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La linterna mágica y el cariñoso empresario italiano que nos reveló el secreto del movimiento

XVII

Como dije en un capitulo anterior, entre las novedades que mi padre trajo de Europa había una linterna mágica. En nuestros cumpleaños, el festejado tenía el privilegio de invitar a sus amigos a una velada de linterna. El programa era muy interesante: vistas de las principales ciudades del mundo; historia sagrada, con reproducciones de cuadros famosos; historia natural, etc.
En días de función se esparcía por la casa un suave olor a parafina, pues en los primeros años las lámparas de los proyectores eran alimentadas con este combustible. Después, con protesta de nuestro olfato, las mechas fueron reemplazadas por quemadores de gas acetileno.
En la tarde empezaban los preparativos. De un cajón negro se extraían unas cañas que se unían para formar el soporte del telón. Como la proyección se hacía por atrás de la pantalla, a diferencia del cine, mi mamá humedecía el telón con la esponja grande del baño para hacerlo más trasparente. A la hora de la función papá y mamá se turnaban en el manejo de los proyectores. Mientras uno manipulaba en las linternas, el otro explicaba la vista que en ese momento aparecía en el telón. Las veladas eran muy instructivas y, sin advertirlo, los imberbes espectadores íbamos aprendiendo historia sagrada, geografía y nociones generales de historia natural.
Pero como el mundo siempre está de viaje hacia el progreso, llegó el día en que se estrenó en Santiago el primer "biógrafo". Papá, como hombre progresista que era, nos llevó a todos a conocer el sensacional invento de los hermanos Lumiére.

* * *

En esa época, las vistas eran cortos de uno o dos rollos. Durante el primer año el programa no sufrió alteraciones, y cada domingo veíamos con renovada emoción "El Perro del Contrabandista", "La Manía del Emboque", "Viaje a una Estrella" y "Maniobras de la Caballería Italiana". La proyección era amenizada con música de piano. Yo quedé poco menos que trastornado después de asistir a la primera función. La inmovilidad de las vistas de nuestra linterna mágica me pareció un anacronismo inaceptable. Cuando proyectaba, por ejemplo, la huida de la sagrada familia y mamá nos explicaba con patetismo que el sanguinario Herodes buscaba al Niño Dios para degollarlo, yo me revolvía en mi asiento con desesperación al ver que el asno cabalgado por la Mamita Virgen no se movía.
No. El espectáculo de linterna resultaba anticuado, y decidí posesionarme del secreto qué daba vida a las proyecciones cinematográficas. No recuerdo cómo me las ingenié para conocer al señor N., el empresario italiano que manejaba el negocio. Por suerte, este caballero era sumamente obsequioso y se mostró encantado de apoyar mis propósitos. Me dio las señas de su casa (en la calle Bandera, casi frente a donde hoy está el Banco Edwards). Al día siguiente me esperaría a las 5 de la tarde para regalarme un trozo de película.
Larga como nunca se me hizo la jornada de colegio en espera de la anhelada hora de tener en mis manos la misteriosa película; mas, ese día, a la hora del almuerzo, las cosas cambiaron bruscamente de rumbo. Papá me prohibió terminantemente visitar al empresario italiano. Ante mis desesperadas protestas, se me explicó que aquél era un individuo "de malas costumbres". Pero, ¿qué importancia podían tener sus costumbres ante la posibilidad de poseer la clave del movimiento? Pensé que los usos de Italia podían ser mal considerados en Chile, y viceversa. ¿No nos había dicho papá que los chinos distinguidos tenían el hábito de comer huevos podridos? ...
Después de discutir el caso con mi condiscípulo Víctor Salas y con otros compañeros, resolvimos asistir en pandilla a casa del italiano. Como había muchos interesados por conocer los secretos del "biógrafo", me trasladé con casi todo el curso en dirección a la calle Bandera. Con gran algazara subimos la escalera que conducía a la mansarda habitada por el empresario. Este nos recibió en bata celeste y no sin manifestar sorpresa ante la insólita invasión. La entrevista fue bastante prolongada debido a la minuciosa conferencia que nos dio sobre el nuevo sistema de proyección. Estuvo sumamente cariñoso con todos; pero en especial con "Pototo" Prado, que era el mayor de la clase. (El sobrenombre de "Pototo" obedecía al pronunciado desarrollo de su "tambembe".) Le prometió obsequiarle, al día siguiente, un buen trozo de película.


Todos salimos muy felices de la reunión; pero al llegar a la calle, "Pototo" nos espetó:
-¡Buena cosa que son inocentes! ¿No se dieron cuenta de que el italiano es maricón?
Yo creía que esta palabra era sinónimo de cobarde, pues cuando alguno, en clase de gimnasia, no se atrevía a saltar en el caballete, los demás le decían que era un maricón. Así, pues, no le di mayor importancia al asunto. Cobarde o valiente, yo era poseedor del maravilloso secreto de la descomposición del movimiento por sucesión de imágenes.
Al día siguiente substraje a papá varios pliegos del papel transparente que se empleaba para envolver la mantequilla de Pelequén, y lo corté en tiras que uní con engrudo. En seguida dividí la larga faja en cuadros, y en ellos prolijamente dibujé con tinta las diversas fases de un hombre caminando. Con éste, mi primer dibujo animado, había tomado a Walt Disney una ventaja de treinta años.
El problema que seguía no dejaba de tener sus bemoles: transformar la linterna mágica en "biógrafo". Había que principiar por calarle la base metálica para que pasara la rústica película ante la lente condensadora. Horas después, la flamante linterna de metal empavonado con revestimiento de bronce estaba totalmente inutilizada. Mi audaz experimento había fracasado, y me llevé la primera y más justa paliza de mi vida.