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La malla de luz que nos separa de un mundo desconocido

XIV

Hay un período en que los niños atisban a través de la obscuridad un mundo desconocido; un mundo que, tal vez, hace poco dejaron y que se desvanece al contacto con la luz, como las imágenes del cine desaparecen cuando la sala se ilumina. ¿Y por qué los niños se aterrorizan al entrar en una habitación obscura? Tal vez sea porque ellos saben que esa condición es propicia para ver "cosas" que a plena luz son invisibles.
Minutos después que mamá cerraba el mechero de la lámpara de gas de mi cuarto, yo veía colarse por el tragaluz, que daba a la calle Esperanza, unos rayos fosforescentes, abriéndose camino por la obscuridad, Me entretenía observar cómo se entrelazaban, formando una fantasmagórica malla que no tardaba en cubrir la habitación, De esta red de luz empezaban a emerger personas que no demostraban el menor interés por mí, como si fuera yo un ser irreal y ellos los personajes vivos de carne y huesos. Estas visiones llegaron a serme tan familiares, que, lejos de atemorizarme, las esperaba con la impaciencia con que se aguarda la aparición de los actores en el teatro. Solamente una noche sentí terror el mirar hacia el cielo raso. Un angustiado grito de horror escapó de mi garganta al ver dos figuras enormes y con caras monstruosas que montaban guardia a la cabecera de mi cama. Jamás olvidaré la hórrida expresión con que estos gigantes me miraban.
Tengo la seguridad de haber estado despierto, pues ola la conversación de las personas que estaban en la pieza contigua.


-¿Oyeron el grito de Jorgecito? - dijo alguien.
- Debe estar con pesadillas - aseguró mi madre, y se acercó a besarme. Casi todos los niños tienen estas visiones nocturnas, pero un misterioso pudor les prohibe hablar de ellas, porque, antes de entrar en "uso de la razón", están todavía en el umbral de un mundo que la luz de la razón les impediría contemplar. Los psicólogos modernos, provistos de las escafandras freudianas, han buceado la región de los sueños y se han perdido en el torbellino de los complejos, sin llegar a comprender que la dimensión que los rige es inaccesible para nuestro entendimiento.
Hay sueños que se repiten y en los cuales periódicamente nos topamos con personas y lugares que jamás hemos visto en estado de vigilia. Yo veía a menudo, en esa época, una niña de riguroso luto, sentada en un banco semejante a los que hay en las salas de espera de las pequeñas estaciones ferroviarias. La niña de mis sueños era mucho mayor que yo. Representaba unos dieciocho años de edad. Entonces yo no tendría más de siete.
La repetición de este sueño hizo que la figura de la niña de luto se me fuera haciendo familiar. Parecía que ella también se alegraba de volver a encontrarme, pues me sonreía con encantadora simpatía. Creí algunas veces que iba a hablarme; pero en ese momento algo inesperado se interponía, obligándome a despertar. Este sueño, a medida que el tiempo alimentaba mi cuerpo, fue produciéndose con menor frecuencia, hasta cesar por completo; pero no olvidé nunca la encantadora representación onírica que alegraba mis noches de impúber. "¿Qué será de la niña enlutada? ¿Por qué no ha vuelto más?", me preguntaba desazonado al despertar.
Muchos años después tuve la sorpresa de encontrar a la joven de luto; pero ahora perfectamente materializada. A pesar del largo tiempo transcurrido desde la última vez que la vi en sueños, no había envejecido, y ambos teníamos dieciocho años. Cuando me fue presentada, sonrió como lo hacía cuando yo era niño y se extrañó al ver la expresión de asombro reflejada en mi rostro. Por supuesto que no me atrevía a referirle "cómo y dónde" la había conocido, por temor a que me tomara por loco.
Dos años después nos casamos. Ella, que había vivido en El Salto, a media hora de Valparaíso, deseó un día visitar la quinta que había pertenecido a su familia y me pidió que la acompañara. Grande fue mi sorpresa cuando, al entrar en la estación ferroviaria, reconocí en la sala de espera el escenario que tantos años atrás había visto en sueños. Ahí estaba el banco en que ella me aguardaba sonriente.