Hay un período en que los niños atisban a través de la
obscuridad un mundo desconocido; un mundo que, tal vez, hace poco dejaron y que
se desvanece al contacto con la luz, como las imágenes del cine
desaparecen cuando la sala se ilumina. ¿Y por qué los niños se
aterrorizan al entrar en una habitación obscura? Tal vez sea porque
ellos saben que esa condición es propicia para ver "cosas" que a plena
luz son invisibles.
Minutos después que mamá cerraba el mechero de la lámpara
de gas de mi cuarto, yo veía colarse por el tragaluz, que daba a la
calle Esperanza, unos rayos fosforescentes, abriéndose camino por la
obscuridad, Me entretenía observar cómo se entrelazaban, formando
una fantasmagórica malla que no tardaba en cubrir la habitación,
De esta red de luz empezaban a emerger personas que no demostraban el menor
interés por mí, como si fuera yo un ser irreal y ellos los
personajes vivos de carne y huesos. Estas visiones llegaron a serme tan
familiares, que, lejos de atemorizarme, las esperaba con la impaciencia con que
se aguarda la aparición de los actores en el teatro. Solamente una noche
sentí terror el mirar hacia el cielo raso. Un angustiado grito de horror
escapó de mi garganta al ver dos figuras enormes y con caras monstruosas
que montaban guardia a la cabecera de mi cama. Jamás olvidaré la
hórrida expresión con que estos gigantes me miraban.
Tengo la seguridad de haber estado despierto, pues ola la conversación
de las personas que estaban en la pieza contigua.
-¿Oyeron el grito de Jorgecito? - dijo alguien.
- Debe estar con pesadillas - aseguró mi madre, y se acercó a
besarme. Casi todos los niños tienen estas visiones nocturnas, pero un
misterioso pudor les prohibe hablar de ellas, porque, antes de entrar en "uso
de la razón", están todavía en el umbral de un mundo que
la luz de la razón les impediría contemplar. Los
psicólogos modernos, provistos de las escafandras freudianas, han
buceado la región de los sueños y se han perdido en el torbellino
de los complejos, sin llegar a comprender que la dimensión que los rige
es inaccesible para nuestro entendimiento.
Hay sueños que se repiten y en los cuales periódicamente nos
topamos con personas y lugares que jamás hemos visto en estado de
vigilia. Yo veía a menudo, en esa época, una niña de
riguroso luto, sentada en un banco semejante a los que hay en las salas de
espera de las pequeñas estaciones ferroviarias. La niña de mis
sueños era mucho mayor que yo. Representaba unos dieciocho años
de edad. Entonces yo no tendría más de siete.
La repetición de este sueño hizo que la figura de la niña
de luto se me fuera haciendo familiar. Parecía que ella también
se alegraba de volver a encontrarme, pues me sonreía con encantadora
simpatía. Creí algunas veces que iba a hablarme; pero en ese
momento algo inesperado se interponía, obligándome a despertar.
Este sueño, a medida que el tiempo alimentaba mi cuerpo, fue
produciéndose con menor frecuencia, hasta cesar por completo; pero no
olvidé nunca la encantadora representación onírica que
alegraba mis noches de impúber. "¿Qué será de la
niña enlutada? ¿Por qué no ha vuelto más?", me preguntaba
desazonado al despertar.
Muchos años después tuve la sorpresa de encontrar a la joven de
luto; pero ahora perfectamente materializada. A pesar del largo tiempo
transcurrido desde la última vez que la vi en sueños, no
había envejecido, y ambos teníamos dieciocho años. Cuando
me fue presentada, sonrió como lo hacía cuando yo era niño
y se extrañó al ver la expresión de asombro reflejada en
mi rostro. Por supuesto que no me atrevía a referirle "cómo y
dónde" la había conocido, por temor a que me tomara por loco.
Dos años después nos casamos. Ella, que había vivido en El
Salto, a media hora de Valparaíso, deseó un día visitar la
quinta que había pertenecido a su familia y me pidió que la
acompañara. Grande fue mi sorpresa cuando, al entrar en la
estación ferroviaria, reconocí en la sala de espera el escenario
que tantos años atrás había visto en sueños.
Ahí estaba el banco en que ella me aguardaba sonriente.
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