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El laboratorio fotográfico y mi "complejo de Caín". Un conejo huye con mi primera fortuna

XV

En el primer piso del laboratorio fotográfico había sido instalada la cámara de revelado de negativos, provista de una ventana con vidrio rojo. La pieza contigua estaba destinada a servir de trampa de luz y permitía al operador entrar o salir sin peligro de que se velaran las planchas sometidas al desarrollo. Las misteriosas operaciones que efectuaba papá en su laboratorio me intrigaban; pero nunca me permitió verlas. Solamente mi hermano Guayo, el regalón, gozaba del privilegio de acompañarlo durante el oculto proceso del revelado.
Confieso haber sentido una negra envidia hacia el hermano que acaparaba el cariño de papá. Para él eran los más lindos juguetes y los mejores trajes; a él le enseñaban versos para que se luciera delante de las visitas:
Al mar sus perlas,
el cielo sus luces
les dio el Señor...

Con esta estrofa, que nunca podré olvidar, porque fue la clave de mi afán de superación, empezaban los recitales de mi fraterno rival. Al final, los aplausos llegaban a mis oídos con el estruendo de un alud que intentara sepultarme en el fondo del anonimato.
Esta sorda e infantil tragedia se prolongaba hasta en las respectivas niñeras. Mi mama Aurelia se sentía humillada ante la mama Nemecia, quien no disimulaba su orgullo por los azules ojos y los rizos blondos de su Guayito.
En cambio, yo no lucía la menor gracia. Mi cara redonda remedaba una tortilla y mi pelo tieso era la desesperación de Aurelia. ¡Pobre! Con su mejor intención me hacía por las noches unos "cachirulos" que ataba con "papel del lugar", los cuales, a la mañana siguiente, al ser desanudados, volvían a tomar el primitivo aspecto de los indomables pelos de un escobillón.
Con el transcurso de los años llegué a encontrar atenuantes al crimen de Caín. ¿Nuestros primeros padres no mimarían demasiado a Abel? No sé si Freud y sus discípulos hayan incluido en su catálogo de complejos este que yo, por experiencia propia, he denominado "complejo de Caín".
* * *

Mi ilustre padrino era la única persona generosa para conmigo. En cada viaje que hacía a Santiago me obsequiaba pesos fuertes que yo metía en una alcancía de loza con la forma de un conejo. ¡Qué orgulloso me sentía de ser ahijado de un hombre tan importante! Cuando el almirante descendía del coche de posta que lo traía de la Estación Central (la de Mapocho aún no se había construido), se amontonaban los curiosos para ver de cerca al galoneado ex mandatario, triunfador de la revolución del 91.
- Tú serás marino, como lo es tu padrino y como lo fueron tu abuelo y bisabuelo - me decía, tomándome cariñosamente la cabeza.

Guayo y yo

Yo asentía y daba a Guayo una mirada despectiva. Mi mama Aurelia pasaba también a primer plano al agregar con arrogancia:
-¡Y también será Presidente de Chile! ¿No es cierto, mi hijito?
Pero estos diálogos eran intempestivamente interrumpidos por un viaje que mi padrino iniciaba en el primer patio a través de la galería. Había un tácito acuerdo de no interrumpir sus menudos y cada vez más apresurados pasos, encaminados a llegar cuanto antes al recinto que tenía la apariencia de un barco y al que su persona debe de haber prestado el aspecto de "buque insignia".
También tuve un tío cariñoso a quien llamábamos "El Nino" y que, junto con depositar alguna moneda en mi alcancía, me endilgaba impresionantes sermones con el fin de inculcarme los sanos conceptos del ahorro.
- Muy pronto estará lleno tu conejo - me decía; entonces con el dinero acumulado en su "guatita", te abriré una cuenta en la Caja Nacional de Ahorros.
Poco tiempo después mi conejo estaba a tal punto atiborrado de pesos fuertes, que creí llegado el momento de dar la gran sorpresa al tío, y, saliendo a la calle por la puerta falsa, llamé al primer individuo que pasaba y se lo entregué con la siguiente recomendación:
- Lléveselo al tío "Nino" y dígale que ya puede abrirme la cuenta en la Caja de Ahorros...

Cuando la familia se impuso del triste fin de mi alcancía, fui víctima de las más crueles burlas. Hasta el buen "Nino" tuvo palabras duras por mi infantil proceder. Desde entonces les tomé verdadero horror a los conejos, porque en la aparente ingenuidad de sus sonrisas vislumbro un gesto de sarcasmo.
Mi vergonzoso y torturante "complejo de Caín" llegó a su máxima intensidad con motivo del retrato al óleo que a Guayo hizo Walton, el Sangroniz de ese tiempo, quien fue encargado de pintarlo de tamaño natural. Se me obligó a servir de "doble" para evitarle fatigas a Guayito en los momentos en que el artista pintaba los zapatos y daba los últimos toques a los pliegues de la ropa.
Siempre he pensado que en la mente de los niños las más bajas pasiones florecen con ímpetu salvaje y que cada uno de ellos es un criminal en potencia. Si hay criminales adultos, se debe a que no liberaron sus malvados impulsos durante la niñez. Yo, por ejemplo, decidí vengar en mi papá y en Guayo el estado de humillación de que me suponía víctima.
Había tenido ocasión de observar las precauciones tomadas por papá con respecto a la ventana con vidrio colorado del laboratorio fotográfico, al punto de haberla mandado revestir con una pequeña marquesina para que a ninguna hora pudiera recibir directamente los rayos del sol. Ya mi demonio estaba planeando los detalles de la venganza. La ocasión de llevarla a cabo no admitía dilación: Papá decidió tomar una fotografía a su regalón para enviarla a un concurso de bellezas infantiles. Después de muchos estudios y rebusca de poses con diferentes trajes, la fotografía fue tomada. Muy ufanos penetraron en el laboratorio fotógrafo y modelo.
Cuando me percaté de que ya todas las puertas estaban cerradas y la cubeta de desarrollo, con acompasados golpes, me anunció que estaba recibiendo la racionada luz roja de la susodicha ventana, me encaramé en un cajón y, premunido de un espejo, lancé por refracción la luz del sol sobre el vidrio rojo de la ventana. Un aullido se escuchó dentro del laboratorio. ¡Había velado la mejor plancha del mejor retrato que se le había tomado a Guayo!
Mucho tiempo después, cuando sus ochenta años habían convertido a mi papá en un "viejito encantador", le confesé mi pecado.
-¡De manera que fuiste tú el badulaque! - exclamó, y celebró con estrepitosas carcajadas mi ocurrencia.