En el primer piso del laboratorio fotográfico había sido
instalada la cámara de revelado de negativos, provista de una ventana
con vidrio rojo. La pieza contigua estaba destinada a servir de trampa de luz y
permitía al operador entrar o salir sin peligro de que se velaran las
planchas sometidas al desarrollo. Las misteriosas operaciones que efectuaba
papá en su laboratorio me intrigaban; pero nunca me permitió
verlas. Solamente mi hermano Guayo, el regalón, gozaba del privilegio de
acompañarlo durante el oculto proceso del revelado.
Confieso haber sentido una negra envidia hacia el hermano que acaparaba el
cariño de papá. Para él eran los más lindos
juguetes y los mejores trajes; a él le enseñaban versos para que
se luciera delante de las visitas:
Al mar sus perlas,
el cielo sus luces
les dio el Señor...
|
Con esta estrofa, que nunca podré olvidar, porque fue la clave de mi
afán de superación, empezaban los recitales de mi fraterno rival.
Al final, los aplausos llegaban a mis oídos con el estruendo de un alud
que intentara sepultarme en el fondo del anonimato.
Esta sorda e infantil tragedia se prolongaba hasta en las respectivas
niñeras. Mi mama Aurelia se sentía humillada ante la mama
Nemecia, quien no disimulaba su orgullo por los azules ojos y los rizos blondos
de su Guayito.
En cambio, yo no lucía la menor gracia. Mi cara redonda remedaba una
tortilla y mi pelo tieso era la desesperación de Aurelia. ¡Pobre! Con su
mejor intención me hacía por las noches unos "cachirulos" que
ataba con "papel del lugar", los cuales, a la mañana siguiente, al ser
desanudados, volvían a tomar el primitivo aspecto de los indomables
pelos de un escobillón.
Con el transcurso de los años llegué a encontrar atenuantes al
crimen de Caín. ¿Nuestros primeros padres no mimarían demasiado a
Abel? No sé si Freud y sus discípulos hayan incluido en su
catálogo de complejos este que yo, por experiencia propia, he denominado
"complejo de Caín".
* * *
Mi ilustre padrino era la única persona generosa para conmigo. En cada
viaje que hacía a Santiago me obsequiaba pesos fuertes que yo
metía en una alcancía de loza con la forma de un conejo.
¡Qué orgulloso me sentía de ser ahijado de un hombre tan
importante! Cuando el almirante descendía del coche de posta que lo
traía de la Estación Central (la de Mapocho aún no se
había construido), se amontonaban los curiosos para ver de cerca al
galoneado ex mandatario, triunfador de la revolución del 91.
- Tú serás marino, como lo es tu padrino y como lo fueron tu
abuelo y bisabuelo - me decía, tomándome cariñosamente la
cabeza.
|
|
Guayo y yo
|
Yo asentía y daba a Guayo una mirada despectiva. Mi mama Aurelia pasaba
también a primer plano al agregar con arrogancia:
-¡Y también será Presidente de Chile! ¿No es cierto, mi hijito?
Pero estos diálogos eran intempestivamente interrumpidos por un viaje
que mi padrino iniciaba en el primer patio a través de la
galería. Había un tácito acuerdo de no interrumpir sus
menudos y cada vez más apresurados pasos, encaminados a llegar cuanto
antes al recinto que tenía la apariencia de un barco y al que su persona
debe de haber prestado el aspecto de "buque insignia".
También tuve un tío cariñoso a quien llamábamos "El
Nino" y que, junto con depositar alguna moneda en mi alcancía, me
endilgaba impresionantes sermones con el fin de inculcarme los sanos conceptos
del ahorro.
- Muy pronto estará lleno tu conejo - me decía; entonces con el
dinero acumulado en su "guatita", te abriré una cuenta en la Caja
Nacional de Ahorros.
Poco tiempo después mi conejo estaba a tal punto atiborrado de pesos
fuertes, que creí llegado el momento de dar la gran sorpresa al
tío, y, saliendo a la calle por la puerta falsa, llamé al primer
individuo que pasaba y se lo entregué con la siguiente
recomendación:
- Lléveselo al tío "Nino" y dígale que ya puede abrirme la
cuenta en la Caja de Ahorros...
Cuando la familia se impuso del triste fin de mi alcancía, fui
víctima de las más crueles burlas. Hasta el buen "Nino" tuvo
palabras duras por mi infantil proceder. Desde entonces les tomé
verdadero horror a los conejos, porque en la aparente ingenuidad de sus
sonrisas vislumbro un gesto de sarcasmo.
Mi vergonzoso y torturante "complejo de Caín" llegó a su
máxima intensidad con motivo del retrato al óleo que a Guayo hizo
Walton, el Sangroniz de ese tiempo, quien fue encargado de pintarlo de
tamaño natural. Se me obligó a servir de "doble" para evitarle
fatigas a Guayito en los momentos en que el artista pintaba los zapatos y daba
los últimos toques a los pliegues de la ropa.
Siempre he pensado que en la mente de los niños las más bajas
pasiones florecen con ímpetu salvaje y que cada uno de ellos es un
criminal en potencia. Si hay criminales adultos, se debe a que no liberaron sus
malvados impulsos durante la niñez. Yo, por ejemplo, decidí
vengar en mi papá y en Guayo el estado de humillación de que me
suponía víctima.
Había tenido ocasión de observar las precauciones tomadas por
papá con respecto a la ventana con vidrio colorado del laboratorio
fotográfico, al punto de haberla mandado revestir con una pequeña
marquesina para que a ninguna hora pudiera recibir directamente los rayos del
sol. Ya mi demonio estaba planeando los detalles de la venganza. La
ocasión de llevarla a cabo no admitía dilación:
Papá decidió tomar una fotografía a su regalón para
enviarla a un concurso de bellezas infantiles. Después de muchos
estudios y rebusca de poses con diferentes trajes, la fotografía fue
tomada. Muy ufanos penetraron en el laboratorio fotógrafo y modelo.
Cuando me percaté de que ya todas las puertas estaban cerradas y la
cubeta de desarrollo, con acompasados golpes, me anunció que estaba
recibiendo la racionada luz roja de la susodicha ventana, me encaramé en
un cajón y, premunido de un espejo, lancé por refracción
la luz del sol sobre el vidrio rojo de la ventana. Un aullido se escuchó
dentro del laboratorio. ¡Había velado la mejor plancha del mejor retrato
que se le había tomado a Guayo!
Mucho tiempo después, cuando sus ochenta años habían
convertido a mi papá en un "viejito encantador", le confesé mi
pecado.
-¡De manera que fuiste tú el badulaque! - exclamó, y
celebró con estrepitosas carcajadas mi ocurrencia.
|