Lo primero que hacia al regresar de las clases de la señorita Judith,
era meterme en el gallinero para conversar con mi "Galla negra" y mi "Gallo
blanco". Había criado estas aves desde que eran polluelos y me
obedecían al llamarlas por sus nombres. Interesantes y largos coloquios
sostenía con ellos en su propio idioma, pues llegué a entender el
significado de sus diferentes cacareos. Gallo y galla me esperaban todas las
tardes. Ya sabían que los llevaría a mi escondrijo, en donde les
aguardaban un plato con leche y trozos de pan.
Nuestras amistosas relaciones eran sólo interrumpidas cuando el gallo
pisaba a la galla. Yo creía que al efectuar este acto, el gallo estaba
castigando a la gallina, y como lo encontraba demasiado severo y asiduo en sus
arremetidas, cogía un palo y lo obligaba a dejarla en paz. El gallo, con
su enorme e inflamada cresta, tomaba el bizarro aspecto de un mosquetero, y
ladeando la cabeza me miraba indignado como para reprochar mi
intromisión en sus asuntos privados.
Una tarde me extrañó no encontrar a la "Galla negra" en el
gallinero. El "Gallo blanco" se mostró poco comunicativo y desde un
obscuro rincón me saludó con imperceptible cacareo. Ante mi
alarma, Eloísa, la cocinera, me explicó que la gallina se
había muerto de vieja y que la habían echado a la basura.
Al día siguiente, en el almuerzo, sirvieron cazuela de ave y yo tuve la
corazonada de que el "tutro" que había en mi plato era nada menos que
una pata de mi querida "Galla negra". Abandoné el comedor y estuve todo
el día encerrado, en compañía del gallo viudo. Por
ningún motivo habría podido comerme la presa de mi galla. Si lo
hubiera hecho, me habría considerado un antropófago.
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