Como dije en un capitulo anterior, entre las novedades que mi padre trajo de
Europa había una linterna mágica. En nuestros cumpleaños,
el festejado tenía el privilegio de invitar a sus amigos a una velada de
linterna. El programa era muy interesante: vistas de las principales ciudades
del mundo; historia sagrada, con reproducciones de cuadros famosos; historia
natural, etc.
En días de función se esparcía por la casa un suave olor a
parafina, pues en los primeros años las lámparas de los
proyectores eran alimentadas con este combustible. Después, con protesta
de nuestro olfato, las mechas fueron reemplazadas por quemadores de gas
acetileno.
En la tarde empezaban los preparativos. De un cajón negro se
extraían unas cañas que se unían para formar el soporte
del telón. Como la proyección se hacía por atrás de
la pantalla, a diferencia del cine, mi mamá humedecía el
telón con la esponja grande del baño para hacerlo más
trasparente. A la hora de la función papá y mamá se
turnaban en el manejo de los proyectores. Mientras uno manipulaba en las
linternas, el otro explicaba la vista que en ese momento aparecía en el
telón. Las veladas eran muy instructivas y, sin advertirlo, los imberbes
espectadores íbamos aprendiendo historia sagrada, geografía y
nociones generales de historia natural.
Pero como el mundo siempre está de viaje hacia el progreso, llegó
el día en que se estrenó en Santiago el primer "biógrafo".
Papá, como hombre progresista que era, nos llevó a todos a
conocer el sensacional invento de los hermanos Lumiére.
* * *
En esa época, las vistas eran cortos de uno o dos rollos. Durante el
primer año el programa no sufrió alteraciones, y cada domingo
veíamos con renovada emoción "El Perro del Contrabandista", "La
Manía del Emboque", "Viaje a una Estrella" y "Maniobras de la
Caballería Italiana". La proyección era amenizada con
música de piano. Yo quedé poco menos que trastornado
después de asistir a la primera función. La inmovilidad de las
vistas de nuestra linterna mágica me pareció un anacronismo
inaceptable. Cuando proyectaba, por ejemplo, la huida de la sagrada familia y
mamá nos explicaba con patetismo que el sanguinario Herodes buscaba al
Niño Dios para degollarlo, yo me revolvía en mi asiento con
desesperación al ver que el asno cabalgado por la Mamita Virgen no se
movía.
No. El espectáculo de linterna resultaba anticuado, y decidí
posesionarme del secreto qué daba vida a las proyecciones
cinematográficas. No recuerdo cómo me las ingenié para
conocer al señor N., el empresario italiano que manejaba el negocio. Por
suerte, este caballero era sumamente obsequioso y se mostró encantado de
apoyar mis propósitos. Me dio las señas de su casa (en la calle
Bandera, casi frente a donde hoy está el Banco Edwards). Al día
siguiente me esperaría a las 5 de la tarde para regalarme un trozo de
película.
Larga como nunca se me hizo la jornada de colegio en espera de la anhelada hora
de tener en mis manos la misteriosa película; mas, ese día, a la
hora del almuerzo, las cosas cambiaron bruscamente de rumbo. Papá me
prohibió terminantemente visitar al empresario italiano. Ante mis
desesperadas protestas, se me explicó que aquél era un individuo
"de malas costumbres". Pero, ¿qué importancia podían tener sus
costumbres ante la posibilidad de poseer la clave del movimiento? Pensé
que los usos de Italia podían ser mal considerados en Chile, y
viceversa. ¿No nos había dicho papá que los chinos distinguidos
tenían el hábito de comer huevos podridos? ...
Después de discutir el caso con mi condiscípulo Víctor
Salas y con otros compañeros, resolvimos asistir en pandilla a casa del
italiano. Como había muchos interesados por conocer los secretos del
"biógrafo", me trasladé con casi todo el curso en
dirección a la calle Bandera. Con gran algazara subimos la escalera que
conducía a la mansarda habitada por el empresario. Este nos
recibió en bata celeste y no sin manifestar sorpresa ante la
insólita invasión. La entrevista fue bastante prolongada debido a
la minuciosa conferencia que nos dio sobre el nuevo sistema de
proyección. Estuvo sumamente cariñoso con todos; pero en especial
con "Pototo" Prado, que era el mayor de la clase. (El sobrenombre de "Pototo"
obedecía al pronunciado desarrollo de su "tambembe".) Le prometió
obsequiarle, al día siguiente, un buen trozo de película.
Todos salimos muy felices de la reunión; pero al llegar a la calle,
"Pototo" nos espetó:
-¡Buena cosa que son inocentes! ¿No se dieron cuenta de que el italiano es
maricón?
Yo creía que esta palabra era sinónimo de cobarde, pues cuando
alguno, en clase de gimnasia, no se atrevía a saltar en el caballete,
los demás le decían que era un maricón. Así, pues,
no le di mayor importancia al asunto. Cobarde o valiente, yo era poseedor del
maravilloso secreto de la descomposición del movimiento por
sucesión de imágenes.
Al día siguiente substraje a papá varios pliegos del papel
transparente que se empleaba para envolver la mantequilla de Pelequén, y
lo corté en tiras que uní con engrudo. En seguida dividí
la larga faja en cuadros, y en ellos prolijamente dibujé con tinta las
diversas fases de un hombre caminando. Con éste, mi primer dibujo
animado, había tomado a Walt Disney una ventaja de treinta años.
El problema que seguía no dejaba de tener sus bemoles: transformar la
linterna mágica en "biógrafo". Había que principiar por
calarle la base metálica para que pasara la rústica
película ante la lente condensadora. Horas después, la flamante
linterna de metal empavonado con revestimiento de bronce estaba totalmente
inutilizada. Mi audaz experimento había fracasado, y me llevé la
primera y más justa paliza de mi vida.
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