atrancando la entrada con maletas y muebles viejos. Muy pronto mi enfurecido hermano empezó a dar golpes en la puerta con intención de derribarla. A mis gritos de auxilio acudieron varios miembros de la familia y servidumbre, los que lograron, no sin violencia, reprimirlo y alejarlo de mi escondrijo. Durante el pugilato se le cayó al suelo un revólver. Lo había sacado del ropero de papá y estaba cargado con cinco balas.
Para los que conocen a Guayo, este episodio debe parecerles increíble. Sus ojos claros reflejan ahora, nítidamente, la inmensa bondad de su alma, y nadie podría creer que en un momento de ofuscación estuvo a punto de trocarse de Abel en Caín.

Besos con aprobación paternal y eclesiástica.
Todas las noches, como a las 8, mama Aurelia me buscaba para acostarme; pero cierta vez, y sin intención aviesa de mi parte, tuve la desgraciada ocurrencia de esconderme tras el sofá del "costurero", saloncito al que no sé por qué se le daba. ese nombre, equivalente al living de nuestros días.
De pronto mi hermana Raquel y su novio, Arturo, entraron en el aposento y, después de encender la lámpara a gas, se sentaron en el sofá, tras el que yo me había ocultado; y al poco rato, él empezó a besarla con tal entusiasmo, que no me veía cuando yo asomaba la cabeza por detrás del mueble.
El acto me pareció muy grave, porque, al preguntarle un día a mamá qué quería decir fornicar, me explicó que ése era un pecado mortal del cual mejor era no hablar. Ante mi insistencia por conocer más detalles sobre el sexto mandamiento, y después de muchos titubeos, me dijo que cuando un hombre y una mujer se besaban, estaban fornicando.


Convencido de que mi hermana se iba a condenar, empujé con fuerza el sofá en los momentos en que con más entusiasmo se besaban, haciendo rodar a los enamorados por el suelo.
¡Aquí estoy yo! - atiné a gritar.
Es de imaginarse la expresión de estupor con que los novios me miraron. Arturo me dio un tremendo "coscacho" junto con decirme:
-¡Toma, chiquillo de mierda!. . .
Y Raquel me amenazó con acusarme.
-¡Soy yo quien los va a acusar de que estaban fornicando! - les grité, furioso.
Posteriormente supe que tenían permiso de papá y mamá y del señor Fresno, director espiritual de la familia, para besarse. Pocos días después se casaron, y, como los príncipes y las princesas de los cuentos, tuvieron muchos hijos y fueron muy felices.