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El "Gallo Blanco" y la "Galla Negra". No soy ni seré antropófago

XIII

Lo primero que hacia al regresar de las clases de la señorita Judith, era meterme en el gallinero para conversar con mi "Galla negra" y mi "Gallo blanco". Había criado estas aves desde que eran polluelos y me obedecían al llamarlas por sus nombres. Interesantes y largos coloquios sostenía con ellos en su propio idioma, pues llegué a entender el significado de sus diferentes cacareos. Gallo y galla me esperaban todas las tardes. Ya sabían que los llevaría a mi escondrijo, en donde les aguardaban un plato con leche y trozos de pan.
Nuestras amistosas relaciones eran sólo interrumpidas cuando el gallo pisaba a la galla. Yo creía que al efectuar este acto, el gallo estaba castigando a la gallina, y como lo encontraba demasiado severo y asiduo en sus arremetidas, cogía un palo y lo obligaba a dejarla en paz. El gallo, con su enorme e inflamada cresta, tomaba el bizarro aspecto de un mosquetero, y ladeando la cabeza me miraba indignado como para reprochar mi intromisión en sus asuntos privados.
Una tarde me extrañó no encontrar a la "Galla negra" en el gallinero. El "Gallo blanco" se mostró poco comunicativo y desde un obscuro rincón me saludó con imperceptible cacareo. Ante mi alarma, Eloísa, la cocinera, me explicó que la gallina se había muerto de vieja y que la habían echado a la basura.
Al día siguiente, en el almuerzo, sirvieron cazuela de ave y yo tuve la corazonada de que el "tutro" que había en mi plato era nada menos que una pata de mi querida "Galla negra". Abandoné el comedor y estuve todo el día encerrado, en compañía del gallo viudo. Por ningún motivo habría podido comerme la presa de mi galla. Si lo hubiera hecho, me habría considerado un antropófago.