Un día llegó de visita una chiquilla portadora de dos enormes y
adormilados ojos pardos. Entonces fue cuando el mofletudo hijo de Venus,
abusando de su buena puntería y de mi falta de experiencia, me hizo
blanco de una de sus flechas.
Jamás el hombre podrá saber el nombre de la última mujer
de su vida; pero yo nunca olvidaré el de la primera, que- en el instante
en que nuestras miradas se cruzaron, me convirtió en su esclavo. Se
llamaba Marta y era una nueva amiga de mi hermana Teresa. Los hondos y
continuos suspiros que me acometieron desde nuestro primer encuentro no
lograron dar alivio a mi torturado corazón. ¡Ella iba a casa solamente
los domingos! ¡Una semana sin verla! ¡Qué intolerable suplicio!
Mi juego favorito, cuando Martita iba a visitarnos, era el "corre el anillo",
pues me daba la oportunidad de rozarla al depositar el anillo en sus adoradas
manos. Los demás chiquillos ya habían observado mi
predilección por ella, y jamás dejaban de acertar en manos de
quién ocultaba yo la sortija. Esto me conducía, fatalmente, a
dejar prenda, la que tenía que rescatar ejecutando la penitencia que me
fuera asignada. Generalmente se me obligaba a dar la vuelta alrededor de la
mesa saltando en un pie, o en cuatro patas, ladrando.
En cierta ocasión, alguien tuvo la feliz idea de darme por penitencia
besar a Martita. ¡Bendita penitencia! Desde ese di¡ empecé a esforzarme
en no acertar una en los juegos de prendas, con la esperanza de que aquello
volviera a repetirse; pero ¡nada! No se les ocurría otra cosa que
hacerme cantar como gallo o rebuznar. Hasta un huevo me obligaron a poner,
imitando a una gallina, lo que realicé a la perfección debido a
mis experiencias adquiridas mientras vivía mi "Galla negra".
Una tarde que jugábamos al diábolo, Martita perdió una
roseta de cinta celeste con que acostumbraba sujetar su peinado. Grande fue mi
dicha cuando al día siguiente la encontré en el macetero de un
helecho. Todo el día la tuve entre mis manos y en la noche la
coloqué debajo de mi almohada. La llevé al colegio oculta en "El
Lector Americano", y en clases, varias veces el profesor me sorprendió
en el más completo estado de ausencia mental. Llevado al
pizarrón, no atiné con la solución de ninguno de los
problemas que se me plantearon, dividiendo cuando debía restar y
multiplicando cuando había que sumar. "El Pije Villegas" me puso un
cero, y al mandarme a mi asiento vociferó iracundo:
-¡Es increíble que usted sea hermano de Alfredo, el mejor alumno que
tuve en muchos años!
Al otro día decidí devolver la cinta a Marta. ¿Qué
pretexto mejor para verla? Después de clases me acicalé y me
dirigí a su casa. A medida que la distancia se acortaba, mi
corazón daba brincos tan desesperados que temí carecer de fuerzas
para tocar el timbre de su puerta. Mas una decepción me esperaba:
Martita había salido, lo que me obligó a dejar mi trofeo en manos
de la sirvienta. (En esos tiempos no se les decía empleadas a las
sirvientas, y los mozos no exigían que se les llamara garzones; en
cambio, a los Larraín se les llamaba Larréin. Para referirse al
grado de pobreza a que una mujer había llegado, se decía: "Anda
con los dedos fuera de los zapatos"; hoy, toda dama que se respete anda
mostrando los dedos gordos de sus pies.)
Mi pasión, lejos de atenuarse, crecía en razón directa de
mi falta de apetito y sueño. Mi palidez y notoria pérdida de peso
pusieron en alarma a mamá, que decidió hacerme examinar por el
doctor Gronhert, prestigioso facultativo alemán. (En la época del
Káiser los alemanes predominaban en Chile. Solamente el dentista de fama
era de otra nacionalidad: Míster Saxton, norteamericano.) Este me
sometió al más humillante de los exámenes, terminando por
advertirme, con inusitada severidad, que sólo me permitía tocarme
"la monona" cuando fuera a hacer pipí.
El doctor diagnosticó anemia incipiente y me obligó a tomar
grandes cantidades de aceite de hígado de bacalao. ¡Pero qué
podía el repugnante tónico en contra de mi verdadero mal! Mi amor
era más fuerte que el bacalao y yo seguía enflaqueciendo. La
fuerza incontenible de mi pasión me indujo a pensar en un remedio
más eficaz que la Emulsión de Scott: hablaría seriamente
con Marta y le propondría un formal compromiso.
Una tarde, en el paseo de la Plaza Yungay, le hice entrega de un fino estuche
de joyería que había contenido un anillo de una de mis hermanas.
Para los demás el estuche estaba vacío; pero para mi exaltada
imaginación encerraba un precioso anillo de compromiso.
- En la próxima vuelta deseo conocer su respuesta - le dije al
pasárselo, con voz quebrada por la emoción.
La incomprensiva Marta, en el siguiente encuentro, me lanzó el estuche
por la cabeza, diciéndome con tono airado:
-¡Vaya a hacerle a otra sus bromas estúpidas!
Mi orgullo se sobrepuso a la pasión y jamás volví a
dirigirle la palabra. Ella tenía ocho años y yo diez.
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